Chapter 2:
… Con un corto asentimiento, los cuatro amigos se miraron entre sí, mientras el equipaje se introducía por arte de magia en una bolsa de pelo marrón que el anciano director entregó a Hermione. Inspirando con fuerza para relajarse, Harry y Ginny se dieron la mano, provocando una punzada en el interior de la castaña. Ella anhelaba poder hacer eso con Ron, poder besarle y probar el sabor de su boca. Dumbledore avanzó hasta ellos con seguridad y pasó el cordel de plata del pequeño objeto dorado por sus cabezas, y finalmente, activó el mecanismo…
Hermione abrió los ojos desmesuradamente; sus pupilas se dilataron al percibir la intensa luz blanca frente a su persona y, con un fogonazo rápido, se sintió flotar en el aire. Pudo sentir claramente la mano grande y varonil de Ronald agarrando fuertemente la suya, estrechándola y, al otro lado, la de Ginny, considerablemente más pequeña y femenina. No obstante, no podía vislumbrar nada frente a ella; la luz cegadora le impedía una correcta visión. Solamente fue cuestión de segundos que la luz se apagara de forma brusca y violenta, para dar paso a una imagen oscura, en tonos negros y grisáceos. Y finalmente, cuando todo a su alrededor parecía quedarse estático, la visión de la castaña se nubló completamente, desmayándose.
Cuando abrió los ojos, la blancura del lugar en el que se encontraba la deslumbró. Sus ojos parpadearon nerviosos durante unos instantes, hasta que se acostumbraron a la luz, y finalmente, pudo observar a su alrededor: se encontraba reposando sobre una cama de sábanas blancas.
Sus rizos de color chocolate se hallaban desparramados sobre la almohada, según pudo ver al girar la cabeza. La habitación era cuadrada, y estaba separada de las demás camillas por biombos de plástico blanco. Por la ventana, la cual estaba situada encima de su cabeza, entraban los rayos de Sol tímidos, inundando la habitación de un color pálido que resaltaba el blanco de las paredes. Suspiró tranquila; estaba en la enfermería de Hogwarts. No obstante, su paz se rompió cuando una voz profunda y grave dijo:
- Buenos días - por unos segundos pensó que le hablaba su antiguo profesor de Defensa y, en seguida, giró su cabeza bruscamente hacia el chico que había pronunciado tales palabras. Y no falló; un muchacho de cabellos negros y grasientos, con la tez extremadamente pálida y ojos negros le daba la bienvenida a los setenta.
- Buenos… días - murmuró Hermione para el cuello de su camisa, preocupada. Era a él a quien tenían que convencer; y una conversación en la enfermería después de un traumatismo grave y sin estar en su mejor condición podía resultar… reveladora para el muchacho.
- Yo me llamo Severus Snape… ¿tú?- la muchacha se quedo estática en su sitio, mirándole con los ojos desorbitados: le estaba preguntando su nombre. Si le decía el verdadero, en el futuro sospecharía… pero tampoco sabía cuál inventarse, así que, sin pensar en posibles consecuencias, dijo esta vez con un poco mas de fuerza:
- Hermione Granger. ¿Qué me ha pasado?- preguntó tras unos segundos de indecisión.
- Esperaba que tú me lo explicaras. Junto a tus amigos, apareciste de la nada en las afueras del Bosque Prohibido. Os encontré allí por pura casualidad; estabais todos desmayados.- respondió él con un deje de reproche en la voz. Sus ojos, oscuros y ligeramente hundidos, brillaron por la curiosidad. Hermione, no obstante, se quedó sin palabras; tenía que encontrar una coartada decente y que sus amigos le siguieran la corriente si no es que ya le habían contado al muchacho.
- Oh, yo, bueno…- empezó a balbucear incoherencias y, antes de que pudiera decir alguna oración coherente, la puerta de madera blanca se volvió a abrir, esta vez con fuerza, como si el que hubiese realizado esa acción estuviese muy seguro de ello. Y, por la abertura que había dejado la puerta, entró un muchacho de cabellos rubios platinados, ojos de color metálico, piel de porcelana y una sonrisa arrogante y bella al mismo tiempo.
