Disclaimer: estos personajes no son míos, no me lucro, etc.

Nota de la autora: aquí tenéis el segundo capítulo, que me ha costado un poco terminar, la verdad. Me gusta mucho escribir esta historia y es muy divertido imaginarme las escenas. En fin, no os doy más la chapa. Viene cargadito, aviso.


Save me

"Unchain my heart, baby let me go, unchain my heart, cause you don't love me no more..." Unchain my heart- Ray Charles (aunque prefiero la versión de Joe Cocker)

Punto de no retorno:

Desde el incidente que tuvieron, Draco Malfoy miraba a Astoria como si fuera un chicle pegado a su zapato. Daphne había renunciado a hacerle entrar en razón, por suerte, y las conversaciones con Zabini se hacían más y más divertidas. Aún así, quedaba por resolver el misterio de por qué le afectaban tanto a su hermana las rencillas que ella tuviera o dejara de tener con el hurón repeinado. Sabía el método más simple para llegar a su objetivo, pero no estaba segura de que aquella vez, eso funcionara. Theodore Nott (Nott-engo emoción alguna) era un acertijo muy complicado.

Por ello, y sin más dilación, pues la paciencia no era una de sus virtudes, le abordó sin estrategia alguna. Estaba sentado en la biblioteca, solo, seguramente Daphne le habría abandonado a su merced para ir a empolvarse la nariz. El aroma de los libros inundó su olfato al entrar por el umbral, y se sintió como en su casa. Pese a la frialdad neutra del resto de la mansión, la biblioteca tenía un ambiente cálido e incluso hogareño que a la pequeña le encantó desde su más tierna infancia. Avanzó unos metros, y se posicionó detrás de su presa. De algún modo, sabía que la sentía a su espalda, y quizá eso acabara por desconcentrarle. Aunque era un posibilidad bastante remota, la rubia se permitió tener algo de esperanza.

En vano, obviamente. No sólo no la miró, ni le habló, sino que no se movió un ápice. Y no era una quietud nerviosa, tensa y demasiado perfecta, se actuaba con una pasividad inerte. No se esforzaba por ignorarla, como notaba que hacía Malfoy cuando estaba cerca suya, sino que simplemente era como si no estuviera allí. Como si no existiera, no fuese un ente material, desdeñaba de una forma casi burlona su presencia. Lo cual era francamente irritante.

Renunciando al poco orgullo que le quedaba, cogió una silla y se acomodó a su lado. Siguió mirando sus apuntes como si no se hallara a su derecha una chica preciosa. Una chica preciosa que, en aquel momento, había desgarrado un pedazo de su pergamino y escribía en él unas palabras que, con total claridad, iba a poder leer en unos breves instantes. El papel cayó sobre su libro de Pociones. "¿Qué quieres?", había esbozado la fémina, de su mano fina y blanca. Alzó una ceja y sonrió de lado, un gesto que el tiempo había hecho suyo a su paso. Era, después de todo, un intento muy burdo y demasiado basto para un Slytherin que se preciara. A punto estuvo de no contestarle aquella misiva, mostrando con ello su poco interés por el asunto, pero sabía que la chica no dejaría de molestarle hasta que no obtuviera al menos una pista. Si hubiera sido Zabini, se habría atrevido a escribir lo primero que pensó al vislumbrar las formas de la rubia bajo su uniforme, pero tenía otras ambiciones, y no creía que fuera a acceder, de todas formas.

Astoria estuvo todo el día encerrada en sus pensamientos, empecinada en solucionar el jeroglífico de aquella nota que rezaba "Adivínalo". Estaba en su idioma, sí, y no compuesto por unos símbolos pictográmicos sino por letras del alfabeto latino, pero a ella le sonaba casi a chino. Es decir, ¿Qué esperaba de ella?¿Acaso era una insinuación, cosa que dudaba ampliamente? Empezaba a sentir una gran jaqueca acudiendo a su cabeza. "Adivínalo", decía. Como si fuera tan fácil, sin más pistas. ¿Cómo cojones iba a saber ella qué quería el moreno por el que su hermana suspiraba? Aún así, una cosa quedaba al descubierto, y es que no podía permitirse otro desliz en el plan, todo debía de estar medido al milímetro. El ataque directo no había resultado muy eficaz.

Theodore Nott reía para sus adentros. Todo le estaba resultando incluso demasiado fácil. Pese a ello, su cara no reflejó nada cuando volvió Daphne. Lejos de parecerle una pesada, como era Pansy con Malfoy, apreciaba su compañía, al menos por lo general. En algunos momentos más que en otros, claro está. La chica no habló cuando se situó en el asiento que hacía apenas cinco minutos había ocupado su hermana. Su forma de sentarse era muy diferente. Daphne cruzaba las piernas y erguía los hombros, en una postura más estética que práctica, mientras que la benjamina prevalecía la comodidad. Tampoco emitió ningún sonido cuando volvió a su tarea inicial, sin mirarle pero notándole a su costado.

