"La Fuerza del Destino"


Cap. 02: Extraños en la noche.


Por Azura, por Azura, por Azura… bendita Azura de su alma…

- ¡¿Qué hacéis, imbéciles?! - ladró una voz femenina que, en otras circunstancias, habría sido grave y sugerente - ¡¿Y el elfo oscuro?!, ¡¿lo habéis perdido?!

Ay, por su madre…

- Mi Señora Ruma… - titubeó una segunda voz, masculina y evidentemente empequeñecida al lado de la furibunda primera - Nuestros hombres están peinando la zona de arriba abajo. Tenemos todos los desvíos vigilados y hemos apostado a Talasa Arano y a Tolisi Girith en Cheydinhal so pena de que el desgraciado considerase por un instante la idea de volver. Estoy seguro de que…

- ¡No me sirven tus excusas! - bramó la otra, acallando al instante la media frase a formar de su interlocutor - ¡¿Para qué te crees que le insistí a mi padre con objeto de que te nombrase lugarteniente?! ¡Porque tenía fe no sólo en las más que evidentes superiores capacidades de un altmeri, uno de los nuestros, si no en tu competencia! Me decepcionas, me decepcionas enormemente, Eldamil.

Silencio. El fugado elfo oscuro no se atrevió siquiera a tragar la cantidad ingente de saliva que se le había acumulado en el gaznate.

- Señora… - comenzó de nuevo la voz masculina, cargada de una inequívoca tensión - Ése hombre está entrenado. Todavía no tengo muy claro en qué específicamente, pero me huelo que no pocos cuellos han pasado por el filo de su espada por la manera que tenía de moverse y esquivar ataques. Tengo a mi disposición a una tropilla de novatos en proceso de aprendizaje... y ahora ya tenemos a tres muertos de certeras puñaladas en el corazón. Perdonadme si os recuerdo que así lo quisisteis vos, mi Señora...

De improviso, el seco y cortante sonido de una bofetada a palma abierta se dejó caer en toda su rabia e intensidad.

- Nunca te atrevas… - esputó la voz femenina cargada de un singular veneno capaz de paralizar hasta al más pintado - … a volver a hablarme en ése tono, desgraciado. Porque no eres ¡NADIE! - ladró - Sin mi apoyo no serías absolutamente ¡NADA!

Tras otro tenso silencio en el que sólo se oyeron ruidos de varias pisadas, el prófugo dunmer contuvo la respiración, temiendo también por un instante que pudieran oírle si se atrevía siquiera a soltar el aire que llenaba sus pulmones mientras gruesas gotas de sudor frío le perlaban la frente grisácea plagada de protuberancias óseas. Afortunadamente no había seguido la tradición en su familia por parte de madre de raparse las cejas y tatuarse en su lugar símbolos arcanos en tinta blanca, que si no… habría acabado con los ojos empañados.

A veces las costumbres Ashlanders, pese a todo, no tenían lo que se dice un fundamento muy práctico para el día a día, y más si hablamos de una ex-mabrigash, prófuga de su tribu, casada con un granjero de la costa y con una obsesiva inclinación por meterles a sus hijos en la cabeza ésas ideas de las modificaciones corporales rituales y las runas de protección sin enseñarles nada de la cultura de la cual procedían. Su madre había sido una mujer tan, tan rara…

- Te relevo de tu misión, Eldamil. - sentenció de pronto la voz femenina fríamente, devolviéndole mometáneamente a la realidad - De ahora en adelante Turmin Dreth dirigirá al grupo de búsqueda y captura para dar con el portador del Amuleto.

Estupendo. - pensó el oculto dunmer rodando sus oblicuos ojos granate - Otro Dreth para terminar de alegrarnos el día… sencillamente maravilloso…

- ¡Mi Señora! - exclamó la voz del hombre, Eldamil, con un punto de indignación marcando todas y cada una de las sílabas - ¡¿Enviaréis de veras a uno de los Cambiados a por él?! ¡Dadme subordinados competentes y yo os traeré su cabeza!

- De ningún modo. - negó la otra, tajante - Se te dio una oportunidad y la desperdiciaste, Eldamil… y, de fallarme una segunda vez, ya sabes cuál sería el precio, ¿verdad? - ante aquello no hubo respuesta y el escondido fugitivo se imaginó, sin culpar en absoluto por ello al otro hombre, que andaría tragando no pocas cantidades de la saliva que él mismo se estaba forzando a no tragar para no llamar la atención - Además, ¿quién mejor que un perro para rastrear a otro perro? - añadió nuevamente la mujer, Ruma, con un ácido toque de sarcasmo venenoso en la voz - Y ahora, quítate de mi vista antes de que pierda la paciencia. Mi hermano te quería en la Ciudad Imperial a no mucho tardar, tiene una importante tarea que encomendarte. Sigue sus instrucciones y tal vez puedas redimir de algún modo éste fracaso tuyo, Eldamil. Márchate. - finalizó, dándole un énfasis peligroso de advertencia a su ahora más calmada voz hermosa - Ahora.

No queriendo adivinar ni más movimientos ni más planes… o lo que coño fuera que anduvieran barruntando en ésas enfermas mentes suyas para hacerle una vez le pillasen; Eidon de Seyda Neen, prófugo, proscrito y con un pedazo de morro que se lo pisaba (lo cual, entre otras cosas, le prevenía de no cagarse de miedo ante una situación no ya sólo desventajosa… si no terriblemente perniciosa para su salud) se arrastró en silencio por el suelo al más puro estilo cucaracha, aprovechando cada rincón de sombra, pues eran las tantas de la noche, estaban a campo abierto y allí, en mitad de la nada de poco le valdría armar escándalo para atraer la atención de las patrullas imperiales.

