Mi eterno agradecimiento a Rashel Shiru por su asesoramiento.


Ohtori sensei se lo había explicado todo.

Entró por la puerta de su habitación como si fuera el dueño (lo más probable), con la risa bailando en los ojos (eso le resultó extraño) y en las manos una cantidad ingente de folletos e instrucciones por escrito. Se sentó en la misma silla que había usado su hermano todos estos días y pacientemente le contó lo que tenía que esperar de la vida para los próximos meses.

En un par de semanas, una vez comprobada la correcta alineación de los fragmentos y que las fracturas comenzaban a consolidar, le retirarían los tornillos de bloqueo para no dificultar la correcta rotación y movilidad del tobillo.

Luego, bajo la atenta mirada de Kyoya senpai y de su padre, le enseñó cómo hacerse las curas en las heridas de incisión, esto es, allí donde su carne y sus huesos habían sido taladrados (sí, taladrados. Perforados. Literalmente. Haruhi no llevaba muy bien esa parte, se le revolvía el estómago y… Bueno, mejor paramos aquí. Demasiada información…) para insertar el clavo y los tornillos. Porque seguro que no quería complicarse la vida con una infección, ¿verdad?

Después vendría la rehabilitación y la fisioterapia. Interminables sesiones que la harían gritar de dolor —así mismito se lo dijo— para recuperar la fuerza y flexibilidad de los músculos de la pierna.

Y según como vaya todo, de seis meses a un año para poder retirarle el clavo intramedular. Pero eso ya será cirugía menor, en nada parecido a la cantidad de agujeros que le habían hecho en sus maltratados huesos. Abrir, quitar y cerrar. No pudo evitar otro escalofrío al imaginárselo.

Dos meses mínimo para volver a andar. Puede que más… Definitivamente, va a perder el trimestre.

Y la férula se convertirá en su inseparable compañera.

Y las cuatro paredes de su apartamento en su prisión…


Para cuando por fin salió del hospital, Haruhi ya estaba casi resignada a su destino. No la iban a dejar salir de casa (ni su padre ni el resto del club) sino para las sesiones de fisioterapia y los exámenes, así que más le valía aprovechar bien el tiempo. Oh sí, porque si se iba a volver loca encerrada en su propio hogar, por lo menos ella haría que sirviera para algo. Estudiaría y estudiaría. Y volvería a estudiar…

Al final, resulta que había una oportunidad (una sola) de no perder el curso: dadas sus circunstancias, la habían excusado de la asistencia obligatoria a clases pero debía aprobar los exámenes. Todos. Haruhi tenía la certeza de que Kyoya senpai tenía que haber ejercido algún tipo de presión en el profesorado para que se le permitiera hacerlo. O quizás no… Quizás fuera tan solo que veía fantasmas conspiratorios por todas partes… Es que… Es que era mucho… Muchas casualidades (?)… Demasiadas… La había operado el mismísimo hermano de Kyoya senpai, le habían dado una suite individual en el hospital (Ohtori, of course), había comido todas las exquisiteces que solo pueden servirse en un hospital para ricos excéntricos (junto con una cantidad insana de su atún preferido) y para colmo, el 'seguro médico para aquellos que me importan' había cubierto todos sus gastos.

El Rey Sombra en acción, sin duda.

Genial…


Los fuertes brazos de Mori la cargaron con delicadeza hasta el primer piso, donde estaba su apartamento, hasta llevarla a la habitación que compartía con su padre.

Pero donde debería haber estado su futón de siempre, su viejo y conocido futón, había ahora una cama articulada, claramente una cama de hospital, de esas ergonómicas a las que puede regularse la altura y con un mando eléctrico que permite reclinar y levantar el colchón. Con ruedas y todo para salir de la celda de contención en que se iba a convertir su dormitorio… Era bastante estrecha, de manera que no se comería el espacio de la habitación, pero lo suficientemente ancha para no estar incómoda. Haruhi estaba segura que esa cosa de aluminio y espuma viscoelástica valía lo que su padre tardaba en ganar dos o tres meses… O puede que más… Frunció el ceño…

Mobiliario médico… Proveedores para los hospitales Ohtori…

—Cambia la cara, Haruhi… —dijo Kyoya, leyéndole la mente, como de costumbre—. Esto es de parte de todos…

—¿A Haru-chan no le gusta nuestro regalo? —preguntó Honey con los ojos llorosos, a la vez que un pucherito adorable se formaba en los labios de ese eterno niño de veintidós años.

