Previously, on "wheels falling off".
—No voy a taparte en nada, todo a su tiempo, Basti. Si te pasara algo malo correría por mí la responsabilidad, ¿sabés?
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—¿Me podés dar un beso en la boca?
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—A la próxima me la inyecto en la vena.
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—¿Te gusta...? Podés detenerme cuando q-querás...
—Siempre me gusta.
—¿Tenés novio y no me habés contado...? —pregunta Daniel porque ahora sí creo que sospecha algo y empieza a atar cabos, no hace caso del ruido porque no está tan a la expectativa y se muerde un labio queriendo tocarse porque la excitación lo sobrepasa. El pajarito está QEPD contra el suelo y se lo lleva un gato como merienda, si a alguien le interesa saberlo.
—N... no —es la primera vez que Daniel (el de su mente) le pregunta algo así, normalmente le dice que le quiere o que le desea y esa clase de cosas, no se muestra celoso porque no hay razón alguna, en la mente de Sebastián, para que lo esté. Se confunde un poco—, pero...
Se está destapando la olla.
Daniel no le cela, realmente, sólo pregunta por curiosidad, están a punto de acostarse y Sebastián le evade la mayoría de veces con su rollo de superioridad las relaciones románticas entonces, es algo obvio que quiera saber. Igual empieza a acelerar su mano mientras le besa la comisura de sus labios.
—¿Pero qué, Basti? P-Podés soltármelo —y acompaña sus palabras sacando su propio miembro del bóxer (sin pensar en la mala conexión entre palabras y acciones), gime cuando toca la carne del menor.
—No importa —que ya ha vivido esto del, ejem, sexo gay, pero eso su mente lo sabe. Ya que está más despierto, se pone más activo, le agarra el asunto y se lo mueve (fácilmente piensa que es el suyo propio y será como siempre en su mente de adolescente enamorado, los dos llegando al final al mismo tiempo). El gemido lo enciende a mil, separa más las piernas, if you know what he wants. Daniel le muerde la barbilla y jadea después con la mano de Sebas encima de su asunto, le alivia. Es como «woah» aunque solo resbale, con los ojos cerrados. No quiere saber qué diantres le habrá querido decir Sebastián, pero augura que no es bueno, su racionalidad se pierde en el calor.
Con todo... Sebastián dura menos de lo que en sus estímulos mentales y personales ha durado, pero es que muchísimo menos. Usualmente la escena puede hasta variar, pero ahora... Se muerde el labio fuerte y mueve más rápido la mano (reacción usual cuando están... Solamente él y la señora Manuela Palma). Son demasiados estímulos juntos y nunca se le había ocurrido que Daniel le pudiera morder o gemir así... Venga, si tanta experiencia tampoco tiene y mucho viene del porno, sabe lo suficiente para lo necesario.
Daniel dura. Dura mucho pero Sebastián ya no da más y gime, los ojos y las manos se le van hacia el rostro de Daniel, quién tumba un poco más a su primo en la cama para observarle mejor, quedando sentado en su pelvis, corriéndosela.
Sebastián ni se da cuenta, está buscando aire, aquí es cuando la ilusión se desvanece y él se queda dormido. Podrían tirarlo por la ventana y ni sentiría el golpe. Sin embargo, está Daniel, sentado en su vientre, gimiendo y frotándose de adelante para atrás. En vaivén.
Ruidos. Gemidos. Movimientos. Sebastián comienza a salir de la nube y se da cuenta que la ilusión no ha acabado, no entiende mucho, mira a Daniel moviéndose y le encuentra sexy. Qué raro. Sin darse ni cuenta, levanta las cejas.
—Toca... Me —suplica Daniel por más alivio y se muerde el labio. De su vientre chorrean gotitas de sudor, así como del cuello. Está completamente sonrojado por el ejercicio en resumen y no puede abrir los ojos, la excitación le sobrepasa—. Basti, B-Basti...
—¿Eh...? —esto está rarísimo, no entiende nada y le da un escalofrío por la espalda, se sienta, todo se siente tan real, le abraza para detenerle y él mismo masturbarle, por la concha de su hermana, ¿qué estaba pasando?
—Que me toqués... Así —susurra Daniel, cuando piensa que le va a masturbar más rápido, quita la mano y se lame los dedos. No me pregunten porqué.
—¿Daniel? —Uy, le ha llamado por el nombre, lleno de duda y un poco de pánico—. Decime algo que no sepa —Dios mío ahora va a quedar el desastre. Y le habla mientras le toca, cerquita de él, a un palmo de su rostro tiene la boca y le ve los ojos.
—¿De qué hablás...? —Daniel trata de fruncir el ceño pero sólo se confunde y no comprende nada. Y se desespera que sea tan leeeeento considerando que Daniel está al borde de morirse.
—Oh —Sebastián abre los ojos grandes al darse cuenta, la boca se le seca de golpe, reduce la velocidad de su mano... Pero no la detiene—. Carajo.
Daniel, necesitado de más contacto físico, le besa y mete la lengua hasta lo más profundo, sin ser bestia. Esperando que vuelva la calentura de Sebastián (que supone ha bajado debido al correrse). Le acaricia el pecho, impaciente, con ganas. Pero Sebastián se muestra más reticente, no tan apasionado para besarle. De pronto se da cuenta que... Ni siquiera la han metido ni nada correctamente.
—Dani, Dani —le llama cuando la lengua de Daniel le deja hablar.
El nombrado pestañea apenas porque no siente la correspondencia que esperaba.
—¿Qué...?
—¿Sos vos? —que es lo único que se le ocurre preguntar con el cerebro como lo tiene.
—No —rueda los ojos.
—A la mierda —se queda de piedra. Sebastián está bien garabatero hoy, miren. El calor empieza a diluirse tan rápido como llegó y Daniel se aleja de Sebastián, incómodo.