Azura bendita… ¿y ahora qué? Había tenido que dejar a su caballo atrás tras el nada misericordioso flechazo que el animal había sufrido en la zanca izquierda; no había podido ni rematarle para otorgarle una muerte digna, con el menor sufrimiento posible. Esperaba que, si bien locos y sectarios sedientos de sangre, aquella gente lo hubiera silenciado por él; no podía soportar el pensamiento de tan buen y noble animal piafando lastimosamente con una extremidad herida y retorciéndose en el suelo… justo y tal y como él lo había dejado apenas una hora atrás, cuando aquellos malnacidos le habían dado, por así decirlo, alcance.

Aquella imagen no se le borraría nunca.

Del mismo modo que tampoco se le había podido borrar de la memoria, por mucho Mazte y Sujamma que se hubiera metido para el cuerpo en aquellos tres meses desde que saliera de la cárcel, la misión que tenía delante.

Una misión que, a cambio de su libertad, le había dejado a permanencia con el sentimiento de haber pactado poco menos que con el mismísimo Padomay en persona.

Con el pulso temblándole y notando con pasmoso detalle cómo el fluido nasal producto del frío circundante de un nada clemente mes de Ocaso le bajaba a partes iguales tanto por el gaznate como le perlaba los labios y la barbilla, Eidon no se preocupó siquiera de limpiarse con una manga pese al picorcillo que la mucosidad helada le dejaba remanente en la piel y sólo centró su atención en el único objetivo que le quedaba por delante: huir. Huir al Norte, preferiblemente por las Altas Tierras Colovianas ya que, de desviarse demasiado, daría un considerable rodeo que no sólo le haría lidiar con los desniveles de la Cordillera del Jerall, si no casi meterse en la provincia nórdica de Skyrim para luego, desde la población de Falkreath, volver otra vez a tirar millas dirección Sur rumbo a Chorrol.

Y aquella estrategia le podría costar alegremente otro mes en el que no sólo los Fuegos del Dragón seguirían apagados, si no que les daría tiempo de sobras a aquellos malnacidos que le perseguían de reagruparse y pulir su hasta ahora inefectiva estrategia.

Y en aquel momento la única ventaja con la que el ex-asesino dunmer contaba era lo sumamente dispersos que estaban. O les toreaba ahora o ya se podría ir preparando para un comité de bienvenida según pusiera nuevamente el pie en Cyrodiil con el que, lo más seguro, acabaría lindamente despellejado sobre un altar ritual.

No queriendo seguir por los torcidos senderos de aquella escabrosa corriente de pensamientos, el ex-asesino continuó su escabullida nocturna a paso ligero, amparado en las sombras y en una capa que, no por nada, desde que la adquiriera en su escapada por las alcantarillas imperiales, había sido motivo de que aún siguiera entero y de una pieza.

Por éso, y aún a pesar del insistente picorcillo por sus labios y barbilla, no osó siquiera pensar en limpiarse los mocos con ella.

Ya lo que faltaba por ver, Azura bendita.


- ¡Baurus, no quiero oír más protestas!, ¡cierra ésa puerta tras nosotros y bloquéala con lo primero que veas!

Ruidos, muchos ruidos y muchos pasos de botas metálicas resonando en eco por las estructura de piedra de la cárcel… ésta vez habían venido muchos. Y estaban diciendo de bloquear la puerta…. ¿vendrían a darle la más que pertinente paliza antes de colgarle por el cuello con una soga?

- Sí, Señor. - replicó una de aquellas voces… y el acento no sonaba imperial. No había manera de ubicarlo. Demasiados meses oyendo conversaciones entre imperiales e intercambiando impresiones con una paisana de su patria…

Una paisana que, maldita fuera su estampa, ya no estaba allí para llevar un poco de luz a su mísera existencia. Azura la protegiese y guiase en su nuevo camino, al menos éso consolaría sus últimas horas a manos de aquellos animales acorazados… como si ya no se hubieran ensañado bastante en cuanto habían descubierto al bastardo aquel muerto en la celda contigua, los barrotes del ventanuco rotos y el agujero de la pared… todavía le dolían la tanda de patadas y puñetazos que le habían regalado con tanto tacto y gentileza, los muy bastardos…

- Mis hijos... han muerto, ¿verdad?

Espera… en la Legión Imperial no había cabida para los ancianos, la edad de jubilación rondaba en torno a los cincuenta y cinco, y éso si eran funcionarios de la Administración Pública y no guardias en activo.

Y aquella tercera voz había sonado excesivamente cascada y rota. La voz de un hombre en el invierno de su vida.

- No lo sabemos, Señor. - un momento, oída así más de cerca, aquella era la voz de una mujer. Lo bastante grave como para confundirla con la de un hombre joven a la distancia - El mensajero sólo ha dicho que fueron atacados.

- No, están muertos. - repuso la voz del anciano teñida de una nota quebrada, casi como si pareciera estar conteniendo las lágrimas - Lo sé.

- Mi trabajo ahora mismo consiste en llevaros a un sitio seguro. - repuso la mujer tajantemente, dando quizás por concluida tan desconcertante conversación.