—No no no… —se apresuró a decir ella—. No es eso, Honey senpai… Es solo que…

—¿Qué, Haru-chan? —dijo él, las manos en el pecho sosteniendo su pobre corazón expectante. Por su mejilla ya corría una lágrima solitaria.

—Nada, Honey senpai —se rindió al fin la muchacha—. Muchísimas gracias a todos…

Mori entonces la deposita en la cama, teniendo mucho cuidado con su pierna herida, y los gemelos la condujeron a la salita de estar diciéndole tonterías como si fuera un bebé grande. Ella puso los ojos en blanco.

Mientras Ranka se mueve entre ellos sirviendo té y sonrisas (menos a Tamaki), Haruhi le susurra a Kyoya, de pie a su lado.

—Imagino que esto es cosa tuya, senpai…

—Solo les asesoré, Haruhi… Y les puse freno… —ella asintió. Podía imaginárselos perfectamente—. Tamaki quería una cama estilo princesa con dosel, baldaquino y cortinajes de seda rosa…

A ella le dio un escalofrío.

—¿Esto también va incluido bajo el concepto de 'gente que me importa'?

—No lo dudes, Haruhi… —respondió él, colocándose las gafas.

"Bueno… Cómoda sí que es…", concluyó ella, dándole golpecitos suaves a la que iba a ser su cama y su condena.


Un mes ha pasado desde aquel día funesto.

En cuanto le extrajeron los tornillos de bloqueo, la cama se quedó en el dormitorio y le 'apareció' una silla de ruedas en su salita. Eso solo hizo que los vertiginosos paseos que le daban los gemelos por el salón de su casa fueran todavía más vertiginosos. Sip. ¿Cómo es que se las arreglaban para eso, teniendo en cuenta las reducidas dimensiones de su apartamento? Ah, otro misterio sin resolver de la física…

¿Pero para qué vamos a mentirnos? La silla le daba más independencia. Haruhi podía ir de una habitación a otra por sí misma, sin depender de nadie, y a su antojo. Aunque ciertamente no era lo mismo dormir en esa cama que en su querido futón, pero con la pierna como la tenía, levantarse y acostarse hubieran sido un pequeño infierno diario para su padre y para ella. Así que la cama cumple su cometido más que bien, pero es la silla la que le da un poquitito de libertad. Puede hacerse un té cuando quiere, por ejemplo. Aunque en realidad hervir agua es lo único que puede cocinar. Para el té. O para el café… O para unos fideos instantáneos. Más que nada porque solo llega al primer fogón…

Tampoco puede bajar al sótano a poner una lavadora. Y mucho menos, ir al supermercado a hacer la compra. Así que para salvarla del arroz requemado de su padre, los chicos se presentaban con primorosas cestas dispuestas por el personal de servicio de sus casas. Pero eso solo por la tarde, cuando terminaban sus clases en la universidad. Habían sido establecidos rigurosos turnos de visita (una vez más, obra de Kyoya…) para no agobiarla. Le llevaban una hermosa cesta, le echaban un ojo y le daban algo de conversación. Y ya para cuando Ranka salía del dormitorio con los ojos legañosos, la incipiente barba y el malhumor de los recién levantados, se retiraban.

Pero a Haruhi las mañanas se le hacían eternas e interminables.

Ella era muy metódica y se imponía un horario estricto para sus ejercicios de fisioterapia y sus sesiones de estudio. Pero incluso así, las horas transcurrían leeeentas. Sumergida en sus apuntes y sus libros, hasta alguien como Haruhi (con su altísima capacidad de concentración y de abstracción del mundo real), necesitaba un respiro de vez en cuando.

