El principito arrancó también con un poco de melancolía los últimos brotes de baobabs. Creía que no iba a volver nunca. Pero todos aquellos trabajos le parecieron aquella mañana extremadamente dulces. Y cuando regó por última vez la flor y se dispuso a ponerla al abrigo del fanal, sintió ganas de llorar.

—Adiós —le dijo a la flor. Esta no respondió.

—Adiós —repitió el principito.

La flor tosió, pero no porque estuviera resfriada.

—He sido una tonta —le dijo al fin la flor—. Perdóname. Procura ser feliz.

Se sorprendió por la ausencia de reproches y quedó desconcertado, con el fanal en el aire, no comprendiendo esta tranquila mansedumbre.

—Sí, yo te quiero —le dijo la flor—, ha sido culpa mía que tú no lo sepas; pero eso no tiene importancia. Y tú has sido tan tonto como yo. Trata de ser feliz. . . Y suelta de una vez ese fanal; ya no lo quiero.

—Pero el viento...

—No estoy tan resfriada como para... El aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor.

—Y los animales...

—Será necesario que soporte dos o tres orugas, si quiero conocer las mariposas; creo que son muy hermosas. Si no ¿quién vendrá a visitarme? Tú estarás muy lejos. En cuanto a las fieras, no las temo: yo tengo mis garras.

Y le mostraba ingenuamente sus cuatro espinas. Luego añadió:

—Y no prolongues más tu despedida. Puesto que has decidido partir, vete de una vez.

La flor no quería que la viese llorar: era tan orgullosa...

El Principito. Antonio de Saint-Exupéry.

Capítulo II

Clavel con espinas

Andre Oliveira Carriedo sufría un resacón del copón. Ese día, a esa hora, en ese lugar lamentaba haberse tomado la última caña… ¿O quizás debió haber parado cuando comenzó a perder la cuenta de las copas que llevaba?

Con la corbata anudada alrededor de la cabeza dormitaba en el suelo, sobre lo que creía era su chaqueta. O eso esperaba, al menos. El Sábado Noche era una creación satánica. Tenía un dolor de cabeza apoteósico (tuvo la certeza de que serían las neuronas quejándose por los litros de OH que circulaban por sus venas. El día menos esperado la sangre se le volvería cerveza por mucho que su médico de cabecera insistiera en que eso era biológicamente imposible. Médicos, ni que ellos supieran algo de biología. No saben ni escribir).

—Ostia —soltó, santiguándose. Un cuerpo humano descansaba a su lado, durmiendo la mona. Eso o había muerto de un coma etílico, si las plegarias de Andre habían sido escuchadas. Recordaba vagamente haber flirteado con alguna que otra chica, especialmente con una tal María, Marina, Marta, Macarena, Mariana, Margarita o algún otro nombre que empezase por m. Pero también recordó con horror que la tal Mloquesea resultó ser Mario, Marcos, Mauricio, Miguel, Maximiliano o Myoquesé. El alcohol, el mejor compañero del hombre, también juega malas pasadas como esa de vez en cuando.

Intentó evocar los sucesos de la noche pasada, pero todo lo que acudía a su mente era un redoble de tambor. Ni siquiera recordaba cómo coño había vuelto a casa. O si tenía una, para empezar.

En cualquier caso, si el saco de carne era realmente un tío y realmente se lo había llevado al huerto, estaba más que psicológicamente preparado para correr lo más rápido y lo más lejos que un portugués ha corrido jamás, cambiarse de domicilio, comprar una identidad nueva, quizás teñirse el pelo y si te he visto no me acuerdo (que viene a ser la verdad, en realidad).

Esperó a que el presunto cadáver ardiera en convulsión espontánea, pero como no cayó esa breva tuvo que resignarse a comprobar la identidad del Misterio con m mayúscula.

—¡Ah! —gritó de forma no muy masculina—. Joder, que susto me ha dado el móvil —refunfuñó, buscando el teléfono en los bolsillos del pantalón. No lo encontró. La melodía de Balada Boa procedía de su chaqueta, hecha una pasa en el suelo. Al contestar la llamada, presenció una esclarecedora iluminación, literalmente: vio una lámpara corriente y moliente colgada del techo—. Anda, si sigo en el bar. Qué cosas...Andre al aparato —cayó en la cuenta de que no había leído la identificación del contacto y lo comprobó—. ¡Hombre, Toni! ¡Cuánto tiempo! Ya nunca llamas a tu hermanito del alma —fingió un tono dolorido a nivel shakesperiano—. Aquí se te echa de menos. ¿Qué te cuentas? ¿De quién es el funeral? —bromeó en tono jovial—, ¿Cómo le va alrminator? —se rió de su propia gracia—, ¿Lo pillas? Por su obsesión con el té y...da igual, ¿Pasa algo? Estás muy callado. Y tú nunca estás callado. O a lo mejor es porque no paro de hablar; si es por eso, no dudes en cortarme... ¿Antonio? ¿Sigues ahí?

—Me voy —respondió la voz de Antonio tras una interferencia.

—¿Qué? Creo que no te he oído bien. ¿Dónde estás? Se escucha mucho jaleo de fondo. ¿Estás dando una fiesta? ¿A estas horas? ¡Por la Virgen de Fátima Antonio, contrólate! Vas a asustar a los ingleses.

—He dicho que me voy.

—¿Irte? ¿A dónde? —preguntó extrañado. No imaginaba al irritable de Arthur con una maleta en cada mano, una falda hawaiana y un collar de flores alrededor del cuello bailando el hula. Sonrió ante la idea de un Arthur Kirkland contoneándose en una conga, recorriendo las playas de La Habana con una sonrisa y mucho espíritu navideño fuera de fecha.

