Para Vegeta, no había hora más conveniente para entrenar que la media noche. De aquella forma, no había empleados de la Corporación o malditos insectos que anduvieran rondando por allí y pudieran interrumpirlo en su cuarto de gravedad; ese que se había convertido en su guarida desde que la fastidiosa de Bulma lo había construido.

Debía reconocer que su mujer sabía hacer muy bien su trabajo, pero a veces resultaba ser una completa molestia que sólo gritaba ensordecedoramente sin parar, exigiéndole muestras de cariño y afección que no pensaba darle. Esas ridículas necesidades sentimentales de los humanos era lo que los hacía ser tan débiles e inferiores a una raza como los Saiyajin; por ello, no tenía tiempo ni ganas de sobajarse para hacerlo.

¿Tan difícil era comprender que él era un ser solitario e independiente? Que tuviesen un hijo en común no significaba nada para él, más que un lazo que lo ataría siempre a responder por el chiquillo pues, si algo recordaba de su padre, era la cuestión de honor que debía demostrar con su sangre y, le gustara o no, Trunks era su único descendiente. Pero fuera de ello, Bulma sólo era la mujer con la que intimaba para copular y satisfacer una de sus necesidades fisiológicas; o, al menos, eso quería seguir creyendo.

Esa quisquillosa mujer se le había metido entre los ojos y le estaba resultando difícil no dejarla de pensar. Esa maldita terrícola tenía artimañas que lo hacían caer como un novato en eso de la seducción; ¡y vaya que las tenía! La muy testaruda no dejaba de perseguirlo hasta que él cedía y terminaban contra la pared de cualquier habitación de la Corporación.

Pero caer en la tentación del sexo fugaz no era lo que lo inquietaba; sino la incómoda sensación que Bulma comenzaba a provocar en él. Se sentía asqueado, abrumado, consternado por no poder controlar sus instintos y frenar ese inservible sentir; y, lo único que le quedaba, era esconderse de ella el mayor tiempo posible para sosegar sus estúpidos pensamientos.

En un intento de apaciguar su frustración, Vegeta dio un puñetazo a uno de los robots de la cámara de gravedad, provocando que este quedara completamente destrozado. La adrenalina y el coraje comenzaron a correr rápidamente por sus venas, golpeando cuánta chatarra encontró a su alrededor; sin embargo, se detuvo abruptamente, tambaleándose.

Podía percibir el débil ki de Bulma acercándose en dirección hacia donde se encontraba él y estaba seguro de que su objetivo era ir a irrumpirlo con las estupideces de presentarse en el comedor a la hora de la cena en familia o llevar a Trunks a la cama y arroparlo como un padre normal. ¡Cómo detestaba esas ridiculeces innecesarias!

De un momento a otro, la puerta de la habitación se abrió, dejando ver la definida silueta curvilínea de Bulma, quien vestía un camisón para dormir, el cual lucía rebujado. Sus grandes ojos azules denotaban cansancio, pero era tan terca que no le importaba la situación en la que se encontraba, con tal de sacar su punto.

ꟷ¿Qué haces aquí? ꟷvociferó Vegeta, sin darle la cara.

ꟷVengo a buscarte ꟷafirmó la mujer, con somnolencia.

ꟷ¿Para qué? ꟷescupió con molestia.

ꟷQuiero que vengas a dormir ꟷpronunció irónicamente, aún en aquel estadoꟷ. Ya es tarde.

ꟷEntonces, ¿qué haces despierta? ꟷgruñó el hombre, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.

ꟷYa te dije que vine a buscarte ꟷinsistióꟷ. Además, quiero hablar contigo.

ꟷYo no ꟷdijo entre dientesꟷ. ¡Así que, lárgate de aquí, mujer! ꟷvociferó, aún dándole la espalda.

Pero, como era de esperarse, las palabras de Vegeta fueron en vano. Con pasos ligeros. Bulma se adentró al lugar, yendo en su dirección. Resollando, el reacio hombre no deseaba ver a su obstinada mujer, pese a ello, la encontró frente a él, en un santiamén.

ꟷSé que has estado evitándome ꟷafirmó.

ꟷ¿Y qué con eso? ꟷpreguntó con molestia.

ꟷNo puedes hacerlo toda la vida ꟷrespondió, retándolo.

ꟷYo puedo hacer lo que me plazca ꟷreplicó, Vegetaꟷ. Incluso, si se me antoja, puedo largarme de aquí para no verte nunca más ꟷesbozó una sonrisa triunfante.

ꟷNo lo harás ꟷaseguró, rápidamente.

ꟷ¿Ah, no? ꟷendureció su entrecejo ya fruncidoꟷ. ¿Por qué estás tan segura?

ꟷDe ser así, ya lo hubieras hecho.

Vegeta apretó su mandíbula, haciendo rechinar sus dientes. La necia de Bulma tenía razón; si hubiera querido marcharse, lo hubiera hecho desde hace mucho tiempo; abandonándola a ella y a su hijo.

ꟷ¡Lárgate de aquí! ꟷexigió de nueva cuenta, señalando la salida.

Bulma se encogió de brazos.

ꟷBuenas noches, Vegeta ꟷsin miramientos, lo besó desprevenidamente en los labiosꟷ. Te espero en la habitación ꟷdijo, saliendo de la cámara, cerrando la puerta tras de ella.

Vegeta se quedó pasmado y sintió que algo revoloteaba en su pecho. ¡Pero qué atrevida era esa mujer! Osaba retarlo y todavía lo invitaba a meterse a la cama que compartían. Quería sentir repulsión por ella, pero, en realidad, la tenía por él mismo.

Entonces, en ese momento, Vegeta aprendió que, por más que siguiera reprimiendo sus sentimientos, tenía una debilidad, una penitencia; y, en lo más recóndito de su ser, debía admitir que sentía algo por Bulma.