—Podés explicarme de una vez —pide, tranquilo aún. Y con explicarle se refiere a todo, porque le ha soltado una serie de disparates increíbles.
—Primero dejá que me explique a mí mismo... Decime, ¿estoy despierto? —están tan confundidos los dos. Daniel resopla y guarda silencio, mirándole únicamente—. No es joda, Dani —se lleva las palmas de las manos a los ojos y aprieta, pensando que la ha cagado—. Pero si estoy conversando esto contigo es que no es mi imaginación.
Daniel se muerde el labio y empieza a sentir frío, extiende el brazo para coger su camiseta y medio vestirse. Sin contestarle, porque está muy molesto con Sebastián. Le ha hecho una broma pesada. Prosigue a ponerse el bóxer y el pantalón que recoge del piso, en silencio.
Sebastián siente el cambio de presión sobre el colchón, se suelta los ojos y busca rápido sus lentes.
—Dani, esperá —le dice el adolescente hormonal de dieciséis al joven adulto, qué tal. Daniel se está portando admirablemente.
El paraguayo no va a contestarle hasta que no se empiece a explicar por todo el quilombo que le ha hecho pasar. Y se va a dar su tiempo, hasta de cambiarse completamente e ir por una birra a la cocina. Sebastián se levanta y está desnudo, viteh, recoge la primera prenda que encuentra rapidísimo y se la pone (el pantalón, los bóxers están por allí tirados), se le acerca rodeando la cama.
—Daniel, oíme.
Él te oye, mientras camina rumbo a la puerta, sigue decepcionado porque no se esperaba una broma de esta magnitud y menos viniendo de Sebastián.
—No pensé que fuera cierto —se explica, siguiéndole, pero no poniéndole ninguna mano encima para no ser agresivo, ni obligándole a voltear, o saltando enfrente suyo—. Me pasa todo el tiempo, pensé que otra vez te estaba... —traga saliva—, soñando. ¿Me oís?
Daniel traga saliva y se detiene al oírle lo último, voltea para encararlo.
—No te entiendo... Mirá, te voy a ser claro: si seguís metiéndote más a la droga se me va a olvidar que sos mi primo y te voy a delatar con tus viejos —ahora sí le riñe.
—No seás malo, Daniel, es normal a mi edad... —le pide, juntando las manos, pero al menos Daniel le escucha—. Te re juro que te lo explico todo si vos me contestás una pregunta.
Ya van llegando al living. Daniel sólo le mira, porque se ha quedado parado desde que volteó a verlo. Resopla más incómodo pero se queda callado, para que pregunte.
—¿Me querés vo'? —y lo dice así, queriendo decir muchas cosas sólo con eso—. Lo que pasó allá podría no haber pasado si vos no hubieses querido —traga saliva.
—Claro que te quiero y me duele que me hayás hecho una broma así —porque cuando lo encontró no parecía drogado—. Pero ahora, mirá... Sólo quiero olvidarme —confiesa porque es un lío horrible (más con el hecho que son familia cercana) y quizá estuvo muy mal intentarlo y hacerlo y sigue furioso por quedar a la mitad y se voltea a seguir su camino a la cocina.
—No ha sido ninguna broma —se le acerca un paso, con cuidado—. Estaba medio dormido, y hace un calor de puta madre. Pensé que era lo de siempre —le mira significativamente—. No fumé, creo, sólo una agüita y ni eso. Te lo juro.
El mayor camina hasta la heladera para sacar las cervezas, sin contestar. Otra vez.
—Cambiá de tema.
—Daniel, ¿que no me estás oyendo? —no está gritando, pero alza la voz unos decibelios. Se siente rechazado, hasta usado, pero eso no le importa porque lo ha disfrutado: la mojigatería está de más. Es la idea de Daniel rechazándole en serio, cuando no armó un plan para declararse ni nada (o, lo que tenía en mente, esperar que con los meses se le pasara la calentura).
—Bajame el tonito igual, que no tengo ganas de hablar del tema. Ya la cagaste, dejálo así —habla más alto porque está dolido y saca una cerveza—. Fue mi culpa por dejarme llevar con un nene, estuvo mal, ya no me lo recordés.
—No soy un pibe —murmura Sebastián por lo bajo, pero no le responde. Ojo, que no se ha dado por vencido, no se va a olvidar de esto tan fácil. Lo guardará en la sección de su mente para los pendientes, esos momentos agrios de los que espera una restitución de su dignidad (y tiene guardados algunos desde hace años). Corre la silla de la mesa.
Daniel le quita la chapa a la cerveza y mira de reojo a Sebastián, traga saliva. Se acerca donde él y le da un beso en el cabello, estando a buen tiempo de arrepentirse y no distanciar más a Sebastián con un silencio y que esto se cague, «te quiero, disculpame».
—¿Qué ha sido eso? No, no contestés —aún le molesta, pero algo es algo, le ha dicho todo lo que quería oír—. ¿Puedo beber? —y lo piensa, lo va a pensar todo el día y durante varias semanas, que Daniel le dijo que le quiere y que se disculpó.
—Que te quiero y que por más que nos esforcemos no nos vamos a olvidar... —admite Daniel y le acaricia el cabello, se siente débil (aunque irradia seguridad en sus palabras con si racionalidad), ¿por qué? Si ya no quería hablar con Sebastián—. Al menos yo no me voy a olvidar y va a estar revoloteándome en la mente...
—¿Dani? —le mira, levantando la barbilla para ello.
—Y que está mal, es mi culpa, son tus hormonas las que me afectan, no me dejan pensar —la cerveza se deshiela entre sus dedos, sin beberla. Suspira—. Basti, allá te deseé como no tenés una idea —le mira fijamente a los ojos—. Te quiero tanto —confiesa, de ésa manera romántica. Es muy torpe pero más vale intentar que lamentarse por no haberlo hecho.