—Aún no lo he decidido...

—Pues te recomiendo Cuba. ¡Oh! Si te pasas por Ibiza haz escala en Madrid y me paseas un rato. Me meto en la maleta si es necesario, ya sabes que una juerga sin Andre no es una juerga. ¿Te había dicho ya que estoy en Madrid? Estás hablando con el nuevo "técnico intérprete de lingüística en el ámbito de la tecnología androide y audio-visual"—pasó por encima del cuerpo dormido mientras hablaba, situándose de modo que pudiera verle la cara. Se puso en cuclillas, pero como el hombre estaba acostado boca-abajo no pudo distinguir bien el rostro. Se incorporó—. ¿A qué mola el nombrecito? ¡Mi trabajo es la ostia, tío! Todo el día entre videojuegos traduciendo diálogos y cosas de esa guisa. Un paraíso terrenal, anda que no. Oye, ¿Qué te iba a decir yo?...pues no sé, no me acuerdo. La edad ya, que no perdona...o el alcohol, que tiende a ser lo mismo —con la punta del pie intentó voltear el cuerpo—. ¿De que estábamos hablando? ¡Ah, ya! ¿Y donde dices que tienes pensado ir? Algún sitio tendrás en mente, digo yo.

—A todos lados, supongo.

—¿Qué es eso de a todos lados? ¿Está Arthur contigo?

—Arthur no..., no va a venir.

—¿Cómo que no va? —cuestionó, repentinamente serio. Algo no terminaba de encajar en esa conversación. Aunque sería más apropiado decir que nada cuadraba—. Antonio, ¿Dónde estás?

—En el aeropuerto.

—¿Dónde vas?

Silencio.

—¿Antonio? ¡Responde!

—Al mundo.

—¿Eh?..., Antonio ¿estás borra...? ¿Toni? ¡Antonio! ¡Uf! ¡Maldita sea, no me cuelgues dejándome con la palabra en la boca! ¡Maldición! —propició una nada desdeñosa pasada al Myoquesé. El desconocido compañero de chaqueta gruñó y se revolvió, mostrando indicios de despertar (y de vida)—. Ups. Perdón, perdón, no era mi intención, fue un acto reflejo —se excusó, retrocediendo un paso y gesticulando violentamente con los brazos. Un mejor vistazo le bastó para entender que o bien esa persona era un culturista o uno de esos hombres-gorila con el que (como cualquiera con dos dedos de frente intuye) es mejor guardar las distancias—. Pensaba que estabas muer...inconsciente —buscó frenéticamente algún objeto punzante al alcance de la mano, por si caso. No lo encontró—. Justito ahora iba a llamar a una ambulancia. Qué casualidad, ¿verdad? —señaló el teléfono en su mano, para dar credibilidad a las deshonestas palabras—, una llamada que me ahorro. Un placer conocerte, eh —estrechó la mano del desorientado personaje, sentado en el suelo—, pero si me disculpas tengo que ir a estrangular a mi hermano. Es una forma de hablar, claro está —se apresuró a añadir—. Nada de malos tratos. Paz y amor —efectivamente, esbozó el símbolo de la paz.

—Tú… eras Andrés ¿No?

—Andre, sin s —corrigió, malhumorado. Para tener un nombre tan sencillo poca gente lo pronunciaba de forma correcta. A su propia madre le costaba un mundo y más decir su primer apellido sin trabarse. Misión imposible, solía refunfuñar—. ¿Por qué? Por casualidad no serás poli, ¿no? En ese caso debo decir que niego absolutamente todo de lo que se me acusa y no hablaré sin la presencia de mi abogado. Ya he dicho mil veces que yo no lo empuje, fue un accidente —le señaló con un dedo acusador.

—¿Q-qué...? —tartamudeó, mirándolo con los ojos como platillos de té.

—Nah, era una broma. Eso es lo que hacen los desconocidos. Bromear. Porque nosotros somos desconocidos. Sólo eso. Nada más. Fingiremos que nada ha pasado. A la cuenta de tres vamos a olvidar que hay algo que olvidar..., venga: uno, dos y ¡tres! —chasqueó los dedos—, ¡reseteado!

—Pero..., ¿Olvidar qué...?

—Así me gusta —recogió su chaqueta—. Hasta nunca hombre desconocido de cuyo nombre no puedo acordarme. Mierda, la puerta está cerrada —intentó forzarla, en vano—. ¿Y cómo salimos de aquí? Ahora que lo pienso, no me explicó cómo es posible que los camareros no nos hayan echado a patadas al cerrar —reflexionó, dándose golpecitos con el índice en el mentón.

—Bueno, es que yo soy el gerente del bar —aportó el Misterio con m mayúscula—. Lo que no sé es cómo hemos acabado así..., recuerdo hablar contigo, invitarte a unas copas y luego...

—Luego nada. ¿Tienes las llaves?

—Sí...

—Problema resuelto. No hará falta romper ninguna ventana —el recién descubierto gerente del bar lo miró sobresaltado—. Si gustas de hacer los honores —señaló la puerta con una reverencia.

—¿Tú tienes alguna idea de lo que pudo pasar a noche? —insistió—. No tengo por costumbre amanecer en el suelo de mi local.

Sí, es que yo me despierto todos los días junto a un tío adicto a los esteroides en el cómodo y limpio suelo de un antro de menos cinco estrellas, no te jode. Cuando pille a los hijos de puta que se hacen llamar a si mismo mis amigos..., pensó Andre. Y añadió en voz alta, con entendible mala uva.

—Cabrones, mira que dejarme atrás...

—¿Perdón?

