Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer, la historia es de mi propiedad y queda absolutamente Prohibida su adaptación o traducción ya sea parcial o total. CONTENIDO ALTAMENTE SEXUAL+18.

Capítulo 1

Mis tacones sonaban en el piso de cerámica, me dolían los oídos. Me apresuré con un paso distinguido y furioso; a Elena le costaría bastante su desempeño ineficiente en esta empresa.

Abrí de un zarpazo la puerta y me apoyé en su escritorio. Los demás empleados me miraban asustados y más la pelirroja asistente estúpida que tenía. Abrió sus dos grandes ojos azules y se fue hacia atrás, asustada, ¿tanto miedo daba yo? ¡Há! ¡Me encantaba oler su miedo!

Le sonreí con falsa compasión y al segundo apunté a su cara.

—Señorita Swan, yo… —comenzó a decir.

—No, no, no querida Elena, no hace falta que me expliques nada, aquí yo digo las cosas ¿oíste? —Me crucé de brazos. Asintió rápidamente y tragó saliva. Pude ver su boca fruncirse, lista para llorar. —Elena, ¿a qué hora entramos hoy al trabajo?

—A las ocho de la mañana, señorita —dijo bajito.

—No oigo, querida, dilo más fuerte —me apresuré a decir con voz cantarina.

—A las ocho de la mañana, señorita —masculló algo más fuerte pero con algo de temor en su voz.

—¿¡Y por qué carajo llegas a las 9! ¿Acaso no especifiqué que quería trabajadores profesionales en mi empresa?

—Señorita Swan, por favor, lo siento tanto, no volverá a suceder —suplicaba juntando sus manos.

—No volverá a suceder —le remedé—. Ven a mi oficina inmediatamente. —Me giré sin esperar a verla, a pesar de todo me quebraba el corazón ver a las personas sufrir por su trabajo.

Sacudí un poco mi cabeza para evitar esos pensamientos poco profesionales, no debía tener sentimientos menos en estos momentos, menos sentir compasión, al fin y al cabo de alguna forma deben de ganarse el pan. Al diablo la compasión, solo es manipulación que nadie ha podido hacer conmigo en los muchos años que llevaba en la empresa como vicepresidenta.

Vi que muchos empleados miraban sorprendidos la reciente humillación de mi parte hacia mi asistente. Cada uno de ellos tenía distintas expresiones en sus rostros, de miedo, lástima, odio… era una infinidad de mohines expresivos. Sin embargo, la que predominaba sobre todas era el odio palpable que sentían hacia mí. ¡Há!

—¿Y qué miran manada de inútiles? —les grité—. ¿Es que acaso les he pedido su opinión? ¡A trabajar! —Di un golpe con mi tacón derecho sobre la cerámica. Abrieron los ojos como platos y como por arte de magia todos estaban haciendo su deber. Estúpidos miserables. —Sígueme —le dije secamente a la pelirroja.

Caminé delante de ella sin mirar hacia atrás. Marqué bien mis pasos, sonando en cada rincón para que todos supieran quién caminaba por los alrededores. Todos debían saber que no podían faltar a mis normas ¡jamás!

Abrí furiosamente la puerta de mi oficina y al segundo la sentí sollozar. Me giré lentamente y me senté en la silla de cuero sin despegar mi vista de ella. Le hice una seña con mi mano para que se sentara en enfrente.

—Por favor, Srta. Swan. —Juntó sus manos ante la inminente súplica.

—No —dije secamente—, no hace falta que me supliques, no sirve. Ahora dime, ¿por qué mierda llegaste tarde hoy? —Picoteé mi escritorio de roble francés con mi uña pintada de rojo sangre.

—Señorita… usted no sabe lo mal que lo estoy pasando en mi familia, mi marido perdió su trabajo, mis hijos no tienen qué comer y uno de ellos se enfermó anoche, obligándome a mí a quedarme toda la noche cuidándolo, sé que usted no tiene hijos…

Hice un gesto de repulsión.

