¡Hola! Aquí les presento el segundo capítulo.


II. Boomer & Bell.

Odiaba a ese hombre mucho más que a la escuela y toda su asquerosa vida. Desearía poder haber salvado a su madre de aquel incendio, pero tan sólo tenía diez años. Este ha sido el 1 de abril más odiado de toda su existencia, todo por el hecho de que ese idiota al que nunca llegaría a llamar padre, se había sobrepasado con el alcohol. Si, de nuevo.
Lo peor de todo no era eso, eso siempre pasaba, si no que se atrevió a tocar a su hermanita. Bell era una niña dulce y linda de tan sólo once años, quien toda su corta vida ha visto los maltratos de aquel hombre a la persona más importante de su vida: Boomer, su hermano. La pequeña había nacido con un extraño problema: Su cabello era totalmente blanco, casi gris. Eso solamente la hacía más especial a los ojos azul océano de Boomer.

Ese primero de abril, cuando el muchacho llego a casa después de una cansada jornada de trabajo en Burger's Cross, escuchó el sonido de platos al romperse, y eso causo que se le helara la sangre: Thomas había regresado a casa temprano. Lanzó el skate en el que llegó al jardín delantero y corrió hasta la puerta de la casa, abriéndola de una patada. No había tiempo para buscar la llave y abrirla con ella. Dentro había un gran desastre en el comedor y unos cuantos vidrios en el suelo, pero ni rastro de Bell o Thomas. Subió corriendo los escalones y vio al hombre sentado en la sala de la segunda planta, con una botella e cerveza en la mano derecha y una sonrisa de estúpido. Volteo a la puerta de la habitación de su hermanita y a los pies de ella había vidrios y azulejos, producto de los vasos y platos lanzados con fuerza a ella. Volvió a mirar al hombre con una furia que nadie que lo conozca imaginaría que tuviera.

─¿Qué le hiciste, pedazo de idiota?─ Thomas volteo a mirarlo con burla.

─Entra y mira tu mismo─. No podía creerlo. Si se había atrevido a tocarla...

Giró la perilla de la habitación, pero esta no abría. Se estaba temiendo lo peor.

─¿Bell? Pequeña, soy yo, Boomer─. Dijo lo más calmado posible. Escuchó unos pequeños pasitos dirigirse hacia la puerta. Cuando la niña la abrió, el rubio sintió como su corazón se encogía poco a poco, y aunque la pequeñita sólo tuviera pocas y no muy grandes marcas de rasguños en las muñecas, ver las lágrimas marcadas en su rostro eran prueba de que estaba muy asustada y eso fue suficiente para que Boomer se sintiera pedazos. ─¿Estás bien? No te preocupes, ya estoy aquí─. En cuanto dijo esto, Bell comenzó a sollozar y sin pensarlo él la abrazo como si la vida se le fuera en ello. Duraron un rato así, pero el muy idiota de Thomas comenzó a reírse, obvio, igual de idiota de lo que era.

─Eres un hijo de puta Boomer. Y si, tu madre era una puta. Pero pagó su precio, y no me refiero con la muerte, si no con ese engendro─. Al señalar a la pequeña la furia de Boomer estaba al límite, pero trataba de tragarse sus palabras sólo porque no quería que Bell lo viera diciendo groserías. Ellos no eran hijos biológicos de Thomas, por pura suerte. Su madre y el hombre estuvieron casados durante unos cuantos meses y fueron los abusos de él los que causaron que la mujer se cansara. Escapó, se mudó a Nueva Zelanda y se enamoró. De este enamoramiento nació Boomer, y siete años después la pequeña Bell, quien tuvo problemas en el vientre de su madre. Un año con ocho meses después, su verdadero y único padre falleció de un cáncer terminal en el cerebro. Esto fue un duro paso para la familia, pero su madre no se rindió y siguió adelante con sus hijos, hasta que cuando Boomer apenas era un niño hubo un problema en la cocina que quedo calcinada por completo, junto con su mamá.
Fue así que los dos niños fueron a parar con Thomas, ya que aún seguía casado con su madre porque ella solo había escapado sin más. El coraje de Thomas al saber la vida que su esposa tuvo sin él fue tanto a tal grado de querer saciarlo con alcohol, y gracias al producto el hombre siempre se transformaba en un monstruo vengándose con Boomer, ya que a Bell nunca la encontraba. Y Boomer se había prometido que nunca lo haría, pero este 1 de abril fue algo que nadie planeo.

─¿No te hizo nada, verdad?─ Le preguntó con dulzura bajando a su altura después de que la niña terminara de sollozar. Ella negó con la cabeza tratando de sonreír.

─Trató de golpearme, pero recuerda que sé karate─. Comenzó a relatar. ─Jaló de mis muñecas─, Mostró sus manitas con los rasguños marcados ─pero le di una patada en la pierna y corrí a mi cuarto─. Por primera vez en el día mostró una sonrisa, de victoria porque pudo defenderse solita. Esto hizo que el rubio también sonriera.

