Disclaimer: Los personajes no me pertenecen son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 1: El comienzo
Los nubarrones comenzaban a cubrir el cielo a mitad de la tarde. El viento comenzaba a ser notorio y pude notar que mi compañero estaba empezando a tensarse.
-Bella, creo que deberíamos volver—dijo Jacob.
-No seas cobarde Jake—le dije.
Nos encontrábamos a unos buenos quinientos metros del suelo haciendo escalada en la cordillera de los pirineos. Mi familia era de Forks y nos habíamos marchado de vacaciones a España y Jake, siendo amigo mío de la infancia, no podía faltar. Desde muy pequeña siempre me han gustado las alturas y trepar a los árboles, mi padre solía decir que había nacido con genes de mono porque nunca, ni una sola vez en todos y cada uno de mis atrevimientos me había caído o hecho algún daño. Por ello, me compraron a los diez años mi primer equipo de escalada y lo cierto era que me encantaba. Lo único malo era que no habían muchos lugares donde practicarlo; los acantilados de la Push, algún que otro relieve escarpado… por ello, tal fue mi maravilla al llegar a este país, donde sus rocosas elevaciones y montañas se convertían en un auténtico paraíso para mí. Me enteré de que la cordillera más cercana a nuestro emplazamiento eran los Pirineos y rogué a mis padres que me permitieran hacer el viaje hasta allí y por fin hacer lo que tanto me gustaba. Al final lo conseguí, pero con la única condición de Jake me acompañara y no me quedó otra que aceptar. No me malinterpretéis, no es que no quiero que venga conmigo, es solo que el no está acostumbrado a realizar ese deporte y ya llevaba un buen rato retrasando mi avance.
-¿No has escuchado al hombre del tiempo? Se avecina lluvia, es mejor que descendamos y esperemos a que el clima mejore.
-Jake, si estás cansado, quédate aquí.
Nada más terminar de hablar comenzó a caer las primeras gotas de lluvia. Miré hacia arriba. Jacob no estaba mal encaminado, el tiempo estaba empeorando, pero calculaba que aún tardaría un tiempo en llegar lo peor.
-¿Ves? Te lo dije.
-¿Por qué no vas bajando y me esperas allí?—dije mientras subía un par de metros más con la cuerda de seguridad bien sujeta.
-¿Y dejarte marchar sola? Ni lo sueñes.
Continuamos subiendo mientras el viento se hacía cada vez más apremiante, al igual que lo hacía el aliento de mi mejor amigo.
-Jake, estás cansado, baja de una vez, yo no tardaré mucho.
-¿Te das cuenta de lo que me haría Charlie si yo hiciera eso?
Probablemente le pegaría un tiro, seguro. Mi padre era bastante protector (aún no se cómo es que me permitía hacer un deporte tan arriesgado como este).
-No se tiene por qué enterar.
-De ninguna manera—dijo intentando encaramarse al siguiente saliente sin éxito.
-Jacob, por favor—dije mirándolo directamente a los ojos—prometo bajar en cuanto la situación me impida continuar.
-¿Lo prometes?
-Lo prometo.
-De acuerdo, pero no tardes mucho, me quiero tomar el chocolate caliente en compañía y deseo no tardar mucho en hacerlo.
-Vale—le grité cuatro metros más arriba. En cuanto lo vi emprender el camino de vuelta al suelo continué.
"Por fin" suspiré. Adoraba Jake, pero adoraba más escalar sin compañía. Me sentía tranquila, me sentía libre.
Me encaramé al siguiente risco sin problemas ignorando por completo que el viento y la lluvia continuaban arreciendo con fuerza. Ni siquiera notaba que mi cara estaba completamente empapada.
El paisaje desde allí era absolutamente hermoso. Ante mis ojos se extendían hectáreas y hectáreas de verde espesor vegetal y de vez en cuando asomaba hierba y alguna que otra flor de entre los peñascos que me rodeaban, como también lo hacían pequeños animalitos importunados por mi repentina aparición. Era la magia del mes de abril. Subí y subí con rapidez y con decisión, como si al final del camino pudiera llegar a tocar el cielo. Nunca pensé que esta afirmación pudiera llegar a hacerse realidad.