- Buenos días, Severus. ¿Quién es tu bella acompañante?- preguntó sin rodeos con una voz grave y varonil. Los ojos metálicos se clavaron en los de su compañero, que apartó la mirada y dijo en un susurro:
- Hermione Granger.- tras una pausa, levantó la mirada del suelo y, con seriedad, les presentó - Lucius Malfoy, esta es Hermione Granger; Hermione Granger, este es Lucius Malfoy.
- Encantada de conocerte, Hermione.- susurró el rubio mientras besaba el dorso de la mano de la castaña, que no pudo evitar sentirse cohibida. Así que, entonces, este chico tan parecido a Draco Malfoy, era su padre… el mismo que no se separaba de Snape. Sí, Dumbledore tenía razón - pensó Hermione - parece que estén unidos físicamente, no le ha dado ni un momento de intimidad. Sus ojos castaños se unieron en una intensa mirada con los oscuros de su compañero, que parecía bastante inseguro y, finalmente, apartó la mirada hacia su amigo, que le miraba iracundo. Lucius se giró hacia su compañero y, sin mirarle siquiera, le tomó de su muñeca y empezó a caminar hacia la salida a paso firme, arrastrándolo prácticamente.
Hermione se quedó sorprendida al verles irse; Lucius se había comportado muy bien, aunque sabía que, al ser sangrelimpia, el protocolo lo regía, pero, al final, simplemente había parecido enfadado por algo que la chica no llegaba a entender. No obstante, recordó la mirada de Snape al cruzarse con Lucius; parecía incómodo y algo preocupado, y en el fondo de su mirada pudo divisar el miedo, aunque no sabía el porqué de esas sensaciones.
Durante unos minutos más, la muchacha siguió pensando sobre su reciente conversación, pero, sin llegar a ninguna conclusión, decidió levantarse e ir a por sus amigos y, especialmente a por Ron, a quien deseaba con todas sus fuerzas abrazar. Tan pronto como abrió la puerta, una jovencísima Señora Pomfrey le saludó, y empezó a informarle sobre sus compañeros de misión, los cuales hacia poco se habían levantado. Sin responder a las acuciantes preguntas de la mujer, partió por el pasillo de la enfermería hasta las distintas habitaciones en las que estaban sus amigos.
Después de haber entrado en dos de ellas sin encontrar a nadie, solamente las mantas de la cama blanca deshechas, abrió la tercera puerta, hallando en su interior a Ron, Ginny y Harry. Estos dos últimos se encontraban sentados sobre la cama, abrazándose, mientras Ron se sentaba en una silla de visitas, mirando por la ventana. Al entrar ella, todas las miradas se dirigieron a su persona y Hermione, feliz de estar otra vez con sus amigos, sonrió.
- ¿Qué tal estáis? Nos desmayamos todos al llegar a esta época - dijo un poco preocupada Hermione. Parecían estar sanos al igual que ella, pero su piel estaba un poco más pálida, y Ginny tenía un vendaje en la cabeza.
- ¿Cómo lo sabes?- pregunto ceñudo Ron. Sus ojos, de una agradable color cielo se posaron sobre los suyos y Hermione sintió como su corazón daba un vuelco.
- Me lo dijo…- antes de que pudiera terminar la frase, Harry, impaciente, preguntó:
- ¿Quién?
- Snape - a su alrededor, los muchachos palidecieron notablemente.- Fue él el que nos encontró en el Bosque Prohibido.
- ¡¿Cómo? ¿Has hablado con él?- preguntó horrorizado Harry. No podía evitar sentir cierto miedo ante la perspectiva de que fuese justamente Snape quien les hubiera encontrado, aunque siguiese sintiendo el mismo asco y odio hacia el futuro mortífago. No obstante, la castaña, que había entablado conversación con él y no le había parecido tan malo como aparentaba, no sentía el odio de la misma forma que su amigo; se había suavizado un poco, consecuencia de su preparación mental para hablar con él y fingir felicidad.
- Y con Malfoy - añadió, con un deje de desprecio en la voz. Al fin y al cabo, una leona odia a las serpientes traicioneras como ese par de amigos.- Le dije mi verdadero nombre, pero todavía no tenemos coartadas para explicar nuestra repentina aparición en Hogwarts. Creo que no le caí mal, no lo suficiente como para que no quiera volver a hablarme.