Le representaba una dificultad moderada mantener esa pose todo el rato. Por una parte, no es que ella fuera muy parlanchina ni que el físico del moreno la embelesara de tal manera que no podía evitar mirarle, pero estar horas sin abrir la boca no le parecía un gran panorama. Se conformaba, pese a sus reticencias, con estar con él. No era un sentimiento del todo romántico, como podría parecer, sino una fuerza por poco gravitatoria que atraía su masa corporal a la suya con la misma intensidad que pegaba sus pies al suelo. Al igual que para efectuar un salto y desafiar efímeramente la inercia, separarse de él era un acto que requería cierto esfuerzo. Esfuerzo que no estaba preparada para hacer.

Siguieron trabajando hasta que Theodore terminó sus deberes. Ella aún no había redactado el último ensayo,- de Transformaciones-, pero le acompañó. Era consciente de que no iba a esperar a que ella concluyera sus ocupaciones. Si hubiera decidido quedarse, él se habría recogido sus cosas y se habría largado. Con suerte, quizá se hubiese despedido, pero eso sólo ocurría algunas veces. Eran apenas las cuatro de la tarde y él ya se había liberado de media semana de trabajos. A unos este hecho les molestaría, pero a ella no. No era su inteligencia lo que ella envidiaba de él, aunque eso es otra historia.

–¿Qué opinas que tiene Zabini con mi hermana?– preguntó, cuando se acostaron sobre la húmeda hierba de los terrenos. No demasiado cerca del lago, pues eso habría incrementado de manera importante la brisa fresca que les envolvía, pero lo bastante para poder observar sus aguas ondeando.

Normalmente, Theodore solía acudir desacompañado a ese paraje. A disfrutar de su soledad, leyendo calmo a la sombra de un árbol, sin tener que oír a medias a sus compañeros de casa en sus tan interesantes diálogos. Le agradaba el silencio, y pocas veces se puede uno deleitar de sus ventajas. Pensó durante un momento su respuesta. Pese a ser bastante observador y muy consciente de todo lo que le rodeaba, no le había concedido a esa cuestión mucha importancia.

–Una amistad, supongo– dijo, mirando al cielo grisáceo de Gran Bretaña.

Daphne habría querido inquirir, una vez más: ¿Como la nuestra? Pero se contuvo. A los hombres no hay que presionarles, al menos, eso le había enseñado su madre hacía algunos años. A pesar de su ideología notoriamente conversadora, tenía una visión bastante laxa de las relaciones prematrimoniales. Aunque el tono general de su discurso apestara a machismo a kilómetros. Si bien la hija no compartía todas sus opiniones, agradecía en su justo valor su aleccionamiento del cortejo femenino. El secreto, según había declarado un día, era hacerles creer que en realidad, ellos eran los asaltantes, pero ella aún no había desarrollado del todo esa habilidad.

Empujando un poco más el límite, alcanzó su mano gélida y la retuvo entre sus dedos. No se inmutó. No retiró dicha extremidad pero no encerró la suya por tanto. ¿Qué estaría pensando? Oh. Mierda, ya parecía una de las típicas chicas que les preguntan a sus novios "¿Me hace gorda?", "¿Qué vestido me pongo?", y demás variantes. No quería ser una de esas chicas, sólo lo eran las que no tenían atractivo. Tengo atractivo, se repitió, como un mantra, apretando más fuerte la mano indiferente. Se alzó, escrutando los alrededores en busca de intrusos. Viendo que no serían interrumpidos, la castaña cercó las piernas del moreno entre las suyas, sentándose en su pelvis y consiguiendo sorprenderle. Estaba algo inquieta, y sentía su corazón bombeando a toda velocidad, más por el desafío y el miedo a lo desconocido que por la cercanía que, bajo este papel, no terminaba de ser del todo placentera. Era la primera vez que tomaba la iniciativa. Siempre había sido como una puerta sin cerrojo, dejándose abrir por él cuando él quería. Pero ¿dónde se ha visto que las puertas se abran solas?

Se inclinó y le besó, primero insegura y lenta. Acuñó su rostro en sus manos y profundizó el contacto, rozando los labios del moreno con la lengua, mordiendo el inferior entre sus dientes. Él suspiró, agarrándola de la espalda y apretándose contra ella. Daphne se relajó, pues eso, a pesar de su distinto inicio, había llevado a la misma rutina. Aventurándose de nuevo, tocó la piel de su cuello en una caricia irrisoria que casi la hizo reírse de sí misma. Cubrió la trayectoria que había marcado su mano con su boca, succionando. En un futuro, quizá podría ser más emprendedora, pero por el momento eran las caricias torpes e indecisas de una primeriza. Aún así, sintió la erección de Theodore bajo ella, y se sintió poderosa. Revigorizada, palpó su torso y empezó a elevar los bordes del jersey, con una mueca pícara que esperaba que encajara bien en su cara. Sin embargo, él no se dejó hacer.

