Cuerpo cautivo


Albert Wesker & Claire Redfield


Capítulo dos: El capitán

Tired of livin' like a blind man

I'm sick of sight without a sense of feelin'

And this is how you remind me

This is how you remind me

Of what I really am?

How you remind me? – Nickelback.


Descargo de responsabilidad: No amigos, Resident Evil no es mi saga, ni ninguno de sus personajes me pertenece.


La joven Redfield en muy contadas ocasiones se había sentido tan patética como en ese momento, caminando con parsimonia, arrastrando sus piernas sobre la tierra húmeda, tratando de no tropezar entre la rugosidad y pastura que no eran visibles entre el suelo.

Iba siguiendo a Wesker. A Albert-hijo-de-puta-Wesker. ¡Era lo más humillante que había tenido que hacer en su vida! Seguir a ese loco por sus propios pasos. ¿En qué rayos estaba pensando? Lo que ella estaba haciendo era en sí una locura. Pero… ¡¿qué otra opción tenía?! ¿Salir corriendo? Mala idea. Probablemente la encontraría antes de doblar la esquina.

Claire exhaló como toro de bravía. ¡Tampoco se iba a permitir ir atrás de él como perrito faldero! Apuró el paso hasta quedar a un lado del hombre, quien ni siquiera giró la mirada. Claire no tenía la menor idea de a dónde se dirigían, pero al avanzar unos minutos en un incómodo silencio, se dio cuenta de que ella, al menos sin ayuda, no iría muy lejos.

Una gran barda de rocas interrumpía el camino, la senda se volvía demasiado angosta y la única forma de llegar al otro lado era escalando la estructura. Había un pequeño balcón de piedra lo suficientemente grande para que una persona pudiera ponerse de pie sobre ella. De alguna manera, Claire intuyó lo que pasaría después. El hombre se quedó mirando unos segundos el obstáculo que tenía enfrente. No era un problema para él. Sin embargo, la chica no tendría la misma facilidad para escalar.

Wesker se giró a mirarla e hizo el ademán de acercarse. La pelirroja seguía observando con suplicio la más clara representación de su debilidad ante él.

—Veo que es evidente para ti que podríamos llevarlos una eternidad escalando el monolito. Lo mejor sería utilizar un método mucho más efectivo. Prefiero que sea un tanto cooperativa y no cuestione nada de lo que ordene... —Wesker se resignó a lo que venía. —Sosténgase fuertemente de mí.

Porque claro, si la joven esperaba que él hiciera el primer amago, estaba muy equivocada. Odiaba a ese hombre con cada una de las fibras de su cuerpo… por ser alguna clase de arrogante, prepotente súper humano, incapaz de sentir nada por nadie más que por sí mismo. Y esa forma tan fría de hablar… "Mírenme soy Albert Wesker y soy un reverendo imbécil que se siente Dios".

Lo miró con desprecio, pero Claire no creía que él hubiese notado sus ojos impregnados de auténtico repudio, debido a las gafas y a la penumbra que envolvía el sotobosque.

A regañadientes, y sabiendo que sería lo peor que tendría que experimentar en mucho tiempo…

Albert Wesker ladeó su cuello hasta hacerlo tronar. Trató de no poner atención a nada alrededor suyo. Ni a la situación; se trataba sólo de otro trámite molesto que debía de acreditar para alcanzar sus objetivos.

Eso era todo.

Un mero procedimiento.

No estaba acostumbrado a la cercanía de otra persona. Mucho menos al contacto físico. Y tratándose de la mocosa Redfield la situación no mejoraba en mucho. Pero cuando Claire lo tomó del brazo… no hubo nada. Era un fantasma. Sólo un espejismo. Él sabía que la tenía a su lado. Que estaba tocándolo. Podía verla, mas no sentía su mano…

Y por primera vez en mucho tiempo, hubo en su mente lógica ciertos pensamientos de preocupación. Al parecer, su tacto había terminado por desaparecer.

Para su alivio, segundos más tarde, Claire cambió su mano del brazo a su hombro y esta vez pudo sentir un leve cosquilleo sobre la piel. Ahí estaba, casi imperceptible, pero presente. Tenía que rodear su cintura para poder alzarla, pero ya que sus manos estaban insensibilizadas, la fuerza que aplicó sobre ella fue errónea. Claire hizo un gesto de dolor; le estaba lastimando con su brusquedad.