Desconcertante porque, al parecer, aquella gente no estaba allí para hacerle pagar por sus crímenes, de éso estaba ahora seguro.

- Conozco este lugar... ¿la Prisión? - bien, definitivamente aquel grupo de hombres armados no estaba allí por él, ¿entonces…?

- Sí, Su Majestad. Bajo el acuartelamiento de la Legión. Nos dirigimos hacia un pasaje secreto sólo conocido por los Cuchillas. Nadie podrá seguirnos por él.

¡Por las barbas del Gran Lunático! ¿Qué diablos…?

Y antes de que pudiera apenas enunciar la cantidad de datos alarmantes que aquellas frases suscitaban en su cabeza, los oblicuos ojos granates del prisionero dunmer fueron testigo de algo que sabía pocos ojos tendrían el privilegio de ver: alguien, un anciano sin barba y de largos cabellos ralos y nevados, rostro caído y punzantes ojos azules vestido con ricas sedas y terciopelos propios de un noble y rodeado de lo que parecía su guardia personal, dos hombres y una mujer armados hasta los dientes y enfundados en extrañas armaduras ornamentales, observaba desorientado, casi confundido, la tenebrosa estructura que se tragaba toda luz que las antorchas que sus hombres portaban en las manos pudieran incidir sobre aquellas paredes de roca.

¿Qué hacía exactamente un noble y su séquito en la Prisión Imperial de la Ciudad Capital? Aquello no era Vivec, ciertamente, y los asesinatos e intrigas políticas entre Casas de rancio abolengo eran más habituales en Morrowind y la bretona provincia de Roca Alta que la controladísima y elitista Ciudad Imperial de Cyrodiil donde (se suponía) los ciudadanos del Imperio eran… relativamente más "civilizados" (tos) que en el resto de Tamriel.

No obstante, si bien él había sido el primero en situarles en su campo de visión (total, no tenía nada más interesante que hacer y en breve le ahorcarían con amor, así que…), la mujer que, aparentemente, dirigía aquella inesperada "excursión" por la flor y nata de la Capital se giró en la dirección de su celda y, en cuanto el elfo oscuro entró dentro de su radio de visión, frunció el ceño de un modo que evidenciaba la poca o ninguna gracia que le hacía verlo allí.

- ¿Qué está haciendo ése prisionero aquí? - ladró señalando con un índice enguantado al susodicho quien, otra cosa no, pero parpadeó un par de veces, repentinamente procesando la irracional sensación de ser algo así como un intruso en una fiesta a la que obviamente no se le había invitado - ¡Se supone que esta celda está en la zona prohibida!

Uh-oh…

- El típico lío con la vigilancia, yo… - se excusó uno de los varones, un imperial.

- No importa. - cortó la cabecilla en seco - Abre la puerta.

Envalentonado por su repentino cambio de circunstancias, sabedor de que, de todos modos, le ajusticiarían, la lengua del prisionero mer se desató como si aquello de los buenos modales jamás se lo hubieran enseñado en casa.

- ¿Lío con la vigilancia? - se choteó dándole una ojeada de absoluta sorna a los soldados aquellos mientras se cruzaba de brazos, todo él mugre y sudor de sus meses a la sombra - Perdone que le diga pero, con todos mis respetos… y una mierda. No sé si estará enterada, señora mía, pero a los dunmer nos tienen apartados como si fuéramos portadores de la peste. Ande y pregúntele a cualquier alma cándida que haya pasado el tiempo que yo he pasado entre rejas. - añadió refiriéndose, obviamente, a su desquiciado compañero Valen Dreth y al otro desgraciado que habían metido ayer por la tarde, Claudius Arcadia se llamaba, acusado de robo y profanación de restos, resistencia a la autoridad y otros tantos cargos innombrables que, con un cierto deje de placer sádico tan habitual entre los oficiales de la Legión Imperial, el Comandante Adamus Phillida, la máxima autoridad judicial por aquellos lares, le había encausado en su cruzada particular cazando sombras.

Una pronta mano acorazada asiéndole de la pechera de su atuendo carcelario le puso inmediatamente cara a cara con el otro soldado que los seguía, el guarda rojo que había hablado escaleras arriba. Con razón no había sabido ubicarle el acento.

- Para ti la capitana Renault es "Señor". - le espetó el susodicho guarda rojo haciendo fuerza con el brazo con el que lo tenía agarrado para empujarle sin mayores contemplaciones contra la pared en la que estaba asentado el miserable ventanuco por donde era consciente de la posición solar, al otro lado de la puerta de rejas - Quédate ahí y no te muevas un solo pelo, ¿me oyes?

- No dudaremos en matarte si te interpones en nuestro camino, prisionero. - le secundó su compañero imperial con gesto de pocos amigos.

Encogiéndose de hombros, el esquelético elfo oscuro se limitó a seguir de brazos cruzados mientras enarcaba una ceja con diversión. Sus última horas pisando Mundus estaba probando ser bastante entretenidillas, hombre.

- Tú… - la suave voz del anciano de pronto se impuso a las de los hombres que lo protegían y, dándole una mirada fija al hombre dunmer, se aproximó a él - Ya te he visto antes...

El prisionero viró la vista primero a la izquierda, luego a la derecha, para finalmente enfocar sus ojos oblicuos en el noble aquel que le echaba el aliento mentolado a la cara. La curiosa combinación del susodicho aliento fresco mezclada con el típico olor que desprendían los humanos viejos se le hizo un tanto… indigesta.

