-Esto es una locura –susurró Brad, mientras cerraba la puerta del todoterreno.

-Yo lo llamo investigar –respondió su compañero, arrancando el motor –Ya sabes, eso que solíamos hacer antes de estancarnos delante de un escritorio. Ir al lugar, hacer preguntas, buscar problemas…

Trewick suspiró, negando con la cabeza y devolviendo la mirada al mundo exterior, que lentamente comenzaba a moverse tras el cristal. Habían salido de noche, en dirección al pueblo maldito, Silent Hill, en busca del "hombre sin rostro". Un auténtico pirado, un asesino confeso, que había escrito cientos de cartas relatando todas las locuras que había cometido. Un psicópata, probablemente, que se había arrancado la piel de la cara a tiras, mientras se encontraba encerrado en la sala de aislamiento de un antiguo sanatorio. En plena noche, sin que nadie se diera cuenta. ¿Cómo seguía vivo aquel tío?

Brad encendió la luz del techo y se dispuso a releer la carta que su compañero le había entregado. Dentro de la carpeta que contenía los documentos, había fotos y otros escritos, todos relacionados con el mismo hombre.

Jason encendió la radio, sin apartar la mirada de la carretera. Los dos hombres reconocieron la canción enseguida: I want love de Akira Yamaoka.

-¿Cómo diablos has conseguido esto? -preguntó a su compañero, mientras observaba el resto de los documentos, atónito a la cantidad de información de la que disponían –Ese hombre está acusado de asesinato y encerrado en un psiquiátrico, tener nosotros todo esto no es… bueno, ¿ilegal?

-Puede ser –replicó Jason con una sonrisa, sin desviar su atención de la oscuridad que se cernía ante ellos –Pero es bueno para nosotros. Gracias a esto haremos un gran programa la semana que viene, ya lo verás. ¿No estás harto de que la cadena te amenace constantemente con retirar tu programa? Con todo lo que tenemos, levantaremos polémica, nos verá mucha gente.

-Lo que tú digas, Jason, lo que tú digas.


Al borde de la carretera, unos metros más allá, alguien dudaba. Bajo un cielo gris, cubierto de nubes, una niña soñaba con estamparse contra el suelo de un barranco. Más que un barranco, una grieta, profunda, cuyo final se perdía bajo un denso manto de niebla.

Entonces, alguien habló dentro de mi cabeza.

Bajo un cielo gris, al borde de la carretera, un pájaro soñaba con volar. Escapar de aquella locura, volar alto, hasta tocar el techo del cielo, sobre aquellos árboles gigantes, sobre aquellas nubes oscuras. Pero para escapar, tenía que caer. Ella dio un paso al frente, pasó sobre el quitamiedos y se dirigió a la boca del barranco, dispuesta a soportar la caída.

"Escucha la voz del ángel"

Alguien puso una mano sobre su hombro, deteniéndola.

-Aquí acaba todo, entonces –le dijo una voz. Ella la conocía. Era la voz de un amigo o, al menos, alguien que quería hacerse pasar como tal –Tanto tiempo juntos y aquí me abandonas.

-No lo soporto más –dijo ella, dando otro paso al frente, huyendo de su salvador. Estaba dispuesta a hacerlo. Los monstruos, las visiones, los cuerpos, iba a terminar con todo aquello, de una vez por todas.

"Está bien. Todo está bien."

Ella sintió un golpe en el costado, luego en la espalda. Cayó al suelo, de rodillas, dolorida. Cerró los ojos y notó como su cuerpo convulsionaba, haciéndola escupir algo que supo como sangre, cuando pasó a través de su paladar. Se hizo un ovillo y se dejó llevar por la inconsciencia.


-Eh, no vamos a dejarla ahí tirada –dijo una sombra –Está viva, creo que se está despertando.

-Tenemos cosas que hacer Jason. Llamamos a la ambulancia, que se la lleven y seguimos nuestro camino. No vamos a llevarla con nosotros –indicó otra sombra.

-¡Pero tú que tienes ahí dentro! –exclamó la primera sombra, señalando con un dedo el pecho de la segunda.

-No, Jason, qué tienes tú aquí dentro –respondió el otro, señalando su propia cabeza -¡No podemos llevarla con nosotros, es una desconocida!