—No —exclamé todavía con la voz dura —, me has dado el ejemplo de que son una pérdida de tiempo, linda —le sonreí con cinismo.

—Señorita Swan, ¿acaso no se apiada de mi situación? ¡Por favor! —juntó sus pequeñas manos y me suplicó, odiaba que hicieran eso. Rodé los ojos.

—Está bien, Elena —suspiré —. Debes saber que yo no doy muchas oportunidades.

A decir verdad sí me había apiadado de ella. Sabía muy bien de su situación y me daba lástima, Elena era mi asistente hace mucho tiempo, creo que ya 7 años, sí, desde un principio. Ella antes trabajaba para otra empresa muy poderosa, que obviamente cayó en baja gracias a nosotros. Se podría decir que era mi mayor confidente en la empresa, sabía todo lo que me gustaba y lo que no. A pesar de todo se había ganado mi cariño en este tiempo, con sus ojos grandes y azules y su pelo rojizo había hecho que mi instinto la eligiera como mi confidente todos estos años, a pesar de que varias veces la cagaba. Y qué bien la cagaba.

Era torpe, poco rigurosa y acostumbraba a llegar tarde —generalmente disfrutaba enfadándome con ella—, pero era muy inteligente cuando se lo proponía. Además, me costaba mucho confiar en alguien, no podía despreciar el trabajo de alguien como ella así como así. Papá me mataría.

—¿Se refiere a que me deja seguir trabajando para usted? —Sus ojos brillaron entusiasmados. Sonreí ante eso y me corrí el cabello de la cara.

—Última oportunidad ¿bien? —Evité sonreírle con sinceridad a pesar de que moría de ganas por hacerlo.

Asintió satisfecha de mi decisión y se retiró de mi oficina, cerrando cuidadosamente mi puerta. Sabe muy bien que odio los ruidos.

Me quedé viendo el cuadro que colgaba en la pared del lugar, pintado por tía Esme hace tiempo. Hace muchos años que no tenía oportunidad de verla.

El teléfono me sacó de mis pensamientos de sopetón. Contesté rápidamente; odiaba el maldito sonido de éste. ¡Odiaba todos los sonidos incesantes!

—Diga —mascullé con mi voz dura y fría, acostumbrada ya.

—Hija… —susurró la voz de la sabiduría a duras penas.

—Mamá… —Esperé a que dijera algo.

—Cariño, tu padre te extraña, deja ya el trabajo y ven a casa un momento.

Rodé los ojos y le di vueltas al cable enrollado.

—Mamá, por favor, Charlie fue el que me metió a la empresa ¿recuerdas?

Mi padre es el dueño de la empresa, en la cual yo soy vicepresidenta, él mismo desde pequeña me introdujo a este mundo y gracias a él ahora era una de las cabezas en este rubro. Hizo de mí una máquina astuta y rápida. A mamá no le agradaba la idea, pero a mí sí. Ser una mujer inútil no estaba en mis calzones, yo soy independiente e inteligente, no necesitaba de un hombre para ser feliz.

—No te haría mal volver a la casa en la que viviste por tantos años.

Mi madre era una mujer exitosa, intachable, profesional y muy astuta, muchos podrían decir que se parecía a mí, pero… no. Ella conservaba un espíritu juvenil que no dio paso a su madurez. La principal razón fue su prematuro ingreso al trabajo, lavando trastos en Piamonte, su ciudad natal. Reneé había crecido en una casa muy pobre en la que apenas tenían para comer. Ella nunca hablaba de eso, era vergonzoso.

—Mamá, ¿es que acaso hay algo importante? —le pregunté un tanto preocupada.

Era extraño escuchar a mi madre con tanta necesidad de verme, nunca habíamos sido muy cercanas. Cuando era adolescente discutíamos casi siempre, era con Charlie mi mayor cariño, aunque nunca jamás se lo he demostrado y dudo que lo haga, el cariño es para ineptos y demostrarlo te hace débil ante el ojo ajeno.