—No, nada, que ayer nos acostamos prontito, que dicen que es bueno para la piel. ¡Acostar de dormir! no te imagines nada raro, ¿eh? Yo soy más recto que una regla. ¿Me abres la puerta? —apremió en tono impaciente—. Se me va a escapar la pesadilla de hermano que me ha tocado.

—Uh, claro...

—Una última cosita, ¿Cómo te llamas? Exclusiva e inocente curiosidad —sonrió ampliamente, sacando a relucir el corazón de vendedor de aspiradoras que llevaba dentro.

—Pedro.

—¿Seguro? —expresó genuina sorpresa—. Pues yo juraría que tu nombre empezaba por otra letra. ¿Estás absolutamente seguro que te llamas así?

—Sí.

—¿Y no tiene ninguna m de por medio? —rezongó testarudamente.

—Creo que sé cómo me llamo.

—¿"Crees"? ¿Es que el alcohol te ha matado alguna neurona importante?

—Oye... —se levantó con cierto aire amenazador.

—Que poquito sentido del humor. Abre ya hombre, que nos van a dar las uvas.

Pedro le fulminó con la mirada.

—Si eres insoportable como desconocido no quiero ni imaginarme como serás de conocido —se quejó, sacando la llave.

—Todo un amor —pestañeó exageradamente, poniendo ojitos—. Now, open the door, please.

Pues al final el nombre no empezaba por M. Qué raro.

My world

Se quedó contemplando el móvil fijamente, a sabiendas que Adre estaría molesto por haberle colgado. No quería escuchar los reproches de su hermano. Lo último que le apetecía en ese momento era hablar con Andre. O con cualquier otra persona, para ser sinceros.

Sin pensárselo mucho, pulsó el botoncito con el símbolo del teléfono rojo hasta apagar el móvil. Tendría que apagarlo dentro de poco, de todos modos.

La fila avanzaba lentamente. Tres personas más y estaría "picando" billete para un viaje de ida a Holanda; desde pequeño fantaseó con visitar el país de los tulipanes y molinos de piedra. En la mochila cargaba sus pinturas, su irremplazable cuaderno de bocetos, algún que otro libro, algo de muda limpia, dos pares de vaqueros y otros dos de calcetines, cuatro camisetas, un abrigo y todo el dinero que fue ahorrando desde los seis años, cuando su padre le regalo su primera y última hucha, de porcelana y con forma de tortuga. Lamentablemente, Don Evaristo tuvo que quedarse en tierra. Y sin cabeza. Sea quien sea el que inventó una ranura de entrada pero no de salida no tuvo precisamente la mejor idea del siglo. A saber las pobres huchas que habrán sido descuartizadas a lo ancho del mundo y a lo largo de los años.

Era su turno. La azafata sonrió, Antonio se esforzó por sonreír. La chica le indicó con la mano una estructura de plástico dónde debía probar si su mochila tenía el tamaño adecuado para pasar por equipaje de mano. Aprobó la prueba sin problemas. Antonio se tomó al pie de la letra ese famoso, pero pocas veces escuchado, consejo de viajar ligero.

"Buen Viaje" le deseó la azafata. "Gracias" respondió Antonio.

Asiento 13-A. Ventanilla.

Recordó el dicho "En martes 13 no te cases ni te embarques, ni de tu familia te apartes". Afortunadamente, no era ni martes ni trece. Ni tampoco consideraba a Arthur una familia de la que alejarse. Ya no, si alguna vez fingió serlo.

—¡Que extrañó! —gritó una voz a su derecha en inglés—. Normalmente en las líneas aéreas obvian el número trece. Paso mucho tiempo en los aviones, por eso lo sé.

—Sí, es un poco inusual —el desconocido pegó un salto sorprendido, como si la voz de Antonio le hubiera asustado.

—¡Vaya! No me había fijado que estuvieras ahí.

—Ehhh…perdón, no pretendía asustarte.

—¿Asustarme? —la voz chillona se tiño de una incredulidad teatral—. ¡El gran yo no se asusta nunca! Sólo me has tomado por sorpresa.

—Y…¿Por qué hablabas sólo?

—Me gusta escuchar mi voz —sonrió ampliamente, enseñando su dentadura blanca y bien formada.

—Vaya, veo que tienes la autoestima alta —comentó sin rodeos, tendiéndole la mano. Un año en Londres le bastó para quitarle la cariñosa costumbre de saludar a la gente con dos besos en la mejilla. Cuatro tortazos, dos puñetazos y un encuentro con la policía fueron más que suficientes para que comprendiera que no a todos les gustaba ser besados. Y que la mayoría lleva densos y numerosos anillos en los nudillos que dejan marcas y un ojo morado. Sosos—. Yo soy Antonio, encantado de conocerte.

—La humildad es mi especialidad, kesesesesese —se carcajeó, con los brazos en jarras y la cabeza bien alta, casi tanto como su ego. Antonio, que había pensado que su voz no podía ser superada en cuanto a estridente, admitió su error. La risa se llevaba la palma—. Supongo que ya sabrás quien soy —le estrechó la mano y la zarandeó con energía.

—Pues… —Antonio rebuscó en su memoria más bien limitada. Si hubiera tenido algún encuentro anterior con un personaje de tal talante, lo recordaría seguro—, no, lo siento, ahora mismo no caigo. ¿Nos hemos visto antes?

—No lo sé. El magnífico yo no puede recordar todas las caras que se le han acercado en este tempestuoso mundo. Son demasiadas —alzó los brazos y negó con la cabeza. Antonio se sintió obligado a reconocer que era admirable como se metía en su papel. O como se le iba la olla, lo más seguro—. Pero tú no podrías olvidar mi expresivo rostro ni tras un borrado de cerebro. Cosas como esas marcan de por vida el corazón de un hombre mundano. Espera —se quitó las gafas de sol a cámara lenta y meneó la melena, al igual que en las películas. Se arrodilló en el sillón contiguo a Antonio e invadió su espacio vital. Mucho—; ahora sí, ¿Verdad?

