Marinette no podía pensar con claridad. Todos sus pensamientos estaban entrelazados, mezclados y disparejos. ¿Acaso ella acababa de hacer lo que creía que acababa de hacer? Se dispuso a correr a toda velocidad hacia su casa. Dentro de su habitación intentó relajarse y aclarar un poco sus pensamientos, pero no podía. Tan solo recordaba una y otra vez lo que acababa de hacer. Contempló su mano derecha y, como una obsesionada, la olió, imaginando lo que había tocado hace poco tiempo.
- Creo que nunca volveré a lavar mi mano de nuevo... -soñaba despierta.
- Marinette, ¿qué es lo que ha sucedido? No pude ver nada dentro del bolso. De repente sentí un estruendo y pensé que te había sucedido algo -la azabache pudo ver la cara de preocupación de kwami.
- Oh no-no fue nada, jeje, no te preocupes... Tan solo me resbalé pero no fue nada importante -con eso Tikki pudo relajarse un poco.
- ¿Y bien? Le diste el pañuelo, ¿no? Trabajaste mucho para hacerlo.
- ¡El pañuelo! -gritó la ojiazul. Ciertamente lo había dejado en su habitación, pero no sabía si le había gustado o si lo usaría.
Y de nuevo el gatito se encontraba en el baño de su habitación. Creía que había conseguido bajar a su problema pero su visita lo levantó de nuevo. No tenía ganas de volver a ducharse ese día. Pensaba el mano que estaba firmemente apoyada en su miembro viril y eso lo excitaba. Jamás había pensado en Marinette de esa manera y no quería hacerlo por varias razones. La más importante era que a él le gustaba demasiado su mariquita, y tampoco quería ver de forma obscena a una compañera de clase. Adrien se colocó enfrente del lavamanos mientras miraba en el espejo su reflejo. Se veía bastante acalorado y su entrepierna pedía a gritos un poco de atención. Intentó alejar la imagen de Marinette de su cabeza y la reemplazó por la de Ladybug.
Bajó la cremallera de sus pantalones y sacó su miembro del boxer, lo suficiente para poder hacer un trabajo decente. Cogió con su mano derecha su intimidad mientras se apoyaba en el lavamanos con la otra. Se encurvó hacia delante y comenzó el vaivén de su mano, arriba y abajo. No solía masturbarse tan a menudo, e intentó bajar su erección con la ducha de la mañana, pero esta vez necesitaba descargarse. Sudoroso, tan solo pensaba en el cuerpo moteado que tanto le provocaba. Aquel traje tan apretado que relucía una figura tan divina lo acercaba al orgasmo. Imaginaba sus senos firmes, ni muy grandes ni muy pequeños. Su trasero es algo que siempre intentaba mirar de reojo, era imposible resistir ver esos glúteos tan bien formados que resaltaban más que cualquier cosa de su traje. Su pequeña cintura y sus manos posadas en ella, mientras se acercaba a su boca. Esa fragancia que quería lamer de su cuello era su perdición. Aquel cabello recogido en dos coletas que quería desesperadamente deshacer y agarrar con fuerza. No le dio tiempo a imaginar nada más, llegó al clímax en poco más de 5 minutos. Cuando alzó su cara vio a un chico sudoroso, sofocado, pero vio una sonrisa traviesa que hasta a él mismo le parecía desconocida. Ladybug despertaba en él sentimientos que no creía poder tener.
- Si tan solo pudiera tenerte en una jaula de por vida... -quería poseerla, tenerla solo para él. Si ella no era suya, entonces no sería de nadie.
Marinette se dio cuenta de algo que no había notado antes. La parte que había tocado del cuerpo de Adrien estaba bastante grande. No sabía si eran imaginaciones suyas, pero ella creía que a lo mejor había interrumpido al rubio en algo importante. Se sonrojó como un tomate de tan solo imaginar a su amor platónico masturbándose e intentó desechar ese pensamiento. El perfecto Adrien también podía tener sus necesidades naturales, era algo completamente normal. Sin darse cuenta ella se había calentado demasiado y tenía ambas manos tapando su cara.
- ¡Por dios pero en qué estoy pensado! -Tikki se sobresaltó por esas palabras. Estaba comiendo una galleta tranquilamente y el grito de su dueña la sacó del trance.
- Creo que necesitas despejarte un poco Marinette, voy a encender la televisión -cogió el mando del televisor e instantáneamente saltaron las noticias.
Lo que menos esperaban era ver el ataque de otro akuma. André Bourgeois, el alcalde de París, aparecía dando la noticia de una gran tragedia. Una persona había sido demonizada y tenían que ayudarla.
