I didin't mean to hurt you but I know

"Justo hoy. Justo hoy esa mujer reaparece en mi vida. Y por más que solo haya sido una información, no sale de mi cabeza. Yo que pensaba que jamás volvería a ver a Emma Swan" Pensaba Regina Mills mientras su coche cruzaba una calle de Boston con destino la lujosa propiedad de Gold.

Robert y Belle se conocieron en una comida ofrecida por el gobernador del estado de Massachussetts dos años antes. Ambos decían que había sido amor a primera vista. El padre de Belle permitió la relación entre su hija y un hombre más viejo por ser este su gran amigo y confidente. Se habían comprometido la pasada primavera cuando Gold le prometió a su chica construir un refugio lleno de pompa en un distrito fuera del agitado centro de Boston.

Y el hombre no había mentido. La construcción más parecía un castillo de dos torres vista desde lejos, en lo alto de una colina cercada de vegetación. El caserón tenía a su alrededor un verdadero muro de árboles caducifolios, que en aquella época del año, estaban desbordantes de color, dando a aquel fin de tarde un toque romántico.

El coche de Regina cruzó la verja y siguió el camino de robles que encuadraban la entrada principal de la propiedad. Era la primera vez que sus ojos se maravillaban con aquella visión. Tras los cristales de su Lexus negro, divisaba el lugar acrecentarse a medida que se acercaba.

Cuando estacionó en la puerta principal del caserón, descendió del vehículo, revelando a los ojos de quien estuviese cerca, un largo vestido dorado, que brillaba por los detalles en la tela, de media manga. Llevaba un bolso de mano del mismo color, mientras sus louboutin, igual de brillantes, volvía su andar, de pocos pasos hasta la puerta, tan elegante como el de la realeza. En el rostro llevaba un maquillaje base, los ojos siempre destacados con delineador y sombra oscura y su clásico lápiz labial rojo sangre. Todo el conjunto hace que la piel de Regina parezca de terciopelo. Y para acabar, los cabellos recogidos en lo alto, dejando caer dos mechones sobre la frente, la dejaban aún más perfecta, perfectamente a la altura del evento de aquella noche.

Dejó la llave del automóvil al aparcacoches de la entrada y otro empleado, muy bien vestido, como un maître, la acompañó al interior de la casa, que ya se veía agitada, los invitados iban y venían por todos lados. Allí dentro cada objeto recordaba la elegancia y el buen gusto de su dueño. Lujo expuesto en los muebles-pocos para dejar espacio a la ceremonia, cuadros y lámparas de cristal en cascada desde lo alto.

Regina vio rostros bien conocidos y otros no tanto. Sabía que los invitados en su mayoría no pertenecían a la familia Gold. Mientras seguía al hombre de esmoquin, ponía atención, de refilón, a las conversaciones, los vestidos, los trajes y sentía el aroma de los perfumes que tanto diferían unos de otros.

«Señor, la señora Mills» anunció el hombre, dirigiéndose a Robert Gold, el novio. Él ya la estaba esperando.

«¡Oh, Regina!» dijo con mucho gusto al verla, y le apretó la mano en medio de un grupo de desconocidos «Finalmente ha llegado. ¡Está bellísima!» era natural que estuviese feliz. Vestía un frac tradicional, con un clavel blanco en la solapa «Venga, quiero que conozca a estos amigos que han venido específicamente desde Maine» Regina apenas tuvo tiempo de responder, ya estaba infiltrada en la conversación de negocios de quien estaba ahí. En todo evento siempre era lo mismo. No lo podía evitar. Gold la empujaba a hablar de negocios con inversores y potenciales nuevos socios de la constructora. Regina podía ser una profesional muy competente, pero le gustaba dar prioridad a sus horas fuera del trabajo con otras cosas.

Algún tiempo después, cerca de las seis de la tarde, cuando la ceremonia iría a comenzar, Regina se excusó para ir al baño. Buscando por su propia cuenta, se mezcló entre los invitados, y se dirigió a un pasillo apartado, dos salas después de la principal. Completamente sola, y perdida, se detuvo cuando estuchó una voz familiar llegarle a lo lejos. Hasta comprender que la mansión tenía sus escondrijos, salas y cuartos, le llevó un tiempo. Oía otra vez a dos personas conversar, cerca de donde estaba. La morena pegó la oreja a la pared por curiosidad. Con paredes finas, se oía bien lo que hablaban, y le pareció que eran dos mujeres.