Y más indigesto se le hizo aún cuando la mano arrugada y desconcertantemente suave de aquel tipo le asió del mentón.

- Deja que te vea el rostro… - dijo. No, si verle lo que se dice verle le iba a ver pero bien - Sí… tú eres aquel que aparecía en mis sueños. - ay no, por favor, de todo menos flirteos incómodos de última hora. Casi prefería que le colgasen ya, por Azura… - Así pues, las estrellas estaban en lo cierto. Éste es el día. - espera, ¿qué? - Que los dioses me den fuerza.

Ensanchando las fosas nasales de la nariz, el elfo torció la boca.

- Discúlpeme, pero me parece que la fiesta es en otra parte, gracias. - soltó así, tan campante, dispuesto a vender cara su vida si aquella gente venía a jugar con su cabeza o, peor aún, con su culo - No sé qué pretende obtener de mí diciendo semejante retahíla de sandeces, pero…

- Unos asesinos atacaron a mis hijos y yo soy el siguiente. - le interrumpió el anciano soltándole la barbilla y haciendo caso omiso de lo que el mer acababa de decirle. Nada, que tenía ganas de soltar el discursito y lo haría - Mis Cuchillas me van a sacar de la ciudad por una ruta secreta, un pasaje que conduce al exterior de la ciudad. - pero, ¿y a santo de qué le estaba dando todos aquellos detalles? Aquella gente eran unos actores de primera si se curraban tanto los guiones - La capitana y sus hombres... tienen la obligación de protegerme. Haré lo que me digan. Por suerte, la entrada a esa ruta de escape parte de tu celda.

- ¿Qué?, ¿cómo?, ¿ruta de escape? - ay, bendito Sheogorath, que no jugasen con las ilusiones de uno de aquella forma… - Un momento, ¿qué teatrillo es éste? ¿Quiénes sois?

- Soy tu Emperador, Uriel Septim. Por la gracia de los dioses, sirvo a Tamriel como su soberano. - respondió el anciano solemnemente sin apartar su mirada azul de la granate del otro hombre - Eres un ciudadano de Tamriel y, como tal, también debes servirle a tu manera.

Claro que sí, campeón, claro que sí.

Sonriendo entonces a dentadura descubierta, el prisionero se echó a reír.

- ¿Qué es ésto, una broma? - se choteó - ¿Ahora los bastardos imperiales de ésta cochina prisión a la que han ido a parar mis desafortunados huesos también ofrecen representaciones teatrales a los reos condenados a muerte? ¿Tenéis permiso siquiera para utilizar el nombre del Emperador para fines tan abyectos como éstos?

Porque, seamos honestos, a ti te dicen en la cárcel que tienes al soberano del Imperio de Tamriel delante de las narices para pagarte una visita de cortesía y no te lo crees ni borracho.

- Comprendo tu confusión, mas es probable que los dioses te hayan traído aquí con el único propósito de que nos encontráramos. - habló de nuevo el anciano con la más grave de las voces, una seriedad pesada como una losa de mármol surcaba sus marcadas facciones de músculos caídos, toda su persona un elocuente testimonio a los años que encorvaban sus espaldas… y al supremo cansancio que parecía embargar cada centímetro de su cuerpo ajado. Aquel hombre, no supo por qué, le dio de repente muchísima lástima - En relación a lo que puedas o no haber hecho... carece por completo de importancia. No serás recordado por ello.

Ay, Azura bendita de su alma… ay, Azura bendita de su alma…

- No... no lo entiendo. - repuso el dunmer con apenas un hilo de voz, ya convencido de la autenticidad de aquel hombre exhausto, y repentinamente sintiendo… absoluta vergüenza de su previo comportamiento hacia él - La Tejedora había dispuesto mi suerte… Traicioné los votos de nuestra Orden dejando con vida a un objetivo… una mujer que, Azura me ampare, no merecía la hoja que iba por ella.

Con un gruñido rabioso, el guarda rojo se interpuso entre el anciano, el Emperador, y aquella alimaña flaca y desgarbada de piel ceniza.

- ¡Morag Tong! - escupió venenosamente, apuntando el filo de su arma, una espada de corte exótico y hoja tremendamente afilada, contra el cuello del elfo - ¡Señor!, ¡permitidme rematar a ésta sabandija adoradora de Daedra!

- Un cultista encerrado en la celda donde, precisamente, está ubicada la entrada hacia El Lugar Sagrado. - comenzó a hilar, muy lentamente, su cadena de equívocos razonamientos el otro soldado imperial - Sospechoso, cuanto menos. - y desenvainando a su vez su propia arma, otra de aquellas extrañas espadas ornamentadas con sólo uno de los bordes del filo operativos, lo mismo que un enorme cuchillo alargado - Mátale, seguramente será uno de ésos asesinos que nos persiguen. Quién sabe la cantidad de meses que llevarán planeándolo, los muy bastardos, para tener a uno de los suyos aquí bajo arresto encubierto.

Y ahí el filo del arma del guarda rojo había penetrado apenas en la piel ceniza de su flaco gaznate, dejando tras de sí un hilo carmesí que comenzó a tintar el cuello de la camisa del prisionero cuando éste último… se limitó a cerrar los ojos. Toda lucha que hubiera podido quedar en él se había evaporado en un instante.