Antonio hizo un ruido raro con la garganta, como si se hubiera atascado en una eg permanente. El desconocido incitó una respuesta alzando las cejas. Su sonrisa de autosuficiencia le incomodaba.

—No, de verdad que no me suena —el chico le miró sin creérselo.

—¿Es que no ves la televisión? ¿Internet? ¡Segura que saldría hasta en la prensa y todo! Internacional —precisó, guiñando el ojo y volviendo a ponerse las gafas. Por la luz que entraba por la ventana, Antonio vislumbró un iris rojizo y un cabello fino y excesivamente rubio, casi platino. Albino, concluyó—. Existes apartado del mundo real, por lo que veo. Soy Gilbert —se dio un sonoro golpe en el pecho con el puño—, un placer para ti conocerme.

—Eres bastante divertido —Antonio dijo con sinceridad, sonriendo ligeramente. Gilbert desvió la mirada avergonzado, encogiéndose de hombros. Se dejó caer en el sillón.

—Nunca me he planteado ser humorista. Aunque es natural que se me dé bien todo. Soy yo —asintió complacido, dándose a sí mismo la razón—. Quizás algún día también sea un cómico prestigiado universalmente.

—Que no mundialmente —acertó a decir el español. Gilbert rio clamorosamente.

—Tú sí que sabes. Me caes bien, Antonio. Va a ser un viaje entretenido. Bueno, conmigo siempre es entretenido.

A Antonio no le apetecía un viaje entretenido. Sólo quería tiempo a solas para poder poner algo de orden en sus caóticos pensamientos. Quizás reflexionar un poco sobre su decisión y lo que haría de ahora en adelante tampoco estaría mal. Y el silencio y Gilbert parecía que no se habían saludado en su puta vida (con perdón. No dudaba en absoluto de la virtud moral de Gilbert, fuera quien fuera el buen hombre).

—¿No vas a buscar tu asiento? —comentó al notar que no mostraba ninguna intención de levantarse.

—Ya estoy en mi asiento, tonto —rio (sería más preciso decir que se carcajeó. Siempre reía exageradamente).

—Ah —Fantástico.

—Oye, ¿no vas a preguntar por qué soy famoso? seguro que te interesa.

No le interesaba.

—Está bien, si insistes te lo contaré.

No estaba insistiendo.

—Debes sentirte la persona más afortunada del mundo por hablar con el mismísimo yo en persona —se echó flores.

No se sentía afortunado en lo más mínimo.

—No seas pesado, no me importa decírtelo.

Antonio decidió hacer una buena obra y darle coba —aunque Gilbert ya se la daba de sobra y le sobraba y requetesobraba, pero bueno— para que continuara. Hacer feliz a las personas no cuesta dinero.

—Vale, me muero de curiosidad. Creo que no podré dormir esta noche sin saber porque te crees que eres famoso —sin saberlo ni quererlo, Antonio envió una pulla de las gordas.

—No lo creo. Lo soy.

—Vale, vale. Mía culpa —Gilbert hinchó las mejillas, refunfuñando entre dientes—. Anda, dime porqué tu gran yo es un gran famoso.

—¿Tu eres famoso? —arrugó la nariz, como si la idea le repudiara.

—No, no. "Tu yo" no yo. O sea, tú.

—…¿Eh?

—Escupe de una vez porque eres jodidamente famoso —dijo exasperado.

—Menudo genio…está bien, te lo diré. Se te ve desesperado —sí, eso era verdad—. El secreto es —se acercó confidencialmente, bajando la voz. Tanto misterio se le contagió al español, a quien le picó el gusanito de la curiosidad—, el gran secreto es —hizo una pausa dramática, para no dejar a la conversación sin la expectación que requería la situación. Antonio tragó saliva—: que es un secreto. Lo siento, a los famosos no nos gusta hablar de nuestra vida privada, ¡Kesesesesesese!

Antonio le miró como el despojo de la humanidad que era. La madre de este tipo tenía el cielo ganado con reconocimientos y medallas de oro.

—Pues qué lástima —comentó con algo de sarcasmo. Por una vez, no fue Antonio el que no lo notó.

—La vida es dura —volvió a encogerse de hombros—. Oye, ¿sabes por qué el número trece se considera gafado? El increíble yo siente curiosidad —cambió radicalmente la línea de la forzada conversación. Antonio era una de esas personas a las que le gustaba hablar por los codos y podía pasarse horas y rosas dándole al palique sobre cualquier tema y sin objetivo fijo; pero ese día, simplemente, no estaba de humor. De todas formas, se sintió comprometido a contestar. Tampoco quería parecer maleducado.

—Bueno…por varios motivos, si mal no recuerdo —Gilbert lo contempló intrigado—. A ver, por dónde empiezo…

—Por el principio —aconsejó, aportando su indispensable ayuda.