Sebastián traga saliva y hace el amago de llevarse los dedos a los lentes, pero se detiene. Le da una pequeña excitación esa confesión.
—No está mal —niega.
—Sí está mal, me voy a sentir culpable cada vez que vea a mis tíos —ahora si le da un trago a su cerveza, aun con su otra mano en el cabello de Sebastián.
—Llevo soñando con esto por meses, no digás que está mal. ¿Quién decide eso? —y vuelve, inevitablemente, al hecho de que Daniel le enseñará a los niños pequeños lo que es bueno y lo que es malo.
Daniel contempla sus palabras y decide corresponder la declaración, arrodillándose frente al menor, le da otro trago largo a la cerveza para darse más seguridad y la abandona en la mesa. Le mira a los ojos:
—¿Desde cuándo... Te gusto?
—Desde que —se lo piensa, nota una actitud como de que le va a dar un sermón—, te vi con esa remera, la musculosa, ¿recordás? Estaba mi tía de cumple y hacía calor. Jugamos con bombitas de agua —no es realmente en ese momento, pero se acerca—. El día anterior —agrega, con cierta vergüenza—, me había garchado a una compañera en su habitación, los viejos no estaban y una cosa llevó a la otra.
Daniel asiente y sonríe porque se le hace muy tierno el relato, le quiere besar pero aún no es el momento. Levanta las cejas.
—¿Y qué pasó con la compañera?
—No querés oírlo —agacha la cabeza.
—Si no me lo querés contar... —sí quiere oírle.
—No es importante —explica—, pero fue como cruzar un puente y que se rompiera detrás mío.
—No te gustó —concluye y le palmea la rodilla—. Pero mirá, quizá ella tampoco tenía experiencia y por eso vos... —movimiento de un enredo con la otra mano libre—. Pero no, Basti, uno tiene que asegurarse bien —aconseja.
—No es eso... —se siente avergonzado—. No soy uno de los pibitos a los que les enseñarás cómo el papá le pasa su semilla a la mamá, Dani —aclara.
Daniel se ríe y muestra las palmas.
—Dale, kuimba'e pora, seguí —alienta con una sonrisa.
Sebastián suspira.
—Qué me queda si lo importante ya lo descubriste. Y nada. Siempre pienso que sos vos, no deberías subir esas fotos a Facebook —fotos que no tienen ni que ser sexys para que a Sebastián le gusten—. Llamás al pecado vo', viste —bromea, pero apenas sonríe.
Daniel se sonroja un poco y traga saliva, pasándose una mano por el pelo.
—N-No sabía que vos... —me stakeabas—. Es que me borraste del Facebook, ¿te acordás? —le besa un dedo de la otra mano, mirándole a los ojos.
—No es verdad —niega—. Borré ése en que me tenía mi viejo, para que no me pillara algunas cosas, pero dejé otro que tiene la foto de una vaca.
—Oh, pensaba que era de Martín —se ríe bajito—. Quiero besarte.
Sebastián le mira fijo, sorprendido.
—Hacelo —le contesta—. Pero hacelo de verdad, no pensés que soy un pibito que no sabe nada o que no entiende —aprieta un puño de los nervios, el corazón se le acelera apenas ante la perspectiva.
Daniel le sostiene la mirada, elevándose un poco y estirando el cuello hasta topar y rozar sus labios.
—Vos me gustás desde que le escondiste el dulce de leche a Martín, a los once años... —y le besa como solo Daniel sabe: hasta diluirle la razón.
A Sebastián se le detiene el corazón con esa declaración... Y con el beso es como si le resucitara, con un voltaje para decirles a todos que despejen. Quiere preguntar si es cierto, pero los labios tan cerca le ponen la piel de gallina y ya cuando Daniel le besa se le olvida hasta el nombre y la dirección, o lo que es lo mismo, se pierde completamente.
Daniel le besa, muy entregado en la acción. Le entierra los dedos al cabello desde la nuca. Siente como su corazón quiere reventar de lo feliz y pleno que está con Sebastián. Quien está con el cerebro fundido, nos lo podemos comer con pedacitos de pancito tostado, abre la boca, gime despacio y sin darse cuenta, y continúa besándole, inclinándose hacia adelante aún sentado. Daniel le sigue el beso un ratito más, algo en erección y se separa.
—Basti... La birra se va a calentar.
—Que se joda la birra —dice sin odio ni agresión hacia la cerveza, y un segundo después—. ¿La guardo? —para seguir besándole sin problemas.
Daniel se ríe de la «agresividad» en la frase con la que contesta Sebastián y bebe la cerveza mirándole a los ojos mientras se la termina.
Sebastián se relame entre que quiere cerveza para mojarse la boca y seguir besándole.
—Convidame —no especifica de qué. Entreabre la boca. Daniel sobreentiende que es la cerveza, toma un poco más y le da el último poquito. Limpiándose la boca. Sebastián toma la cerveza y lo hace en silencio. Es sólo un restito, se relame mirando la lata y se levanta para ir a sacar las otras cinco y llevarlas a la habitación.
—¿Todavía queremos ver una peli?
Daniel quita las manos de sus rodillas cuando siente que se para, y se levanta también. Suelta un suspiro a la limeña y se desordena/arregla el cabello, meditando toda la secuencia de escenas que se han desarrollado llegados a este punto.
—Bueno... Yo pensaba que... —carraspea y baja la mirada, pensando que Sebastián ya no quiere.
—¿Pensabas? —le pide que continúe... Queriendo pegarse una cachetada porque Daniel besándole vuelve a ser como si estuviera drogado, demasiado bueno para ser verdad.