El mayor estaba llegando a sus peores modos…

Sin ninguna señal, dio un brinco para llegar al balcón de piedra y arbustos, con la técnica de una pantera.

Claire casi se va de espaldas, no sólo por la velocidad del salto, sino además por la sensación desconocida que la recorría de pies a cabeza por la cercanía de Wesker. Un olor a colonia invadía su alrededor, exactamente la misma que el tirano portara en un pasado que daba la impresión de ser muy remoto. Claire pudo reconocerla. El olfato le trajo una memoria. Algo que creía haber olvidado.

Wesker logró de aquel salto llegar a la punta del barranco y a Claire se le fue todo color cuando se percató de lo cerca que quedaron del peñasco.

Y, por si fuera poco, ahí estaba ese horrible estímulo: la loción que alguna vez le había parecido tan elegante y ahora le estaba revolviéndole el estómago, aturdiéndola, recordándole tiempos en los que todo era muy diferente.


Iba a matar a Chris. Iba a asesinarlo tan solo con sus manos. No: primero le recriminaría durante varias horas hasta quedar satisfecha… ¡Y después lo golpearía hasta dejarle las manecillas del reloj grabadas en la piel! ¡Quizá y sólo quizá portando tal tatuaje aprendería a ser puntual! Mira que dejarle varias horas esperando en el aeropuerto no era un gesto muy amable...

Claire se dejó caer sobre su maleta, que estaba colocada en el suelo, y miró impaciente la hora. Era la primera vez que veía a su hermano en tres meses y, como siempre, como toda la vida, el problema con su puntualidad la ponía de muy mala caña.

Con esa lluvia… estaba empezando a resfriarse.

Empezó a juguetear con el celular en sus manos, sin poner atención en un hombre cuyos pasos se dirigían hasta su ubicación.

Buenas tardes, ¿es usted la señorita Claire Redfield? —dijo una voz suave pero disgustada.

La joven pelirroja alzó la vista, sintiendo una presencia que exigía respeto incluso sin decir palabra. El desconocido portaba uniforme un chaleco negro y una camisa bordada con la característica insignia que había visto utilizar a su hermano. No se veía en lo mínimo feliz. Su rostro era duro y usaba un par de lentes negros, en un día lluvioso, lo que para Claire indicaba algún tipo de desequilibrio mental.

"Uhm… de acuerdo, tal vez no tanto, pero si es algo extraño", pensó la joven con ojos aguamarina, notando cómo le colgaba una escopeta de doble boquilla en el inicio de la espalda.

Así es. ¿Cómo sabe quién soy?

El extraño pareció relajar los hombros tensos. Al menos no se había equivocado de chica.

Su hermano ha mandado sus más sinceras disculpas pero no se encuentra en óptimas condiciones para venir a recogerla.

¿Óptimas condiciones?

Discúlpeme pero… ¿podría decirme quién es usted? —preguntó con cierta urgencia. ¿Estaría su hermano herido? Y ella pensando en reclamarle su descuido... La culpa empezó a filtrarse por los escondrijos de su cabeza.

No es que desconfiara de los policías, pero ese hombre tenía pinta de militar frustrado o maniaco de guerra, y Claire no iba a permitir ser secuestrada en el primer viaje que Chris le había permitido hacer sola.

Wesker, adivinando sus pensamientos, sacó la cartera, donde se hallaba su placa y una foto de todos los integrantes del escuadrón especial de policía. Empezaba a cabrearse: la muchacha era tan tozuda y desconfiada como su hermano, y definitivamente no tenía el humor para estar discutiendo con una adolescente.

Soy Albert Wesker, capitán del Special Tactics And Rescue Service. Es cumpleaños de uno de los miembros y sólo digamos que le debía un favor a tu hermano —inquirió mostrando la fotografía. —Ahora, podría acompañarme hasta la patrulla o… quedarse aquí. Es su decisión.

Claire quedó fuera de duda de que se trataba del jefe de Chris. Sólo una persona tan arrogante podría exasperar a su hermano hasta el punto de tener que hablarle a su hermanita a las doce de la noche para quejarse. Chris lo había hecho al menos una vez.

Levantó su maleta y siguió al mayor hasta el automóvil.

Wesker metió el bulto en la parte trasera, tomó asiento y prendió la calefacción, dado que Claire temblaba visiblemente debido al frío. Desde pequeña había sido muy friolenta y esas lluvias tardías del otoño no eran exactamente su época favorita del año.