- ¡Tikki, puntos fuera! -saltó por la ventana para perderse por aquellas preciosas calles de París y esos balcones llenos de todo tipo de flores que resaltaban la belleza de una ciudad mágica que ahora se estaba sumiendo en el caos.
Marinette llegó a la escena. Podía observar desde uno de los tejados literalmente un ejército de soldados. Entre ellos se podía distinguir que uno de ellos era de un color diferente, totalmente rojo a comparación del resto de blancos súbditos. Estaba estudiando la situación detenidamente poniendo atención a los detalles. Llevaban armas y banderas con un símbolo que no sabía reconocer.
- Hola bichito -la voz de Chat noir apareció como un fugaz susurro en su oreja. Su respiración se coló por su oído y la hizo estremecer. Casi se cae del respingo pero nuestra protagonista supo mantener la compostura.
- ¡Me asustaste gato tonto! ¿Pero qué te pasa? -estaba demasiado cerca de ella así que lo empujó hacia atrás- Tenemos trabajo que hacer. ¿Tienes idea de quién es la persona akumatizada?
- Oh sí, ha habido mucho revuelo con las elecciones a la alcaldía. Es mi... -tragó saliva- es el famoso profesor de esgrima. El akuma tendrá que estar en su espada -casi cometía un error gravísimo.
- Bien, pues vamos -saltó del edificio dejando atrás al gatito y este no se quedó de brazos cruzados. Ambos fueron a detener el revuelo.
Después de una intensa batalla salieron victoriosos y Ladybug purificó el akuma. Chocaron puños como es costumbre y la heroína, al quedarle poco tiempo para su destransformación salió huyendo de la escena. Chat noir no necesitó usar su cataclismo, así que decidió volver a su casa transformado. Mientras iba de camino no paraba de oir una vocecita en su mente. "Síguela, descubre quién es en realidad". Fue un debate consigo mismo que no pudo controlar, al final dejó que la voz le ganara y cambió de dirección.
Marinette ya se había destransformado en un sitio seguro. Era de noche y estaba bastante oscuro. La zona no se lo había dejado fácil para volver a casa. Su pequeña amiga reposaba en su bolso. No tenía nada de comida para darle así que no tenía otra opción mas que volver a casa con su forma civil. Los callejones de París son hermosos, pero pueden ser bastante tenebrosos cuando no hay nadie en la zona. El silencio reinaba en aquel lugar y tan solo podían divisarse pocas luces que provenían de varias farolas. De repente escuchó algo no muy lejos de donde se encontraba, era como un grito.
- ¡Maldito imbécil! -y varios insultos más era lo que llegaba a escuchar la azabache.
Ella se debatía entre seguir su camino o investigar que era lo que podía estar sucediendo. Al final su sentimiento de justicia la animó a comprobar el sitio. Las voces provenían de una calle justo al girar la esquina, así que Marinette se quedó en esta intentado mirar de reojo sin que la descubrieran. Un chico estaba tirado en el suelo y le rodeaban otros tres tipos. Uno de ellos le estaba dando patadas y eso provocó un estremecimiento en la ojiazul. Tenía que ayudarlo de algún modo pero no podía transformarse y no sabía que podía hacer. Una idea pasó por su cabeza. Cogió su móvil y buscó el tono de un coche de policía. El sonido alertó a los criminales y salieron huyendo de ahí, no sin antes uno de ellos escupir al chaval que se encontraba en el suelo. La salvadora, cuando se aseguró de que esos tipos estaban lo bastante lejos de allí paró el sonido de su móvil y acudió en la ayuda del chico. Llegó hasta él y se agachó para ver sus heridas. Tenía una capucha puesta y la luz de la farola le daba sombra a su rostro, así que no podía verle bien. Se le notaba dolorido y de su boca emanaba un poco de sangre.
- ¿¡Estás bien!? -preguntó muy preocupada- ¿Por qué te han hecho algo como eso? Si los conoces dímelo e iremos enseguida a la policía a denunciar esto. ¡No! Antes tengo que llevarte al hospital, agárrate a...
- Estoy bien, no te preocupes, me suele suceder a menudo. Es algo que yo mismo me busco -un pequeño mechón plateado se escapó de la capucha. El chico alzó un poco su mirada para verla- ¿Cómo te llamas?
- Oh, yo me llamo Marinette. Lo siento pero no pareces estar bien, déjame que te ayude y...
- ¡Marinette! -un grito aplacó el silencio de las calles de París.
