II

Nueva York.

Tiempo después.

La jornada terminaba difícil para la doctora Rowan Mayfair. A los habituales heridos por balas en medio de los tiroteos entre pandillas, y a los moribundos por culpa de imprudentes maniobras de transito, había que sumarle ahora otro desastre. De hecho, ese desastre acababa de entrar a Terapia Intensiva hacía un rato, que era de donde Rowan salía, agotada.

El sujeto había llegado acompañado de una mujer. Presentaba un cuadro de anemia extrema, sumada a una palidez mórbida y un degeneramiento corporal imposible.

Si Rowan no fuera una médica racional y pragmática, creería que al tipo lo atacó un vampiro.

Era bizarro, pero presentaba los mismos síntomas que se mostraban en las películas. Solo que aquí no había marcas de mordeduras de colmillos, ni mordeduras de ningún tipo en general.

Extraño, muy extraño.

Rowan encontró a la mujer en el vestíbulo del hospital. Estaba sentada en un banco y se agarraba la cabeza con ambas manos. Era la viva imagen de la desesperación.

-Disculpe. ¿Usted vino con el paciente que ingresó a Terapia, verdad? – preguntó.

La mujer levantó la vista y la miró. Tenía los ojos rojos de haber estado llorando. Se trataba de una chica joven. Rowan se preguntó cuantos tendría. ¿Veintisiete?

-¿Cómo está? – preguntó a su vez ella.

-Estable, pero no voy a mentirte… su condición física es deplorable.

Se produjo el silencio. La franqueza de la doctora sorprendió un poco a la chica. No podía saber que ese un rasgo distintivo de Rowan: cuando algo malo sucedía, lo decía. No se andaba con vueltas.

Algunos pacientes y familiares lo agradecían, otros no.

Finalmente, suspiró y tomó asiento al lado de la joven.

-¿Cómo te llamas? – quiso saber.

-Paula… Paula Marshall.

-Paula. ¿Qué pasó?

Silencio. La chica parecía nerviosa.

-Puedes confiar en mí – le aseguró Rowan – Cuéntamelo.

Paula dudó. Amagó con hablar pero se calló. Negó con la cabeza.

-No me creerá – dijo y bajó la vista.

-Pruébame. Te aseguro que soy mas accesible que los otros médicos – sonrió, afable – Me llamo Rowan – le tendió la mano. Paula se la estrechó, vacilante – Te diré qué, Paula. Te invitó a tomar un café. Creo que te vendría bien.


Paula aceptó la invitación de la extraña pero amable doctora. Ambas mujeres estaban sentadas delante de una mesa en la cafetería del hospital. Era tarde por la noche y las emergencias parecieron hacer una concesión para que Rowan descansara un poco.

La chica se fue soltando lentamente. Había un aire en la mirada de la médica, casi maternal, que hizo que Paula decidiera confiar en ella. Terminó por contarle el episodio que había provocado el atroz cuadro clínico de Eddy, su novio… el paciente en la sala de Terapia.

-Todo es culpa de ese pilar. Estoy segura.

-¿Pilar? Explícame, Paula…

La chica exhaló una bocanada de aire. Le habría encantado un cigarrillo en ese momento.

-Eddy y yo trabajamos en un club nocturno – explicó – La Caldera.

-Nunca oí de él.

-No tendrías por que. Está dentro del circuito under.

-Muy bien. Continua.

-Pues el dueño del local es… es amigo nuestro. Mitchell Braverman, se llama. Es un tipo un tanto… - Paula no encontraba la palabra.

-¿Excéntrico? – la ayudó Rowan.

-Algo así. Sucede que no hace mucho anduvo de visita por la ciudad de Arkham y se compró en una tienda de arte una especie de escultura de piedra. Un pilar horrible, lleno de figuras retorcidas y como sufriendo. Pues bien… sucede que lo colocó en el club, para que todos lo vieran. Pidió a Eddy una opinión acerca del objeto y cuando él le dijo que era una mierda, Mitch… bueno, es propenso a… exasperarse con facilidad si le llevan la contra. ¿Me entiendes?

-Un grandísimo cabrón – Rowan asintió – Menudo jefe tienes.

Paula se encogió de hombros.

-La paga es buena.

-Ya. Pero eso no significa complacer a todos los caprichos ilógicos del jefe y menos, si el tipo es un cabronazo.

-La cuestión es que Ed dijo a Mitch que la estatua era una mierda, espantosa, y Mitch… bueno, perdió un poco la cabeza.

-¿Discutieron?

-Se fueron a las manos.

-Genial – obviamente, Rowan quería sonar sarcástica. Lo logró.

-Pero el asunto es que… que en medio de la pelea, Mitch empujó a Ed contra aquel pilar grotesco y…

Paula calló. Se enojó consigo misma y maldijo en voz alta.

-¡No vas a creerme! Te repito que no lo vas a hacer…

-Y yo te reitero que sí lo haré. Continua. ¿Qué pasó cuando Mitch tiró a Ed contra ese pilar?

-Pues que le chupó la sangre – Paula la miró, seria – Casi lo deja seco de no haberlo apartado yo de él. Pero era tarde… quedó muy mal. Llamamos a la ambulancia y nos trajeron aquí. Es todo.

Paula se echó a llorar. Rowan no podía culparla; el estado de Ed en la sala de Terapia era calamitoso.

…Pero de ahí a creer que un pilar de piedra, una estatua, le chupara la sangre…

Por primera vez, Rowan se preguntó si Paula no tendría problemas mentales. O peor, si quizás no tomaría drogas.

La chica se dio cuenta del escepticismo de la doctora y tomó una resolución.

-Ven a verlo – dijo.

-¿Perdón?

-El pilar. Ven a verlo. En el club. Ahí está. Todos lo pueden ver. Ven y fíjate que es verdad. ¡Es horrible! ¡Te da escalofríos!

-Pero de ahí a pensar que le chupó la sangre a tu novio…

-Dijiste que me creerías – Paula sonó desilusionada. Y desolada. Rowan se apuró a enmendar su error.

-Y lo hago, pero… compréndeme, es… difícil pensar en que cosas como esas sucedan.

-¿Sabes qué? Creo que todo esto fue un error. Un grave error – Paula se puso de pie. Se marchaba.

-¡Espera! ¡No te vayas!

La chica vaciló. Volvió y escribió con una lapicera que Rowan tenía sobresaliendo del bolsillo de su bata médica una dirección en una servilleta de papel.

-Esta es la dirección del club – dijo, secamente – Si necesitas creer, ven y míralo tú misma.

Se marchó. Rowan observó el papel escrito.

¿Por qué demonios se mezclaba con esto?

¿Lo necesitaba?

Sabia Dios que tenia demasiados problemas en su vida personal, como para lidiar con este otro, que además, era ajeno a ella.

Así que, ¿realmente necesitaba hacer el papel de investigadora policial? ¿Seria tan osada como para ir y meterse en este asunto?

Conocía de antemano la respuesta.

Sabia que Paula le hacia recordar a Abby.

Rowan sonrió, lacónicamente. Hacía tanto que no veía a su hija…

Madre e hija necesitaban una charla urgente, alguno de estos días. Había muchas cosas para considerar.

Por lo pronto, Rowan se guardó la servilleta con la dirección del club.

Iría en cuanto tuviera su día libre.