El capitán sintió una prenda detrás de él: era su abrigo. Lo sopesó un momento entre sus manos y desvió la mirada hacia la pelirroja que se hallaba temblequeando en el asiento de copiloto, soplando aire caliente a sus manos y con las gotas de agua cayéndole desde el cabello increíblemente rojo. No pudo evitar hacer la analogía mental con un canarito mojado.

Le tendió la gabardina mientras tomaba el volante.

Tal vez así pueda dejar de temblar —.Claire tomó el sobretodo negro y se lo puso encima. —Muchas gracias —musitó como respuesta.

La loción de madera y romero embriagó sus sentidos, mientras el carro avanzaba a través de las calles apadrinadas por las gotas de cielo.

Claire observó con intesidad a su inesperado "héroe". Parecía un tipo interesante, pero demasiado hermético como para mostrarlo. Había construido una resistencia perfecta hacia los demás, y los demás hacia él. Un trato cortés parecía lo máximo que se podría obtener cuando de respuesta emocional se trataba..


Algunas cosas simplemente no cambian.

La menor Redfield tuvo que agitar la cabeza para suprimir esos recuerdos.

Por pura inercia apretó la tela negra que residía sobre los hombros del mayor. Wesker ya había liberado su cintura. Se percató de no haberlo soltado y la chica se retiró como si su tacto quemara.

Albert Wesker ya no era el mismo.

No lo era.

Tenía que repetírselo.

Una y otra vez hasta que todo lo que pensaba se callara. Eran dos personas diferentes.

Dos personas. Los recuerdos son recuerdos y nada más, Claire.

Wesker se percató de la mirada perdida de su acompañante obligada. Estaba tan cerca que creía poder sentir su aliento. Pero ya no. Quizá unos meses atrás hubiera podido percibirlo. Todavía lucía como un pajarillo mojado, incapaz de volar. Sus alas de pitirrojo, cortadas con tijera.

Dio un salto para llegar a la cima, rompiendo el momento. La cabeza estaba empezando a palpitarle de nuevo, producto del uso constante de sus habilidades.

—Deme la mano —ordenó el adusto militar, ya estando arriba.

La subió sin el mínimo esfuerzo, y ambos se quedaron allí parados, contemplando la noche donde Venus había hecho acto de presencia en el firmamento. El tirano ni siquiera esperó a que ella se incorporara, encontró un árbol y caminó lo más alejado que pudo, con un deslizar espectral. No tenía tiempo para niñatas y ya podría solucionar lo de sus sentidos más tarde. Lo importante ahora era reescribir el génesis y grabar su nombre en la eternidad.

Claire estaba agotada. Habían caminado cerca de media hora, y el suelo fangoso le había dificultado mucho el paso. Se sentó en el suelo, aprovechando que Wesker se detuvo, seguramente a esperar el helicóptero, para tallarse los hombros doloridos de la carrera a la que había sido forzada. Podría resumirse en que Claire se sentía enferma. El frío, la soledad, los recuerdos...

La lluvia había disminuido, pero quizá demasiado tarde. Pudo mirar la oscuridad del bosque, el viento soplando fuertemente, arrullando la noche. Se quedó contemplando el paisaje unos segundos, sintiéndose tan fuera de sí... Esa realidad que estaba viviendo no podía ser la suya. Alguien se la había robado. Y ese alguien estaba de pie con su pose de autosuficiencia y preponderancia.

Miraba el perfil del hombre y de tan sólo imaginar lo que había detrás de los lentes negros, se estremeció.

Se sorprendía de cuán ilusa podría llegar a ser…


Ese mismo mes, el de la llegada de Claire a la ciudad, era el cumpleaños del capitán Wesker. Jill se había enterado mientras acomodaba los expedientes del personal perteneciente al departamento de policía. Y pues, como casi todos los viernes, habían ido a una cafetería con los compañeros a pasar un buen rato.

Sólo que esta vez ella, en genio y figura, había obligado al capitán y líder del Alpha Team a quedarse. Tarea titánica, épica y gloriosa que había requerido de casi una hora. Todos sabían que Jill era la persona más obstinada con quien se podrían haber cruzado. Y Wesker se veía obligado a reconocer que era una de las únicas cualidades que le hacían gustar de alguien.

La semana había estado bastante tranquila y la lluvia había dado tregua. Claire no creía que esa clase de buen humor fuera muy frecuente entre todos los miembros del escuadrón. Y claro estaba para ella, en tiempo presente, que las razones del buen modo en Wesker eran totalmente diferentes a las que cualquiera de ellos pudiese haber intuido.

