¡Hola!
Otra vez yo por acá, espero que les guste y que sigan con la historia
Gracias por los reviewes recibidos. Muchas de verdad
Los personajes de Twilight fueron creados y son propiedad exclusiva de Stephenie Meyer
Carlisle Cullen
Septiembre 13 de 1988
Edward…
Enfermo otra vez…como cosa rara. A sus diez años y era la segunda vez en el año que le daba gastroenteritis. Claro, si no se la pasara comiendo lo primero que veía por ahí seguramente evitaría estas visitas a la sala de urgencias con Esme.
Entraron y me localizaron. Camine hacia ellos, él estaba verde, mi pobre pequeño.
– Ha vomitado dos veces, pero de resto está bien – dijo ella dándome un beso en la mejilla. Edward se inclino hacia mí para que lo alzara
– ¿Que haremos contigo, joven?– le pregunté mirándolo con severidad juguetona.
– Arreglarme…– dijo él inocentemente.
Sonreí y lo llevé hacia la sala de observación mientras solicitaba a una enfermera que le pusiera líquidos endovenosos para hidratarlo. Pedí al Dr. Faire que se hiciera cargo de él mientras atendía al resto de la gente de urgencias.
Edward se recostó en la cama pero sabía yo bien que en menos de dos minutos sus gritos serian los que más se escucharan en la sala de urgencias en el momento en que la enfermera lo pinchara. Antes de escuchar los gritos de mi hijo otros se escucharon:
– ¡Auxilio, auxilio! –
Me puse el tapabocas rápidamente y salí al ver que sucedía. Era un hombre, un indigente para ser verdad. Tenía en sus manos una mantita y en ella lo que parecía ser un bebe demasiado pequeño, no lloraba, no se movía. Se lo quite de los brazos rápidamente y entré a la sala de reanimación haciéndole preguntas mientras pedía a la jefe de enfermeras que alistara todo lo necesario para intubar al recién nacido.
– ¿Que paso?– pregunté mientras la terapista respiratoria despejaba la vía aérea del bebe.
– No lo sé señor…yo estaba ahí, recogiendo la basura…y me encontré con esa mantita. Estaba llorando, tosiendo… –
– Tubo...– dije. La terapista me lo dio ya esterilizado. El pulso en el neonato no era normal.– Siga…– le dije al indigente.
– La traje aquí señor. Me pareció que estaba demasiado morada…– dijo el hombre frotándose la mano nervioso.
– Agrégale dos ampollas más de adrenalina – dije mientras el tubo finalmente entraba en la vía respiratoria.
Entró en paro dos veces, pero luego logramos estabilizarla…Cuando estuvo lista decidieron llevarla para tomar una serie de exámenes y de ahí trasladarla a la unidad de cuidado intensivo.
Me quité el tapabocas y luego me dispuse a hablar más tranquilamente con el hombre, pero su versión no cambio. Estaba diciendo la verdad. ¿Quién podría abandonar a su bebe en un basurero?
Me di la vuelta y me encamine hacia el área pediátrica a fin de preguntar a Esme por Edward. Ahora dormía y ella estaba sentada en una de las sillas al lado. Ella se me acercó y me abrazó.
– ¿Paso algo grave?– me pregunto, seguramente tenia la inquietud por los gritos que había escuchado fuera. Suspiré. El pronóstico de vida de esa niña no era muy bueno.
– Encontraron a un neonato en un basurero. Estaba bastante crítica –
– ¿Pudiste hacer algo?– me pregunto ella amorosamente.
– Logramos estabilizarla, ahora depende de ella –
– Papa…– escuche la voz de mi hijo en sueños – te quiero…
Besé a Edward en la frente y me volví para buscar al otro pediatra a fin de que me dijera que había encontrado en los exámenes de Edward.
Al final del día siguiente Edward fue capaz de tolerar la vía oral
Trabajo social había indagado nuevamente al indigente y se había dedicado a buscar información alrededor del sitio donde la niña había sido encontrada para ver si daba con el paradero de la diabólica madre, pero por la información que pude obtener no habían descubierto nada. Si la cosa seguía así el neonato iría a parar a un orfanato.
Noviembre
Pasaron dos meses, Edward no había vuelto a enfermarse y la ahora bebe de dos meses, quien aun persistía con los problemas respiratorios toleraba respirar sin ayuda del aparato. Decidieron llamarla Isabella Swan. NN. era demasiado burdo para todo lo que había sufrido, nunca supimos quien puso el nombre, solo que parecía encajar con la fragilidad del bebé de una manera casi alarmante.