Y de eso se encargaba Kyoya.

Haruhi tenía un teléfono móvil, cuya existencia ocultaba celosamente de los miembros del club. Especialmente de Tamaki, por razones más que obvias que no serán enumeradas aquí.

El caso es que tenía un móvil. Y Kyoya sabía que lo tenía. Porque él siempre lo sabe todo o porque Ranka se lo dijo solo a él, da igual (la debilidad —o descarada preferencia— de su padre con respecto a Kyoya es un asunto aparte). Pero no dejaba de resultar un hecho curioso que cada vez que el bip-bip de un mensaje entrante sonaba, Haruhi volvía de donde quiera que estuviera su cabeza en ese momento y se quedaba mirando el mensaje intentando desentrañar algún significado oculto.

Pero no lo había… ¿Cómo iba a haberlo?

Kyoya ya le había dejado bien claro que ella 'le importaba'. Así que las mil atenciones de Kyoya eran solo eso, atenciones para con una más de entre la poquísima gente a la que aprecia. Ella bien sabía que en el mundo frío en el que se había criado no existía la amistad sincera. Hasta que llegó Tamaki, un francés medio loco (¿o era un loco medio francés?) y cambió su vida y la de todos los que formaban el club. Sí, la extraña familia que se había creado había forjado unos lazos que iban más allá de las conveniencias sociales o de los beneficios comerciales.

Así que Haruhi formaba parte de ese reducidísimo círculo. Un círculo tan selecto y exclusivo que ni siquiera existía hasta que Kyoya cumplió los quince.

No es que él lo fuera pregonando por ahí, pero Haruhi lo conocía mejor. La máscara que había llevado toda su vida en ocasiones caía y podías ver al muchacho atento y preocupado que debió haber sido. Pero criado con el peso del apellido Ohtori, y la carga de ser un tercer hijo, dicha máscara era necesaria, tanto para el control y la manipulación en el mundo de los negocios como para su propia supervivencia, no dejando traslucir las emociones que lo pondrían en desventaja frente a los demás. Fue así cómo nació la leyenda en torno al Rey Sombra, que él mismo se encargaba de alimentar y hacer crecer. Porque le convenía. Porque había beneficio en ello…

Pero ella bien sabía quién se escondía tras esa máscara. Un muchacho. Un hombre. Un corazón generoso al que no se le había permitido sentir. Un tercer hijo al que se le habían trazado sus caminos sin darle oportunidad a probarse a sí mismo.

Un ser humano.

Así que el hombre tras la máscara, tras los cristales, atraía e intrigaba a Haruhi a partes iguales. En las últimas semanas siempre estaba ahí, cada vez más visible, más y más a su alcance. Le seducía su conversación, culta, inteligente y perspicaz. Su capacidad de análisis (sobre cualquier tema) le asombraba. Pero lo peor (o lo mejor...) es que su sonrisa (su medio sonrisa, porque Ohtori Kyoya apenas sonreía) hacía que decenas de mariposas volaran enardecidas dentro de su pecho. Y sus silencios… Sus silencios estaban llenos de palabras…

Haruhi no dejaba de repetirse que Kyoya haría lo mismo por cualquiera de los chicos, pero… ¿No podía ser ella especial para él?

Porque ella quería serlo.

Ella quería que hubiera algo tras esas palabras y todos esos gestos de amistad.

Algo privado, algo íntimo, algo solo entre ellos dos.

Así que esta cosa de los mensajes, era su secreto.

Y le encantaba.


Al mismo tiempo, al otro lado de la ciudad, un joven está pendiente de su teléfono móvil. Y mientras el profesor habla sobre los peligros de la privatización de los servicios básicos del país, una de sus comisuras se eleva dibujando una sonrisa.


Haruhi está que se sube por las paredes.

Sí, eso ya lo habíamos dicho.

Se había organizado las materias de estudio según los programas de las asignaturas, hasta ahí todo bien. Claro que los tenía. Pero necesitaba los apuntes, los dichosos apuntes de clase. Porque en clase se dialogaban asuntos que no reflejaban los programas, o se hacía hincapié en ciertos temas y se pasaban casi de soslayo otros... Y Haruhi, incapacitada para asistir al aula, no tenía forma de saberlo.