«…no soy la más indicada para decirte como es, Belle. Pero Robert sabrá cómo tratarte, él es experimentado» dijo la primera voz

«¿Seguro? Muero de miedo de no agradarlo» Regina reconoció la voz de Belle

«Confía en mí. Si esperó este tiempo sin forzarte a nada, eso quiere decir que va a respetar tu momento»

Alguien tocó a la puerta…

«Ya es la hora, señorita Belle, podemos comenzar» dijo una voz femenina

Regina pegó el cuerpo a la pared, tapando los oídos por los laterales para captar alguna frase más.

«Bien, entonces vamos allá» dijo Belle

«Sí. Ven acá, amiga, deja que te mire…¡Estás maravillosa! Eres la novia más bonita que he visto»

«No seas tonta, Emma. Cuando te cases, tú serás esa novia»

Emma. Regina se separó de la pared en ese mismo momento. Se quedó atónita.

«¿Emma? ¡Así que has venido!» se dijo para sí misma y salió de allí apresada. El corazón se le subió a la boca. Desistió de retocarse el maquillaje. Todo lo que importaba ahora era mezclarse entre los otros para que Emma no la viese.

En mitad del salón, a ambos lados de la alfombra roja extendida en el suelo, se formó un pasillo. Gold esperaba al final del camino que Belle recorrería en compañía de las damas de honor, de los padrinos y de su padre. El momento tan esperado llegaba.

La ceremonia comenzó con el sol poniéndose en el exterior. Sería una noche bonita para la fiesta que vendría.

Belle apareció, del brazo de su padre, al final del pasillo. Hacía honor a su nombre y al título de novia que caminaría hasta Gold. Magnifica, en un vestido blanco, de encaje desde el pecho hasta los pies, y decorado con perlas auténticas, ciñendole la cintura. Una diadema engastada de piedras adornaba sus largos cabellos castaños, recogidos en una trenza. Pero nada se comparaba al brillo de los ojos azules cenicientos de ella, cuya atención estaba completamente puesta en su futuro marido.

Los violines tocaron la marcha nupcial. Mientras, la novia, al lado del padre, caminaba a pasos medidos sobre la alfombra, y todos observaban la escena concentrados. Emma era una de las damas de honor y apareció al lado de las otras tres mujeres, todas vestidas de la misma manera. Vestidos largos, rojos, con una abertura en la pierna, digna de las artistas de cine. La rubia destacaba entre ellas, los cabellos sueltos que le llegaban hasta el comienzo de la espalda, el maquillaje realzando los ojos claros y expresivos, y su piel blanca contrastando con el rojo del traje, hermosa visión toda ella.

Novio y novia ya estaban juntos en el entarimado montado, de manos dadas recibiendo las primeras palabras del sacerdote. La música de los violines cesó. Los invitados respetaron el silencio dejando que las obvias palabras fueran pronunciadas por el hombre de blanco, como mandaba la tradición.

Regina, al fondo, se hundió entre la multitud, buscando ver a quien deseaba. Y finalmente la encontró, en la parte de arriba, más perfecta que nunca. Sintió dificultad para desviar la mirada de la rubia. ¡Dios mío! ¡Es ella! Pensó una segunda vez.

Fueron unos largos quince minutos de paciencia. Una boda podía ser, sin duda, esplendida, pero lo que cansaba eran los discursos del sacerdote. El padre que regía la unión de Belle y Gold no escatimó en palabras.

«Venís aquí, Belle y Robert para uniros en matrimonio, por eso os pregunto…¿Lo hacéis de libre voluntad?»

«Sí» respondieron los novios al mismo tiempo

«¿Estáis dispuestos a recibir con amor los hijos que Dios os mande, educándolos en las leyes de Cristo y de la Iglesia?»

