Semanas antes, en Hogwarts…
—¡Que bueno que viniste, Albus! —exclamó la profesora—. Quería pedirte un favor.
La sala del director tenía los cuadros con sus antiguos directores, que escuchaban la conversación con curiosidad.
—Estoy seguro de saber de que se trata. La verdad es que hace tiempo que no lo hago, pero no tengo inconvenientes en hacerlo, profesora.
—Jajaja. No me acostumbraré nunca a que me digas así.
—Pues me gusta hacerlo. Y tengo que aceptar que estar aquí me trae recuerdos. Aunque algunos no son míos, sino que los he visto en el pensadero. Pero es como si los tuviera asimilados.
—A mí, me pasa lo mismo, Albus. Sin embargo, tengo que admitir, que varias cosas, las supe directamente de tu parte. Y por supuesto, constantemente te lo agradecí. Desde siempre, fuiste quien más paciencia me tuvo.
Albus esbozó una sonrisa y continuó.
—Nunca olvidaré la piedra filosofal. Y como Hagrid dio la pista sin querer, al nombrar a Nicolas Flamel.
—Es cierto, es muy gracioso recordarlo. A mí, me impactaron mucho la lucha con el basilisco y el torneo de los tres magos. Claro, que fueron cuatro.
—Supongo, profesora, que esas son de las cosas que más recuerda la gente. Pero yo, sin restarle importancia a esos eventos, por supuesto, rescato las cosas que parecen pequeñas, pero que a la larga, han ayudado a que el final haya sido como fue.
—¿Cómo cuáles, Albus?
—Por ejemplo, que hayan tomado la poción multijugos y se hicieran pasar por Crabbe y Goyle; que fueran a ver a Aragog, la araña de Hagrid, con el miedo que Ron les tenía; el valor que tuvo Hermione de investigar sola y arriesgarse, al punto de ser convertida en piedra; y sobre todo, me gusta la historia del giratiempo. Sé que Ron no tuvo participación ahí, pero tú conoces muy, pero muy bien esa historia.
La profesora sonrió de manera cómplice y ambos observaron el giratiempo que la misma tenía colgado del cuello. Y luego agregó otros comentarios.
—Asumo que el hecho de que cada vez se agregaran más aliados, fue fundamental para la derrota del innombrable.
—Voldemort —recalcó Albus—. No hay que temerle y menos ahora.
—Tienes razón. Aunque para ti, Albus, es más fácil que para el resto.
—No sé por qué lo dices.
—Jajaja. Que gracioso tío Albus Severus Potter. Tú padre fue quien lo derrotó.
—Pues, mi querida Sophia Weasley, tus abuelos fueron fundamentales para ello. La historia los valora mucho.
—Sobre todo a la abuela, no obstante el abuelo no quiere reconocerlo.
Ambos sonrieron.
—Es cierto —agregó Albus Severus—. Cada vez que veo al tío Ron, me recuerda que sin él, Harry y Hermione no hubiesen podido hacer casi nada.
—A propósito, quería pedirte un pequeño favor, tío. Quisiera que le des la carta a una hija de muggles, que por supuesto, no sabe nada del mundo mágico.
—¿Es alguien especial?
—No es eso, es que recién asumo como directora y esta es una tarea que casi nadie quiere hacer. Sería más fácil que otros me respondan afirmativamente y con ganas, si tú lo haces, aunque sea con una alumna.
—Por supuesto que no voy a negarme. Es un placer poder ayudarte.
—Siempre fuiste mi tío favorito —dijo felizmente la directora.
—Te he traído un presente, para felicitarte por tu nuevo cargo.
Albus Severus se revisó y puso cara de preocupación.
—No hay problema —agregó.
De pronto sacó su varita.
—¿Qué haces?
—Accio fénix —pronunció el hijo de Harry Potter.
Enseguida se abrió la puerta y una jaula con un pequeño fénix llegó hasta las manos de Albus.
—¡Es precioso, tío!
Sophia Weasley abrazó a Albus en señal de agradecimiento.
—Ahora Sophia, dame los datos de la alumna. Yo me encargaré.
—Toma, aquí están —dijo la directora y le entregó un sobre.
—Salúdame a tus padres, Sophi. Y nuevamente te felicito.
Se quedaron hablando unos minutos más y Albus Severus Potter se marchó despidiéndose hasta pronto.