- No. - dictaminó inmediatamente la voz, si bien suave, fuerte y segura, imbuida de autoridad, de Uriel Septim, haciendo a un lado a sus dos escoltas - Él no es uno de ellos. Él puede ayudarnos. Él debe ayudarnos. - y tomando al hombre demacrado frente a sí por los hombros, le miró a los ojos. Y el dunmer supo que aquellos ojos de un azul tan compasivo no eran capaces de reflejar juicio o rechazo hacia su persona, si no todo lo contrario. Sintió ganas de echarse a llorar como una criatura - Mis hombres no lo entienden, no pueden comprender por qué confío en ti. No han visto lo que yo. ¿Cómo podría explicarlo…? - y tomando una bocanada de aire como si el hablar le ahogara, apoyó todo el peso de sus manos en los hombros descarnados del otro - Escucha. ¿Sabes quiénes son Los Nueve? ¿Cómo guían nuestros destinos con una mano invisible?

Aquella pregunta le pilló desprevenido, como adorador de los Daedra nunca se había molestado mucho en averiguar nada acerca de su contrapartida, los Aedra, pues su adoración había llegado a sus tierras de la mano de la conquista imperial desde la fundación del Imperio a manos de Tiber Septim. Y no precisamente muchos dunmer habían estado a favor de la conversión.

- Su nombre lleva muchas generaciones resonando en los oídos de nuestra gente, Señor. - dijo con total sinceridad - Pero la bondad que predican ha alcanzado a muy pocos Ashlanders, me temo.

El Emperador asintió, comprendiendo. No era hombre de imponer sus creencias a otros por la fuerza pese al desafortunado legado de guerras y sometimientos que sus antepasados habían dejado tras de sí.

- He servido a Los Nueve durante toda mi vida y he trazado mi rumbo según los ciclos de los cielos. - expuso observando nuevamente a aquel hombre a los ojos. Un extranjero, un hereje en tierras imperiales. Pero no un extraño, no cuando el reflejo de aquel hombre, el espejo de un sueño del destino, le recordaba tanto a sí mismo - Los cielos están marcados con incontables chispas: cada una prende un fuego y todas forman una señal. Conozco bien estas estrellas y me pregunto... ¿qué signo marcó tu nacimiento?

- Mis estrellas son aquellas que vagan huérfanas de una estación a otra, mi Señor. - respondió él con seguridad - Esquivo es su brillo como esquivo es su origen. Allá en Vvardenfell creemos que es un símbolo del equilibrio, ya que bendice como maldice a sus retoños con idéntica ecuanimidad.

- Ah, La Serpiente. - asintió Uriel Septim pensativamente - Tus estrellas no son las mías, amigo mío, pues hoy La Serpiente deberá picar a los enemigos que ansíen tu sangre. - y meditando cuidadosamente un instante la profundidad de ésos sueños que durante tantos años le habían privado de un reparador descanso, prosiguió - Pero La Serpiente es un signo, tal y como has dicho, huérfano de estación, y buscará consuelo y apoyo en el abrigo de otras. Desconfía de Amantes, Señoras y Lores y ama profundamente a la inocencia que entrañen primeros meses, pues aunque gélidos sus ojos, puro es el corazón que guarda el pecho de El Ritual. - y observando el estupor pincelarse en las facciones consumidas de su interlocutor, el anciano sonrió levemente - Desdeña la impetuosidad del Caballo, desconfía del Ladrón y haz oídos sordos a la prepotencia del Mago. Entrégate, por el contrario, al abrazo cálido de la tardía primavera y déjate guiar por manos más expertas que las tuyas y palabras que complementen tus silencios bajo el manto de La Sombra… mas ten cuidado a qué Sombra te arrimarás, pues lo que una cuida, la otra… lo destruye.

En aquel momento no había querido desmenuzar en demasiada profundidad aquellas palabras.

- Decidme, Señor. - dijo el prisionero dunmeri pasando al plural mayestático en seguida, ignorante que hacía casi un siglo que aquel tratamiento estaba en desuso entre la nobleza y la realeza cyrodiílica. La diferencia de esperanza de vida con los humanos podía llegar a veces a ser tan triste… que las épocas que uno todavía vivía fueran ya arcaicas para aquellas pobres criaturas caducas en cuyo poder estaba prácticamente el mundo entero… - ¿Alcanzáis a ver mi destino?

- Mis sueños no me conceden ningún atisbo de éxito. Sus brújulas no apuntan sino hacia las puertas de la muerte. - replicó el hombre, último en consecuencias de una orgullosa estirpe de Sangre de Dragón largamente perdida en el tiempo - Pero en tu rostro contemplo al compañero del sol. Que el amanecer de la brillante gloria de Akatosh destierre la oscuridad que se avecina. - y en ésto, retirando las manos de los hombros del cenizo dunmer, el anciano Emperador se había erguido - Con dicha esperanza, y con la promesa de tu ayuda, mi corazón debe estar satisfecho.

- ¿Y no teméis a la muerte?

- Ningún trofeo de mis triunfos me precede, pero he tenido una buena vida y mi espíritu descansará en paz. - aseveró Uriel - Porque los hombres no son si no carne y hueso. Conocen lo que será su final, pero no la hora.

Y aquella frase… grabada a fuego por siempre en sus memorias de aquel día en adelante.

