Aún sentía la caliente sangre manar de sus heridas abiertas, y resbalar por su tersa piel mientras era arrastrada por el pasillo por dos temibles guardias hasta la lúgubre estancia que se convertiría provisionalmente en su nueva celda.

Sentía sus rodillas débiles, doloridas y ensangrentadas, forzadas a deslizarse por el abrupto suelo de los pasillos subterráneos del ludus.

Trataba por todos los medios de no perder la conciencia pero las heridas recibidas durante su tormentosa huida, habían sido demasiado severas como para permitirle recobrarla por momentos.

El acre hedor a humedad, excrementos, sudor y sangre tanto fresca como seca impregnaba cada rincón del lugar a su paso.

Los pulsantes latidos que bombeaban una y otra vez tras su cabeza, impedían que pudiese pensar con claridad.

Huir... ese era el único pensamiento coherente que acudía a su mente en aquel momento. Huir... marcharse lejos de ese lugar, recuperar fuerzas y masacrarles a todos...

Los guardias se detuvieron frente a una tosca puerta de madera la cual debía llevar allí desde los comienzos del ludus, y nada más asegurarse de que era el lugar indicado la arrojaron sin contemplaciones dentro.

El aire escapó de sus labios en un lastimero y casi inaudible gemido de dolor cuando su cuerpo chocó contra el desnudo suelo cubierto de paja y heno.

"Animales", pensó, "solo eran animales para ellos..."

"Bestias salvajes, sin voluntad ni deseos..."

"Eso pronto daría igual", pensó, "pronto mataría a todos ellos..."

No importaba cuanto tiempo le llevase, no importaba cuantas fuerzas necesitase, pronto ella se convertiría en el azote de Roma y todos aquellos implicados con la caída de su pueblo rendirían cuentas a sus dioses por tal impúdica afrenta...

Intentó incorporarse un poco y una nueva punzada de dolor la atravesó desde el bajo vientre hasta el cuello. Una que la dejó sin respiración por momentos...

Entonces lo escuchó... fue un sonido sordo, ínfimo, casi inaudible y pequeño.

Llevando su temblorosa mano a su hermoso rostro ahora mancillado con crueles cortes de advertencia, se apartó un poco el desaliñado y oscuro cabello del rostro justo antes de fijarse en ella.

Una chica menuda, rubia, pequeña, sosteniendo una vasija entre sus manos y un cuenco en la otra. Temblando casi tanto como ella, pareciendo una frágil hoja al viento.

—No temas... —pidió la joven al tiempo que daba un quedo paso hacia ella sin perder de reojo la puerta abierta, sabiendo que los guardias se paseaban por el pasillo—. No... no te haré daño...

Tratando de conservar y reunir toda la dignidad y las fuerzas que le quedaban, la cautiva se movió reprimiendo ahogados gemidos de dolor y logró sentarse en el suelo, retrocediendo hasta que su azotada espalda tocó la pared haciéndola estremecer.

—Me llamo... me... me llamo Harper...—se anunció la dócil rubia mientras le acercaba un cuenco con cierto temor colocándolo a sus pies, antes de mirar nuevamente de reojo a la puerta y verter algo de agua de la vasija en él—. Ten... es tuya...

Resultaba estúpida tanta amabilidad en un lugar así, no pudo evitar pensar la herida guerrera pero en lugar de aceptarla, el orgullo se impuso más y con la poca fuerza que le quedaba dio una patada al cuenco que lo hizo volcar y caer, derramando todo el agua que la paja absorbió rápidamente.

La joven esclava se sobresaltó retrocediendo casi por instinto y dirigiendo temerosa la vista hacia la puerta, agudizó el oído para cerciorarse de que no viniese ningún guardia.

Dirigiendo su asustadiza mirada nuevamente a la maltrecha guerrera, tembló un poco y armándose de algo de valor y paciencia se agachó, consiguiendo poner nuevamente en su sitio el cuenco y llenarlo de agua antes de dejar la vasija a un lado, y ofrecérselo de sus manos.