–A no ser que quieras una sesión de sexo al aire libre, y que conste que no tengo nada en contra, yo si fuera tú, detendría mi avance– se pronunció el moreno, los ojos azules iluminándose de mofa.

Enrojeció salvajemente. La verdad es que no había reflexionado demasiado en lo que seguiría después de aquel beso original. Había querido parecer más mayor, aparentar más experiencia, y al final había quedado como una estúpida. Una idiota ruborizada y negada cual virgen. La vergüenza inundando todavía sus mejillas, se decidió y cuestionó, una sonrisa traviesa: ¿Tienes condones?

Había logrado asombrarle por segunda vez en el margen de un día, y eso era algo que tenía mucho mérito. Sacó su varita del bolsillo de la capa que le servía de sábana sobre el césped, y pronunció el encantamiento de atracción. En unos segundos, estaba en posesión de un envoltorio cuadrado y de textura plástica. Habían regresado a la actividad, y la castaña se había desprendido de su suéter y les había arropado a ambos con su capa. Había continuado su avance, colmando su pecho del dulce masaje de sus labios hinchados, la camisa abierta. Se aproximó peligrosamente al borde de su pantalón, espolvoreando el vientre de saliva. Volvió a izarse, deshaciéndose de su blusa despacio, intentando parecer seductora, desabrochando los botones con una lentitud casi dolorosa. Harto, Theodore apartó sus manos de la prenda y la desabotonó con prisa, demostrando una pasión que ella le desconocía. Sonrió juguetonamente. Abrió el cierre del cinturón del moreno, propiciando un roce del todo innecesario, pero que le hizo suspirar.

Aquello sólo podía terminar de una manera. Ella volvería a su cuello por una segunda vez, mientras él le sobaba descaradamente los pechos, ambos gimiendo de placer y de antelación. Terminaría de quitarle el pantalón, mientras él haría lo propio con su falda. Una vez desnudos y completamente acalorados, ella habría toqueteado su miembro y lo habría cubierto del condón, para próximamente introducírselo, despidiendo un quejido que de queja no tendría nada. Los dos habrían proferido gritos ahogados, más tarde.

Sin embargo, no sucedió así. Más o menos en la fase de magreo superior, se habían visto desafortunadamente interrumpidos. Por nada más y nada menos que McGonnagall, que les había observado con un inmenso desdén, tosiendo deliberadamente para detener sus actividades extraescolares. Se habían vestido a toda prisa, bochornosos e incómodos. Incomodidad que afectaba también a la directora, que parecía bastante reticente a tratar algunos temas. Si bien ella misma no hablaba de ello con total distensión, Daphne tuvo tiempo de preguntarse si su antigua profesora había practicado sexo alguna vez. Casi sonriendo, lo que habría sido un grave problema de completar la curva de sus labios, se dijo que debía compartir sus dudas con Theodore. Todos necesitamos reírnos de vez en cuando.


Estaba tumbado en su cama, hojeando una revista pornográfica, esperando a Nott o a Pansy, los ojos grises apagados por el aburrimiento. La capa había sido desechada y se encontraba allí, despistada en el suelo, a pesar del riesgo de mancha. Los zapatos desperdigados al rededor de su litera, con los calcetines sucios dentro. Así era Draco Malfoy, un auténtico desordenado. Tenía el convencimiento de que el orden no estaba hecho para los hombres,- aunque él estaba bastante lejos de ser uno-, sino para las mujeres y los elfos. Las chicas sí que debían ser cuidadosas y limpias, al menos, eso pensaba él.

Por eso, el metódico orden de Nott era algo incomprensible para él. ¿Acaso no venían los elfos a limpiar cuando no estaban, asegurándose del emplazamiento de las cosas y su pulcritud? Cuando se lo había preguntado, el moreno le había respondido que no le gustaba que nadie tocara sus efectos personales ni su ropa, y que de todas formal era algo maquinal que había persistido a pesar de ser totalmente innecesario, por la costumbre. Theodore doblaba hasta los calzoncillos que habrían de lavar esas maravillosas criaturas, colocándolos encima de su baúl, facilitándoles la tarea.

Zabini en cambio, sin llegar a la anarquía patente del rubio, mantenía un orden desordenado en sus prendas y útiles. Todo tenía un sitio, y él sabía perfectamente dónde estaba si llegaba a necesitarlo, pero cualquier otra persona se perdería y no lo encontraría sin ayuda. Eso era bastante efectivo para ocultar objetos de dudosa legalidad, por ejemplo. Como el ejemplar erótico del que ahora disfrutaba Malfoy.

–¿Te gustan mis revistas, Malfoy?– inquirió el moreno, apoyado en el quicio de la puerta.