- Me han bendecido con la visión de la hora de mi muerte… - había continuado el Emperador, casi jadeante, imbuido en una doblez de la realidad a la que ningún mortal de vana sangre accedió jamás - ... Para encarar mi justo destino y, después, sucumbir.

No obstante aquello había sonado casi a maldición más que a bendición. Pobre desgraciado, toda una vida portando una carga tan pesada como la suya…

- ¿Qué debo hacer, Señor? - imploró el elfo oscuro, casi deseoso de ser llamado al servicio de aquel pobre hombre que tan necesitado estaba de consuelo y reposo - Si vos me necesitárais… os entregaré éstos míseros brazos que aún pueden empuñar una espada. ¿Adónde debo ir?

Y el Emperador, si muy brevemente, había sonreído.

- Yo voy hacia mi tumba. Una lengua más ensordecedora que todas las músicas me llama. - y temblando un instante de lo que el prisionero no supo si fue miedo o impaciencia, añadió - Deberás seguirme aún un trecho y, después, deberás partir. Permanece fiel, amigo mío; que tu corazón sea tu guía y que los dioses te den fuerzas. Recuérdame y recuerda mis palabras: ésta carga ya únicamente recaerá... sobre tus hombros.

Y fuerzas le habían dado, ya lo creía que sí. Le habían dado fuerzas… para echar a correr como la rata de cloaca que era en cuanto el peso de éstas palabras le había alcanzado en toda su magnitud.


Oh, por las barbas de Sheogorath…

Nada, que no había manera, oye. Despistar a aquel bastardo hijo de una s'wit estaba probando ser todo un desafío no solamente a nivel físico, si no a nivel mental.

Habían pasado menos de veinticuatro horas desde que pusieran al frente de aquella insidiosa partida de caza al cerdo traidor de Turmin Dreth, Boethia se lo llevase a él y a todos los de su sangre, y ya tenía encima una tensión muscular tan bestia que creía que, de un momento a otro, le daría un calambre o algo.

No había podido comer, no había podido descansar… por no poder no había podido ni echar una meada decente y, francamente, con todo lo que estaba sudando no creía que le fuera a hacer mucha falta.

Ay, ay, ay… ¿es que ésta gente no duerme o qué?

Ahora era cuando se estaba comenzando a percatar de la penosa realidad de su situación: antes le habían perseguido una tropilla de novatos con un altmer excesivamente blandito para su propio bien comandándolos… y ahora le estaba cazando un grupo más reducido que antes, con lo cual se movían más rápido, compuesto de asesinos veteranos liderados por un rastreador profesional con la misma sed de sangre que un perro de presa tras la liebre.

Desesperado, continuó arrastrándose entre la maleza, llenándose el rostro de arañazos en el proceso pese a la capucha de la capa encantada que lo cubría, y se paró en seco en cuanto oyó los cascos de los siete caballos que le estaban, literalmente, pisando los talones.

Conteniendo el aliento, se pegó a la rugosa corteza de un árbol y escuchó. Si algo había aprendido de tener tan cerca a sus perseguidores era que podía anticipar sus movimientos oyéndoles debatir.

- ¿Hacia dónde? - inquirió la voz, femenina y chillona, de una de aquellos sectarios con más que evidente impaciencia.

Hubo unos segundos de silencio.

- Deberíamos haber traído a un maldito khajiita para ésta basura. - dijo la voz de otro, un imperial a juzgar por el dichoso acento que el prófugo ex-asesino llevaba oyendo día tras día desde que pusiera el pie en aquella dichosa provincia del demonio - Ellos ven en la oscuridad.

- ¡Cerrad el pico! - bramó la inconfundible voz del rastreador, cargada de acento dunmeri y de una inconmensurable mala leche - Con la anterior partida de caza el objetivo se hizo con un buen número de pergaminos mágicos de un solo uso. Ha esperado a que cayera la noche para ocultar su rastro por medios arcanos. Estaos atentos a cualquier figura que veáis fuera de los caminos. No creo que sea tan estúpido como para correr a campo abierto sin obstáculos que disimulen su presencia. Dispersaos y peinad la zona.

Ay, por favor… piedad, Azura de su alma, piedad por una jodida vez…

Abrochándose entonces un par de muescas más el cinturón para evitar que el traidor estómago vacío delatara su posición, Eidon sacó su novísimo cuchillo élfico, regalo de una dama en la que en aquel instante terrible de su vida prefería no pensar, y continuó vadeando la maleza en mitad de una llovizna que, más pronto que tarde, se transformó en un aguacero torrencial que le dejó completamente remojado, con la capucha pegada al cráneo y escupiendo de tanto en tanto el agua que le escurría desde el inicio de la línea capilar hasta las narices.

Si salía vivo de ésta, pillaría un resfriado de cojones.

Y así, en la nocturnidad de la zona limítrofe donde se separaban las Tierras Centrales del inicio del Gran Bosque, bordeando peligrosamente la guía que suponía el Camino Naranja, ruta de unión entre las ciudades de Bruma al Norte y Chorrol, su inminente destino, el elfo oscuro se comió una tormenta de finales de otoño plagada de rayos, truenos, barro y una lluvia fría como la madre que la parió.

Casi agradeció en silencio, no supo si a los Daedra o a los malditos dioses imperiales, que el aguacero tocara a su fin para quedarse en simple llovizna de nuevo tras casi una hora caminando prácticamente de puntillas para no dejar huellas sobre la tierra mojada.