—Necesitas beber... —murmuró la muchacha rubia insistente, dirigiendo nuevamente la cabeza hacia la puerta antes de volver a buscar sus ojos con los suyos—. Necesitas hacerlo para estar fuerte...

La guerrera que frunció el ceño doloridamente trató de apartar el rostro y dirigir su mirada orgullosa e indignada hacia otro lado.

Su acento sorprendió a la esclava rubia, extraño, amenazador pero no del todo desconocido para ella que había nacido entre aquellos muros, y que había sido obligada a atender a toda clase de esclavos traídos de todos los confines de la Tierra.

—Apártate... de mi...—advirtió la guerrera con más dureza de la requerida por la situación.

Reconoció al instante su procedencia y por ende, su rebeldía. Eran pocos los cautivos que de aquel bárbaro pueblo llegaban al ludus de Vero, pero no era la primera vez que uno de los suyos permanecía cautivo.

La esclava tragó con fuerza y tras dejar el cuenco nuevamente en el suelo junto a la vasija, la observó con temerosos pero cálidos ojos.

—Por favor... —pidió la joven suavemente tragando despacio antes de fijarse nuevamente en la puerta abierta—. Me han ordenado que te atienda...

—Eso no me importa... —escupió la herida guerrera con rabia en la voz.

La dócil esclava rubia cerro sus ojos reteniendo aquellas palabras en su mente, el temor atenazó su estomago que se contrajo con dolor.

—...me castigaran si no lo consigo... —musitó la chica sintiendo sus ojos humedecerse ante la idea de un nuevo castigo.

Aquellas palabras calaron en lo más profundo de la inhóspita guerrera, la idea de que castigasen a la chica por su culpa era algo que la hería en el corazón, pero le resultaba más devastador rendirse tan fácilmente.

Las lágrimas ya agolpadas en los ojos de la rubia comenzaban a deslizarse por sus mejillas, cuando la salvaje guerrera se atrevió a devolverle la mirada hablando lenta y pausadamente con cruel decisión.

—Este es un mundo cruel para todos...

Los ojos de la dócil esclava se abrieron súbitamente mientras más lágrimas se desprendían de ellos, escuchando como pesados pasos se acercaban por el lúgubre pasillo.

El corazón se le aceleró, el estomago se le encogió y un incontrolable temblor sacudió su pequeño cuerpo al tiempo que cerraba sus ojos vencida preparándose para lo que vendría a continuación.

Algo se removió dentro de la guerrera, algo que desconocía que tenía, algo quizás llamado piedad, quizás compasión... porque cuando vio a uno de los pestilentes guardias a travesar la puerta látigo en mano, su dolorido cuerpo reaccionó como si careciese de control, inclinándose frente a ella para coger el cuenco y llevárselo a los labios con decisión.

El guardia se sonrió grotescamente fijándose en la escena, y dirigiendo sus sucias miradas hacia la esclava al verla agachada frente a la nueva adquisición de su domine.

—Thelonious ha ordenado que cures sus heridas y la bañes, será un buen regalo para domine cuando este en condiciones.

Temblando levemente Harper, comprendió las palabras y asintió lentamente sin decir una palabra.

El guardia que la observó largamente unos instantes más, dirigió su mirada hacia el preciado regalo de domine y el hastío lleno su rostro con desagradable hedor.

—Fiera inmunda... —masculló justo antes de escupir sobre el suelo abandonando la estancia con rudeza.

—Gratitud... —fue lo único que pudo musitar aún acongojada la pequeña esclava sabiéndose salvada de un cruel castigo.

La guerrera que en un principio solo lo había hecho por salvarla de ello, no había sido consciente hasta ahora de la necesidad que sentía su cuerpo de beber tras toda la sangre que había perdido, y casi vaciaba el cuenco a trompicones.

—Más...—pidió ella casi en una sorda súplica temblando de dolor y ansia viendo como la diligente esclava volvía a llenarlo con la vasija.

—Aquí tienes...—dijo la muchacha no sabiendo como llamar a la guerrera.

—Ontari... —reveló la maltrecha guerrera sin dejar de beber a largos tragos con cierta desesperación, mirando con gratitud a los ojos de la joven—. Mi nombre es... Ontari...

Continuara...