Día #3: Princesa.
Era el día más caluroso y aburrido del mundo. Las palabras que oía salir de la boca del profesor parecían balbuceos desde donde estaba él y cuanto más hablaba, menos entendía.
Poco podía comprender lo que se relataba en aquella clase de historia, que por cierto, estaba por matarlo. ¿Qué era lo que había dicho el profesor?, ¿la princesa… de bambú? ¿de la luna? ¿del tenis?.
Y ahí fue cuando apareció. Era una desolada torre justo al centro de un enorme valle. Su piedra gris marcaba un camino a lo alto, indicando una ventana.
¿Quién viviría ahí?, sus conocimientos le decían que había caído de la luna. Se alimentaba de bambú y jugaba tenis. ¿Quién?...
Una silueta apareció en lo alto del edificio.
La princesa.
Se arrodilló de inmediato. Dejó la raqueta en el suelo, justo frente a sus pies; tenía que mostrar respeto. Era su majestuosidad en persona.
¿En una torre?.
La chica le lanzó una pelota –que por cierto, era de tenis. Esta cayó justo sobre su cabeza y recibió honorablemente el impacto. Mantuvo los ojos cerrados puesto que no quería hacer enfadar a su excelencia.
– Quien reciba el impacto de esta bola de oro y le resista, será coronado como rey de este reino. Abre tus ojos, caballero.
Obedeció. Ahora veía un altar. Estaba arrodillado mientras observaba a la portadora de aquella aguda voz. Era la princesa, quien tenía cubierto el rostro por un velo blanco. Podía ver las finas facciones de la mujer, quien le sonreía sosteniendo un ramo de flores frente al sacerdote.
Se iban a casar. Había superado la prueba.
El honorable comenzó el rito del matrimonio. Ryoma ya se encontraba de pie, manteniendo su actitud a raya. No estaba seguro de si quería casarse aún, pero algo dentro de él decía que era su deber. Por el momento, su única preocupación era saber quién se escondía tras aquella tela blanca.
La homilía terminó, las preguntas continuaron, aceptó sin oponerse ante su real excelencia. Con sus dos manos tomó el velo que ocultaba el rostro de la chica y le levantó con cuidado. Cada centímetro de piel que aparecía le estaba dejando fascinado.
– ¡¿Ryuzaki?! –exclamó desconcertado, estupefacto.
Y toda la clase se volteó a verle.
–¡Echizen! ¿Otra vez durmiendo en mi clase? –le acusó el profesor desde el pizarrón.
Todos los demás estudiantes comenzaron a reír a carcajadas, al tanto que otros murmullaban el por qué el chico había nombrado a la trencitas del otro salón.
Rayos.