Y entonces vio algo.

De primera impresión creyendo que sus cansados ojos le estuvieran engañando, el ex-asesino parpadeó un par de veces y, sujetando su cuchillo con los dientes, se llevó ambos puños a los ojos para restregárselos a conciencia antes de ponerse a hacer especulaciones mentales.

Pero no, aún conservaba la vista (y la cabeza, algo ciertamente de gran relevancia a la hora de tener o no alucinaciones) en su sitio: a poco menos de veinte metros, sobre un pequeño claro a un lado del camino había restos de una hoguera.

Una hoguera reciente que, a la vista del temporal, había acabado pasada por agua.

Oh, por lo más sagrado, que hubiera alguien cerca, que hubiera alguien cerca…

Y casi sintió unas inmediatas ganas de ponerse a chillar de emoción como una colegiala en cuanto vio que sus oraciones habían sido escuchadas: al abrigo de una gran roca, arrebujada en lo que parecía una pieza grande de tela desgastada, raída por los bordes y desteñida, había una persona.

Una persona… ciertamente un poco chiquitina para los estándares de los mostrencos imperiales con los que había tenido el dudoso placer de encontrarse. Evidentemente no era un guardabosques o un jinete de la Legión Imperial.

¿Tal vez fuera un trotamundos de ésos que eran tan comunes a día de hoy?, ¿uno de ésos tipos que se metían en ruinas y demás y se ponían las botas a tesoros?

Como él en sus días mozos, pensó el hombre orgullosamente.

Era quizás demasiado… poquita cosa para ser un hombre.

¿Una mujer, quizás? Las más chiquititas por excelencia solían ser las bretonas.

Y una bretona que supiera canalizar sus energías místicas en algún hechizo de la Escuela de Destrucción o incluso Invocación le venía en aquel momento que ni pintada.

De modo que, con ésas mismas, comenzó a aproximarse al perímetro de la hoguera hasta que, quizás demasiado confiado en sus movimientos, había olvidado que llevaba puestas botas con remaches metálicos y el ruido de sus pisadas alertó a la mujer dormida de su presencia y ésta giró un momento el rostro escondido entre las mantas, ya que había estado durmiendo aovillada como un minino, y abrió súbitamente los enormes ojazos de un imposible azul eléctrico, casi galvánico, hasta enfocar las inmediaciones.

Repentinamente paralizado, a Eidon de Seyda Neen, ex-sicario de la temida Morag Tong de Morrowind, descendiente de una casta de hechiceras Ashlanders y aventurero veterano se le cayó el alma a los pies en cuanto, al repasar brevemente las facciones de la desconocida, se percató de que lo que tenía delante no era ninguna mujer si no… una chiquilla.

Una chiquilla humana flaca y demacrada, apenas una niña, de rostro sucio y pálido como una hoja de papel, cadavérico, con los pómulos y las cuencas de los enormes ojos perfilando la forma del cráneo, cada hueso sobresaliente debajo de la piel surcada de ramificaciones venosas indicando un grado de desnutrición tan avanzado que daba absoluta pena verla.

La observó llevarse una manita descarnada de un modo casi premeditado a uno de los pliegues de la túnica gris monacal que llevaba puesta, tres o cuatro tallas más grande que ella, y sacar… ay, qué lástima, una cuchilla rota.

Pobre criatura, pretendía defenderse con un arma en tan mal estado… el dunmer sintió inmediatamente compasión de la pobrecita.

No obstante, empujado por la desesperación y sabiendo a ciencia cierta la proximidad de los jinetes que cada vez le iban estrechando más el cerco, musitando una plegaria a los dioses para que le perdonaran por lo que iba a hacer, se movió en el más absoluto silencio entre los arbustos y, cuando estuvo justo detrás de la muchacha, se abalanzó sobre ella tapándole la boca para que no gritara e inmovilizándole las frágiles manitas a la espaldas con objeto de que soltase la penosa arma que portaba. No quería hacerle ningún daño, era tan pequeñita y tan frágil que el hombre sabía a ciencia cierta lo muy poco que le costaría partirle el cuello con una sola mano.

No obstante la chiquilla, si bien alfeñique, tuvo los arrestos necesarios para intentar defenderse mordiéndole la mano con la que le tenía tapada la boca.

Y los dientecillos de la condenada, Azura bendita, eran un rato afilados.

Aguantándose el grito de dolor como buenamente pudo, el dunmer le puso rápidamente a la chica la mano mordida sobre la zona inferior de la mandíbula, tirando la barbilla hacia arriba, forzándola a una postura de cuello incómoda y que le impidiera abrir la boca.

- ¡Maldita sea! - masculló entre dientes y notando el ardor del mordisco extendérsele a lo largo del brazo. Desde la mismísima punta de los dedos al hombro - No quiero hacerte daño. - vale, ponte tú ahora a comerle la oreja a una chica que no te conoce de nada para que haga exactamente lo que digas o ambos os podéis dar por bien jodidos - Escucha, no tengo tiempo para explicaciones, necesito que me dejes tu manta y que actúes como si los dos fuéramos una pareja de mendigos dormidos. Actúa con la mayor naturalidad posible, por favor, por Azura te lo pido.

La súbita relajación que los músculos de la muchacha experimentaron bajo su agarre le informaron que había captado el mensaje y colaboraría.

