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El dragón gimoteaba pidiendo regresar hacia el lugar donde estaba su madre mientras Tristana seguía corriendo con todas sus fuerzas. En vano, la chica le pedía que se quedara en silencio, pero la criatura solo chillaba más fuerte sin entender lo que aquello estaba provocando.

—¡No me muerdas!—Gritó Tristana al sentir como Riggle le enterraba sus pequeños dientes. No había sido lo suficientemente grave como para hacerla sangrar, pero le había dolido—¡Mierda!—

De pronto Tristana tropezó con la raíz sobresaliente de un árbol y terminó en el piso, la chica, segundos antes de caer, se había inclinado hacia un costado para que la criatura que llevaba en sus brazos no se lastimara. La chica sintió como su boca se llenaba de barro al igual que toda su ropa, la lluvia cada vez caía con más intensidad y ya le era imposible ver hacia donde iba. Su cabeza daba vueltas y las fuerzas la estaban abandonando; podía volver y hablar con los cazadores, obtener una recompensa por la cría de dragón y largarse de la ciudad de Bandle para siempre. Era el camino fácil, pero el solo pensar en aquello la hizo sentir asco.

Tristana escupió lo que tenía en la boca y se mordió el labio inferior. Miró fijamente hacia los ojos del dragón y no sabía si él entendía la lengua de los humanos; pero de todas formas lo intentó.

—No voy a dejar que te hagan daño. Se lo prometí a tu mamá—Prometió mostrándole una sonrisa débil. Riggle le lamió la cara en respuesta y la chica soltó una risita al sentir las cosquillas, al parecer la criatura era más inteligente de lo que ella pensaba—No nos alcanzarán ¿Cierto?—

Volvió a levantarse y se tambaleó hacia un lado, ya no podía correr considerando la oscuridad que se había cernido sobre ellos y el terreno húmedo que había dejado la lluvia. Abrazó al dragón que llevaba en sus brazos y al mirar hacia atrás para buscar a los cazadores, notó que sus pisadas estaban por todo el terreno y seguramente la rastrearían con facilidad.

Una mueca de dolor se dibujó en el rostro de la chica al comenzar a caminar, al parecer tenía una lesión en el pie, pero no era momento de detenerse a revisar. Un rugido que pareció quebrar el cielo nocturno en mil pedazos llegó hasta sus oídos.

"No..." Pensó con horror, sintiendo como su corazón comenzaba a latir de manera desesperada y un nudo en la garganta le impedía seguir hablando. El dragón en sus brazos volvió a moverse, como si quisiese ir a salvar a su madre y Tristana comenzó a alejarse sintiendo el peso de la culpa al saber que su única opción era alejarse, aprovechando el tiempo que la dragona había ganado para ellos.

Tristana sabía que un enfrentamiento directo con los cazadores era el equivalente al suicidio, no tenía ningún arma. La chica cojeaba y se movía con dificultad intentando pensar en una solución; escalar árboles no era opción considerando que debía llevar una cría de dragón en brazos. No podía llegar muy lejos a la velocidad que se movía y aunque sabía que estaba intentando llegar a la ciudad, el toque de queda haría que le disparasen.

"Tenemos que escondernos aquí" Se dijo a sí misma y buscó un escondite. Al fijar su vista en los árboles, notó una pequeña abertura entre estos y sintió como si la esperanza retornara a ella. Tristana dejó a Riggle en el escondite, sonriendo al notar que con la oscuridad de la noche el dragón podía quedarse allí tapado con un par de hojas y nadie podría verlo.

—Necesito que te quedes aquí—Dijo tomando un poco de barro y pasándolo por encima de la cabeza del dragón, este emitía suaves gruñidos—Voy a dejar mis pisadas por otro lado y volveré por ti—

La criatura miró fijamente los ojos de la contraria y por unos segundos, ella pudo sentir una especie de malestar, como si en su cabeza Riggle le reclamase por dejarlo solo. No sabía si era su imaginación o efectivamente era una especie de comunicación.

—Volveré Riggle, te lo prometo—Acarició la cabeza del dragón, le dedicó una débil sonrisa mientras se levantaba del piso y revisaba por última vez el escondite. Tomó una rama para borrar las huellas que había dejado camino al escondite y caminó con toda la prisa que pudo hacia la dirección contraria. Necesitaba confundir a los cazadores y ella conocía a la perfección el bosque, lo suficiente como para dar vueltas en círculos y regresar al sitio sin perderse.


Rumble era un muchacho alto y de ojos ámbar, su cabello era un desastre debido a las recurrentes explosiones que había en su taller; por fortuna él siempre llevaba sus googles puestos para evitar quedar ciego.

"¿Donde se ha metido Tristana esta vez?" Se preguntó a sí mismo mirando nuevamente el reloj colgado en la pared mientras se paseaba nerviosamente por el comedor. Ya había pasado el toque de queda y a menos que la chica pudiese hacerse invisible, no había forma de que pasara desapercibida por la guardia noxiana.

Tristana y él habían sido amigos desde la infancia. No era la primera vez que la chica se aventuraba al bosque a cazar y le pedía a Rumble que la cubriera si es que no podía llegar antes del toque de queda. El problema era que esta era la primera vez que Tristana tendría que dormir en el bosque y él, no tenía idea de que en condiciones se encontraba ¿Se habría quedado dormida mirando el cielo? ¿O le habría sucedido algo grave?

Rumble volvió a levantar la vista para mirar el reloj y exclamó una maldición entre dientes al escuchar como la lluvia parecía estar decidida a caer con aún más fuerza.