Posé mi pie izquierdo en el hueco entre dos rocas que, en otras circunstancias me habría resultado completamente seguro, pero resbalé y eso casi me provoca la caída al vacío. Fue entonces cuando me percaté de mi inconsciencia. Todo a mí alrededor estaba encharcado y la tierra se había convertido en barro. El viento comenzó a empujar mis extremidades de su lugar seguro y el día se había apagado con una velocidad impresionante por culpa de las tupidas nubes. Miré hacia abajo. El suelo estaba demasiado lejos y el terreno ya no parecía estable lo cual me negaba toda posibilidad de bajar a tierra. Mi única posibilidad de salir ilesa de aquello era encontrar un lugar medianamente seguro donde resguardarme de la lluvia. Comencé a buscar desesperada un lugar adecuado pero la lluvia me caía de lleno en la cara y me tapaba la visión. Estaba asustada. Muy asustada. Busqué a ciegas algún punto donde apoyarme para ver si más arriba encontraba algo y por muy poco lo conseguí, aunque continuaba sin ver nada. Un rayo iluminó el cielo, y otro, y otro. La tormenta se acercaba a una velocidad vertiginosa y comenzaba a pensar que no tendría escapatoria. Fue gracias a uno de esos rayos que conseguí ver a un par de metros a mi derecha lo que parecía ser una grieta lo suficientemente grande como para caber una persona y, sin pensármelo dos veces me dirigí hacia ella. Me costó bastante trabajo llegar, el terreno estaba ya increíblemente resbaladizo y el viento me tiraba para atrás con una fuerza titánica. Me afiancé a la pared de la ranura y me impulse con último esfuerzo hacia su interior. Era bastante más espacioso de lo que había creído y lo primero que hice fue tirarme al suelo para recuperar el resuello.
-Creo que te debo una buena disculpa Jake.
Respiré hondo y temblé. No sé si por el miedo que había pasado o porque estaba empapada de pies a cabeza. Esperaba que esta tormenta no durara mucho porque si no moriría sin remedio. Puede que de hambre o puede que por hipotérmia.
En cuanto me hube relajado un poco me senté y me quité e arnés de seguridad y el casco, para después librarme del pulóver empapado. Sentí mucho frío, pero prefería eso a seguir de remojo. Contemplé la grieta. Era por lo menos tres metros de alta y no más de uno de ancha. Me di la vuelta y comprobé que detrás de mi no acababa si no que se internaba hacia el interior de la montaña de un modo natural pero sin dejar de ser extraño. Barajé las posibilidades. Podría quedarme donde estaba y esperar a que amainara congelada de frío y más aburrida que una ostra o bien podía internarme en la gruta que naturalmente no me permitiría ver cuando amainaría pero siempre quedaba la posibilidad de volver a comprobar—o eso esperaba—además de que no estaría tan cerca del viento y quizás encontrara algo interesante. ¿No es obvio? Opte por mi espíritu aventurero.
Dejando todo lo que poseía detrás de mí, me interné en la oscuridad sin ningún tipo de iluminación, pero extrañamente no me hizo falta pues mis ojos se acostumbraron rápidamente a la oscuridad además de que el lugar no perdía por completo su iluminación algo muy raro pero que me resultaba extremadamente beneficioso. ¿Adónde me llevaría este camino? ¿Hasta dónde llegaría mi expedición?
Continué andando por el trayecto rocoso observado todo a mi alrededor sin ningún cambio. Cuando ya llevaba unos quince minutos caminando comencé a aburrirme y cada vez tenía más clara la idea de dar media vuelta y regresar al punto de partida, donde no gastaría energía inútilmente. Fue entonces cuando me di cuenta de que el camino comenzaba a ensancharse y las paredes se volvían poco a poco más lisas. Al cruzar la última esquina el suelo había dejado de ser natural para convertirse en baldosas y ante mis ojos apareció algo a lo que no pudedar crédito. Delante de mí se extendía unas grandes puertas dobles de mármol blanco exquisitamente talladas y manillares dorados que le daban un aspecto elegante y distinguido. Sin embargo no era eso lo que más me impactaba de todo. Podía haber creído todo eso si todo estuviera sucio y ruinoso, nunca se sabe donde pudieron vivir nuestros antepasados. El problema era que todo estaba impecable, brillante. Las antorchas a ambos lados de la puerta estaban encendidas y se notaba que no hacía mucho que habían sido encendidas. ¿Quién podría vivir ahí cuando la civilización estaba allí abajo? ¿Qué clase de loco cambiaría la comodidad de la ciudad o el pueblo por una montaña desierta? Bueno quizás yo que adoraba las alturas y la soledad de las montañas, pero siempre he pensado que mi cabeza estaba mal. ¿Habría alguien como yo? Había una cosa que estaba clara. Por muy sospechoso que pareciera, la posibilidad de quedarme fuera era impensable.