—Eso, que vos... —no quiere completar la oración—. Bueno ya, voy poniendo una peli —sonríe y regresa a la habitación.
—Que yo... Pero Dani, sé claro —cierra la puerta del refrigerador que hasta se tambalea, en una mano sostiene las cervezas y en la otra el licor extraño que ha elegido Daniel.
Daniel piensa que pueden ver las películas de las dos maneras que él sabe cuando está con alguien que le gusta. Está esa manera donde uno ve la tele y el otro (él) besa el pecho desnudo de su acompañante, con un dedo acariciando lánguidamente su ombligo, causándole escalofríos y la piel de gallina. Y calentando la sopa, en general… O la forma tradicional (y menos sexy) de ver sólo directo a la pantalla, entrelazando las manos, claro. Espera que con Sebastián ocurra la primera, sinceramente. Llega al cuarto, prende la tele y se tiende en la cama, se hace ovillito para que le vean bien el poto.
Sebastián le mira el culo al llegar poquísimo después, cómo no, y deja las cervezas en el suelo junto al BIC, ¿que no ven que cuando él bebe con sus amigos es a escondidas y con vino barato y cervezas aún más baratas? O con un poquito de malicia en el mate. Aunque le han hecho probar tequila y una vez le robó una botella de pisco a su padre, regalo del tío Miguel.
—Voy a buscar algo y vuelvo —se lame el labio—. Elegí mientras, ¿vale? —no se va, esperando que le responda (y mirándole el culo todo el rato, listo para desviar la mirada de tener que hacerlo).
—¿Dónde vas? —jala del cuello de su camiseta, (porque estando dos minutos aquí, ya es palpable el calor asfixiante) y busca el control remoto en la mesita de noche. Sin encontrarlo.
—A mi cuarto —señala por el pasillo.
—Dale, pero... Dame otro beso antes —se apoya con los codos en el colchón.
Sebastián se sonríe y se le acerca. Inclinándose sobre él, estira los labios y cierra los ojos, no puede evitar sonreír.
Daniel sonríe, también y le besa. Sin cerrar los ojos.
Se nos va a iiiiiir, Sebastián suspira y no se detiene, le chupa el labio, pero Daniel sí se separa para mirarle embobaaaaado. El primero se inclina más, no queriendo separarse, le pone las manos en los hombros para no caerse. Seba, que ya no te quieren besar, entiende, aún te falta aprender.
Daniel le besa un tanto más, sin poder resistirse. A Sebastián el cerebro se le funde otro pooooocooooo y las hormonas empiezan a bailarle un tango lento. Se separa para respirar, aleluya, y cuando lo hace, Daniel suelta una risita leve y vuelve a atraerlo porque esa carita de nene le excita. Ahora con un poco más de lengua, cierra los ojos.
A la mier... A Sebastián ya se le ha olvidado que iba a armarse un porro a su cuarto, eso es un milagro. Se le echa encima, con casi todo su peso, las rodillas tocan el borde de la cama. Daniel hace unos cuantos mugidos o soniditos de quejidos entre separación y separación. Le abraza el cuello.
Van a estar así unos minutos, al menos hasta que Sebastián necesite de nuevo aire (pero perfeccionará muy pronto la técnica de respirar por la nariz mientras besa, esperen unos meses nada más). El chiquillo cada vez va a estar más inclinado sobre su primo, que todavía es más grande de cuerpo, para colmo. Daniel lo atrae más a sí, abriendo las piernas, llevando a que Sebastián se caiga sobre él y jadee, sonrojado, los lentes movidos cinco milímetros, pero sin ni notar eso.
—Repetime que sos real.
Daniel le deja besos por las mejillas, también respirando pesado.
—Soy real y te quiero a vos tanto que el pecho me va a explotar —le lame los labios.
—Tenemos —se acomoda, estirándose para quedar recostado sobre él—. Todo el finde, che, no creo poder alucinar tanto —se ríe—. Si no sos de verdad después no podré mirarte a la cara.
Daniel soba su entrepierna contra la de Sebastián y se muerde el labio, cierra los ojos.
—Podés contarme tus alucinaciones toda la cena a la vuelta de tus viejos —bromea y es osado con eso, como nunca, en medio de un bufido.
—No... Jodás, Dani, no se pueden con... tar —y en diez años Sebastián no va a negar que le tenía tan fácilmente excitado y a punto, pero dirá que era un niño todavía, que obviamente cualquier cosa le pondría así.
Daniel acaricia toda la piel de Sebastián que alcancen sus manos, y suelta un jadeo, especialmente para ponerlo más a punto.
Sebastián gime porque le roza el asunto con la cremallera de los pantalones, mala idea no ponerse ropa interior, y es una agonía, a esta velocidad va a acabar por segunda vez de la pura excitación y esto le está superando. (Daniel le enseñará casi todos los trucos que se sepa de grande, viste). Al paraguayo debe apretar el asunto hace rato, menea las caderas lento y en círculos, trata de abrir los ojitos verdes para ver como Sebastián disfruta. Y le besa otra vez. El menor aprieta los ojos y gime bajito, siente la espalda toda sensible, quiere que le toque más y le aprieta los brazos.
—¡Dani, Dani...! —se nos va a... Manchar la ropa.
Daniel cierra los ojos y bota aire por la nariz porque no quería que se corriera tan rápido, él se queda con ganas por segunda vez, igual le devora el cuello despacito, mientras le acaricia la columna vertebral con un dedo. Pobre Daniel. Se merece un abrazo.
Y no sólo él. ¡Sebastián está sobre estimulado! Con las cosas que está aprendiendo aquí después no se sorprendan porque las muchachas luego lo quieran para ellas. Balbucea inconexamente y tiembla, tiembla con los dedos en su columna, es demasiado, mejor que masturbarse sólo en las noches o que esas veces exploratorias en que ha terminado con mucho más dolor que placer. Se abraza a Daniel y le respira sobre la piel profundamente. Sus pantalones deben ser un asco.