—Ya, gracias. Pues…supongo que el principio sería la Última Cena de Jesucristo. Acudieron trece personas y menos de veinticuatro horas después fue crucificado. También el código Hammurabi omite ese número en su lista, que existen 13 espíritus del mal o que los calendarios sólo tienen doce meses. Además, un tal Richar Wagner, que parecía tener afición por dicho número, nació en un año acabado en 13, la suma de las letras de su nombre y apellido también son 13, los números de su año de nacimiento (1813) también suman 13, compuso 13 óperas y falleció un día 13. También tiene origen en la mitología nórdica en la era precristiana. A un banquete en el Valhalla fueron 12 dioses invitados. Loki, el espíritu de la pelea y el mal, se compró todas las velas del entierro y se coló por las buenas, y con él sumaban trece. En la lucha para expulsarlo, Balder, el favorito de los dioses, ocuparía el resto de su tiempo en criar malvas. En el siglo XVIII la marina británica intentó eliminar la superstición en torno a este numerito y rebautizó a un buque con el nombre HMS Friday (por lo de viernes 13) y se designó a un tal Fin Friday como capitán, se reclutó a la tripulación un viernes, también en viernes se armó la quilla del barco; y se botó la nave un viernes 13. Jamás se volvió a saber del barco o de la tripulación —se encogió de hombros, terminando el improvisado relato.

—Vaya, si que sabes —alabó con admiración.

—No tanto. En realidad todo esto me lo contó una persona que conozco —se rascó la mejilla, algo perturbado—. Siempre está preocupado por detalles sin importancia. Se obsesiona con que todo salga perfecto, sino, no hay quien lo aguante. Parece un crío —sonrió con una mezcla de tristeza y nostalgia unidos.

—Suena una persona peculiar.

—Es una agonía —sentenció con firmeza. Estúpido Arthur, colarse en sus pensamientos sin permiso. Propio de él.

—Mmm —Gilbert le contempló de soslayo, pero no le atosigó con más preguntas. Como el mismo dijo antes, todos tienen sus propios y retorcidos secretos.

Los altavoces ordenaron que apagaran los teléfonos móviles y cualquier otro aparato eléctrico. El avión despegó. No había vuelta atrás.

Una vez en aire, Gilbert rompió el silencio cuando Antonio ya pensaba que nadie lo haría.

—¿Quieres que te cante un rato? Así nos entretendremos.

—No hace falta, gracias.

—Que sí hombre, ya verás que los disfrutas —y comenzó a berrear en un idioma extraño, que sonaba a alienígena a odios de Antonio. O al motor de un tractor. Un rato después, lo identificó como alemán puro y duro.

Antonio se consideraba casi supersticioso, pero en ese momento maldijo con toda su alma el maldito número trece. Se le antojaba un trayecto muy largo.

El piloto advirtió que entraban en zona de turbulencias. O eso adivinó una vez que el avión empezó a zarandearse como un torero atascado en el cuerno de un semental. La voz de Gilbert eclipsaba cualquier otro ruido.

Lo último que le faltaba era que el avión se estrellase nada más comenzar su viaje. Sería verdaderamente patético.

My world

El móvil no paraba de sonar. Vibraba y vibraba en el bolsillo, pero no contestó.

Arthur necesitó releer la escueta nota varias veces antes de poder procesar el significado, simple y claro, que guardaba: Antonio se había ido. Sin ceremonias, sin consultarlo, sin mayores motivos que el dicho y hecho.

Si Arthur no fuera Arthur, posiblemente habría pensado que no guardaba denotación más profunda que la de una mera broma. Pero Arthur sabía; sabía que del mismo modo que Antonio irrumpió en su vida al igual que un torbellino podría abandonarla arrastrado por el mínimo soplo de viento. Lo que fácil viene, fácil se va. Cuán irónico y desagradable es ser golpeado por la frase que esgrimía cada vez que regañaba a alguien por intentar tomar el camino fácil, con sonrisa altanera y su mejor tono de mofa.

Arrugó la nota con despreció, rencor, los dientes tan apretados que dolía; se arrepintió inmediatamente. Con manos temblorosas por la rabia sin vía de escape trató de alisarla. Se rasgó un poco por la parte de arriba y mantuvo el tacto y aspecto rugoso, como la piel de un anciano centenario está surcada de abultadas arrugas. Algunas decisiones son irreversibles.

No fue consciente de que se había quedado parado en medio de la habitación, de pie, la maltrecha carta en mano y una mirada perdida en las tinieblas de la pluviosa tarde. Las gotas de agua arreciaban con fuerza contra el cristal de la ventana, adhiriéndose con rudeza para después deslizarse sinuosamente al olvido. ¿Cómo se supone que debe reaccionar? ¿Qué se siente en situaciones como esta? ¿Odio? ¿Dolor? ¿Tristeza? ¿Indiferencia?

El corazón de Arthur exclusivamente tenía hueco para una emoción: la traición. La felonía le amargueaba la boca y le pateaba el pecho sin piedad. Se burlaba de él por su ingenuidad y se divertía a su costa helándole la sangre.

Quizás lo que más odiaba era su estupidez. La estúpida idea de que lo que él y Antonio pudieron tener y no tuvieron duraría para siempre.

Dio un par de pasos y se desplomó de frente sobre la cama, sin soltar la nota. El libro rebotó y quedó prendido en el borde del colchón.

Odiaba a Antonio. Lo odiaba. Lo odiaba. Lo odiaba. Ahora todo lo que podía sentir era un intenso odio por la vida, por Antonio y por el mundo.

Más tarde descubría que la emoción que él llamaba odio el diccionario la denominaba remordimiento. Pero en ese momento necesitaba imperiosamente odiar algo, culpar a otro, lo que fuera con tal de no reconocer que fue él, Arthur Kirkland, el primero en tirar la piedra y esconder la mano.

Descargó parte de su indignación contra el colchón, puñetazo a puñetazo. Los muelles del somier mostraron su efecto arrastrando el libro con cada bote, no contentándose hasta tirarlo al suelo. No importaba lo fuerte que golpeara, el daño que se hiciera en las manos; la rabia no desaparecía. Se cebaba de su dolor y crecía. Se acrecentaba más y más. Y de pronto se esfumó.