Sonreía burlonamente. Acababa de impedir la culminación de su goce, cortándole, por hablar coloquialmente, el rollo. El rubio tapó todo lo que tenía que tapar y le lanzó de su mano libre el tomo ilustrado a Zabini. Él se rió, protegiéndose la cara con las manos, en una pose defensiva. Recogió lo que era suyo y se acercó a su compañero. Miró la portada y sus labios se curvaron hacia arriba. Le tendió la publicación a Malfoy, que le contemplaba enfurecido, quien sabe si por la vergüenza o la interrumpción.

– Puedes quedártela, rubita.– dijo el mulato, la sonrisa todavía pintada en su cara.

Al ver que el blondo no hacía nada para alcanzar la revista, Zabini la dejó caer en su cama. El insatisfecho seguía mirándole con un odio superlativo, el muy orgulloso. Se encogió de hombros, con una expresión indiferente. Ese rubio era un rencoroso, y no tenía modales. Aunque eso fuera algo que ya sabía de antemano, desde la primera vez que se vieron. Los Zabini estaban fuera de la vida social de los círculos más altos, a pesar de gozar del abolengo y la fortuna requeridos para ello. Por ello, aunque casi todos los demás niños se conocían entre sí, él era el forastero a quien les costó aceptar. Se hizo su sitio, sin embargo, a base de bromas y de otras artimañas que no nos conciernen aquí. Desde el primer instante en que se vieron, se prometieron una antipatía mutua que los años no habían aplacado. Si bien al moreno, Malfoy le representaba simplemente el objeto de sus constantes pitorreos, para el rubio, Zabini era como la mierda en su camino: asquerosa y putrefacta. Quizá no tenían el carácter adecuado para poder llevarse bien, quizá la animadversión que sintieron el uno por el otro en un principio había evitado que se respetaran.

–Te dejo con tus obligaciones– se despidió Zabini.– Si necesitas una ayudita...– concluyó, guiñándole un ojo y produciendo en él una mueca de asco y de desprecio.

El moreno bajó las escaleras tranquilo, la ironía todavía filtrándose entre las fisuras de la censura. Es decir, sonreía. Como alguien que acaba de observar un acontecimiento chistoso que no quiere olvidar. Sí, de hecho era exactamente así. Tarareaba una melodía alegre cuando alcanzó el último escalón. Superó ese rescoldo de obstáculo y se dirigió a uno de los cómodos sofás en el cual se sentaba justamente la persona a la que le apetecía ver.

–He pillado al Conde Gomina haciendo trabajos manuales– le dijo a Astoria, al tiempo que se instalaba a su lado, dejándose caer sin ningún reparo

Astoria se atragantó con su propia saliva y esbozó una carcajada realmente entusiasta. Envalentonado por su éxito, Zabini comenzó un fiel reproducción de lo ocurrido hacía escasos segundos. La chica a su derecha lloraba de risa, sosteniéndose al cuero de su asiento para no caerse. En verdad, no era tan magníficamente gracioso, pero su aversión al chico al que se dirigía la burla convertía una simple comedia en una obra maestra. Cuando terminaron con su espectáculo, el negro se sentó y Astoria recobró su posición inicial. Respiraba entrecortadamente, en un intento de recuperar el aliento. El moreno recordó algo que le hizo orientar las esquinas de su boca hacia sus orejas. La miró entre serio y divertido y dijo:

–¿Quieres que te cuente otra cosa divertida a la par que ridícula?

–¿Insinúas que el tamaño del aparato reproductor de Malfoy es ridículo?– preguntó, una ceja alzada–, Qué raro. Me habían dicho que no estaba nada mal.

Fue el turno de Zabini de curvar sus cejas en una expresión de falsa sorpresa. La contempló como si esperara una explicación, picando la curiosidad de la investigada, que se preguntaba cuál sería su respuesta.

–¿Te has informado sobre las medidas fálicas de nuestro adorado monarca?– interrogó, todavía fingiendo una profunda impresión. Astoria frunció el ceño. El juego ya no le parecía divertido–, Me decepcionas, pequeña discípula.

Ella cruzó los brazos por debajo del pecho, en un gesto que habría provocado más de un suspiro, resaltando sus curvas por el escote de su camisa. Miró hacia otro lado. No había manera de ganar a ese estúpido en ninguna competición de pullas, eso estaba claro. Iba a responder que ella, al menos, no lo sabía de primera mano, en una clara insinuación de que el moreno habría espiado la desnudez de Malfoy, pero rechazó ese comentario por ser quizá demasiado infantil.

–¿No tenías algo entretenido que relatarme?– se giró, la cara todavía congestionada por el enfado.

Sabía que la historia que le contaría el bromista que se sentaba a su costado le haría olvidar su berrinche. Por otra parte, necesitaba librarse de los pensamientos que giraban al rededor de las extrañas conspiraciones de su hermana, y seguramente ésta fuera una de las mejores formas de hacerlo.