Daniel se frota un poco más y cuando le abraza lame su oreja y el final de su mandíbula y...
—Sos egoísta vos… —susurra, igual enternecido con Sebastián, que con el movimiento le da otro escalofrío, sigue sensible, gime con la boca de Daniel haciendo todas esas cosas y hablándole... En sus sueños le imaginaba más sumiso, más tranquilo, sin considerar que, obviamente, Daniel le gana en experiencia.
—D-Da... niiiii.
—¿Me querés...? —susurra ronco en su oreja toda húmeda de saliva como la ha dejado y caliente, abrazándole más por abajo, le mete la mano en los pantalones, uuuuuhhhhh su cuuuuuuuulooooo, Daaaaaaaniiiiii.
—Síquetequiero, terequiero Daniii —abre la boca al sentir las manos allí y le entierra el rostro en el cuello—. En cuanto encuentre un laburo te daré regalos.
Daniel se excita más. Ladea la cabeza y le lame la nuca, metiendo la otra mano en el pantalón de Sebastián y con las dos manos apretare eeeel cuuuuuuuuuloooooooooo descaradamente. Respira pesado.
—Ah... Seba —suspira, aun sin creeer que sea posible tener las manos en esa parte de la anatomía de su primo—, qué rico sos, qué lindo, qué todo.
—Nos cambiamos a un depa, te puedo hacer el aseo y cocinarte —arroz, probablemente, y tallarines nada más.
—Bastiiiiiiiii... —suspira/jadea/gime, apretándole más y... Abriéndole.
—Mi vieja se va a poner histéricaaaahhh —es que le está apretando, cierra los ojos y se va a morir si siguen, se va a morir, denle un respiro y una cerveza. Daniel sigue y sus dedos le acarician el... ejem, bueno eso del culo que está logrando exponer y rozar. Con toda la maestría, bachiller y postgrado que se necesita para llevarlo a la nubes.
—Vos estás conmigo, no habrán problemas —promete, besándole el hombro.
—Pero se pondrá histérica si sabe —intenta hablar cuerdamente, le muerde el cuello—. Más lento —le pide, tensando los músculos.
—¡No puedo! Me habés calentado terriblemente, no me pidás que pare, es más... —trata de pensar en frío y no seguir besando la piel de su primo y jadea—. Necesitaré algo de lubricante... —sin dejar de acariciarle.
—¿Lubricante? —se asusta, pero no lo demuestra—. N-no tengo, no sé ni cuál se compra.
Daniel traga saliva y busca con la mirada a su alrededor, saca (con todo el dolor de su alma) una mano del pantalón de Sebastián y tantea por los cajones del velador, encuentra un pote y lo saca, ohhhhhhhhh creeeeeemaaaaaaa de almendras para cuerpo de la madre de Sebastián, ¿esto puede ser peor?
En algún lugar de Perú, una mujer estupenda (¿de dónde creen que sacó Sebastián el encanto?), se endereza, de piernas cruzadas.
—Ve~ tuve una sensación extraña. El argentino sólo se ríe bajo el sol, deben estar en una casa campestre bebiendo vino y esperando que Miguel traiga el pollo a la brasa.
—Boludeces tuyas, mujer.
Daniel se chupa los dedos y los vuelve a meter en el pantalón de Sebastián (lo hace para que sienta humedad, sin hacer nada más que acariciarle), que lo va a volver loco, trata de salirse de abajo.
Si es que puede con todo el peso muerto de Sebastián, y con que a éste cada roce le da sensaciones. Se ha recuperado, esos sí, y al estar más calmado nota que se mueve, al menos.
Daniel sale de ahí, sin quitar la mano de los pantalones, por Dios, que está concentrado. De tal forma que Sebastián quede de espaldas, Daniel de rodillas entre sus piernas abiertas, le baja el pantalón.
—Basti, he ganado experiencia porque nadie, nderakore, tenía la cara de vos o al menos parecida, y busqué... —se unta cremita en los dedos, metiendo esa mano dentro del jean de Sebastián—. Y se la metí a varios...
—La reputa que me parió —se acomoda de espaldas, abre las piernas más tontamente, porque los pantalones no se los ha sacado totalmente aún.
—Sí, la reputa que te parió —le acaricia la zona y le mete los dedos, con la otra mano se baja la bragueta y desabrocha el pantalón—. Y yo que te quiero tanto. Me sentía pedófilo, no era normal que a los doce años quisiera tocarte —despacito y suave—. Así.
—¡Dani! —se asusta y le agarra los brazos, el pantalón a la altura de sus rodillas no le ayuda a hacer esto más cómodo—. Tenemos todo el finde.
Sebastián quiere preguntar si a los doce años suyos o a los de Daniel, pero todo a su debido tiempo, no se iba a acabar el mundo ahora, ¿o sí? Por si otra persona se lo pregunta, fue a los doce años de Sebastián y a los diecisiete de Daniel.
—Qué. Qué... —pregunta, tratando de acariciarle igual—. Nooooo... Basti ten compasión de mí.
Sebastián le mira angustiado.
—Te prometo que sí... Después.
Daniel se muerde los labios y aparta a Sebastián como si fuera un saco de papas, aunque no tan bruscamente como suena, masturbándose solo. Éste le mira hacer, sintiéndose culpable, sin embargo, su cuerpo no lo demuestra. Prefiere una solución si es que la hay, así que retrocede un poco (con los pantalones todos ya trepados por las piernas hasta las rodillas, se va a caer en algún momento).
—Dejame a mí, sé hacer esto —le dice de pronto, muy confiado realmente en que sabe hacerlo bien. Se toca con la puntita de la lengua el labio, esperando con toda el alma que Daniel no esté enojado, enojado. Cosa que no está.