Sentía lastima de ella como no la sentí por otros pequeños que había conocido. Al menos todos los que estaban en la unidad pediátrica tenían madre. Subí a verla. Cuando me asome a la gran ventana del cristal que daba a la unidad la identifiqué al lado del niño de los Baler.
Ella estaba llorando desmedidamente. Seguramente tenía hambre. Esperé a ver alguna enfermera que anduviera cerca pero la sala estaba sola, la jefe debía estar haciendo ronda. Abrí la puerta y entre. En dos pasos llegué a la cunita, la levanté en mis brazos, apenas pesaba y por su peso precisamente dedujimos que la edad gestacional al nacer debía ser de al menos 7 u 8 meses.
En cuanto la levante dejó de llorar. Destapé un poco la manta y vi que tenía los ojos abiertos, estaba chupándose el puño y tomando la mantita, pero no lloraba, parecía que solo quería compañía. Sonreí cuando sus grades ojos se posaron sobre los míos y soltó un estridente gorjeo que interpreté como su risa. La ternura me abrumó, y también la compasión por el destino de esta niña. Que odioso era saber que la pobre iría a pasar su infancia a un orfanato donde no tendría más amigos que los que diariamente se llevaría alguien, sin nadie que la ayudara, sin poder estudiar. Era un bebe muy bonito para un destino tan funesto. Mire sus ojos más profundamente asombrándome su almendrada forma y el color chocolate de ellos, la mire tan fijamente que percibí la línea gris que se fundía con sus ojos cafés y el iris de ellos. Eran unos ojos que expresaban temor.
Cuando se quedó dormida la dejé con cuidado sobre la cuna y me di la vuelta para salir. Iría a visitar a mi notario, después de todo tenía demasiadas cosas para no poder compartirlas con alguien desamparado.
En el almuerzo me encontré con Esme, y le pedí que me acompañara a donde el abogado. Le conté mis planes y no me contradijo, por eso la amaba, no solo por ser mi esposa, sino porque aun cuando mis ideas fueran las mas alocadas, ella siempre me apoyaba sin importar las consecuencias.
Consigné en una clausula anexa a mi testamento una voluntad mas, aunque no sabía por qué me había dado por hacer testamento, suponía que vivirá durante muchos años.
Cuando Isabella cumpliera 18 años la cuarta parte de las acciones del hospital, de las que era accionista mayoritario, seria de ella, mas una parte del dinero. Era lo único medianamente útil que podía hacer. Por un momento pensé que sería mejor adoptarla, pero me lo replanteé, ya era suficiente que Esme me autorizara a darle parte de nuestro dinero.
Cuando la labor estuvo concluida salimos del notariado y nos subimos al auto. En el camino le conté a Esme los progresos de Isabella y ella me contó acerca de Edward y su estudio.
Pero esa fue la última vez que la escuche hablar y escuche cualquier otro sonido. En medio del pánico por Esme y por mi derrape cuando el auto fue envestido con una fuerza severa por un camión de carga. Sus ojos…llenos de lágrimas fueron la última cosa que vi antes de que la oscuridad se apoderara de mí.
Edward Cullen
14 de mayo de 2007
– Tienes que estar bromeando – le dije al abogado que tenia frente a mí, aquel saco de pelos blancos a punto de jubilarse.
– Lo siento Edward pero es así. No eres el propietario total de las acciones de Carlisle, así que no puedes vender. – dijo él, casi creí que sonreía con placer amarillista, o tal vez solo fuera mi imaginación.
– Mi padre me dejó todo en su testamento, yo lo leí – insistí aun sin creérmelo.
– Sí pero hay una cláusula eventual. No eres el propietario total –
Maldije en entredicho cuando me dijo eso otra vez. Estaba tan acostumbrado a que todo fuera mío que esa noticia me trajo de trapacero. Mi padre me había dejado junto con mi madre cuando tenía 10 años. Había muerto ambos en el accidente de coche, sus posesiones y todo lo demás había sido dejado a cargo de mi tío hasta que cumplí la edad de 18 años y pude administrarlo todo. No despilfarre obviamente, la carrera que había escogido estudiar me dio la gran satisfacción de aprender cómo administrar mis bienes heredados y hacer los míos propios.