La pelirroja no podía creer lo que sus ojos veían en ese momento. Las semanas anteriores había aprendido a conocer a ese capitán lo suficiente como para entender que debía conservar su distancia tanto como fuera posible y aceptar lo que él dejaba entrever sobre sí mismo.

Dentro de tres días tomaría el avión de regreso a casa.

Veía a las personas que le rodeaban. Por un segundo, le pareció que no se llevaban tan mal.

Jill yo no considero que ese corte de pay sea exactamente un círculo. Es una mancha… ¡está casi tan chueco como tú! —bromeó su hermano, mirando a Jill con el cuchillo en mano taladrarlo con la mirada.

¡No creo que tú pudieras hacerlo mejor, Chris! —reclamó la ojiazul, tomando una postura un poco indignada.

Redfield… será mejor que deje a la señorita chueca en paz si no quiere terminar comiendo pay bajo la lluvia —dijo Wesker con desinterés, disfrutando de una buena taza de café.

Claire no pudo más que reírse. Jill volvió a utilizar su mirada contra el rubio esta vez.

Sabe que eso no funciona conmigo… pero por en todo caso, ¿podría dejar el cuchillo a un lado por un momento? —bromeó el capitán.

¿Bromeando? ¿Realmente sabía hacerlo? Quizá eran los dos whiskeys que había tomado. Jill volvió a su tarea con una leve sonrisa en el rostro.

La novata Chambers miraba el techo con una ligera incomodidad. No encontraba el motivo por el que estaba allí; era la nueva, adaptarse le tomaría tiempo y no quería forzar las conexiones con todos los miembros del departamento. Lo más terrible era tener que soportar los nervios y aparentar tranquilidad siempre que se hallara cerca del capitán, y en general, con el resto de su equipo. Ser la más pequeña resultaba insufrible.

Para cuando bajó la vista a la mesa, comenzó a jugar con los paquetitos de azúcar.

Un par de cartas de póker aparecieron enfrente de su vista, de forma inesperada.

¿Sabe jugar? —preguntó la voz del rubio.

No —fue todo lo que atinó a decir.

Entonces tendremos que hacer algo al respecto… ¿Y usted, señorita Redfield?

Ella negó también con la cabeza, sentándose junto a Rebecca.

No les recomendaría que lo hicieran, si no pregúntale a Chris como le fue a su billetera la primera vez y la última que jugaron. Aprendió una buena lección —comentó Jill, con su mirada barriendo de manera juguetona a su pareja táctica.

Casi creo que disfrutas recordándolo, Jill —contestó el moreno, reviviendo cada mano perdida en aquella noche de copas.

Wesker fingió no poner atención, aunque internamente se estaba divirtiendo. Había disfrutado la exasperación de Redfield, siendo dicho goce una mejor recompensa que el dinero con el que lo sangró.

Primero elije una carta, dearheart, y no me digas cual es…

Así lo hizo la joven ojiverde, preguntándose dónde rayos habían metido a su capitán y quién era ese señor que tenía enfrente. Volteó la carta despacio, asegurándose de que el mayor no pudiera verla. Era el as de espadas.

Muéstrala a la señorita Redfield, regrésala a la baraja y después, revuelvan el masto de cartas.

Jill escuchaba discretamente, sin terminar de comprender el gusto del capitán por ese tipo de juegos de azar. Era lo único que se permitía hacer por mera distracción.

Cuando ambas niñas terminaron de barajear el bonche de cartas, Wesker disfrutó de su gesto expectante unos segundos. Tenía que admitir que el factor sorpresa había sido siempre su favorito. Y lo gozaba de sobremanera.

Bien, entonces... —El rubio dio dos toques con los dedos al resto de cartas, las partió a la mitad y después las abandonó sobre la superficie de la mesa, en forma de abanico.

Al parecer hay aquí un error, no puedo ver su carta en ningún lado.

No puede verla porque están todas al revés —inquirió Claire. Wesker sonrió burlón de medio lado.

Tal vez usted pueda ayudarme con eso.

El mayor acercó su mano detrás de su oreja y sacó una carta.

¿Es ésta, señorita Chambers? —preguntó mostrándola.

La joven comenzó a reír un poco: —No, la mía era negra… y esa es verde.

Wesker fingió su versión de la impresión, mirando su as de espadas color verde.

Bien… algo debió salir mal, entonces. Quizá si pruebo contigo, Rebecca.