Para él su propia felicidad constaba principalmente en ver a sus seres queridos felices.

─Eres muy lista─. Se levantó y sacudió el cabello de Bell, despeinandola, luego volteo hacia Thomas sin ninguna expresión. El hombre lo miraba con burla ─No intentes tocarla de nuevo─. Volvió a mirar a la niña y se agacho a su altura para susurrarle algo en el oído que sólo ella escuchara. Bell asintió con energía y entro a su cuarto rápidamente. Después de esta reacción Boomer se dirigió al suyo, pero Thomas lo detuvo tomándolo del codo por sorpresa. El contacto asqueó a Boomer y quitó la mano de Thomas con brusquedad, pero igual se quedó esperando a lo que le diría el monstruo.

Porque los monstruos sólo hablan estupideces sin pensarlas, y aunque pierdas tiempo en ellos, podrías reírte de sus comentarios, lo que es un punto a tu favor.

─Mira muchacho, tu y esa pequeña arpía están en mi propiedad, así que yo puedo hacer lo que quiera con ustedes─. Boomer trataba de no reír en ese momento. Thomas se acercó al ojiazul, quien pasó de tratar de no reír a tratar de no vomitar, aunque igual no se retiró ni un paso de donde estaba. ─Son tan iguales a esa perra de tu madre─. Su sonrisa burlona y arrogante hizo que Boomer estuviera a punto de tener arcadas. Frunció el cejo, pues aunque el hombre diera asco insultó a su madre, y eso no lo quería permitir. Aunque no lo quisiera, tendría que hacerlo hasta que tuviera dieciocho años y pudiera pedir la custodia de Bell. Dio media vuelta y se dirigió a su habitación.

En cuanto entro busco la mochila más amplia que tuviera y empaco ahí un poco de ropa y dinero ahorrado de su trabajo. Cuando sintió que tenía lo necesario para unos días fuera, abrió la ventana y se echó la mochila al hombro, para luego pegar un salto hasta el pequeño techo de lámina del cuartito en donde se guardaba la podadora de césped. De allí dio otro salto hasta el suelo y dio la vuelta hasta estar debajo de la ventana de Bell. Había perfeccionado esa maniobra de escape unas cuantas veces más antes de esa, y Bell también sabía que hacer, pues también lo había intentado otras veces. Ella ya tenía su ventana abierta. Lanzó su gran mochila a Boomer y se colgó de la tubería que pasaba debajo de la ventana. Boomer soltó las mochilas y abrió los brazos al aire para que u hermana se dejara caer y el pudiera atraparla a salvo. Después de que paso esto soltó a Bell y cada hermano tomó su mochila correspondiente. Mientras él miraba por la ventana que daba a la sala, en donde Thomas estaba completamente dormido con la TV encendida, Bell sigilosamente iba por su bicicleta y por el skate. Tomó el vehículo de su hermano y él cargo la bicicleta rosa en su hombro sin problemas. Caminaron con sumo cuidado a la puerta de la vaya del jardín y en cuanto salieron de la propiedad, echaron a correr. Unas tres casas a la derecha dejaron la bicicleta y el skate en el suelo, cada uno subiéndose al correspondiente y seguir su camino con más tranquilidad.

No tardaron más de media hora en llegar a casa de Butch, un sexy chico de veintiún años que aunque pareciera andar en muy malos pasos, no los daba tan malos. Era compañero de trabajo en Burger's Cross y un muy buen amigo de Boomer. Había sido expulsado anteriormente de la universidad, lo que provocó que tuviera que conseguir trabajo y un buen departamento. Tenía un pequeño hermano, Bart, que serían iguales si no fuera porque el niño de once años tenía los ojos de un verde más claro. En cuánto tocaron la puerta del departamento, Butch los miró con sorpresa.

─¿Qué pasa, hermano? ¿No debería estar dormida ya? Luego dices que el idiota soy yo y no sé que más...─

─Thomas se quiso pasar de la raya con ella. Tienes que ayudarme, Butch─. El pelinegro los dejó pasar sin problemas. El departamento era muy acogedor, y estaba demasiado limpio como para ser de un chico tan desaliñado como el que vivía allí. Le señaló a Bell la habitación de huéspedes y la niña se dirigió corriendo hasta ahí, estaba muerta de sueño.

─Acabo de llevar a Kaoru a su casa, ¿sabes lo incómodo que hubiera sido que estuviera aquí y llegaras tú con tu hermanita?─.

─No me digas que estaban en lo suyo─.

─Tenemos más de dieciocho años. Ya es legal para nosotros, enano─. Boomer soltó una pequeña risa. Luego de unos minutos charlando Butch se dirigió a su habitación, dejando a Boomer que tratara de dormir tranquilamente en el sillón.


Espero que les haya gustado, y si lo hizo, por favor dejen un rr. Sería de ayuda a continuarlo.

Gracias a todos jeje.

Nadia.