Ahora era propietario de una empresa. Y tenía un gran proyecto en mente, pero necesitaba un poco mas de dinero y vendiendo las acciones del hospital lo tendría, y mi proyecto podría llevarse a cabo. Esas acciones me reportaban beneficios pero era algo de lo que podía prescindir si tenía en cuenta la cantidad de dinero que ganaría invirtiéndolas en otro proyecto.
– Y quien es el otro propietario. Mi padre nunca lo menciona en el testamento.
una chica…que esta desaparecida, y esta mencionada en la copia de la clausula eventual que tienes ahí– señalo la carpeta
– Encuéntrela – le dije rápidamente – le comprare las acciones.
– Desapareció cuando tenía trece años – explico lleno de paciencia, como si se estuviera dirigiendo a un retrasado y no a un hombre de casi 30 años– Se escapó del orfanato donde vivía entonces –
Maldije por lo bajini otra vez, eso implicaba un problema mayor. Tendría que hacerme con un detective.
– Hasta que ella no firme y haga acto de presencia no puedes vender las acciones – dijo el abogado antes de ponerse de pie
Otro improperio salió de mi boca pero el abogado ya se estaba yendo.
– Te sugiero que si quieres seguir con el proyecto la encuentres y la hagas firmar, de lo contrario, no podrás hacer nada. –
Sabía que los bancos podían proveerme de un préstamo y podía prescindir de buscar a la tal señorita, cuya información tenía frente a mí. Pero mi vena de avaricia, que no sabía de quien había heredado hizo mella en ese momento. ¿Por qué una desconocida tenia acciones del hospital? ¿Era acaso una Cullen? No, por lo que decía el informe que tenía frente a mí, se trataba de una huerfanita que paso trece años encerrada en un orfanato.
¡Maldita sea!, si se trataba de una niña pobre seguramente querría hacerse con el dinero que le correspondía que con el paso de los años se había incrementado.
Llamé por el conmutador a Eva, mi secretaria y le dije que me hiciera cita con alguna empresa de detectives privados. Quería ver quien era la tal Isabella Swan a la que mi padre había dejado parte de su dinero. Tenía que saber donde estaba ahora, y tenía que quitar de sus garras el dinero de mi familia.
Isabella Swan
08 de Junio de 2007
Alargué la cuchara esperando que Emmerald pacientemente bebiera el contenido.
– ¿Esta bien? – pregunte refiriéndome a la sopa cuando ella la saboreo y la paso con repugnancia – ¿prefieres otra cosa?
– Preferiría morirme…– dijo Emmerald contrariada respirando pesadamente.
Negué con la cabeza y seguí dándole del caldo. Esa era yo…la cuidandera de Emmerald Dupree.
Mi vida no era de lejos la de ella, pero tampoco la agradecía. Después de vivir trece de los más horribles años que una persona puede vivir cualquier cosa buena, como mi amistad con ella era bienvenida.
Cuando escape vagué durante mucho tiempo, casi pensé que mi vida terminaría en las calles, pero no me rendí, aun tenía razones para vivir, aun tenía una vida adelante. Aun creía que tenía una vida.
A pesar de todo mi sufrimiento había aprendido a amar lo que tenia, tal vez porque me esperaba un destino mejor había logrado escapar de ese sitio infernal.
Lamenté haber dejado a mis niños pero no aguantaba un día mas, de violaciones, de golpes, de tantas cosas que había tenido que vivir en ese sitio. Y luego encontré a los Dupree. Un par de esposos arrogantes y desmedidos que milagrosamente vieron en mi manera de rogar a una enfermera para su hija Emmerald. Su única hija que tenía leucemia y estaba pronta a morir.
Ella y yo nos hicimos amigas desde el principio. Crecimos juntas, yo jugaba con sus muñecas y ella con mis harapos, decía que le parecían chistosos.
Ahora ella había crecido y con ella la leucemia. El pronóstico era reservado pero yo sabía que cuando los médicos decían eso querían decir que era mejor irse despidiendo. Aun me costaba trabajo creer que ella se fuera a morir. Y aun más me costaba creer la indiferencia con la que sus padres acogían la noticia. Una lagrima rebelde se deslizo por mi mejilla.