—Bueno… Hay algo importante que tenemos que decirte con tu padre —respondió. Pude percibir su angustia.

—¿Se van a divorciar? —dije por si acaso. Uno nunca sabe.

—Claro que no, tonta —rio. Por lo que sabía ellos se amaban—. Es algo…muy malo, cariño. —Suspiró.

—¿Acerca de quién?

Hace mucho que no había oído alguna noticia mala, esto me incomodaba, odiaba las malas noticias.

—No quiero que sepas hasta que tu hermano vuelva de su viaje a Las vegas —rodé los ojos. No había nada peor que ocultar información importante e interesante.

Chasqué la lengua disgustada.

—Deja de ser tan impaciente una vez en tu vida y compórtate algo más agradable —exclamó mi madre, agobiando ya mi inexistente paciencia.

Me sobé la frente con los dedos, ya que morderme la lengua no era suficiente.

—Claro, yo soy la de los defectos pero tu hijito Emmett no tiene nada de malo ¿eh? —reí agotada y miré hacia el techo de mi oficina.

Un solo indicio de discusión y ya vomitaba todos mis traumas de niñez.

Mi hermano menor era un famoso jugador de fútbol americano, elegido uno de los mejores, la verdad. Me avergonzaba demasiado, no lograba encajar con el ambiente de mi familia. Para él su mayor esfuerzo era lanzar el balón y gritar su victoria. A mí me había costado mucho, ¿y a él? Solo las influencias de mi jodida madre. Emmett salía a fiestas mientras yo me partía el cerebro haciendo lo que Charlie quería, ganándome su confianza desde que tengo conciencia.

Con Emmett no tenía una mala relación, pero prefería no inmiscuirme mucho en su vida.

—Isabella —Pronunció mi nombre entero, algo extraño en ella. Estaba cansada. —El amor de los hijos es racionado igualmente, nunca hay preferencia… —el tema me estaba cansando, parecía el discurso de una madre a una niña de nueve años.

—No me hables de esas cosas, mamá. Dime cuando llega Emmett y voy al encuentro. Llámame cuando sepas.

Sin más corté, no me interesaba hablar con ella. Las discusiones generalmente me agotaban.

Dejé caer mi cabeza rendida en la silla de cuero y comencé a tararear una canción, eso calmaba mis ganas de aventar todo al suelo, corriendo el riesgo de que viniesen a mi oficina y todos se dieran cuenta de lo loca que estaba. "Tienes grandes problemas de ira, Isabella Swan", me dije a mi misma.

Pasé el día distrayéndome con trabajo, era lo único que sabía hacer. Tuve que gritarles varias veces a las secretarias, ya que hacían lo suyo demasiado lento. Me enfermaban.

La constancia y disciplina generan dinero.

—Eres una maldita perra, Isabella Swan —rio Rosalie, apoyada en mi escritorio.

—¡Há! —exclamé —. Sabes que va en mi naturaleza, no soy un algodón de azúcar. —Reí mientras ordenaba unos papeles.

—Deben odiarte muchísimo ¿eh? —Puso sus enormes senos sobre mi hermoso escritorio de roble francés, mi reliquia. Le di una mirada asesina y ésta entendió rápidamente el mensaje. —Lo siento, Bells.

—No me digas así, Tanya lo hace siempre —gruñí.

Rose comenzó a reír.

—Tu tonta prima.

Hice un mohín y me dejé caer en la silla de cuero nuevamente.

Cuando tenía ocho años unas chicas comenzaron a molestarme, porque no era como ellas, rubia. Eran populares y bastante lindas. Demasiado para ser niñas. Entre ellas se encontraba Tanya, nos llevábamos bien desde que teníamos conciencia, pero se unió a las "rubias" molestándome y gritándome "Bells la castaña hedionda", por unos años me lo creí, hasta que Renée decidió hablar con mi prima y ésta muy apenada se acercó a mí para disculparse.