Y repitió el mismo paso con la médico, revelando en esta ocasión la carta correcta.

¿Ve? Fue sólo un fallo en los cálculos —mencionó el líder de equipo, depositando su carta sobre la mesa. —Aunque en realidad mi favorita es ésta. —La escondió unos segundos cara abajo dentro de su mano, y "mágicamente", se transformó en el as de diamantes.

Claire sonrió. Eso era el truco más conocido del mundo, pero seguía siendo divertido…

Rebecca abrió los ojos sorprendida realmente. A veces podía ser bastante ingenua, lo cual encontraba adorable.

Me gustaría aprender eso también… —dijo la chica de apariencia menor a los diecisiete años, observando directamente al rostro a su capitán. Claire sospechó que aquella era una de las primeras veces que lograba hacerlo en total comodidad y sin rastro de miedo en su corazón.

Claro, si la señorita Redfield me devuelve mi rey de espadas, con mucho gusto le enseñaré como hacerlo.

¡Yo no tengo ningún rey! —refutó la joven de cabello rojizo, alzando las manos.

Revise su chaqueta —indicó el capitán, señalándole la bolsa.

Ella metió titubeante la mano al espacio que creyó en primera instancia vacío.Para su sorpresa, ahí estaba la carta. ¡Rayos! Debió de haberla implantado cuando la botó sobre el mesón.

—¿Lo ve? Soy incapaz de levantar falsas acusaciones. De acuerdo —. El capitán comenzó explicándoles las reglas básicas de una modalidad de juego sencilla. Después, se vio interrumpido por una mano que le tocó el hombro; Jill estaba ofreciéndole su porción de pastel. El adusto líder tomó una cuchara y lo probó con distracción.

Para lucir como una mancha, Valentine, sabe bastante bien.

Las imágenes se fueron tan furtivamente como llegaron. Fue la primera y última vez que Claire pudo ver a ese Wesker humano. ¿Habría sido el real o el que fingía ser?

Al parecer jamás sería capaz de descubrirlo.


Cerró los ojos unos segundos. Unos segundos, dejando caer la cabeza contra una roca. Y de nuevo el venerable silencio.

Demasiado sentir por una noche. Demasiados recuerdos vacíos. Demasiadas experiencias tiradas al olvido.

Para cuando el transporte había llegado, Albert notó la ausencia de cierta voz chillante. Estaba dormida… ¿o muerta? Descartó la segunda opción al detectar su respiración. Debía de estar desmayada o algo por el estilo para no despertar con el aterrizaje, pero quizá la moderna maquinaria del helicóptero lo había convertido ya en un sonido casi indetectable. Se acercó hasta estar a sólo unos pasos de la chiquilla. Tenía unas feas marcas en su rostro pálido y temblaba de frío.

El rubio se puso casi sobre sus rodillas e intentó acomodar a la muchacha entre sus antebrazos.

¿Por qué lo hacía?

No estaba seguro.

Y tampoco importaba.

Hay acciones a las cuales nadie debería de buscar significado. Wesker tenía el control ahora. Nadie iba a cuestionar lo que hacía.

Se quitó el abrigo de cuero; no era muy caliente y estaba un poco húmedo, pero al menos evitaría que se resfriara. Un dolor de cabeza sana, el doble lo sería enferma. Le tiró encima la prenda sin ninguna ceremonia, para después cargarla en vilo. Fue mucho más rápido que la primera ocasión ya que sus brazos parecían mantener cierto nivel de estímulo al contacto. Y aunque intentara acallar esa voz, también lo estaba haciendo porque la necesidad de volver a sentir algo se lo dictaba.

Cualquier cosa. Y ahí estaba ella. A su merced.

La recostó en uno de los asientos.

Albert se sentó del otro lado, sus ojos rojos cambiando a un tono ámbar, lo que indicaba cierto nivel de cansancio.


Claire despertó casi dos horas después. Estaba en un diván color vino. Con cierta casaca negra encima.

Se quedó mirando el techo.

Realmente algunas cosas no cambian.


¡Queridos lectores! Mil y un disculpas por el retraso. Espero que Wesker no esté demasiado fuera de sí. ¡Pero no sé acostumbren! Son simples recuerdos que quería formaran una conexión entre Claire y Wesker... así no tendría que basarme tanto en un amor odio. Los quiero, espero gratamente sus mensajes.


Fecha de la última revisión ortográfica: 11 de julio del 2018

[A quien encuentre una falta de ortografía, le debo un helado.]