– Nott me contó ayer que Daphne le había pedido que averiguase qué hay entre tú y yo– soltó él, consciente del efecto que produciría, imprimiendo en su réplica la dosis justa de solemnidad y sarcasmo.

Astoria se sorprendió, esta vez sin necesidad de forzarse. Los ojos abiertos todavía por el asombro, una idea empezó a gestarse, tomando como óvulo su rubia cabeza. Una idea muy muy mala. Sonrió con malicia y enlazó su mirada azul con la cálida y oscura de Zabini, en un ademán de alianza que rallaba el compañerismo. Él entendió, y se acercó a su cuerpo femenino, dispuesto a preparar los detalles de su primera travesura juntos.

Cuando Daphne entró a la Sala Común, resfriada y con lo que podríamos llamar "mala ostia debida a calentón", se encontró un escenario que no hizo más que amplificar una de las dos consecuencias de su desliz vespertino. Y no se la oía estornudar. Arrugó sus labios en una mueca para nada favorecedora y se aproximó a su hermana y a su compañero, con la contundencia de un paso militar.

–¿Se puede saber qué hacéis, coqueteando en medio de la Sala Común?– demandó, la voz inundada por un palpable desdén. Y era un acto claramente cínico, pues era el mismo desdén con el que les había regañado una roja y avergonzada McGonnagall.

La rubia retuvo un nuevo ataque de hilaridad y miró con complicidad a Zabini, que le devolvió tan considerada atención. Ambos compusieron un aire inocente tan creíble como la detención de Stan Shunpike por mortífago.

–Oh, vamos, mi preciosa y querida Daphne– empezó él, levantándose y encerrando bajo su brazo los delgados y delicados hombros de la castaña–, No estábamos coqueteando, sólo somos buenos amigos.

–Sí.– añadió su hermana, con astucia– Como Nott y tú.

La abandonaron junto al diván alejándose unidos por el hueco del cuadro. Se reían, de ella. Eso la enfureció y, decidiendo que ya había tenido bastante, subió a su cuarto a esconderse tras las cortinas de su lecho, toda la energía de su ira concentrada en encontrar el sueño. Se tapó con las mantas, pues se había quedado en ropa interior, demasiado irritada para vestirse de su habitual camisón rosa. Nadie la vio sentada en el Gran Comedor esa noche, y sólo una imprudente lechuza logró despertarla a las tres de la madrugada, golpeando involuntariamente la baja ventana del dormitorio. Acarició suavemente al animal en señal de gratitud, y le tendió su intacto vaso de agua de la noche anterior.

"Daphne,

No creas que todo sigue igual, y recuerda que ahora, debes resarcirte.

Theodore Nott"

Tres líneas. Tres míseras líneas. Encima de descortés, inoportuno y egoísta, Nott seguía siendo parco en palabras hasta por carta. "Debes resarcirte", decía. Curiosa manera de pedir una felación. Parecía que ella tuviera la culpa. Puede que fuera ella la que inició el famoso incidente por el que el reloj de Slytherin había perdido ciento cincuenta puntos, pero él no la detuvo en ningún momento, pese a haber tenido numerosas oportunidades. Aunque claro, él podía alegar que era un hombre, cegado por sus hormonas, como todos. Vaya argumento más estúpido, ¿acaso las mujeres no sienten deseo?¿deben de ser siempre las cortejadas, hacerse siempre la estrecha a pesar de tener la misma necesidad que su pretendiente? Era una idiotez, pero, desgraciadamente, una idiotez muy arraigada en la sociedad, en sus propios prejuicios, y sobre todo, una idiotez muy eficaz.

Enfurruñada, se hundió de nuevo bajo el edredón, guardando precariamente la carta en el primer cajón de su mesilla. Menudo imbécil. Tuvo ganas de gruñir, pero se contuvo, temiendo despertar a sus compañeras de habitación. Aunque si el estrépito de su inquieta mensajera no lo había conseguido, era improbable que un gruñido suave pudiera hacerlo. Suspiró como sucedáneo del sonido que habría querido emitir. Un sustitutivo demasiado pobre, pues enterró sus uñas femeninas en su almohada, como si ésta fuera la verdadera faz de su quebradero de cabeza. ¡Agh!¡Cómo le odiaba! Y era algo raro, pese a la frustración que resultaba casi siempre de su cercanía, ella seguía buscando su presencia, impregnando todos sus pensamientos de ella.