—Bells, tú eres mi prima, no eres hedionda, hueles a fresas y rosas, eres linda y te quiero —la imitó Rose, caracterizando su voz.

Me largué a reír. Le salía tan bien.

Todavía recordaba sus palabras y más el abrazo que me dio después.

Desde aquel día la odio.

—Puta —dije.

—Ay, amiga, libera ese odio. ¡Déjalo ir! —se mofa.

Me encojo de hombros.

—De igual modo es muy, muy guapa. —Saboreó su boca.

—Me espantas el autoestima ¿sabes? —bromeé.

—¡Ay sí, cómo no! Eres la mujer más arrogante y ególatra que conozco, además sabes muy bien que eres una mujer inalcanzable.

Enarqué una ceja ante aquello.

—Lo sé.

—De todos modos es guapísima —rió Rosalie.

—¡Epa! No soy de tu clasificación. Me asustas —la molesto.

Mi rubia amiga es…bueno… de otros gustos para ser exactos, la testosterona no es su fuerte.

—¿Mi condición sexual te asusta?

—¡Ay! Por Dios, Rosalie, sabes perfectamente que James es gay y es mi mejor amigo.

—Oh, bueno, no es lo mismo ser gay a… —se acercó a mí con una mirada lasciva —…ser lesbiana —se lamió los labios y luego me guiñó un ojo. Lancé una carcajada.

—No me intimidas Rosalie Hale. —Le mostré mi dedo corazón.

—A ti nadie te intimida, perra.

Reímos y seguimos con el papeleo.

El día se tornó aburrido ante la falta de activiad, había terminado con todo antes de lo planeado.

Tomé mi blackberry y vi su número, me había llamado más de cuatro veces y la última fue hace 5 minutos. Volvería a llamar.

No pasaron ni dos segundos cuando mi celular sonó. Sonreí y apreté el botón de contestación.

—Hola Mike —respondí con una sonrisa.

—Hola hermosa —dijo con su voz ronca.

Mike Newton, mi guapo y bello soplón. Trabajaba para mí espiando el trabajo de la empresa enemiga de mi padre haciéndose pasar por ejecutivo. Además, cumplía con mis peticiones indecorosas sin chistar.

—¿A qué debo el honor de tu llamada? —Me mordí el labio inferior ante el deseo que sentí. Un mes sin sexo es… definitivamente lo peor.

Mike venía llegando de sus vacaciones junto a su novia Jessica.

—¿Es que acaso no me extrañaste? —preguntó jadeante.

"Nunca mostrarás debilidad ni necesidad, sea hombre o mujer", pensé en una fracción de segundo.

—Claro que no, idiota —reí —por tu pene puedo esperar, cariño. —Sonreí a la nada.

—¿Sabes? No me agrada cómo me tratas —gruñe con deseo.

Dejo escapar una risita.

—Así son todos: odian demostrar lo mucho que aman estar bajo el dominio femenino.

—Quiero verte.

—Hoy en la noche, 9 pm. —Miré mi reloj que colgaba en la pared frente a mis narices.

—¿No puede ser más temprano? Jessica puede sospechar.

Rodé los ojos.

—A las 10 o te coges a tu novia frígida a la espera de que tenga un orgasmo una vez en su vida. —Picoteé mi escritorio esperando su respuesta.

—Está bien —resopló.

—Adiós —no esperé a que se despidiera y corté.

Faltaba poco más de 3 horas para mi encuentro con Mike, así es que tomé mi bolso y me retiré de mi oficina rápidamente.

Me metí a mi Jeep Grand Cherokee 2011 y me senté. Recargué mi cabeza en el asiento de cuero y saqué un cigarrillo Marlboro corriente, mi favorito. Lo encendí, inhalé profundamente y a los segundos boté el humo lentamente. Inserté la llave y puse en marcha mi máquina para dirigirme a mi departamento, a la espera de que Mike golpeara la puerta.