«Sí» una vez más respondieron juntos

Regina, oyendo todo eso, con los ojos fijos en el altar, en donde Emma sonreía, se acordó de las alianzas de plata que las dos compartían en la época de su noviazgo. Su nombre y el de ella estaban grabados en la parte de dentro. Era una alianza diferente de la primera que ella le había dado, y la de Emma se quedó con la morena después de la última discusión que tuvieron, cuando Swan se la sacó del dedo y se la tiró a la cara. Regina conservaba hasta hoy las dos. Por más que hubiese querido acompañar el discurso de los novios, antes del intercambio de las alianzas, sus devaneos la habían llevado lejos el tiempo suficiente solo para hacer volver y escuchar la última frase de cada uno.

«En la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, todos los días de nuestra vida»

Intercambiaron las alianzas y se besaron ya como marido y mujer, arrancando los aplausos de los invitados. No tardaron en pasar por la alfombra, seguidos de las damas y los padrinos. Las tres primeras parejas se juntaron rápidamente dados del brazo. Emma fue la última en descender del estrado y unirse a un hombre que Regina no reconoció, pero que aparentaba tener la misma edad. Mientras pasaba, junto con el hombre, por el pasillo, Mills la siguió con la mirada, viéndola balancear los cabellos dorados al ritmo de los pasos.

Sus ojos ardían. Regina se los hubiera restregado si no hubiese sentido tres toques en su hombro.

«¡Vaya, al final le he encontrado!» Archie sonreía. Regina se giró, y lo vio, vestido bastante elegante como la mayoría «¿Cuándo llegó?»

«Mucho antes de que Belle entrara. Soy yo la que pregunto, ¿dónde estaba? Lo necesité cuando Gold me empujó a aquella conversación centrada en mi carrera con media docena de hombres de los que nunca oí hablar en mi vida»

«Parece que no supiera que siempre le hace eso» Archie se recolocó las gafas en el rostro, y se pasó la mano por el poco cabello que tenía.

«¿Dónde está Ruby? ¿Y los demás?»

«Ruby no ha venido porque la abuela tuvo un accidente esta mañana. A quien vi fue a Jones»

«¿Jones? ¿Acaba de entrar en la empresa, y Gold ya lo invitó?»

«Tiene la simpatía del jefe por alguna razón, no pregunte cuál, no lo sé. Pero que vino, vino, y ya consiguió compañía»

«Gold solo puede estar chocheando. Pobre Belle» soltó Regina

«A propósito, recuerdo que a usted se le pidió ser dama de honor. ¿Qué pasó?» preguntó el amigo

«Sabe que odio estar vestida igual que otra persona. Imagine tener que vestirme exactamente igual que otras tres…» aquella era una buena disculpa para no ser dama de honor de la pareja. Regina se convenció en ese momento de que la idea de rechazar la invitación fue correcta, mucho más siendo Emma una de esas damas de honor.

Las puertas acristaladas que daban al exterior de la casa se abrieron. Había incontables mesas decoradas repartidas por el jardín, cubierto de los mismos árboles que vio al llegar. Por todos lados, mesas exhibiendo deliciosos bocados, dulces, cocteleras llenas de hielo y champán, además de la mesa central donde, erguida en un enorme pedestal, sobresalía la tarta nupcial rodeada de rosas. El cielo estaba limpio de nubes en una noche estrellada, solo faltó que pasara una estrella fugaz. Los músicos ya estaban colocados en sus puestos cuando los invitados salieron y los camareros comenzaron los servicios de mesa en mesa. La fiesta prometía.

Regina y Archie encontraron sitio con viejos amigos de la constructora, en una mesa significativamente apartada de las otras. Regina sabía que tenía que tener cuidado para no ser vista por Emma, a pesar de quererlo, cosa contradictoria.

Cuando la pareja de recién casados apareció para saludar a sus invitados se oyeron más aplausos. La mesa donde estaba Mills poco se movió y continuaron con la conversación. Las canciones distraían a la morena. Desde el foxtrot de Glenn Miller y Herb Alpert hasta las canciones más tradicionales de grupos como The Temptations o The Drifters. Para aquel que se quejase del comienzo nostálgico y cliché, las canciones en la boca y en los instrumentos de los músicos ganaron en sus versiones más modernas.