Daniel sigue haciéndose mientras jadea, mira a Sebastián empapado de sudor como está y se suelta el asunto, mostrándoselo como si fuera una bloody fruta que está lista para comer (o eso cree él en su mente). Sebastián se pregunta si está dándole la última oportunidad, pero tampoco piensa demasiado. Se relame y se inclina, de rodillas... Y no es tan bueno como quisiera, aunque él se considera a sí mismo ya conocedor de la materia. Se le llena la boca de saliva. Y se lo mete todo en la boca, sin trucos ni nada, sólo subiendo y bajando en un movimiento muy básico. Está seguro que con eso debería bastar, a él eso le ha bastado y si hoy en día de grande se mirara a sí mismo, se diría que era un tonto que no sabía nada, se daría un facepalm y se reiría un poco. Daniel espera y le pone una mano en la cabeza a Sebastián, suspira tratando de tranquilizarse.
—Date tu tiempo, aahh... relajate —sí, Dani, ahora recién lo dices, mientras el pobre chico se agacha, con clara expresión de no tener experiencia. Cuando siente que Sebastián se la mete toda en la boca, gime alto.
Y mejor será que le indique qué hacer, porque Sebastián se está ahogando con su propia saliva y el asunto de Daniel. Va a un ritmo medio, esperando (no tiene ni idea de cuánto tiempo estará así). Se escuchan ruidos mojados y obscenos.
Psss, la mamá de Sebastián lleva como media hora mandándole mensajes al celular a Daniiii.
Daniel jadea.
—Sacálo y volvételo a meter... —pide.
Su celular vibra en algún rincón de la cama con los mensajes de Felicia y él no se percata, obviamente. Sebastián le obedece, sacando la boca con un plop húmedo y traga saliva.
—¿De nuevo? —espera la confirmación. Daniel aguanta la respiración.
—S-Sí, Basti... Lo hacés de putamadre, te lo puedo jurar.
Y allí es donde le acarician a Sebastián el ego ese escondido y sonríe sin evitarlo al volver a... Al tema, eh, y así sigue un rato mientras el celular vibra y vibra y vibra y vibra tanto que termina por caerse de la cama.
Daniel se medio muere cuando ve a Sebastián que le duele la mandíbula y lo restante lo terminará con su mano porque para su primo ha sido suficiente, le sube la cara. Respirando agitadííííííííísiiiimo y no oyendo el celular, ninguno de los dos. Sebastián le mira, sin pensar que ha hecho algo mal, qué va, sino todo lo contrario, que Daniel ha quedado satisfecho.
—¿Ya? —le pregunta y mira su mano, y en este rato el cuerpo se le ha tranquilizado y descansado todos los miembros del mismo.
Las cervezas se deben estar entibiando.
—Besáme y terminamos —las cervezas estarán calientes cuando quieran beberlas, ay. Y su miembro expulsa el famoso líquido blanco y pegajoooooso.
Sebastián duda antes de besarlo, pero lo hace y ahora es su celular el que está vibrando en sus pantalones. El corazón se le acelera. Daniel le besa, rodeándole con los brazos como puede. Sudoroso.
Y así van a estar unos cinco minutos mínimo. Hasta que necesiten aire y Daniel se separe primero.
—Te quiero.
—Boludo —le sale del corazón como desbordándolo y le aprieta fuerte. Daniel lo abraza y le respira en el cabello. Y así abrazados, lo tumba en la cama, Sebastián se deja tumbar y le hace cariñitos en el cabello—. Estoy soñando, no sé qué me metí en el cuerpo, pero que no se vaya.
—¿Desde cuándo... Te metés tantas cosas en el cuerpo? —enarca una ceja, subiéndole una pierna.
—No me meto tantas cosas en el cuerpo, sólo María —le contesta sincero, le toca suavecito la pierna y la mira de reojo.
—Mmmm... No me gusta eso, cada porro que te fumés será una hora menos que me verás... Y que yo me preocupe —(uy no, Daniel, ya no lo ves hasta el año 2050). Le besa el cuello, se siente cómodo ahí, mordiéndole a penitas. Va a dejarle chupetones, probablemente.
—No hacen daño, te convido —uy, le echaron ficha—. No hay de qué preocuparse.
De los chupetones le echarán la culpa a... Una compañera. Eso. Y la madre de Sebastián dirá que su niño ya está grande y que ya no es su bebé que se dormía en sus brazos.
—Digamos que sí... —sube besándole por la mandíbula—. Me gusta tu piel, Basti. La besaría todo el día.
—Te preparo un porro y sentirás todo como nunca —le ofrece, se le hace agua la boca entre que le besa y se hace la perspectiva de la marihuana.
—Sólo esta vez —pide Daniel, entre besos lentos que deja alrededor del oído uruguayo, presiona su pierna encima de la contraria.
—Pero dejame ir —se ríe entre dientes y aprieta los ojos—. Daniiiiii.
—Dale, andate —susurra y le da una última lamida más, sin moverse ni quitar su pierna.
Sebastián se levanta despacito, por si las moscas.
—Elegí una peli y abrí dos birras —le pide. Daniel recuesta la cabeza en la almohada y suelta un suspiro.
—Me duele todo...
—No te mordí, ¿verdad? —le contesta, retrocediendo hacia la puerta.
—Vos no mordés —sonríe, con la vista en el techo. Refiriéndose al sexo oral que le hizo (sigue feliz con eso).
—Qué bueno —suspira, pone un pie fuera de la puerta—. ¿Una aspirina?
—No me voy a morir porque sienta el dolorcito ése que nos hemos guardado —de repente tan poético.
Sebastián sonríe con la sonrisa que pone cuando habla de temas más cultos o cosas que son más «de adulto».