Con precaución tomé el pomo con mis manos y tiré de él. Cedió. Aún no podía creer que tuviera tanta suerte.
Percibí luz al otro lado y me decanté por terminar de atravesar el umbral. Lo cierto era que me esperaba algo mucho más siniestro pero me sentí desilusionada en ese sentido porque ante mis ojos se extendía un salón de grandes dimensiones exquisitamente decorado. Las paredes estaban pintadas de un color salmón apagado. Delante de mí había dos sofás pegados esquina con esquina de terciopelo negro, con una pequeña mesita de cristal en medio. Enfrente había una chimenea encendida que se ocupaba casi toda la pared y estaba construida de piedra, de un color grisáceo elegante. Del techo colgaba una lámpara de araña que le daba a la estancia un toque de elegancia y al mismo tiempo le daba el toque antiguo que siempre había querido para mi propia casa. En el suelo se encontraba una enorme alfombra del mismo color que la pared que tenía pinta de mullida y además estaba completamente limpia.
Pasé al interior y cerré la puerta detrás de mí. Me pregunté quién viviría allí.
Hasta entonces no me había percatado de que tenía el cuerpo entumecido por el frío y opté por sentarme en la alfombra frente al fuego. Me preocupaba lo que pudiera decir el dueño del lugar si me veía ahí, pero la necesidad de entrar en calor era mayor que la vergüenza y pronto sentí que comenzaba a encontrarme mucho mejor. Tal fue mi sopor que al final terminé quedándome dormida…
Desperté horas más tarde sin tener ningún tipo de referencia sobre el tiempo. Había caído rendida sobre la alfombra y ni si quiera mi cama me había parecido nunca tan confortable, desperté descansada y con energía, aunque comenzaba a sentir el hambre acuciante. Quizás al dueño no le importara dejarme algo que llevarme a la boca o quizás creería que ya me había tomado demasiadas confianzas. El caso es que, estaba tan sumida en mis pensamientos que no me percaté de que alguien me estaba observando desde la otra punta de la habitación. Es más, si al girar la cabeza en busca de no recuerdo qué, hubiera estado todavía media dormida, ni siquiera lo habría visto.
Al fondo, detrás de los sillones, en el rincón más apartado y oscuro se encontraba la silueta de un hombre de pie apoyado contra la pared y los brazos cruzados. No le veía el rostro pero suponía que me estaba observando.
-Yo… lo siento—dije poniéndome en pie corriendo—lamento las molestias, he tenido un pequeño contratiempo y tuve que buscar resguardo y cuando encontré este lugar pues…-continué hablando trabándome con mis propias palabras.
Me callé en cuanto vi que se erguía de su posición y luego comenzó a caminar hacia mí. Conforme se acercaba si iba iluminando su silueta. Primero sus piernas, cubiertas de un pantalón de cuero negro que se ajustaba increíblemente bien a su piel, piernas fuertes y poderosas. Luego sus brazos y su torso, también cubiertos por una camisa de manga larga negra de licra que se ajustaba a sus músculos como si hubieran nacido con ella puesta. Y por último su rostro. Debo decir que si para ese momento ya se me había cortado la respiración, cuando le vi la cara morí de asfixia. Metafóricamente claro.
Su mentón era fuerte y bien formado, sus pómulos imposiblemente altos, su nariz imposiblemente recta, sus labios imposiblemente sensuales y carnosos, su piel imposiblemente blanca y perfecta, sus ojos imposiblemente dorados y su pelo imposiblemente revuelto, castaño y … sexi. Sé que he caído en la redundancia pero es que ÉL era imposible. Hacía sombra a todos los modelos masculinos del mundo.