- Bien, está bien…- dijo con voz débil Ginny, recostando su cabeza adolorida sobre el hombro de su novio. Ron, sin poder evitarlo, desvió la mirada incomodo hacia la ventana. Por un tiempo, los muchachos se quedaron en silencio, meditando, hasta que la pelirroja preguntó lo que todos pensaban.- ¿Qué vamos a hacer ahora?
- No lo sé, Ginny…-respondió Harry, después de un suspiro cansado.- Por el momento deberíamos hablar con Dumbledore y darle las instrucciones que dejó el de nuestra época para él.
Y, tal como Harry lo dijo, los cuatro amigos se levantaron con rapidez y salieron de la sala en silencio. Por el camino, Hermione les notó tensos, y no podía evitar sentirse ella también inquieta; estaban en una época que no era suya, y aunque estaban juntos, sabían que no podrían hablar de nada de su tiempo, que ahora todo serían secretos entre ellos cuatro. También pudo percibir la mirada nerviosa de Harry escudriñando a los alumnos, intentando divisar a sus padres, pero falló en el intento, y pronto llegaron a la majestuosa gárgola que flanqueaba el paso al despacho del Director Dumbledore.
Cuando pararon frente a la gárgola, se miraron entre sí sin saber qué hacer y, tras unos instantes de indecisión, observaron perplejos como la gárgola de oro se movía, dejándoles pasar. Sin perder un segundo, Hermione se subió a uno de los múltiples peldaños giratorios, y pronto su acción fue repetida por sus amigos, que subieron con ella. Una vez llegaron ante la puerta de madera gruesa de roble del despacho, Harry sacó el papel doblado con las instrucciones del Dumbledore de su época del bolsillo y, llamando previamente, giró el pomo metálico de la puerta.
- Buenos días, señores, señoritas.- saludo con educación un Albus Dumbledore rejuvenecido desde detrás de su escritorio. La habitación, de forma circular, era casi idéntica a la que tenía en su tiempo, y Hermione se maravilló al ver la habitación del director, y la cantidad de objetos extraños que poseía en los diferentes estantes.- ¿Quiénes son?
- Emmmmm… yo… bueno…- empezó a balbucear Harry y, después de unos momentos de inseguridad, avanzó hasta el escritorio y dejó el pergamino doblado sobre la mesa. Los ojos del Director le escrutaron con insistencia y frialdad y Hermione, a pesar de que no le miraba a ella, pudo sentir el poder que emanaba del anciano, así como el miedo y respeto que provocaba. No obstante, tras unos segundos más de conexión de miradas, el hombre bajó la vista hacia el pergamino y lo leyó con los ojos brillantes.
- Entiendo su situación, señores… Potter, Weasley y Granger.- dijo leyendo el texto.- En el escrito no se especifica los motivos de su vuelta al pasado, por lo que deduzco que no me conviene saberlo.- Hizo una pausa dramática.- El siguiente punto a tratar es el de su estancia en Hogwarts… ¿Dónde piensan estacionarse? ¿Tienen alguna preferencia de Casa?
- Sí…- empezó a decir Ron con los ojos brillantes. No obstante, antes de que pudiera continuar la frase, Hermione le cortó.
- No deberíamos ir allí… sabes para que hemos venido aquí, solo lo fastidiaría de forma definitiva el estar allí.- Hablar crípticamente resultaba una tarea ardua para Hermione, a la cual le parecía algo sumamente difícil. Pero Ron, haciendo alarde de su brillantez mental, entendió a la perfección lo que quería decir y. en respuesta, dijo indignado:
- ¿No pensaras convivir con… esos?- preguntó con un deje de desprecio en la voz. Hermione posó sus ojos marrones en los de sus amigos gradualmente; todos parecían de acuerdo con Ronald.
- Al menos ir a una casa intermedia…- murmuro Ginny, todavía débil por el golpe. Esa idea fue acogida por todos, y finalmente, decidieron Ravenclaw como lugar de estacionamiento. Cuando el Director abrió la boca para seguir hablando con los muchachos, un golpe sordo le hizo mirar a la puerta. Otro golpe, un grito, una chica intentando mantener el orden, y repentinamente, la puerta se abrió, dejando ver las figuras de dos muchachos, que pronto cayeron sobre el mullido suelo tapizado de la sala, golpeándose sin saber de alguien que no fuera su enemigo.