Incluso ahora que estaba tan cabreada, seguía pensando en él, y eso, a su vez, provocó una nueva oleada de frustración. Imaginaba una escena en la que ella le dejaría las cosas claras, poniendo los puntos sobre las íes, y él se doblegaría como un cachorrito. Aunque era una visión bastante distorsionada y poco precisa, alimentó su ego durante unos minutos y la animó un poco, reconfortándola de su día horrible. Daphne tenía la costumbre de soñar despierta cuando se metía a la cama y no podía dormir. Se entretenía creando conversaciones en su imaginación, en las que ella siempre era el centro. Era una rutina que había aletargado la mayoría de sus miedos infantiles. Podía ser algo pueril, pero encontraba en ello una satisfacción un poco enfermiza, y lo usaba generalmente como método de evasión. En su imaginación, podía permitirse decir siempre lo que pensaba, atreverse a hacer cosas que, a tiempo real, le parecerían una locura, y soñar por unos breves instantes, alejarse, en resumen, de la cruda realidad.

Lo que no sospechaba, es que una de las bellas durmientes no estaba, pues, tan durmiente. De hecho no lo estaba ni un poquito. Y probablemente fuera su compañera más peligrosa, la que observaba con sus ojos marinos todos sus movimientos. Si bien no podía haber alcanzado a ver las letras escritas en aquel pergamino, ya sabía algo más que antes que acostarse. Y es que uno no se duerme nunca sin saber algo más que el día anterior. Y, si algún día, por casualidad pasara por su mente la atractiva idea de vengarse, ya tenía un hilo del que tirar.


Esa mañana, nuestro mulato favorito se había despertado con ganas de molestar. Desde que había puesto el pie derecho en el suelo, una sensación molesta no paraba de picarle el cuello como una avispa. Incluso los jóvenes extremadamente apuestos tienen malos días, o al menos eso se dijo al mirarse al espejo. Todo el mundo sabe que un Slytherin tiene dos formas de pasar su mal humor, y estas son: jodiendo a los demás y... Ah, no, en realidad sólo tiene una. Por eso, mientras bajaba las escaleras, elucubraba en su prodigioso cerebro sobre quién podría ser su próxima víctima. Y allí estaba, justo en frente suya, sí, era perfecta para su cometido.

Los ojos oscuros y vacíos, la mirada apagada, la cara vulgar y anodina, el cuerpo desprovisto de curvas, Pansy Parkinson no era el modelo de belleza. Era de una hermosura especial, de esa que reside en el carácter, en el espíritu. A simple vista, nadie la habría considerado guapa, pero fijándose no en el todo sino en los distintos elementos que formaban desparejados su cara, uno podía sorprenderse a sí mismo viéndola mona y bastante sensual. Quizá había algo en sus labios gruesos o en su manía de llevar la contraria. Sus pupilas no parecían tan opacadas cuando las alumbraba el enfado, ni su cuerpo tan amorfo cuando se llevaban un par de whiskys. Ella misma conocía sus defectos y no parecía querer ocultarlos, por lo visto orgullosa de su banalidad.

–¿No convenció el relleno de tu sujetador a Malfoy ayer, Pansy?– preguntó primero, acercándose como un cazador. Pansy le miró extrañada y ligeramente irritada. Al ver que no respondía, quizás por aburrimiento, quizá por ofensa, continuó–, le pillé autocomplaciéndose con una revista de desnudos.

–¿Y en qué te incumbe a tí el relleno de mi sujetador o los juegos solitarios de Draco, Blaise?– inquirió ella seguidamente, el ceño fruncido y los ojos brillantes.

–Esa visión podría traumatizarme, tú ya lo debes saber, ¿o no?

Pansy se rió, amargamente. No había nada que pudiese traumatizar a Zabini, él mismo lo afirmaba de vez en cuando, y sus extensas prácticas sexuales le corroboraban. Era algo extraño, puesto que nadie sabía en realidad si de verdad eran extensas o simplemente imaginarias, de tanto que las bocas las habían repetido una y otra vez, extendiendo el rumor. Rumor que su propia voz había animado al saberlo existente. Pansy se levantó, con aire digno, sin responderle. Desde luego, no había nada que le pudiese traumatizar, y menos entre las dos piernas de su novio. Subió las escaleras hacia los dormitorios masculinos, contoneando su culo raquítico. Sabía que Nott ya no estaba allí, y Zabini estaba abajo, por lo tanto, encontraría a Draco solo, pues ese cuarto sólo estaba ocupado por ellos.

Le encontró poniéndose los calcetines, ya peinado y fresco de la ducha matinal. En el ambiente flotaba un suave olor a colonia cara, demasiado chillona para ser la del rubio. El suelo impoluto se hallaba cubierto por la toalla, el pijama y los calzoncillos de Draco, humedecido por las pisadas que salían del baño, mientras la ropa de cama de Zabini estaba tendida sin ningún cuidado sobre su litera. La chica se sentó sobre la que más limpia estaba, y tosió. Era consciente de que el blondo sabía de su presencia y la ignoraba, pero aún así lo hizo.

–¿Qué quieres, Pansy?–interrogó él, con una voz ruda y tan directa que no parecía pertenecerle. Se ataba los zapatos, dándole la espalda.

