La calma entre los problemas
II
No era la primera vez que Shikamaru veía a Hinata entrenar. Siempre llegaba hasta ella por casualidad, y siempre decidía quedarse. Le daba curiosidad. Sabía que el entrenamiento del clan Hyūga era mucho más estricto que cualquier otro y le sorprendía que incluso después de terminarlo, Hinata continuara entrenando por su cuenta. No desperdiciaba día. Aunque el calor fuera insoportable, aunque lloviera o nevara, Hinata entrenaba. A Shikamaru le daba flojera solo pensarlo, pero ella no descansaba.
Él notaba cómo los ojos de Hinata se clavaban en un niño de su clase, cómo se inspiraba con su optimismo y determinación, sabía que esa era la razón de que nunca se rindiera. Porque el niño hacía lo mismo, todos los días. Pero no lo entendía. Shikamaru prefería recostarse a ver las nubes pasar, estar en compañía de sus amigos, estar tranquilo. Todo lo demás era problemático.
Y a pesar de ello, fueron varios los días en que Shikamaru se encontró a sí mismo observando a Hinata entrenar. Solo eso, escondido en la copa de un árbol, en silencio. Tal vez buscaba poder entenderla. Pero por más que intentara, no lo conseguía. Ella era diferente a todo lo que él conocía.
Ese día, el equipo ocho entrenaba cerca del río. Ya había pasado un tiempo desde sus días en la academia, y con tantas misiones Shikamaru no había vuelto a cruzar camino con ella. Pero él sabía que nada había cambiado en la determinación de Hinata Hyūga. Lo confirmó al verla.
—Oi. Ya llegaron las visitas —decía Kiba Inuzuka, arrugando la nariz.
Por lo visto el equipo de Kurenai-sensei se había percatado de su presencia antes de que llegaran, no por nada eran un gran equipo de seguimiento. Los tres niños y el cachorro frenaron su práctica para inclinarse ligeramente como saludo. Ino alzó un brazo y agitó su mano, acompañando el gesto con una sonrisa. Chōji, a su lado, abría ruidosamente un paquete de papas saborizadas mientras les saludaba alegre. Shikamaru movió la cabeza, apenas un poco, con las manos en los bolsillos.
—Tiempo sin verte, Asuma.
Los ojos rojos de Kurenai brillaron un momento. Ino ya comenzaba su acto de celestina. Qué problemático. Los maestros del equipo ocho y el equipo diez habían sido compañeros desde sus años de academia, todo Konoha sabía de su estrecha relación. Por eso Ino no se cansaba de abochornar la situación.
—Gai me envió a buscarte, por encargo del Hokage.
Kurenai sonrió. Buscó a sus alumnos con la mirada y les dijo que regresaría pronto. Asuma también sonrió, pidiéndoles a Ino, Chōji y Shikamaru que entrenaran si así lo deseaban. No faltó comentario de Ino para adornar la escena.
—No sería malo que le dijeran al mundo que tendrán una cita —rezongaba la niña, mientras veía a los maestros alejarse—. No entiendo por qué lo siguen negando.
Se sentó en las raíces de un árbol con la gracia y delicadeza de una niña. Chōji la acompañó, comiendo ruidosamente sus papas.
—Fueron llamados por el Sandaime Hokage, Ino-chan, debe tratarse de algo importante.
—El amor es lo más importante en el mundo, Chōji —dijo, como si fuera algo muy obvio. Al escucharla decirlo, Kiba Inuzuka lanzó una carcajada al aire, haciendo que Ino inflara enfadada las mejillas. Shikamaru rodó los ojos—. Está claro que ninguno de ustedes, hombres, va a entenderlo. Pero nosotras, las mujeres, lo sabemos muy bien, ¿verdad, Hinata-chan?
Hinata se sobresaltó al oír su nombre y su piel se tornó roja. Shikamaru frunció un poco el ceño.
—Yo… y-yo…
Intentaba decir algo, agitaba sus manos como queriendo excusarse. No pudo articular ni una sola oración. Al parecer no tiene carácter, pensó Shikamaru. Kiba volvió a reírse, esta vez de manera más burlona.