No había más dolor. Ya no le afligía la confusión.

Simplemente no sentía nada.

My world

Si no había llamado por lo menos siete veces, no había llamado. Arthur no contestaba el dichoso teléfono y Andre se encontraba al borde del colapso de la frustración.

Para que luego digan que tener hermanos es bonito. Es un puto asco. Los "hermanos bonitos" no te llaman para soltarte cuatro palabras sin sentido y acto seguido apagar el móvil, dejándote preocupado y como un completo Idiota de clase Vip. Eso no se hace, joder.

Puñetero Toni.

Los efectos del Dia-Después se le habían pasado por completo y cualquier rastro de alcohol desapareció de su cuerpo como si los anticuerpos hubieran organizado una redada anti dopin. Ahora que estaba sobrio, el Andre serio de siempre había vuelto. Y Andre se obsesionaba paranoicamente con todo. Necesitaba una cerveza.

—¡Qué suerte! —la niña pisoteó el suelo con los puños cerrados y le miró con ademán molesto, inflando los carrillos—. ¿Cómo haces para que tu mamá te deje ponerte la corbata de papá en la cabeza? ¡A mí me riñe!

—¿Ein…? ¡Mierda! ¡Me había olvidado! —se apresuró a quitarse la chalina y guardarla en el bolsillo del pantalón, hecha una bola. Ahora intuía que las chicas que antes le miraban y reían por lo bajo no estaban apreciando precisamente su físico.

—¡Has dicho un taco! ¡Has dicho un taco! ¡Te van a castigar! —celebró la cría, saltando mientras aplaudía.

—No es ningún taco —replicó con retintín.

—¡Sí lo es!

—¡No lo es!

—¡Que sí!

—¡Que no!

—¡Mi madre dice que es una palabra muy fea que sólo dicen los despojos maleducados de la sociedad!

—Pues tu madre se equivoca.

—¿Mamá mintió? —la niña ladeó la cabeza, confundida—. Entonces…, si no es un taco…, ¿Qué es?

—El perfecto sinónimo de vida —la niña pareció concentrarse muchísimo para comprenderlo. No lo consiguió.

—No lo entiendo.

—Pronto lo harás.

—¿Qué es un sintonimo?

Andre la contempló con dulzura, aguantando una sonrisa guasona.

—Ven, acércate —Andre se agachó, quedando a la altura de la niña—. Toma, un regalo —sacó la corbata y la anudó en torno al cabello negro y corto de la chiquilla—, para ti.

—Mamá se va a enfadar —no obstante, no parecía perturbada, sino más feliz que unas castañuelas.

—Bueno, dile a tu madre que no tiene derecho a elegir tu ropa. El libro de los gustos está en blanco

—Mamá dice que no acepte regalo de los desconocidos.

—Entonces devuélvemelo —alargó la mano. La niña retrocedió un paso.

—Santa Rita, Rita, Rita, lo que se da no se quita —canturreó. Se llevó las manos protectoramente a la cabeza y le enseñó la lengua.

— Você desfrutar o presente.

—¡Qué raro hablas!

—Te he dicho que disfrutes del regalo —aclaró, divertido.

—¡No se dice así tonto! —carraspeó y corrigió en tono solemne, repitiendo las mismas palabras—. Es "Disfruta del regalo", no eso raro raro que dijiste antes.

—Hay muchas formas de decir la misma cosa —le guiñó un ojo y se incorporó—.¡Ah! Una última cosa, aquí va una sugerencia realmente útil en la vida: no llames despojos de la sociedad a los desconocidos que te cruzas por la calle.

—Pero mamá…

—No te creas todo lo que te dicen. Esta también es una muy sabia recomendación. Por cierto, ¿Cuál es tu nombre?

—Magdalena —tuvo dificultades para pronunciar la g.

—Un nombre muy dulce. Y con m —siguió su camino, las manos guardadas en los bolsillos. No tenía ni idea de los pasos que debía seguir a continuación. ¿Qué podía hacer estando cómo estaba, en otro país?

En el manual de instrucciones para buenos hermanos mayores que le recalcaba su madre no decía nada sobre Antonios que se escapaban de casa abandonando a su…a Arthur (¿amigo con derecho a roce?) para…, ¿Para qué? ¿Dar la vuelta al mundo?

Es curioso como uno no espera levantarse un día y descubrir que su vida ha sufrido una metamorfosis de 360º, convirtiéndose en la nueva continuación de Willy Fog.

My world

Las agujas del reloj avanzaban con su característico sonido hueco reverberando en el silencio de la habitación.

Arthur estaba sentado, volteando la rosa entre sus manos. El móvil volvía a sonar. Otra vez Andre. Ya van nueve. Ningún indicio de Antonio.

Los claveles no tenían espinas. Las rosas sí. No le importaba los dedos magullados ni los pequeños puntos de sangre que ya empezaban a brotar. Ya no importaba nada. Tampoco Antonio.

El final de una relación que no parecía llegar a buen puerto. Ni más, ni menos. En su vida nunca había más o menos, siempre era todo neutro. Blanco y negro. El rojo pasión de Antonio no tenía cabida en su reducida paleta de colores.

No llamaría a Antonio. No se arrastraría. Se acabó.

Intentó convencerse de que esto era lo mejor.

Se levantó y se dirigió al salón. Tenía una reserva que anular y una caja entera de chocolate con forma de corazón que gastar. No corazones sangrantes, sino corazones felices.

El ángel del cuadro le miró con reproche al pasar por su lado. ¿Le estaría recriminando el rendirse tan pronto? Había luchado. Le había dado todo lo que tenía a Antonio y no fue suficiente. Ya no tenía nada que ofrecer.

