Capítulo 2: ¿Cómo te llamas?
-¿Qué es ese lugar seguro?
Habíamos estado caminando todo el día, hasta atravesar el bosque. Ahora estábamos a la orilla de una ciudad enorme: Nueva York, había dicho. A pesar de que no había luna, la luz de la ciudad era bastante para ver claramente y habíamos improvisado un campamento a la orilla de un rio que olía horrible.
-Es un lugar donde no te atacarán los monstruos –me respondió. Eso era un gran avance. Durante la caminata le había hecho muchas preguntas, pero él me ignoraba o me daba respuestas vagas. Tal vez debería probar a preguntar más ahora que parecía más dispuesto a responder.
-¿Cómo te llamas?
Silencio.
-Mi nombre es Annabeth.
Silencio.
-Vamos, no sé como decirte –insistí-. Por favor.
-Necesitamos algo de comer –murmuró, ignorando mi pregunta. Era un caso perdido, habíamos vuelto como al principio. Pero ¿cuál era el problema? A pesar del calor no se había quitado nada de encima y cada vez que le preguntaba algo personal él me ignoraba.
Se acercó a la orilla del rio y se inclinó cerca del agua. ¿Qué esperaba? ¿Qué un pez saltara a sus manos por obra de… magia?
Imposible.
Se había escuchado un chapoteo y luego se levantó, mostrándome un gran pez.
-¿C... cómo...? ¿Qué...?
Volvió a ignorarme y se inclinó sobre una fogata improvisa que había prendido quien sabe cómo. Este tipo me sorprendía cada vez más. Parecía un niño explorador, conocía todas las técnicas de supervivencia.
Unos minutos más tarde me tendió un trozo de pescado, mientras él comía su parte. Para eso había tenido que bajarse la túnica que le rodeaba la boca, pero esa parte de su cuerpo no me decía mucho.
-Come. Aún nos quedan dos días de viaje.
Molesta conmigo misma por quedarme observándolo, me llevé el pescado a la boca... ¡Oh! Estaba delicioso... o tal vez tenía hambre. El punto es que me lo devoré en tiempo record y eso que no era pequeño.
-Hoy no hace frío. Puedes usar mi abrigo para tenderte.
Después de entregarme su abrigo, se alejó un poco y se apoyó en el tronco de un árbol. Parecía mirar las estrellas... esa imagen me hizo sentir melancólica. Él parecía una persona muy triste y solitaria.
Al día siguiente nos levantamos temprano y nos dispusimos a atravesar la ciudad.
Eso fue lo más extraño de mi vida, en serio.
Yo estaba lo más preocupada por lo que las personas dirían de nosotros: un tipo vestido completamente de negro, con el rostro cubierto y acompañado de una niña de siete años, toda sucia y desaliñada. Pero quién lo diría, nadie pareció notar nuestra presencia, o más bien ignoraban el hecho que parecíamos vagos (yo más que él). Cuando le pregunté sobre eso, él sólo dijo que veían lo que querían ver. ¡Una gran respuesta! Aunque ya me hacía a la idea que este tipo nunca me iba a dar respuestas claras.
Aprovechando que pasamos por zona urbana, decidí comprar un poco de ropa con el dinero que traía (los ahorros de todo mi vida, que no era mucho tampoco). El sujeto se quedó de pie en la entrada de la tienda, como si fuera un guardia. Me recordaba a esos guerreros antiguos, tenía una postura impecable, pero tenía la impresión que solo lo hacía para asegurarse que nada nos siguiera (como un monstruo), porque a veces se relajaba, como si estuviera muy cansado y llevara un gran peso.
-Gracias por esperarme –le dije cuando salí de la tienda.
-Debemos apresurarnos –dijo sin siquiera mirarme.
-¿Por qué? –le pregunté, mientras trataba de seguir sus rápidos pasos.
-Algo se acerca...
-¿Qué cosa? –pregunté con miedo.
Se detuvo y me miró.
-No te preocupes, estoy algo paranoico –dijo con voz suave, tratando de tranquilizarme. Luego volvió a caminar.
Seguía teniendo muchas dudas, pero decidí que era mejor esperar hasta la noche, cuando parecía más abierto a hablar.
Volvíamos a estar en una zona deshabitada. Habíamos cruzado todo Nueva York en un día. En serio, este tipo quería matarme de cansancio, no daba más. Lo primero que hice cuando dijo que pararíamos fue arrojarme al suelo, mientras él prendía una fogata.
-Toma –escuché. Me tendía de nuevo la cantimplora de anteayer-. Solo un sorbo.
Suspiré resignada y bebí el sorbo, de inmediato comencé a sentirme mejor.
-Gracias –le dije-. ¿Qué es esta cosa?
Tardó unos segundos en responder.
-Es néctar.
-¿Néctar?
-La bebida de los dioses.
-Ah.
-Al parecer no te sorprende. Entonces sabes quién es tu madre.
-Mi padre me contó como llegué a casa. Espera, ¿cómo sabes que mi madre es la diosa y no mi padre?
-Te dije que me hacía una idea de quién eras –respondió, y por su tono de voz parecía alegre.
-¿Ah, sí? ¿Y quién soy? –pregunté molesta.
-Annabeth, hija de Atenea –dijo con voz suave, como si no quisiera que los árboles escucharan.
-¿Cómo lo supiste?
-Eres inteligente y orgullosa.
-Mmmm, ¿y con eso puedes saberlo? –pregunté curiosa.
-Tengo práctica relacionándome con los semidioses. Conozco los rasgos que los diferencian dependiendo sus padres... –Ahora tenía un tono cargado de dolor y un poco de anhelo.
-¿Me vas a decir tu nombre?
-No.
-¿Por qué? –Volví a molestarme.
-Porque no quiero morir...
Eso me asustó y me dieron ganas de llorar.
-Olvida que dije eso. Puedes llamarme como sea.
Como si pudiera. Aun tenía un nudo en la garganta.
-B... Black –logré decir.
-¿Black? ¿No se te ocurrió nada mejor? –dijo burlándose-. Tal vez no eres una hija de la sabiduría.
-Sí, lo soy. Además, vistes todo de negro y eres un misterio, el nombre te queda como anillo al dedo.
-Depende el anillo.
-¡Es una expresión! No tienes que tomarlo literal.
Se rio... era la primera vez que lo escuchaba reír y eso me hizo feliz. Después me daría cuenta que cambio de tema por hacerme sentir bien.