—Esperame —y sale.
Daniel sigue pensando en todo lo que ha sucedido y grita internamente, se lleva los dedos a los labios, siente que todo su ser palpita.
Sebastián va a su habitación y se mete en el clóset, saca una caja de zapatos desde la parte más alta y revisa que haya papelito y filtros, se mira en el espejo de su habitación, se arregla el cabello y se devuelve con toda la caja.
El mayor sigue respirando un poco más lento y tantea con una mano por el control, jala de una esquina la frazada para taparse, prende la televisión, y el otro entra en la habitación con la caja, levemente incómodo porque esto es su secreto importante, mirándole inciertamente, brillitos alrededor que lo delatan. Daniel hace zapping a la tele y apoya su barbilla en la mano y se apoya en el codo en el colchón. Levanta la mirada a Sebastián.
—Oh... Me traés tus revistitas porno... Tus juguetitos, eeeeehh —bromea. Por la caja. Sebastián se ríe, agradeciendo que le baje al tema sin darse cuenta.
—Internet, Dani, internet. Se le acerca y se arrodilla en la cama, frente a él, sin hacer caso de la televisión.
Brishitos intensificándose, cuídense los ojos. Daniel mira la caja igual y sonríe no muy seguro.
Sebastián abre la caja despacito, pero hacia sí, cuidado con los brishos, cuidado. Los lentes le brillan también reflejando la luz del santo grial. Dios mío why, why Sebastián.
Daniel parpadea, y entrecierra los ojos por los brillos.
—Haihuepete! Me va a subir la miopía, Basti... Bajále un poco.
Sebastián gira la caja hacia Daniel y le muestra su tesoro, es un cogollo precioso que le regaló un amigo de veinticinco que se hizo no pregunten cómo, para su cumpleaños, y alrededor pequeños montoncitos de papelillos y filtros que se ha comprado de vez en cuando. Y Daniel se queda estático, observando la hierba. Y los colores, es moradita en rincones, es divina, ciertamente.
—Basti, mirá que... —se queda sin palabras.
—La estaba guardando para un momento especial, che —orgullo por su tesoro. Saca pecho, feliz de que opine así.
—... Soy tu momento especial, she —murmura, sin quitarle la mirada al cogollo. No se muere por fumarla, pero en realidad es alucinante ver tan de cerca una hierba tan cara. Sebastián se sienta de piernas cruzadas y toma un artilugio de plástico para moler, lo deja en frente suyo (esto es todo un rito, eh). Saca el cogollo y lo muestra para ambos, eligiendo por donde sacarle.
—Siempre lo sos —para todos, piensa para sí, con ciertos celos que, sabe, no vienen a cuento. Quizá Daniel no lo sabe, pero Sebastián sí, que le llama la atención a todo el mundo. Con su sonrisa y su cabello y su forma de acercarse a la gente. Dani se pasa la lengua por los labios y traga saliva, le mira saliendo del trance, se siente pleno cuando oye el «siempre», estira una mano y busca la de Sebastián.
—Sacá del moradito... —sugiere, se ve apetecible (de alguna forma)—. Me dejo llevar con vos.
—No es para tanto, sos universitario vo' —le quita importancia y le hace caso. En dos minutos ya está armando el porro mientras en la tele hablan sobre las críticas a una película de Hollywood. Saca la lengua y pasa la punta por el borde del papel, lento, con cuidado, se diría que con intención. A Daniel se le hace agua la boca y sus ojos verdes brillan con la lengua de Sebastián.
—Respeta a tus mayores —suelta, no tan decidido como esperábamos.
—Te respeto —vuelve a pasar la lengua al final del porro, terminando de enrollarlo. Mantiene la punta de la lengua afuera, pasándoselo para que Daniel haga el honor, quien traga saliva, otra vez, mirando hacer a Sebastián, no le va a entender hasta que no se lo extienda.
El corazón le aumenta unas cuantas pulsaciones.
—No traje las birras —hace notar.
—Las traje yo —le sacude el porro gordito enfrente suyo, con una sonrisa traviesa. Paladea porque se ha quedado con la lengua seca, se la pasa por los labios.
—Ah... Ah, sí —contesta distraído, y entreabre los labios, con los ojos fijos en los de Sebastián. Para que le ponga el porro ahí. Cosa que el otro hace, con sumo cuidado (no sabemos si por el porro o porque es Dani).
—Che, quiero tomarte una foto —confiesa al verle con ese porrito gordo y delicioso entre sus labios aún más deliciosos y esto debe ser algo así como lo más erótico que ha visto Sebastián en su corta vida. Los labios de Daniel están sequitos pero siguen viéndose carnosos, los cierra alrededor del pito y percibe el saborcito de la hierba encerrada en ese papel transparente, por primera vez, sonríe de lado. Se quita el porro un segundo y se revuelve.
—Cuando me mirás así siento que me caliento en todos los sentidos —en todos, así que denle el encendedor.
—No jodás, boludo —respuesta inteligente y «no me afecta». Busca el encendedor en la caja (adivinen quién se lo regaló) y se lo entrega—. Quiero verte.
Daniel lo toma y enciende cerquita al porro, cierra los ojos cuando aspira. Y como no sabe del procedimiento, bota rapidísimo el humo. Tose, tose, tose, tose y tose. Y Sebastián lo encuentra encantador... Siente que le está desvirgando.
—Poco, y lo mantenés en los pulmones, resistí —le insta. Daniel lo mira todo rojo por haberse atorado.
—Esta mierda es muy fuerte, she... —le tiende el porro, en devolución y se sienta mejor en la cama, tosiendo.
Sebastián se lo recibe, considerando la situación.