—¿Por qué me haces esto, Trist?—Masculló entre dientes y decidió que si la chica no regresaba en una hora más, la iría a buscar. Pero aquello era una mentira, considerando que ya había tomado su chaqueta para salir a buscarla.


Los dragones eran una raza extraña de seres mitológicos que se creían casi extintos. Un dragón era el equivalente a una mina de diamantes, el precio que los magos estaban dispuestos a pagar por su sangre era altísimo y ni hablar de lo que un herrero daba por las pieles draconianas. Los dragones, hace mucho tiempo atrás, habían surcado por los cielos de Runaterra libremente, aterrando a pueblos indefensos y robando ganado de ellos. Sin embargo cuando los humanos lograron derribar al primer dragón, su caza se extendió rápidamente.

El cazador era un hombre alto y sus ojos tenían la particularidad de ser de diferente color. El derecho era azul, mientras que el izquierdo dorado; pero quizás el rasgo que más lo destacaba era la cicatriz que tenía en este último. Su tono de piel era ligeramente bronceado y su cabello era albino; aunque en ese momento, era imposible estar seguro de ello. Rengar se encontraba bañado en la sangre de su última presa: una dragona.

El cazador sonrió con satisfacción cuando guardó los dientes que le habían pertenecido a la bestia en su bolsillo. Rengar nunca había fallado a la hora de matar a una de sus presas, había perseguido a la maldita dragona y a su cría desde el Monte Targón y no pensaba irse sin su otro trofeo. Alguien había tomado a la cría y había comenzado una loca carrera por el bosque, lo supo al ver las pisadas que había dejado y por supuesto, el arco, el carcaj y el cuchillo que había dejado.

Rengar soltó una risa, la dragona había ofrecido resistencia hasta el último momento. Pero por alguna razón, parecía estar más concentrada en ganar tiempo que en asesinarlo; en los ojos de aquella bestia estaba el brillo de quien sabía que estaba a punto de morir y aún así continuaba luchando. Los cazadores que habían acompañado a Rengar se dedicaron a recoger el cadáver mientras que él se adentraba al bosque.

El sitio era un laberinto y todos los árboles eran iguales entre sí. Parecía incluso que la naturaleza se había unido como para que él no pudiese encontrar a su presa. Buscó los rastros de hojas pisadas y ramas rotas, si no hubiese perdido tanto tiempo matando a la dragona, de seguro habría atrapado a quién se había llevado a la cría. De seguro era una persona, se notaba por la forma de sus pisadas.

"Al parecer no es estúpido" Dijo para sí mismo cuando notó que las huellas estaban haciendo que se diese vueltas en círculos y era obvio que lo estaba haciendo a propósito. Se escondió en unos arbustos esperando a que el pobre infeliz que intentaba huir volviese al lugar. Sonrió mientras se camuflaba en el entorno y se volvía parte del bosque, respiró de manera lenta y silenciosa y su cuerpo se volvió rígido de tal forma que nadie podría verlo.

De pronto, la vio: Una joven cubierta de barro caminaba con dificultad bajo la lluvia temblando de pies a cabeza. Podía ver en sus ojos el como luchaba para no caer rendida al piso y sostenía a duras penas un cuchillo que parecía demasiado grande para sus manos. Rengar salió de su escondite y sin siquiera pensarlo dos veces se abalanzó sobre la espalda de Tristana.

La chica había estado vagando durante un largo tiempo en el bosque, buscando despitar al cazador. Cada paso que daba era peor que el anterior y no sabía porqué sentía que algo la estaba acechando, tenía el corazón en la boca y no podía dejar de mirar hacia atrás, sabiendo que en cualquier momento algo emergería de la oscuridad. No podía volver con Riggle hasta que estuviese segura de que el cazador los había dejado de seguir, pero tampoco podía alejarse demasiado. Pese a todas su precauciones había caído en una trampa. Quedó inmovilizada bajo el cuerpo de alguien mucho más grande que ella y se maldijo a sí misma por haber dejado todas sus armas atrás.

—¿Donde está la cría?—Preguntó Rengar sacando su cuchillo favorito y paseando su filo por el cuello de la joven. Tristana pataleó y mordió la mano del cazador intentando liberarse, pero aquello solo hizo que el contrario soltara una risa y la golpease en la mandíbula con el mango del cuchillo. Tristana se retorció y su boca comenzó a llenarse de sangre—No eres una presa digna, pero supongo que podría tomarte como premio de consuelo ¿No? Me has causado muchos problemas con tu jueguito de las pisadas—

"Perdón, Riggle" Fue lo único que pudo pensar mientras cerraba los ojos al sentir que su vida llegaba a su fin.

Rengar limpió su cuchillo en la ropa de la yordle y se levantó del piso. El cadáver yacía a sus pies y la sangre emanaba de este como si fuese un hermoso río de color carmesí al mezclarse con la lluvia. Hasta el último instante, la mocosa había sido una atrevida; quizás la hubiese dejado escapar si no hubiese tenido aquel molesto brillo en los ojos. Aquella mirada llena de decisión incluso cuando la muerte estaba abrazándola.

Cortó un mechón de cabello de la muchacha y lo guardó en su bolsillo. Era un bonito trofeo.

Rengar buscó a la cría de dragón hasta el amanecer, sin embargo era casi imposible que aún estuviese viva. Maldijo su suerte y decidió que lo mejor era dejarla morir de hambre o frío; en caso de que sobreviviera...Se convertiría en una presa digna de cazar en un tiempo más adelante.


Notas de la autora: ¡Lamento mucho, mucho la demora! Tengo una buena excusa y es que me acabo de licenciar hace unos días, pido mil disculpas por la tardanza. Pero prometo que intentaré actualizar más seguido.

¡Saludos!