– Llorando…otra vez…Bella – me dijo ella con dificultad, hablaba así desde hacía más o menos una semana, cuando inexplicablemente se contagio de la neumonía que ahora corroía sus pulmones al no tener las suficientes defensas para combatirla
– Lo siento...– dije enjugándome la lagrima e intentando inútilmente tentarla con el caldo. Sus pálidos labios se apretaban para no recibirlo.
– Ya te…dije…que no quiero tu…s lagrimas…– "No me quiero ir viéndote llorar" me dijo cuando aun podía hablar de corrido.
– Lo sé…. – perdóname, pensé, pero la sola idea de que ella se fuera me causaba demasiada tristeza, era lo único bueno que me había pasado en la vida.
Gracias a ella aprendí a leer, a escribir y a cocinar. Su madre la inscribía a cualquier clase casera que se le presentara para poder mantenerla dentro de la casa sin que se pudiera enfermar. Aprendí repostería y un poco de piano. Su madre estaba loca.
Moví la cuchara sobre sus labios pero ella negó con la cabeza.
– No me….obligues… por favor…– dijo débilmente.
Asentí, lo que menos quería hacer era atormentarla
– No te va a hacer bien– dije adivinando casi la respuesta que recibiría.
– Nada puede…. – cerró los ojos y arrugó los parpados, su seca piel me volvió a dar ganas de llorar, pero me contuve recordando que no le gustaba que lo hiciera.
– Bella…– me llamo después de unos minutos
– ¿Que necesitas? – le dije ansiosa al ver que levantaba su mirada lentamente y su tembloroso brazo también.
– En…el…guardarropa…maleta…una maleta verde…–
Fui hasta allí y saque lo que me pedía. Se lo lleve al lado y ella me miró.
– Es…tuyo…–
Cuando la abrí el contenido me asombro, era parte de su ropa y en el fondo unos fajos de billetes cuidadosamente enrollados.
– Pero Emmerald…–comencé la frase de rechazo.
– Te…lo regalo…– dijo ella sonriendo levemente, yo negué con la cabeza pero ella me interrumpió – Haz algo…por mi…ahora…mismo…
Aparte el maletín y me arrodille a su lado incapaz de negarle nada.
– No lo…rechaces… – respiro pausada y dificultosamente tres veces – quiero…que te vayas…ya. – Había un poco de su anterior decisión en el "ya" del final.
Retrocedí sin comprender…
– Emmerald…que…– me estaba temblando el labio, estaba a punto de echarme a llorar.
– Quiero que…tomes ese…maletín...y te vayas de esta casa en este momento…– dijo ella con la voz llorosa y los ojos cerrados.
– Pero…– yo quería que me mirara, quería que no me pidiera que la dejara sola.
Sus ojos se abrieron uniformes después de un tiempo y me recordaron a las niñas que una vez fuimos…
– Me…muero….y quiero que te vayas…quiero que me rec… cuerdes… como… cuando…éramos niñas…– dijo.
– Debo llamar al médico– dije al ver el estridor y el enorme esfuerzo que ahora hacia para respirar.
– Lla…ma…lo…y despu.…es….vete–
Quería que me fuera y la dejara morir sola. Estruje su mano y ella apretó débilmente la mía. Comprendí que era su deseo, quería que me fuera para no me quedara a cargo de sus padres cuando muriera, sus odiosos padres. Lloré sin poder evitarlo a pesar de que ella me había pedido que no lo hiciera.
– Vete…Bella…ya. – dijo ella, parecía estar sufriendo una inmensa agonía, sus pulmones parecían un extraño tractor.
Asentí y tome el maletín, me di la vuelta y le di un abrazo demasiado fuerte pero ella no me dijo nada.
– Buena…suerte…hermanita. – pudo pronunciar esa palabra de corrido.
Cerré mis ojos húmedos ante esa alusión de ella y me volví para salir, yo tenía pocas cosas así que el resto de lo que era mío paro en la maleta también, no deje nada salvo a mi amiga muriendo, por que así lo había dispuesto el destino…
Tomé el inalámbrico y llamé al médico.
– Dr. Martín…esta muy mal– dije sencillamente ya que la voz me fallo en ese momento.
El entendió y dijo que en seguida se presentaría.
No escuché más sonidos sino el silencio de la casa mortuoria. "Perdóname Emmerald" dije para mis adentros.
Abrí la puerta y me aleje corriendo de allí y de mi misma.
Con el dinero que me dio pague un autobús al primer destino donde me llevara. A donde Dios quisiera que fuera, a la vida que ahora se abría paso frente a mí.