No tiene amigos en clase, no al menos ninguno que se atreva a pasar en coche por su barrio, así que le mata la incertidumbre de no saber si lo que está estudiando por su propia cuenta es lo correcto o no.

Se está volviendo loca.

Creo que eso también lo habíamos dicho.

Ajá, sí.

A pesar de tener los apuntes de hace dos años de Mori, Fujioka Haruhi se estaba volviendo loca. Porque no eran los de su clase, ni de su año. Ni los suyos.

Ah, pero una tarde, su caballero de brillante armadura aparece al rescate (para más señas, tal caballero lleva gafas).

—De la delegada de clase, dices… ¿Me has traído los apuntes de la mismísima delegada de clase? —a Haruhi se le abren los ojos de puro asombro. Kyoya piensa que jamás los ha visto tan-tan grandes…

—Sí, Haruhi. Ya te lo he dicho…

—Pero si es un témpano, Kyoya senpai, una auténtica bruja… —da un vistazo rápido a los papeles ente sus manos—. ¿Cómo conseguiste que te los prestara?

—No sé a qué te refieres, Haruhi… —responde él, sin variar la voz—. Simplemente le expuse tu situación y se los pedí para ti.

Haruhi aparta renuente la vista de sus papeles, y exhala un suspiro.

—La amenazaste, ¿verdad? —pregunta con esa voz, firme y seria, con la que ensaya para los juzgados.

—Qué cosas tienes, Haruhi. Yo no haría eso… —ella enarcó una ceja, dudándolo mucho—. Digamos que se le recordó que su padre tiene negocios con el zaibatsu Ohtori…

—Lo sabía… —declaró ella con un suspiro. Y esa parte de ella que quería creer que era más que especial para Kyoya aleteó de nuevo en su pecho—. Pero en fin… No puedo más que agradecértelo, Kyoya senpai. Entre lo que me ha dejado Mori senpai, mis programas y esto, tengo la posibilidad de salvar el trimestre.

—No es una posibilidad, Haruhi —dijo él—. Sé que lo harás.

Ella se lo quedó mirando, preguntándose si había escuchado bien...

—Tengo fe en ti —añadió él.

—Fe… —repitió Haruhi—. Ohtori Kyoya…

Un silencio incómodo se extiende entre los dos. Haruhi se siente abrumada por la confianza que Kyoya le otorga y él teme haberse excedido hablando de más. Así que para distender el ambiente, a ella no se le ocurre otra cosa que decir una frase que ha dicho antes mil veces.

—Mientras no lo sumes a mi deuda…

Pero en vez de la habitual réplica, él calla y la mira con los ojos fríos, distantes. Porque ella no sabe que le ha hecho daño. No tenía forma de saberlo... Esas palabras, repetidas una vez más, se erigen en un muro entre los dos, separándolos. Porque con una deuda comenzó su relación, su historia. Y duele porque esas palabras no hacen más que reafirmar la creencia de Kyoya de que Haruhi jamás va a verlo de otra forma. De que jamás va a cambiar la opinión que de él tiene. Un acreedor, un cobrador. Una máquina sin alma para el dinero y los beneficios.

Nunca un amigo.

Nunca otra cosa.

Y una vez más, la Haruhi despistada-para-ciertas-cosas-pero-tremendamente-perceptiva-para-otras hace su aparición estelar. Lo ve. Ve el dolor que sus palabras causaron. Y entonces, con un valor nacido de no se sabe dónde, deja los papeles en su regazo y extiende los brazos para buscar la mano de Kyoya. La toma entre las suyas y con voz suave le dice:

—Era una broma, Kyoya senpai… Una mala broma, lo siento… —dijo ella, vaciando su pecho con un suspiro—. Aprecio tu fe en mí. De todo corazón.

Y por una vez, solo por una vez, Kyoya se permitió ahogarse en esos ojos castaños.