Un año había pasado ya y todavía no lo podía controlar. Esos dolores de cabeza una vez al mes mezclado con el insaciable apetito no lo dejaban tener un momento de paz. No importa cuánto comiera, sencillamente nunca estaba satisfecho. Ese día parecía que no iba a ser diferente a los 364 anteriores, pero un ligero sonido afuera de su templo lo hizo reflexionar sobre la posibilidad. Sus agudos sentidos lo guiaron rápidamente a la fuente del mismo, que ahora se daba cuenta, era una risa. Bueno, más como una carcajada ebria. Arriba, en el frontón de su templo, se recostaba una figura que no paraba de reírse alegremente. Un par de saltos bastaron para llegar allá, aunque Milo no tenía palabras para describir lo que veía.

Era una mujer, para comenzar, la que ahí se había posado y no una cualquiera. Con extremidades fornidas y larga cabellera, por un momento pensó que se trataba de una muy alocada amazona. Sin embargo, no usaba máscara ni ropas de entrenamiento. La mejor manera de describirla es "como si la hubieran sacado del centro de Los Ángeles y la dejaran caer en medio del Santuario". Unos jeans rasgados y una blusa de tirantes bajo una jacket ligera. Pero todo eso no era importante; aquí lo que le preocupaba a Milo era que realmente parecía estar ebria, porque aún cuando lo vio observándola, siguió riendo como si no pudiera contener más la alegría.

-¿Quién carajo…?- dejó escapar, ayudándola a levantarse. La otra se sacudió las ropas y miró a su alrededor, como para asegurarse de que no dejaba nada olvidado. Luego enfocó a Milo y lo abrazó. Éste, por reacción, la empujó lejos de sí y con la fuerza necesaria para que ella perdiera el equilibrio y cayera del frontón. El Santo se apresuró a mirar hacia abajo, al momento en que la mujer se aferró a la columna más cercana y frenó, a punta de uñas, su caída. Milo saltó desde su posición y cayó justo a su lado con una expresión de total incredulidad. Ella simplemente se sacudió nuevamente las ropas mientras reía y terminó como con un suspiro. –Vaya, esto… esto sí que es una aventura-

Aquel de cabellos azules se aclaró la garganta. -¿Y usted quién es?-

Los ojos verdes de la fémina relampaguearon. –Ah, no tengo respuesta para eso. Yo… hace mucho que no soy nada-

Milo ladeó un poco la cabeza. Esa voz le sonaba algo familiar. –Bueno, entonces dígame qué hacía en el techo de mi templo. El Santuario prohíbe el ingreso de civiles-

-Estoy buscando a alguien, y este lugar me olió al más indicado para encontrarlo-

-¿Le olió?- repitió su escucha, desconcertado. -¿Pero está ebria? ¿Y cómo subió hasta allá?-

-No, no. No estoy ebria. Es que el sol… hace mucho que no me baño en la luz del sol y acá en Grecia es tan fuerte…- y se rió otra vez de manera tonta. –Es como un calorcito que no te deja ser otra cosa que feliz-

Milo frunció el cejo. Entonces… ¿la mujer estaba ebria en luz solar? Eso sí que era una droga New Age, sin duda. Sacudió su cabeza para olvidar las tonterías que le estaban diciendo y retomó lo que quería saber. -¿Y a quién está buscando?-

-Ah… no estoy segura… Es como… alguien que… tengo que decirle algo…- dijo la otra con varias pausas en la oración. -¿Te molesta si entramos a este Templo? Reamente creo que el sol me dispersa las ideas-

El hombre asintió de acuerdo y le guió al interior del Templo del Escorpión Celeste. Probablemente lo mejor era llevarla fuera del Santuario lo más pronto posible y ahí que se las arreglara por su cuenta, pero Milo prefirió asegurarse de que si la dejaba sola no se iba a meter en problemas. La otra no dejaba de mirar a su alrededor, sorprendida.