- Chat noir... -la azabache se acercó a él. El rubio venía caminando por la calle en dirección a ella- ¿Qué haces aquí?
- Eso mismo me pregunto yo. Los héroes tenemos excusa, pero una inocente chica como tú, aquí, ¿a estas horas? -el gato se veía extrañado al verla en una zona tan deshabitada a altas horas de la noche.
- Yo... Eh... ¡Ah! Este chico necesita nuestra... -la ojiazul volteó su cuerpo para señalarle al chico que había sufrido los abusos. Sin embargo, el ya no estaba ahí. Había desaparecido- ayuda.
- ¿Qué chico? -el héroe de París miró a la zona que ella le señalaba pero ahí no había nada- Oye, déjame llevarte a casa, puede ser peligroso -decidió no darle importancia a lo que Marinette estaba intentado decir.
- Pero él estaba aquí... ¡Wuah! -Adrien la cogió de la cintura y usó su bastón para llevarla rápidamente hasta su casa.
El rubio por un momento miró a la mano de la chica, recordando el accidente de antes y se ruborizó un poco. Estando tan pegados empezaban a incomodarse por la situación, pero no tardó para aparecer en el balcón de la protagonista y dejarla allí. Chat noir y Marinette, los alterego que no eran amados por el otro, al contrario de Ladybug y Adrien. A pesar de esto, los dos sentían cierta química que no querían aceptar, como una electricidad que recorría sus cuerpos y no la podían evitar.
- Muchas gracias Chat -la azabache realmente estaba preocupada de lo que podía sucederle camino a casa, sobre todo al ser incapaz de transformarse- te debo una.
- Bien, recordaré tus palabras bella dama -el gato sonrió y decidió mirar un poco las vistas antes de irse- Qué envidia de paisaje tienes para ver todos los días. Tu balcón es un espacio muy agradable.
- Oh si, me gusta venir aquí a pensar sobre varias cosas mientras miro las luces. Es muy bonito -Marinette hizo una pausa antes de seguir y respiró hondo- Oye Chat... ¿alguna vez te has enamorado?
- ¿Por qué me lo preguntas? -comentó curioso el minino mientras pensaba en su Ladybug y en la misión fallida de hoy, pues quería intentar ver la verdadera forma de su amada aunque esto suponiera una traición.
- Me preguntaba qué harías tú si hubieses hecho una cosa muy vergonzosa delante de la persona que quieres. ¿Cómo lo arreglarías? -los ojos de la azabache estaban muy abiertos, esperando una respuesta que la ayudase realmente con su problema. No sabía como enfrentar a Adrien al día siguiente y Chat parecía alguien con experiencia.
- Pues no lo sé... Supongo que si le dijeras a esa persona que lo amas el entendería el por qué haces cosas vergonzosas delante de él. Aunque tengas una respuesta negativa te sacarás un gran peso de encima -aconsejó el gato- "Aunque yo no soy la persona adecuada para decir eso" -pensó en sus adentros.
- A lo mejor tienes razón... -la ojiazul miró su móvil y se sorprendió al ver la hora- ¡Oh dios es tardísimo! Tengo que avisar a mis padres, cenar, bañarme y dormir. Incluso me quedaban deberes por hacer. Qué hago... -lo miró a los ojos diciéndole indirectamente que tenía que irse.
- Bien, supongo que es hora de irme, ¡ya nos veremos! -rápidamente se perdió en uno de los tejados y la azabache respiró tranquila. A veces Chat noir le erizaba la piel y pensaba cosas extrañas, no quería que algo raro sucediese.
Entró a su habitación, le dio de comer a Tikki y llegó a una conclusión bastante precipitada. A la mañana siguiente Alya apareció en su habitación. Los padres de la Dupain-Cheng la dejaron entrar para despertar a su hija. No era común que ella viniera a por Marinette, pero a veces tenía tiempo de sobra para ir. Tikki se dio cuenta de su presencia, aunque ella ya estaba escondida por si los padres de Marinette subían mientras ella dormía.
- ¡Despierta dormilona! Prepárate y vamos al insti -se abalanzó en la cama de ella casi dejándo a la pobre sin respiración.
- ¡Au! Alya qué haces... Cinco minutos más por favor... -la perezosa se incorporó para ver a su amiga y se acordó de lo que decidió aquella noche- Ah cierto, tengo algo que decirte Alya -ella no hizo nada, tan solo esperó expectante lo que ella quería decir- Hoy... quiero...
- ¿Hoy quiero...?
- ¡Quiero confesarme hoy a Adrien! Ayúdame por favor -espetó cerrando con fuerza los ojos.