—¿Lo ves? Hinata no es igual a ti ni a ninguna otra —La susodicha pareció desesperarse un poco más, volviéndose roja hasta el cuello y agitando también la cabeza hacia los lados—. Vamos, vamos. Entrenemos otro poco.
Kiba la sujetó del brazo y la llevó a orillas del río. Akamaru correteó tras ellos, ladrando una y otra vez. Ino permaneció con los ojos muy abiertos y apretó las manos contra sus rodillas. Shikamaru, que no quería problemas, fue a pararse junto a Shino Aburame que, en silencio, observaba a sus amigos entrenar, mientras Chōji acababa las papas del paquete.
Shikamaru no sabía cuánto tiempo exacto había pasado desde la última vez que había visto a Hinata. Y estaba seguro de que nunca antes había visto eso en ella, que incluso en su esmero por fortalecerse se estuviera divirtiendo. Atacaba a Kiba con agilidad en sus movimientos y de tanto en tanto algún comentario del muchacho la hacía reír. Desde su lugar, Shino reía con ellos y cuando consideró que era el tiempo correcto, envió un enjambre de bichos Aburame hasta ellos para unirse al entrenamiento. Peleaban bien, pero en esos momentos no se lo estaban tomando muy en serio y terminaron cayendo sentados en el agua.
Kiba y Shino también lo saben, pensó Shikamaru al verlos reírse, Hinata no es igual.
—Ino-chan. Deberías respirar —aconsejó Chōji.
Shikamaru se giró a verla. Aún sentada en las raíces del árbol, con las piernas cruzadas, tenía las manos fuertemente apretadas y el rostro inflado de furia.
—Él… ¡se burló de mí!
Ambos entendían lo que pasaría, Ino explotaría. Se miraron con expresiones asustadas, pero ya era tarde para intentar sacarla de allí. Ya tenía los brazos en la cadera y miraba rabiosa al niño Inuzuka.
—Mejor deberíamos irnos a entrenar —decía Shikamaru, posicionándose delante de Ino.
—O podríamos ir a comer algo —sugirió Chōji.
—¡No dejaré que nadie me trate así! Y ustedes tampoco deberían haberlo permitido. ¿Por qué no dijeron nada? Se supone que somos parte del mismo equipo, ¿saben? Amigos desde siempre y para siempre. Ya verán. Una vez que acabe con él, voy a… —Las manos de Ino se congelaron un momento y regresaron a pegarse a cada lado de su cuerpo, inmóvil—. ¡Shikamaru! ¡Esto no es justo!
El niño Nara le sonrió de lado a su amiga.
—No me dejaste otra opción —Dijo ocupando su mente en el control de chakra de su sombra—. No vale la pena discutir por una tontería —Ino quiso replicar—. No fastidies, problemática.
Shikamaru se giró para saludar al equipo de Kurenai, los tres ninjas estrujaban sus abrigos para que el agua del río secara más rápido mientras el pequeño cachorro se sacudía sin control, haciéndolos reír. Estiró un brazo, Ino lo imitó —de mala gana— al estar bajo su jutsu de posesión de sombra, pero ellos no los vieron.
Chōji abrió otro paquete de papas y se puso de pie.
—Bien —dijo, llamando la atención de los presentes—. Esto es todo, ya debemos irnos.
Kiba y Akamaru asintieron con energía.
—¡Nos vemos luego! —Saludó el primero—. Ya luego me dices cómo te fue con lo más importante del mundo, Ino.
Kiba reía, Ino enfurecía. Parecía que eso ya se volvía costumbre. Shikamaru comenzó a caminar, obligando a Ino a seguirlo.
Shino apenas alzó su mano e hizo una pequeña reverencia hacia ellos como despedida. Detrás de él se escondía Hinata. Shikamaru pudo ver su piel enrojecida y se preguntó qué le daba tanta vergüenza siendo que con Kiba y Shino no parecía comportarse así. Pero nunca obtuvo la respuesta, decidió convencerse de que había sido consecuencia de su falta de carácter. Y con eso en mente, se marchó.