-¡Vaya lugar en el que vives, compañero! ¡Y con esa armadura te ves nada más y nada menos que como un caballero!- exclamó. –Ah, me salió un verso sin esfuerz…-

Pero no pudo terminar su frase, porque de inmediato Milo cerró su mano alrededor del cuello de la fémina y la prensó contra una columna. -¡Tú…! ¡Sabía que esa voz me era familiar!-

La otra se mantenía de puntillas tratando de evitar que el otro la asfixiara. Con sus brazos intentaba suavizar el agarre del Escorpión, pero no estaba siendo de mucho provecho. –Esp… Espera… ¿S-Sabes quién… soy?-

Los ojos del Santo brillaron con odio. –Claro que lo sé. Tú me maldijiste hace un año, lo recuerdo bien. Por el traje que usabas nunca vi bien tu físico humano, pero esa voz no la podría olvidar jamás-

La mujer forcejeó un poco más pero al final se rindió, tanto por cansancio como por saber que era inútil. –No es…. estoy segura de qué…. hablas…-

-No te atrevas a mentirme- vociferó él, apretando el agarre. –Hace un año fui en una misión al sur de Francia con un compañero de armas. En dicha misión debíamos investigar el circo "Ópera de Espectralis" y su relación con la desaparición de aldeanos. Después de una pelea que aún hoy no puedo explicar, despertamos al día siguiente transformados en seres sobrenaturales. Y la culpable de mi desgracia eres tú; ¡La domadora de bestias, Nenevo!-

La aludida abrió los ojos como platos y todos sus músculos se tensaron por unos instantes. Milo sería el primero en testificar que vio miedo en las verdes pupilas de su prisionera. –No… No, no, no, no, no, no…- repetía ella mirando el suelo con la más triste de las impotencias. –Estás en tu total derecho de partirme la tráquea… No hay prueba que me absuelva de esto-

Y por mucho que el Santo se lo propusiera, la total sumisión en la voz de aquella mujer no se lo permitió. La dejó caer como un trapo sucio y ésta no se movió una vez que cayó al suelo. Pasaron unos minutos de silencio en el que ninguno se movió. Faltó un rato más para que ella levantara la cabeza y se percibieran algunas lágrimas perlando su rostro. –Lo siento tanto-

Milo se sentía muy desconcertado. Hace un año, "Nenevo" no hubiera dudado en contraatacar de inmediato con una fuerza inimaginable. Y ahora, sólo estaba ahí, llorando, de seguro con la esperanza de que él la sacara de su miseria. Nada de la situación le inspiró confianza, pero estaba intrigado, así que apoyándose en una columna cercana, le respondió. –Quiero una explicación antes de ejecutarte-

-¿Estás dispuesto a escuchar una explicación paranormal?-

-Ya soy una criatura paranormal, hay poco que podría sorprenderme en este momento-

-Entonces te explicaré. Soy un alma errante que no erra. Morí exactamente la media noche de un 31 de octubre, justo cuando el umbral que conecta esta tierra con el más allá se cierra. Yo no estaba preparada para enfrentar a la muerte, y la Luna me ofreció una salida: "Sírveme y no morirás…"-

-¿La luna?- interrumpió el Escorpión de pronto. -¿La diosa Artemisa?-

-Eh… más o menos… no sé cómo explicarlo… independientemente de cómo le llames, la Luna es la Reina de la Noche ¿Estamos de acuerdo en eso?- dijo ella con algo de duda. Milo asintió conforme. –Lo que la Luna no me dijo, es que no me mantendría humana… ni sana- prosiguió ella ahora en una voz más baja. –Cada año, durante el Samhain, debo cumplir mi servicio a la Reina y hacer lo que cada fecha desea. Y como sabes, la Luna tiene dos caras, una bañada de luz, y una que permanece en la oscuridad-

Milo elevó una ceja. –Y… ¿qué?-

-La Reina Blanca es amorosa y benévola. Hace 51 años le otorgó a las mujeres infértiles de cierto pueblo francés grandes y numerosas familias. Pero el año pasado, la Reina Azul decidió tomar de vuelta a varios de los individuos que dejó nacer, clamando que debían pagar la deuda-

El Santo de Escorpión no dijo nada. Ella prosiguió. –Cuando piso el mundo terrenal, el deber que debo llevar a cabo define el carácter con el que me comportaré. A la Reina Azul le gusta usar a los lobos para hacer el trabajo sucio, siendo nosotros cazadores fieros. Podríamos decir que "Nenevo" es la que le sirve. Es común que me mande a acompañar por algún bebedor de sangre para que tome las sutilezas del caso…-

-¿Y los vampiros también tuvieron miedo a la muerte?- preguntó Milo de pronto.