Quizás no merecía la pena persistir en un error. A Arthur no se le daba bien improvisar, ¿Por qué una decisión espontánea debía ser la excepción?

23 de septiembre, equinoccio de otoño. El aniversario de un vínculo que nació y murió sin recibir un nombre.

No era amor. Tal vez ni siquiera fuera amistad. Quizás únicamente se utilizaban el uno al otro. Claro, que ya a nadie le interesa saberlo.

Canceló su mesa —la mesa que tanta insistencia y tiempo había desperdiciado en conseguir— en el prestigioso restaurante francés. Un restaurante que jamás vería las manos pequeñas y tostadas entrelazas con las pálidas y delicadas.

Tomó un libro de la repisa e intentó borrar de su mente cualquier vestigio de un español que alguna vez tuvo nombre y apellido.

Las letras del Invierno del Mundo no fueron capaces de llenar la oquedad en el ánima de Arthur reservadas ya a un mero recuerdo. No cuando estaba rodeado de las pinturas de Antonio. No cuando cada cuadro en el que Antonio invirtió el amor que no pudo darle a Arthur le vigilaba, penetraba su razón. No en aquel oscuro salón, sin nadie más que él y sus fantasmas.

Antonio debía ser el único clavel del mundo capaz de herir a Arthur.

My world

Holanda era verde, húmeda y más verde. Atrajo a su mente las fotos que su madre le enseñó de Galicia, en el que aparecían un señor Fernández y una señora Carriedo —sosteniendo un niño pequeño en brazos— de joven, sonriendo a la cámara. Allí se conocieron y allí se casarón.

—Bonito, eh —comentó Gilbert, luciendo sus gafas de sol a pesar de que estaba nublado.

—Sí, es mejor de lo que me imaginaba —la fascinación chorreaba de su voz. Gilbert se rio de su "estado catatónico de embelesamiento".

—Eso no existe —se quejó Antonio, dibujando un puchero.

—Yo lo invento, yo decidido si existe o no —contraatacó, girando la cabeza con dignidad.

—Infantil.

—Quejica.

Sostuvieron una épica pelea de miradas, con chispitas imaginarias nacidas de lo competitivo del ambiente. Finalmente, irrumpieron en retumbantes carcajadas.

—¿Y qué vas a hacer a partir de ahora? —Gilbert atinó a articular entre los residuos de una risa que se acercaba a su fin—. ¿En qué hotel te quedas?

—Pues…en realidad…—¿Cómo se explica a un tercero que uno viaja por ahí casi sin dinero, sin reservas en hoteles (sin la posibilidad de permitirse uno, en todo caso) y simplemente con el plan de pulular de aquí para allá? Difícilmente—,…ha sido una especie de…, de decisión de última hora y…, aún no tengo nada reservado…, y…eso, nada.

—Ah…¿Hablas….? ¿Cómo se dice? ¿Paisesbajol?

—Neerlandés —subsanó, riendo—. Pero no, no hablo holandés.

—¿Y cómo pretendes moverte? —arqueó una ceja tras sus gafas de sol. Antonio vislumbró el borde de la misma—, ¿Y si alguien se te acerca para pedir la hora?

—Le enseño el reloj —improvisó para salir del paso—, que por cierto, no tengo.

—Pues vamos bien —se burló.

—Tú no serás un enviado del cielo enviado a la tierra para recomendarme algún albergue u hostal baratillo tirando a gratis, ¿Verdad?

—Ya sé que parezco un ser divino, pero a tanto no llego. Mala suerte, tío —le palmeó la espalda.

—Bueno, ya me las arreglaré como sea. ¿Tú dónde vas?

—Aquí —señaló con el pulgar algún lugar su espalda, en dirección al inmenso aeropuerto del que habían salido.

—¿Esperas a alguien?

—Nop.

—¿Trabajas aquí o algo?

—¡Buz! error.

—Me rindo —dimitió, encogiéndose de hombros.

—Obvio. Voy a coger un avión.

—¿Me estás vacilando? —le miró con los labios fruncidos.

—Eh, el impresionante yo siempre habla en serio —se indicó a sí mismo con el pulgar y sonrió como si estuviera rodando un anuncio de dentífrico.

—¡Si acabamos de aterrizar!

—Ya, pero es que me he equivocado de avión.

—¿Hablas en serio?

—Sep. Cuando me di cuenta ya era tarde para cambiar la reserva. ¡No lo iba a desperdiciar!

—¡Pero es un viaje ridículo!

—No te creas. Las chicas se derriten por los hombres de mundo —se tiró de las solapas de la chaqueta de cuero y se pasó la lengua por los labios. Habló como el típico ligón de las series de clase B—. Hola nena. ¿Sabes? He estado casi por toda Europa. Sí, sí. Inglaterra y…Holanda. ¿Qué dices? No, claro que no me asustaron en lo más mínimo los holandeses y sus pasteles con drogas. Yo no pico en esas cosas, preciosas blablablá que bonito pelo blablablá me gustan tus zapatos blablablá y luego ¡Pumban! —realizó un movimiento obsceno con las caderas, como si realizara el coito con el aire—. Aunque a mí no me hacen falta trucos baratos como este, ¡Las chicas hacen cola para que las mire!

Al español le dolía el estómago de tanto reír.

—¡Es verdad! —recalcó Gilbert, ofendido.

—No…lo…dudo.

—¡Para de reírte!

—Oh, me están llamando —sacó el teléfono del bolsillo. Gilbert se preguntó cuándo lo había encendido.— ¿Diga? ¿Gilbert? Sí, aquí está —le pasó el teléfono. El chico lo aceptó pasmado. Se lo llevó a la oreja—. Es tu dignidad, dice que se ha perdido.