Y seguía acercándoseme. Para entonces ya se me había olvidado por completo el porqué estaba allí.
Yo retrocedí, más por inercia que por gusto y en el instante en que mi espalda chocó con la pared detrás de mí y desvié la mirada para comprobarlo, sentí su presencia a menos de cinco centímetros de mí. Mi nariz casi rozaba sus pectorales. Sus tan bien formados pectorales. Me obligué a mirarlo a la cara. Craso error.
En cuanto mis ojos se clavaron en los suyos ocurrió algo, algo inexplicable para mí porque era una experiencia única e inigualable. Sentí como todas mis terminaciones nerviosas se tensaban, sentía un fuerte cosquilleo por todo el cuerpo y el calor se me acumuló en los cachetes. Me miraba fijamente, con curiosidad pero también con algo más que no supe descifrar. Y burla. Había burla en sus ojos, probablemente porque sabía muy bien el efecto que estaba causando en mí. Sin embargo me percaté de que mi primera impresión había sido falsa. Tenía los ojos negros como el azabache y no dorados como había considerado en un principio.
El movió los labios para hablar por primera vez y me idiotizó aún más.
-Vaya, vaya—dijo con la voz más sensual que había escuchado en toda mi vida—parece que se ha extraviado un lindo pajarito.
Los pelos se me pusieron como escarpias y el calor de mis mejillas aumentó considerablemente. Abrí mi boca para hablar pero nada salió de mis labios.
-Me pregunto… ¿cómo has logrado llegar hasta aquí?—dijo acercando su cara a la mía.
Desprendía un olor inexplicable, algo tan delicioso que despertaba en mi los deseos más oscuros y las más deliciosas de las sensaciones. Una mezcla entre perfume de hombre mezclado con algo que, si no fuera porque consideré que me había vuelto loca, hubiera creído que era su olor propio. Es decir su olor natural. Nadie de este mundo podía tener un olor como ese sin antes meterse dentro de una bañera de sales de baño por lo menos durante dos semanas. Y no parecía ese tipo de persona.
-Yo-yo-yo—comencé a tartamudear como una posesa—essscalo—terminé. Dios, nunca me había costado tanto pronunciar unas palabras.
-Interesante. ¿No viste el anuncio de borrasca?—se burló mientras me evaluaba de arriba abajo con la mirada.
-¿Borrasca?
-Sí—dijo acercándose a mi oído. Me estremecí de pies a cabeza cuando me habló en susurros—una preciosa borrasca y se calcula que no terminará hasta dentro de unos… siete días.
-¡¿Siete días?—me escandalicé apartándome un poco, cosa que creo que no le gustó.
-Ajá—dijo volviendo a acercarse.
Colocó ambos brazos contra la pared dejando mi cabeza justo en medio de ambos. Su pecho me mantenía aprisionada y sin posibilidad de escape. Se acercó de nuevo a mi oído y aspiró con fuerza.
-Umm. Exquisito.
-¿El-el qué?
-Tu olor—volvió a susurrar a mi oído.
Yo aún no entendía como era que no me había desmayado todavía. Tampoco entendía cómo era posible que le dejara acercarse tanto sin apenas conocerlo. A mis diecisiete años nunca había estado tan cerca de un chico. Con excepción de Jake claro, pero eso no contaba para nada en mi relación con chicos.
Tocó el lóbulo de mi oreja con su nariz e hizo el recorrido desde esta hasta posarse en la parte de mi cuello que estaba justo debajo de mi oreja y volvió a aspirar con urgencia. Su tacto era frío como el hielo, pero aún así no evito que algo dentro de mí se encendiera. Luego hizo algo que nunca, y repito, NUNCA, me hubiera esperado. Sentí como algo húmedo se deslizo desde el hueco hasta la base de mi cuello. Su lengua. Me había lamido el cuello y yo había terminado por echar mi cerebro a la basura. Luego con suma delicadeza me besó por ese mismo camino y sopló. Gemí. Fue terriblemente vergonzoso, pero también absolutamente inevitable. Y creo que al le hizo mucha gracia.
-¿Te gusta?—preguntó apartándose un poco con una sonrisa pícara y sensual plasmada en su cara. Yo no contesté. Puede que estuviera en la luna y que en esos momentos me diera todo igual, pero aún había algo que conservaba. Mi orgullo. Al ver que no obtenía respuesta de mi parte, volvió a la carga.