- ¡Parad ya!- chilló nerviosa una pelirroja que entró por la puerta, mirándoles con enfado. A Hermione le dio un vuelco al corazón; era Lily Evans, la madre de Harry. Con rapidez, su vista se clavó en su amigo de ojos verdes, que miraba con fascinación a la mujer. No obstante, su mirada se desvió cuando el director levanto la varita y hechizo al que en ese momento se encontraba encima de su oponente, empujándolo mágicamente contra la pared opuesta.
- ¿Qué sucede, señorita Evans?- la voz del director recayó sobre los presentes con un deje de mal humor.
- Se estaban peleando como siempre y no paraban, así que los traje aquí. Rompieron varias sillas con sus hechizos, señor.- dijo con un tono educado la chica pelirroja, y Hermione la vio clavar sus ojos en sus amigos y ella misma.
- ¡Me intentaron atacar sus estúpidos amigos mortífagos!- dijo con tono de reproche uno de los chicos. El cabello de color negro con tonos azulados caía graciosamente sobre su frente, y sus facciones, suaves, estaban rematadas por dos perlas azules como ojos y una sonrisa capaz de derretir a cualquiera. Inmediatamente, Hermione lo identificó como Sirius Black.
- Señor Black, debería medir sus palabras.- dijo con tono conciliador el director. La mirada de los dos muchachos, Lily y Sirius, se dirigieron al tercero. Y a Hermione no le sorprendió ver a Severus Snape allí, con un labio partido y la mirada inexpresiva, sin brillo, muerta. Miraba al suelo como si este fuera lo más fascinante del mundo y en ningún momento se atrevió a levantar los ojos de sus propias zapatillas sucias y desgastadas. Sirius arrugó el entrecejo y, sintiéndose molesto, le provocó.
- ¿Qué pasa, no vas a defender a tus amigos sangrelimpia, Quejicus?- no obstante, el aludido no se dio por enterado y siguió mirando el suelo. Lentamente, su mano izquierda se levantó y, con la punta de sus dedos, se tocó el labio lastimado con delicadeza.
- Están castigados ambos: señor Snape, irá a hablar con el profesor Slughorn; Sirius, tú irás con Hagrid. Y cinco puntos menos para Slytherin y Gryffindor.- sentencio así el profesor Dumbledore con voz fría. Hermione vio a los tres muchachos salir y frunció el ceño; sabía que, desde pequeño, Snape siempre había sido de las personas que llevan siempre la cabeza en alto, orgulloso de sí mismo hasta la medula. Por eso mismo, no entendía a qué venía eso de callarse todos esos comentarios ofensivos que seguro tenía en la punta de la lengua. Una vez la puerta se cerró, volvieron a la conversación.
- Muy bien, después de esta pequeña interrupción… ¿por dónde iba?- se pregunto a sí mismo. Un breve vistazo al pergamino hizo que se acordara.- Aquí también dice que debo entrenaros… ¿Qué os parece venir cada mañana a mi despacho para empezar?- un asentimiento de cabeza general dejó el tema zanjado.- Bien; ahora tendremos que hablar de sus apellidos: Granger puede quedarse tal cual esta, pero Weasley y Potter son de familias sangre pura que tienen a sus hijos en el colegio. ¿Qué les parece, señores Weasley, el apellido Wessel?- los pelirrojos asintieron con la cabeza, sonriendo débilmente.- Bien, ahora usted, señor Potter…¿Potier le parece bien?
- Sí señor.- afirmó Harry. Hermione les miró extrañada: sus nombres, con esos apellidos falsos, sonaban grotescos. No obstante, se limito a sonreír, intentando transmitirles un poco de calor.
Una vez dicho esto, los muchachos inclinaron la cabeza como señal de reverencia, y tras una pequeña despedida, Hermione cerró la puerta tras de sí. Con lentitud, bajó los escalones siguiendo a sus amigos, que caminaban pensativos, delante suyo. Una vez llegaron abajo, la gárgola de oro les cedió el paso y los alumnos que se encontraban paseando por ese pasillo se giraron para mirarles con curiosidad mal reprimida.