—¡Serás capullo! —le aprisionó el cuello y empezó a pegarle collejas en la cabeza.

—¡Ouch! ¡Jo, que era una broma! ¡Ay, perdón, perdón! ¡Duele! ¡Para!

—Que te sirva de lección, pequeño saltamontes —Gilbert lo soltó. Antonio se masajeó la zona dolorida.

—Supongo que este es el adiós —abrió los brazos, esperando que Gilbert se acercara para abrazarlo. Se quedó esperando —. ¿Quieres una invitación o algo? Se me están durmiendo los brazos —lloriqueó.

—No quieras deshacerte de mi tan rápido —le pasó un brazo por los hombros—. Mi avión no sale hasta esta noche. Voy contigo al centro y te ayudo a buscar algo con mi radar de las gangas.

—Tú lo que quieres es una excusa para ver la ciudad —chanceó.

—Tenía que intentarlo —simuló un tono resignado—. Venga, vamos a pedir un taxi.

—¿No traes equipaje? —se interesó, buscando alguna maleta a su alrededor.

—Sí, está allí —señaló con la cabeza una montaña de bagaje de todos los tamaños y colores apiladas en un rincón. Antonio se preguntó si en el corazón de Gilbert habitarían tres mujeres con un T.O.C. (Trastorno Obsesivo Compulsivo) por las compras.

—¿Y dónde dices que te diriges? ¿A Marte?

My world

Hectáreas y hectáreas de tulipanes se prolongaban hasta el horizonte al otro lado de la ventanilla del coche. Antonio sintió el impulso de saltar del vehículo en marcha y correr hasta alcanzar el mundo que Arthur se jactaba de imposible, al otro lado de la línea de tulipanes bañados por el flácido sol que se colaba entre las espesas nubes. No era un día soleado. Estaba nublado y el olor a lluvia se filtraba por la ventanilla ligeramente bajada.

Antonio no cambiaría ni un mísero pétalo del paisaje. Era casi perfecto.

—Sólo falta una buena botella de vino —le dijo a Gilbert, que miraba embobado el panorama a su lado.

—Mejor una buena jarra de cerveza. Bien fresquita y extra-grande.

—Pasable. ¿Has probado alguna vez el jerez?

—No —admitió—. En realidad, lo único que bebo es cerveza.

Antonio le miró incrédulo.

—Tío, te estás perdiendo la Octava Maravilla del mundo.

My world

—Joder, aquí todo es carísimo —Antonio miró el menú con los ojos desorbitados.

—No sé. A mí me parece normal.

—En España un vaso de Ginebra te cuesta la mitad. En fin, no importa. Venga, disfruta, que a esta invito yo.

—¿Seguro?

—Sí, para remediar tú falta de cultura general. Y para agradecerte el haberme encontrado estancia, ya de paso.

—Te dije que tengo un don para las ofertas —se vanaglorió.

—Aunque es un motel de mala muerte, pero bueno. Menos es nada.

—¿Quieres empezar una pelea?

—Delante del vino no, Gilbert —regañó.

—En fin, por nuestro encuentro —alzó el vaso.

—Por nosotros —brindaron—. ¡Chin, chin!

—¡Chin, chin! —imitó amenamente.

—Aquí no hay toda la variedad de vino que me gustaría, pero no vamos a quejarnos nada más llegar, ¿No?

—Ya te estás quejando —dio un sorbo.

—¿Qué tal tu pérdida de la virginidad con la ambrosía terrenal?

—Sigo prefiriendo la cerveza. Pero no está mal del todo.

—Tu gusto es pésimo.

—Lo mismo digo —ambos bebieron—. Yo voy a tener que irme ya, el avión no va a esperar por mí.

—Debería. Eres el grandioso tú —dijo en tono juguetón.

—Deberían —rio. Apuró la bebida y se despidieron con un afectuoso abrazo.

—Hasta siempre, supongo —se despidió Gilbert.

—Dejémoslo en un hasta luego —le guiñó el ojo. Le mandó un beso con la mano que Gilbert esquivó con asco.

—¡Cochino!

—¡Aguafiestas!

Sí, Gilbert resultó caerle bien después de todo.

My world

La primera noche en los Países Bajos fue tranquila. Las calles eran silenciosas y la mayoría de los habitantes se acostaban temprano para madrugar con las pilas puestas. Los lunes no son fáciles, ni aquí ni en Pequín.

Antonio supuso que ese silenció le agradaría a Arthur. A él, le ponía los pelos de punta. La quietud siempre le había parecido una peculiaridad propia de los pueblos fantasmas.

¿Qué estaría haciendo Arthur? Estaría acostado, probablemente. Arthur adoraba los lunes —incompresible pero cierto—. Que criatura más excéntrica.

Decidió vaciar la maleta. El cuadernillo se le cayó al suelo y se abrió por una de las páginas, enseñando uno de los tantos dibujos que tenía de Arthur. Un Kirkland de carboncillo perdía sus ojos negros en un pensamiento muy lejano, más allá del contorno del papel, fumando un cigarrillo.

Por un instante, sintió la necesidad de ver a Arthur de nuevo en persona, oír su gruñona voz susurrándole un ronco te quiero al oído.

Enseguida se le pasó. Ahora era libre, y libre equivalía a feliz. Jamás volvería a cerrar las puertas de su propia jaula.

Además, Arthur Kirkland jamás le regalaría el capricho de confesar un amor que, probablemente, ni si quiera existía.

Hoy me iré

Me llevaré

Entre mi equipaje

Las ganas de volverte a ver


Neko Kaori, 008Kasumi, Kirtasha, akrakyarot gracias por el apoyo :)