-Sí, todos los sobrenaturales somos mortales que no quisieron dar el siguiente paso. Las formas y naturalezas que obtengamos dependen enteramente de sus Majestades-

-Y… ¿está bien que me digas todas estas cosas? ¿No son como secretos oscuros que los mortales no deben saber?-

-Tú ya no eres mortal-

-Ciertamente…- replicó el peliazul al mirar en otra dirección.

-Hoy, por primera vez en muchísimo tiempo, la Reina Blanca me dejó hacer lo que quisiera, y decidí usar este día para disculparme. Te he embrujado de manera injusta e innecesaria y no merezco perdón por lo que hice-

-Sí, no lo mereces y no te lo otorgo- respondió Milo con una furtiva mirada de reojo. Ella asintió conforme. –Pero se me hace difícil creer que viniste hasta acá solo para charlar-

-Ah, qué hombre tan perspicaz. Te vengo a ofrecer una salida, así como la Luna me la ofreció a mí- Milo volteó con interés. –Puedes deshacerte de tu maldición si matas a la bestia original-

-Tú- dijo él.

-Sí. Como mortal que cayó en las garras del destino, tienes derecho a oponerte-

-Y tú como mortal que le temió a la muerte, no puedes quejarte entonces-

-Eres muy listo, sin duda-

-Muy tentador… ¿pero qué pasará con mi compañero de armas?-

La mujer pasó la mano por el rostro para remover rastros de sal y se puso de pié. –No tengo una salida para él, soy inocente de su condición-

-¿Y no hay manera de encontrar a "Azurra", "Rouge" y "Aureas"?-

-No lo sé. Las probabilidades de que las vuelvas a ver son ínfimas-

-Tú regresaste-

-Yo solo soy yo-

-¿Y cómo te mato?-

-Como quieras-

Milo se frotó la barbilla. Ser un hombre-lobo tenía la importante ventaja de que, sin duda, era ahora uno de los dos más fuertes en el Santuario. Su nivel de cosmo sumado a la fuerza y tonificación natural de su condición lo hacían un oponente muy por encima de cualquier otro. Sin embargo, no podía evitar extrañar su humanidad; su simpleza mortal. Tanto había despreciado a Héctor de Troya por lo que hizo, y ahora parecía estar en una situación similar. -Bien, pero vamos al exterior. No quiero manchar este templo sagrado con sangre pagana-

Nuevamente al sol, "Nenevo" se desvaneció en risas tontas y movimientos torpes. Incluso se acostó sobre una piedra caliente y la abrazó como si se tratase de una escarpada almohada. Al Santo casi le dio lástima matar a alguien que se veían tan estúpido. –Debo tomar tu vida para que pagues por el mal que me has hecho, pero más que eso, porque eres un peligro para la humanidad-

La otra se carcajeó alegremente mientras miraba sus manos contra la luz solar. –Solo un igual podría matarte, pues eres demasiado para un mortal regular…- continuó. Se le acercó un poco y la movió con su pie. Esto la hizo reír más fuerte. –Pero eres una cobarde que le temió a la muerte y ahora cumple la pena; no mereces que te salve de tu condena-

Seguidamente le dio una fuerte patada y la dejó justo al borde del acantilado. –Además, no puedo salvarme egoístamente y dejar solo a un aliado afectado por un destino tan terrible- Entonces le agarró un brazo, colocó su pie sobre el pecho de la mujer y tiró con relativa facilidad, arrancando el miembro sin problemas. Luego transformó su propia mano en una gigantesca pata animal con afiladas garras y le rasguñó todo el rostro, al punto de que casi no se podía reconocer a la mujer de antes. Justo antes de tirarla al vacío, escuchó una última risa. –Humillación, un castigo peor que la muerte- dijo entre suspiros muy suaves. -Cuando finalmente me muera, espero ser tan valiente como tú- dijo mientras su cuerpo caía a la oscura profundidad de los riscos del Santuario.

Milo esperó hasta escuchar cuando tocó el fondo y luego escupió.

-De la agonía de los muertos los vivos aprendemos a luchar-