Mientras tomaba la manta que la chica le ofreció con el pulso tembloroso no pudo evitar sentir una ardiente punzada de culpabilidad que inmediatamente relacionó a su presente conducta: estaba actuando como un criminal. Con todas sus letras.

Pobre criatura, tenerle que hacer pasar por ésto… si su padre llegara a verle, a buen seguro que lo perseguiría a campo abierto con una gruesa rama de trama en la mano con la cual azotarle hasta dejarle las posaderas insensibles. No por nada había sido el viejo quien siempre les había inculcado a él y a sus dos hermanos pequeños, todos varones, que a los inocentes, si está en la mano de uno, se les ayuda, no se les arrastra a los líos de uno.

Sacándose uno de aquellos pergaminos robados a traición de las bolsas de viaje de aquellos malnacidos, Eidon forzó la vista lo indecible en la oscuridad y, con tiento y cuidado, fue pronunciando todas y cada una de aquellas palabras extrañas y anormalmente largas cargadas de acentos, diéresis y demás signos diacríticos hasta que dio con la combinación adecuada.

El pergamino de un solo uso tardó en deshacerse en sus manos lo que la magia que éste portaba tardó en adherírsele a la piel.

Completamente alucinado mientras se observaba la piel aclarada ante la evidente ilusión visual del hechizo y las ropas ajadas propias del mendigo que pretendía representar, el dunmer salió inmediatamente de su asombro en cuando atinó a ver por el rabillo del ojo a la muchacha humana abrir y cerrar la boca repetidas veces a modo pez.

Inmediatamente la asió de la nuca y le bajó la cabeza.

- ¡Finge que duermes! – le chistó con un hilo de voz – Aquí vienen…

Y esperaron. Y esperaron. Y esperaron…

Y esperaron durante un rato tan condenadamente largo que a Eidon ya se le estaban durmiendo los tobillos a causa de la extraña y antianatómica postura que había decidido adoptar al taparse con la manta de la chica cuando…

Nada.

Un breve soplo de brisa nocturna, el aún presente tintineo de la cada vez más moribunda lluvia sobre sus figuras encorvadas. Un fugaz escalofrío a causa del clima.

La chica exhaló una vez y, frente a su rostro pálido y demacrado, se formó una leve nubecilla de vaho.

Acto seguido el peso muerto de tres cuerpos les cayó encima sin preámbulos. Y Eidon quiso gritar de rabia.

Porque ni el silencio, la cooperación o la magia les habían servido a ninguno de los dos para evitar aquello.

Si en aquel momento los dioses andaban a la zaga observando, se estarían echando unas buenas risas a costa suya y de la chica.

Porque los dioses, Aedra o Daedra, cuando se lo proponían, podían llegar a ser unos auténticos hijos de la gran puta.


Apenas incapaz de hilar un solo pensamiento en su cabeza, Eidon de Seyda Neen guiaba al caballo que se había agenciado impunemente de las frías manos asesinas de aquellos hijos de su madre persiguiendo un único objetivo, una sola meta: ir más rápido.

Entregado sólo a la sensación tensa de constante alerta que la presente situación le estaba provocando, guiaba a su montura prácticamente a ciegas con una sola mano tirando de las riendas mientras que con la otra sostenía un bulto contra el pecho.

Un bulto del que, entre capas y capas de ropa como la piel de una cebolla, se escapó un gemido quebrado.

Un gemido que le dolió en el alma. Un gemido que, en su debilidad, aún pugnaba por aferrarse al aire que impulsaba sus pulmones y le daba la vida.

Desviando sus oblicuos ojos granate del camino un instante y alternándolos a toda velocidad, poseído por aquella prisa que le empapaba de sudor frío el cogote, entre las riendas y los vidriosos ojos azules de aquel preciado bulto… Eidon quedó preso por el dolor sin igual que leyó en ellos.

Y en su extrema empatía hacia aquella alma herida, la mente del dunmer se hermanó con la de aquellos ojos azules y comenzó a experimentar… dolor.

Un dolor que le cortaba la respiración, que le constreñía la caja torácica y que le arrebataba el preciado aliento vital a la misma velocidad con la que aquellas piscinas de pura electricidad galvánica se iban apagando.

Con aquella vida entre sus brazos, aquel corazón sujeto entre sus temblorosas y ásperas manos de ex-sicario, Eidon sabía cuánto dependía de su pericia como jinete.

Porque si aquella criatura moría... con ella, de alguna manera, una parte muy importante de él moriría a su vez.

Y ya no podía permitirse seguir muriendo. No como en aquellos tres meses de pura agonía donde, y lo sabía, una parte del hombre que antaño hubiera sido, había partido hacia tierras lejanas para no regresar… nunca más.


Nota de las autoras: y nada, que hemos vuelto jajajaja, con más Eidon y... ¡Tempest! Andamos atareadillas y éso, que ahora toca empezar curso nuevo. Yo por mi parte ando a pleno rendimiento, pero hay que reconocer que cuesta que fluya la historia sin repetirnos en cosas con "Hija de la Tempestad", aquí queremos abordar otro punto de vista, otras vivencias.

SeventhDevil: Sentimos la tardanza STOP Espero que disfrutéis. STOP Gracias por los reviews y por tomaros interés en las historias de nuestros personajes. PUNTO xDDD

Y nada, gente, leed , leed... allá agazapados en las sombras de la pantalla de vuestro PC. Desde el anonimato, desde una cuenta aquí o desde la otra punta del globo ^^