—Te ves tan lindo —le piropea—. Mirame —se lo lleva a los labios y le mira intensamente, pidiendo el encendedor con un gesto de la mano. Daniel tose un par de veces más y baja la mirada, extendiéndole el encendedor.
—No, no me interesa, dale, fumá. No miro yo —se lleva dos dedos a la yugular, mientras le habla y nota su pulso bastante acelerado, y eso que sólo fue una calada. Sebastián le sonríe sin ni siquiera intentar ser sexy, pero le sale por herencia. Enciende la punta y aspira mucho más que Daniel, tose un poco, pero mantiene el humo y le extiende tentativamente el porro, sosteniendo el aire, pensando un plan de respaaaaldoooooo.
Daniel lo mira de reojo y se sonroja de lo guapo que es Sebastián, se le nota mayor, muy aparte de tener fresquito todo ese magnetismo sexual que hace un rato les pegó fuerte... Va levantando la cabeza con el ofrecimiento del porro.
—No, Basti, no me gusta ya esto.
Sebastián deja el porro a un lado, sin hablar por no botar nada, los ojitos medio aguados, y le hace un gesto para que se acerque, asintiendo con la cabeza para darle confianza. Daniel se acerca, muy interesado en el gesto (a pesar de haber decidido hace sólo unos segundos que ya no quería nada de esto), le sonríe un poco.
—¿Que pío...?
Sebastián le pone las manos suavemente en la mandíbula, acercándole para ponerle los labios sobre los suyos. Suena un comercial de fondo sobre un perfume, palabras en francés y música lenta.
Daniel le mira la boca, los ojos... Y le sigue, abriendo los labios suavemente, y Sebastián hace igual al sentirle. Suelta despacito el humo que lleva guardado en los pulmones, le da su aliento vital, viste, entrecerrando los ojos. Se escucha un suspiro al hacerlo. (No tienen derecho a ser tan jodidamente sexys). Daniel aprieta un poco los ojos al sentir el humo pero igual lo recibe completamente, junto con el aliento de Sebastián, finaliza el gesto besando sus labios después, con suma lentitud. Medio saboreando el sabor de la marihuana y el de los labios uruguayos.
El menor se queda sin aire por dárselo a él, pero de todos modos le devuelve el beso laaaargamente, y lento, con sabor a marihuana. Daniel cuela su lengua. Queriendo saborear más marihuana del interior de las mejillas de Seba.
A la mierda, Sebastián intenta no calentarse, pero sin entregar batalla, respira sólo lo suficiente por la boca y sigue besándole, y si le dejan, lo volverá a hacer todo desde el comienzo. Le muerde los labios de a poquitos cuando su lengua sale, jadea una vez ahí.
—¿Más? —sonrisa de esas que tienen Francis, Martín y los latinos en general.
—De vos... —asiente Daniel, muy cándido (y eso que es el mayor) le da un piquito encima de los labios.
Sebastián no se espera el piquito, pero se sonroja sin quererlo, y vuelve a encender el porro y a tomar todo lo que puede, los ojos se le empiezan a inyectar de sangre, y se ríe un poco de contento. Daniel no se aleja, empezando sus ojitos a achinarse y ponerse vidriosos. Traga saliva con el cerebro trabajándole a mil por segundo, se está empezando a meter en sí mismo.
El menor se le acerca para que le bese, y ahora le va a meter la lengua. Daniel suelta un sonidito de sorpresa, pero abre la boca grande para que toda la lengua de Seba le entre, lo mira y siente todo un setenta por ciento más de lo que lo sentía hace quince minutos. Y Sebastián le tira el humo ya relajadísimo, y le come la boca con más ansias que antes, sintiéndose poderoso.
Los celulares tienen como cien mensajes perdidos cada uno. Daniel recibe el humo, lo tiene como en el esófago ya, y duplica la intensidad del beso que da Sebastián, tanta humedad, qué calor... Sebastián le abraza y se le medio echa encima y le besa, así podrán estar, no sé, o segundos o diez horas, depende de cómo sientan el tiempo cada uno de los dos.
Daniel se separa, apenas y le muestra el cuello. Siente que ha tardado una hora en apoyar la cabeza en la almohada, las caderas se ondulan sin su autorización.
—Me la habés puesto dura con un beso —confiesa.
—¿Fue sólo uno? —en algún momento Sebastián ha puesto la caja de zapatos en el suelo, seguro a patadas, y le extiende una cerveza tibia—. Qué poco.
Daniel suelta un gemido estrangulado, y se remueve como un gato con los ojos cerrados, apretando las piernas. Su mente trabaja demasiado rápido. Sebastián se le echa encima entre las piernas. Daniel se muerde el labio, un «mmm», tumbándose con él e imaginando la sensación del calor de Seba en cuaaaatro. Abre las piernas por el pesito que siente, por inercia. El otro le toca la mejilla con la lata.
—Abrí la ventana... —pide, en medio de un diálogo consigo mismo y el frescor de la lata en su piel.
—Está abierta, me voy a caer —está cerrada y hace un calor de puta madre. Resopla.
—Voy a... Meterme en el freezer, eso me bajará la calentura —sugiere Daniel, habla de forma literal, abanicándose con la mano.
—Te la bajo yoooo —Sebastián le lame el cuello por tooooodo lo largo y sigue por el esternón, sin soltar la cerveza que por suerte está cerrada.
—Ahhh... —se revuelve con Sebas ahí, medio fundiéndose y las manos le sudan para tocarle. Sebastián le lame la transpiración, aprieta la lata en su cuello, la piel de Daniel le sabe a agua y no tiene ni idea de por qué.
—¿Creés en los astros? —Sebastián pasa toda la saliva que le quedó en la boca, y ahora seca la siente pastosa.
Están desnudos, ¿no lo han olvidado, no?
—Mmm... S-Sí —se le descuelga un brazo por el borde de la cama.
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