No supo qué contestar. De hecho, ¿Qué quería?¿Pedirle disculpas? No, ella no le debía ninguna disculpa, si acaso, él se la debía. Pero era una tontería mirar hacía los errores del pasado, mejor es concentrarse en los que estás a punto de cometer. Por eso, logró abrirse paso entre los escombros de las ropas de su novio y, salvando todos los obstáculos, sentarse nerviosa a su lado. Se cogió una mano con la otra, ansiosa e incómoda, él ni siquiera la miraba. Si hubiese sido todo lo infantil que era antes, le habría dado la espalda y canturreado tapándose los oídos en cuanto ella demostrase la mínima inclinación al diálogo. Por suerte para ella, ya no lo era.

–¿Sigues enfadado?–silencio, pestañeo inquieto–Oh, vamos, ¿no podemos olvidarlo y ya está?–silencio, mirada furiosa, mirada suplicante en respuesta– Draco, ya somos mayorcitos para estas bobadas.

–No debiste decir que eras mi novia, Pansy. Me dejaste en ridículo.

– Es que soy tu novia– respondió ella, poniendo especial énfasis en el verbo–Además, ¿cómo quieres que sepa que no quieres presentarme como tal?¿Porqué no quieres hacerlo, de hecho?

– Ya sé que eres mi novia, joder, Pansy.– chilló el maestro de la oratoria–Simplemente me gusta que mi vida privada sea privada.

Era mentira, y ambos lo sabían. No era una mentira inconsciente, el típico "X no me gusta, sólo somos amigos" que precede a la mayoría de las relaciones amorosas, sino una excusa muy clara. Clara y barata, para más inri. Pansy podía ser muy idiota cuando quería, y desde luego, no tenía toda la personalidad deseable, pero tampoco era tonta, y sabía que Draco se avergonzaba de su relación con ella. Se conocía a sí misma, una chica de inteligencia standart, un cuerpo ordinario, la cara corriente,- que hacía que la confundieran casi siempre con otras personas-, es decir; una chica con la que no estás orgulloso de salir. Pese a eso, había logrado sobrellevar la humillación y dejar a un lado su amor propio cuando decidió que él sería suyo. Había sido una buena novia, le había aceptado como era, había cumplido con todas las convenciones sociales de lo que una buena pareja debe hacer por su hombrecito,-pese a ser en su fuero interno bastante feminista-, lo había aguantado todo, en resumen. Aún así, su físico y su carencia de una personalidad descollante la precedía y el rubio seguía sin poder ver que era bastante afortunado al tenerla como pareja. Había intentado suplir esos dos defectos, pero quizá había llegado al punto de no regreso en su vejación personal.

–Basta ya, Draco.–contemplando un punto de la pared en frente de ella, justo en el marco de la puerta del baño, había sacado fuerzas de donde no sabía donde para enfrentarse a tan denso problema– Te avergüenzas de mí, porque no soy guapa, ni inteligente, ni especial. Puede que sea de lo más común, pero aún así creo que merezco un respeto por soportarte todos estos años, por escucharte, apoyarte y estar siempre ahí para tí.

Él ni siquiera se molestó en desmentirlo, sabía la batalla perdida de antemano. Estaba claro que tenía que ocurrir, tarde o temprano, y de todas formas, las cosas no iban bien desde hacía demasiado tiempo. Al menos, eso le gustaba pensar. Se miró los pies, quizá por consideración. Si levantaba la vista, estaba seguro de que vería a Pansy llorar y, de alguna forma, su instinto natural le otorgó a la morena ese último resquicio de orgullo. Decidió facilitárselo todo, se suponía que era el hombre el que tenía que llevar a cabo ese tipo de asuntos, tomando el mando de sus relaciones.

–Terminemos, esto no funciona. Los dos lo sabemos.– declaró, la voz siseante habitual sustituida por un discurso rápido y escueto, sin tomar aliento ni siquiera entre oración y oración.

Salió de la habitación sin una mirada hacia atrás, bajó las escaleras de dos en dos, corrió por los largos pasillos de Hogwarts y pidió la correspondiente disculpa por su retraso. Pansy no apareció, posiblemente todavía estuviera sentada en su cama, sollozando patéticamente y perdiéndose una clase teórica de hechizos de creación de objetos, materia relevante en el éxito de sus E.X.T.A.S.I.S.

Zabini le examinaba, atento. ¿Habría conseguido finalmente joderlo todo? No tenía esa impresión, no. Algo había pasado entre Pansy y él, pero desde luego no era el culpable. Blaise era muy curioso, era una de sus características principales, en algún lugar debajo de "guarro", pero antes de "listo" en el ranking. ¿Dónde estaba Pansy?¿Qué había pasado? De haber sido menos calculador, le habría preguntado a Malfoy directamente. Miró a Theodore de soslayo, aunque tenía la seguridad de que si se había dado cuenta, no le importaba un comino. O una mierda, para hablar con claridad. Aún así, se inclinó hacia él.