Me agarró la barbilla para empujarla hacia arriba y así tener mejor acceso a mi cuello. Tras un reguero de besos me mordió ligeramente debajo de mi mentón. Yo brinqué de la sorpresa y mi respiración se hacía más fuerte por momentos. Comenzó a ascender poco a poco hasta llegar a mi barbilla y seguir besando primero mis mejillas, mi nariz y terminando en la comisura de mis labios. Me miró unos instantes antes de seguir. Instantes que me dieron la oportunidad de conectar mis pensamientos y darme cuenta de que estaba a punto de recibir mi primer beso. Ese con el que toda chica sueña, ese que todas deseamos recibir de la persona amada y no de un desconocido cualquiera, aunque este estuviera demasiado bueno como para dejarlo pasar. Cabe la posibilidad de que se me pasara por la cabeza impedírselo, pero todo se fue al traste en cuanto vi en sus ojos que me estaba pidiendo permiso. Al demonio.
Él se acercó lentamente y me besó la comisura de los labios. Primero una y después la otra, hasta que me harté de tanto jueguecito y yo misma busqué sus labios. Primero fue un simple roce horizontal. Luego me dio un pico. Y otro. Y otro. Atrapó mi labio inferior con suavidad y yo hice lo mismo con su superior. Se separó un poco respirando con fuerza y luego volvió a juntar nuestro labios con un poco más de insistencia. Comenzamos a jugar el uno con el otro. Primero lentamente, tentándonos, reconociéndonos. Luego tomó la iniciativa y presionó con más fuerza, con más desesperación. Me encantó la sensación. Rodeé su cuello con mis brazos y él me abrazó por la cintura, aunque no me separó de la pared. Nuestro rocé se volvió más delicioso, más insistente y pronto sentimos la necesidad de profundizar más. Su lengua me rozó el labio inferior y yo entreabrí mi boca para permitirle el paso. Su deliciosa y fría lengua se introdujo en mi boca buscando la mía. No tardó mucho en encontrarla. Así es como en poco tiempo el beso se tornó fogoso y apasionado. Nuestras bocas se buscaban desesperadamente, nuestras lenguas se enrollaban una y otra vez, saboreándose, relamiéndose, jugando con ahínco a un juego que ninguna de las dos podía ganar. Yo ya hiperventilaba por falta de aire pero no estaba dispuesta a dejar ese beso tan maravilloso. Él por su parte no parecía precisar del mismo resuello.
Él me apretó contra su pecho y yo opté por rodear su cintura con mis piernas para conseguir llegar a su altura y tener mejor libertad de movimiento. No quería pensar en dónde acabaría todo esto si no paraba, pero no podía siquiera recordar mi nombre. Este hombre había sido capaz de arrebatarme la identidad con su sola cercanía.
Mientras continuaba besándolo, tuve la suave percepción de que algún sonido extraño cerca de mí. Un ruido estruendoso al que no presté atención en ese momento. Para mi desgracia, mi "acompañante" sí lo hizo. Se apartó de mis labios un segundo para volver a depositar un suave pico en ellos antes de mirarme directamente a los ojos un poco agitado y anunciar:
-La humana tiene hambre.
Vale. No podía creer que ese espantoso ruido hubieran sido mis tripas. Aunque cualquier cosa que me separara de él en ese momento me habría resultado espantosa.
Me colocó de nuevo en el suelo y me dejó recuperar un poco el aliento. Luego volvió a hablar con una media sonrisa de pura satisfacción.
-Veamos que tenemos para ti.
Hola a todas!
Por fin logré empezar a subir este fic! Era una idea que tenia pensada desde hace tiempo y que ya habia coenzado a escribir lo que luego se me rompio el disco duro y la perdi junto con otras. Ahora la volvi a reescribir con lo poco que recordaba de la anterior.
No he pensado aun como va a terminar esta historia pero si tengo claro que va a estar hecha para el disfrute de las lectoras, quiero poner a prueba mi capacidad para escribir lemons y esta es mi conejilla de indias por asi decirlo. ¡Espero que os guste la historia! Y tambien espero que me dejeis algun que otro review¡
Besitos, Sele.