-Una desconocida que lleva ESTO en un bolsillo de su pantalón –la primera sombra enseñó algo a la segunda, que la chica que se hallaba semi-inconsciente en el suelo, reconoció de inmediato.

-¿Qué demonios…? –preguntó la primera sombra, sosteniendo en su mano aquello que le había robado -¿Has buscado entre sus ropas? Dios mío…

La chica se incorporó con dificultad, sentándose en el suelo, tapándose el cuerpo con el gran abrigo que llevaba puesto. Miró a los hombres que se encontraban con ella, que hasta hacía sólo un momento, no eran más que dos sombras alargadas, casi inhumanas.

-¿Estás bien? –preguntó el que se encontraba agazapado en el suelo, más cerca de ella –Soy Jason. Jason Bana, periodista. Y aquel tipo de allí, el de las gafas con pinta de nerd, es Brad. Sale en la tele.

-Hola Jason. Hola… Brad –dijo la chica, con voz temblorosa. Era evidente que estaba desconcertada y aunque sobre sus ropas podía verse un riachuelo de sangre, parecía que nadie le había hecho daño.

-¿Y tú eres…? –inquirió Jason, amablemente.

La joven lo miró, desconcertada. No recordaba su nombre. Creía incluso, que no recordaba las normas clásicas respecto a las relaciones sociales. Tras tanto tiempo huyendo de los monstruos y la niebla, se le hacía extraño entablar una conversación coherente con alguien más. Sin saber cómo responder a aquella pregunta, la joven miró al periodista de las gafas. Alto y rubio, de ojos verdes, su expresión severa transmitía tristeza y odio a partes iguales. Debía tener unos treinta años, pero vestía como un hombre bastante mayor. Sobre el bolsillo de su camisa, color crema, habían mezclado varios hilos de distintos colores para formar la figura de un petirrojo. A la chica le pareció un adorno horrible para una camisa, pero le dio una idea.

-Robin. Me llamo Robin –indicó ella, intentando parecer natural –Yo… soy… estudiante, de por aquí. Estoy en el último año del instituto, en Silent Hill.

-¡Ah, entonces debes de conocer el pueblo! –exclamó Jason, que parecía el más hablador de los dos –Sabes, nosotros estamos investigando el caso del hombre sin cara. Ya sabes a quien me refiero. Y de paso preparamos un programa especial sobre las leyendas de por aquí. Tal vez podrías ayudarnos.

El hombre le mostró su carnet, que lo identificaba como periodista.

-Por Dios, Jason, está en el instituto –se quejó Brad, a quien no le gustaba nada aquella situación –Está aquí perdida, sola, probablemente sea menor. No vamos a depender de una niña de…

-Te pagaremos –interrumpió Jason –Sólo necesitamos que nos cuentes un par de leyendas, de cosas del lugar. Y de paso, que nos digas como llegar al maldito pueblo, porque llevamos horas dando vueltas y no hay manera de encontrarlo.

-Tranquilo. Estoy segura de que ya habéis encontrado el camino –murmuró Robin. Lentamente y haciendo un tremendo esfuerzo, la chica logró ponerse en pie. Dando la espalda a los dos hombres y devolviendo la vista al barranco, añadió –Guárdate tu dinero. No voy a subirme en un coche con dos extraños. Dejadme en paz.

Robin siguió su camino, alejándose del lugar, sin mirar atrás. No había olvidado lo que le habían sustraído del bolsillo de sus vaqueros, pero tampoco le importaba. Podían quedárselo. Tras unos segundos, oyó como los hombres discutían y regresaban al coche. Se volvió para verlos alejarse, perdiéndolos de vista enseguida, a causa de la densa niebla. Se sintió culpable. Ellos no sabían. No sabían nada. Estaba segura de que ni siquiera se habían dado cuenta de la hilera de cuerpos quemados que yacían a un lado de la carretera.

Era recién llegados, seguramente, tendría que pasar un tiempo hasta que se acostumbraran a ese mundo, si es que sobrevivían a él. Aquellos dos hombres, eran los únicos seres humanos con los que se había topado Robin desde que comenzara su pesadilla en Silent Hill.

Aunque, bueno, también estaba él. Pero él no contaba.