–¿Qué crees que ha pasado?– le preguntó en susurros, mientras fingía escribir.

–Seguramente Parkinson se habrá cansado de que se ría de ella cada vez que le da la espalda– soltó Theodore, como quien habla del tiempo.

–Os estoy oyendo, idiotas– espetó Malfoy, que se había dado la vuelta y les miraba resentido.

–Entonces, ¿porqué no nos cuentas si es verdad?– le exhortó el mulato– Está bien, disculpa. ¿Porqué no me lo cuentas únicamente a mí porque a Nott no le interesa?– añadió, hastiado, después de que Nott dijera no querer tener nada que ver en este asunto.

–¿Y piensas que te lo voy a contar a tí Zabini?– inquirió el rubio, con ironía, escupiendo su nombre como si fuera un esputo.

–Oh, mi rubito– empezó, la voz melosa–, creí que en todo este tiempo me habías cogido cariño.

–Si te he cogido algo, ha sido asco, maldito pervertido desviado.

–Y una revista porno– dijo Zabini, después de reírse por el insulto.

Pese a fingir que no le importaba en absoluto la conversación adyacente, Theodore había puesto la oreja por si podía pescar algún pez jugoso. No había habido suerte, por desgracia. Nott tenía una memoria prodigiosa, con un potencial mucho más allá del académico. Podía recordar diálogos enteros, aunque no hubiera participado en ellos, sentado aparte leyendo un libro, podía citar volúmenes completos gracias a su memoria fotográfica. Era realmente una mente privilegiada, y aunque no era un fanfarrón como Malfoy, en su fuero interno lo sabía perfectamente. Aparte de su memoria, era especialmente dotado para cualquier tarea de análisis y sus habilidades mágicas no eran exactamente mediocres.

Pese a que Malfoy obviamente no había confirmado su hipótesis, sabía que había acertado. Había algo de dolor en los ojos irritados y grises que les habían mirado después de sorprenderles en su cuchicheo a Zabini y a él. Por otra parte, había notado los movimientos generalmente elegantes y fluidos del rubio amortiguados y maquinales cuando éste entró en el aula. No hacía falta ser un genio de la matemática para sumar dos más dos, contando también el hecho de que la morena no había aparecido esta mañana en clases y de que últimamente se la veía poco por los dormitorios masculinos. Seguramente había cortado o discutido.

Tampoco le había costado demasiados minutos de reflexión, acostumbrado como estaba a hacer dos cosas a la vez. Y la verdad es que no creía poder usarlo en un futuro, pero la información, pese a ser indiferente a veces, seguía siendo información, el arma más peligrosa del mundo y más difícil de conseguir. A diario la gente liberaba montones de información, el problema era escoger cuál podría ser utilizable. Esta no lo parecía, pero por si acaso, se la guardó en su cajón mental de posibles. En sus cajones tenía muchos datos que había ido almacenando durante toda su vida. Si alguien practicara legeremancia con él, no sabría por donde empezar. Era una caja de secretos.

Mientras que sus compañeros se aburrían, Pansy cumplía la mayoría de los pronósticos de Draco. O Malfoy, como había decidido llamarle. Sollozaba patéticamente, sí, y estaba sentada en una litera, pero se hallaba en su propio cuarto. Había amontonado todas las fotos en las que Draco la miraba y le sonreía en constante movimiento. Una a una, las estaba quemando con su varita y dejando caer el papel llameante sobre una papelera. De vez en cuando, gritaba entre lágrimas un "cabrón" resentido, al tiempo que cogía otra foto. Era un acto del todo emocional y muy inservible, pues ¿de qué sirve no tener fotos suyas cuando le ves en carne y hueso todos los días?

Estaba realmente harta. No sabía ni siquiera quien era, había moldeado tanto su personalidad para gustarle a él que ya no podía ver la forma originaria de la arcilla. ¿Qué habría llegado a ser de no estar siempre detrás de él?¿Era verdaderamente tan poco orgullosa para aceptar que la pisotearan o sólo lo era con él? Pese a haber cortado su relación de cuajo, no podía imaginar una vida que no girase en torno a lo que él pensara de ella. Y eso era muy triste, llegando incluso a lo conmovedor. Pero no, no podía ser así. Cogiendo la última foto, se dijo que esa era su oportunidad para un nuevo comienzo. Limpió el estropicio de sus mejillas rojas, se miró al espejo y se repitió "Yo valgo más que eso" hasta que consiguió convencerse.


Bueno, esto es todo. Preguntas que, si sois lectores concienzudos, os haréis: ¿Qué quiere Theodore?¿Porqué a Daphne le molesta que Astoria se pelee con Malfoy y la posibilidad de una relación entre ésta y Zabini?¿De qué quiere vengarse Astoria? Y demás. Sospechas al apartado de correos Review de Review this Chapter... Etc.

Besos y abrazos,

Sirop de Framboise.