I'm wishing on a star

To follow where you are

I'm wishing on a dream

To follow what it means

And I wish on all the rainbows that I see

I wish on all the people who really dream

And I'm wishing on tomorrow praying never comes

And I'm wishing on all the loving we've never done

Había momentos en que Regina realmente se divertía, bebiendo y mezclando champán y vino blanco. Las risas y los gracejos eran bastante común, pero por dentro sentía un inmenso recelo de ser divisada, por eso, cuando se daba cuenta de que no podía llamar mucho la atención, se encogía con una copa en la mano. Gold y ahora su esposa llegaron a la mesa de sus trabajadores y la ingeniera decidió hablarle.

«¡Qué ceremonia maravillosa! Este lugar es muy bello. Felicidades a los dos»

«Gracias, Regina. Sentí que no estuvieras en el altar con nosotros. Hubieras estado tan bien de rojo» comentó Belle

«Ah, querida, no quiero ofender, pero soy mejor en proyectos que como dama de honor, confía en mí»

Gold rio y tuvo que estar de acuerdo.

«Así es, Regina, querida. A veces me olvido de que eres una mujer de lo tan competente que eres»

Mills arqueó una ceja, y todos en la mesa rieron

I never thought I'd see

A time when you would be

So far away from home

So far away from me

Just think of all the momentos that we'd spent

I just can't let you go from me you were meant

And I didin't mean to hurt you but I know

That in the game of love you reap what you sow

Algunas copas de vino después y mucha conversación vertida en la mesa, Regina se levantó para esta vez sí ir al baño. Sabiendo, esta vez, el camino, lo hizo correctamente y aprovechó para retocarse el lápiz labial que casi había desaparecido de sus carnosos labios. Quedo satisfecha cuando lo vio brillar en su boca. Pensó en Emma una vez más. La había visto en una mesa bastante alejada de la suya, al otro lado del jardín. Se preguntó hasta dónde llegaría aquella huida, por lo menos, estaba yendo bien. Estaba a punto de rezar para que a Robert no se le ocurriera presentarle a la arquitecta amiga de su mujer. Tal pensamiento hizo que su estómago se revolviese.

Regina salió del baño y alcanzó el pasillo libre. Cuando estaba llegando al final, oyó esa voz familiar otra vez.

«…Está bien, lo sé. Vamos a resolver eso el lunes. Daré sus felicitaciones a los novios, ok, Ciao, ciao» Emma entraba en la casa hablando por el móvil, probablemente con Maurice.

La morena se quedó parada en medio del pasillo, y al sentir la cercanía de la rubia tuvo que pensar rápido. Entro en la primera puerta que vio.

Por la ranura que abrió vio a Emma pasar por el pasillo. Aguzó el oído hasta no percibir pasos. Estaba segura de que podía salir, pero al hacerlo chocó justo con quien no debía: Emma.

El móvil de Swan y el bolso de Regina cayeron con el golpe.

«Ah, discúlpeme. No la vi salir, discúlpeme por la indelicadeza…» Emma cogió los objetos y se levantó, alzando también los ojos. Cuando vio quien estaba delante de ella, casi se le cae el teléfono otra vez.

«¿Tú?» su voz sonó como un suspiro

«Hola. ¡Cuánto tiempo!» Regina no conseguía fingir la incomodidad, sonrió tan sin gracia como una flor deshojada.

Emma se quedó mirándola por un momento. No dijo absolutamente nada. Su expresión pareció congelarse y ponerse seria.

Sin alternativas, Mills decidió amenizar la situación, confesando

«Sabía que estarías aquí. Te vi cuando estabas en el altar y he hecho lo posible para que no me vieras, para no encontrarte, no así, después de tanto tiempo. Pero parece que no ha sido posible, tenía que pasar» ella movió la cabeza nerviosamente

«Preferiría que no hubiese ocurrido» dijo Emma de forma dura

«Entiendo. Entiendo que no quieras verme»

«Era lo que deseaba, no encontrarte, nunca más»

La morena tragó en seco, se sintió intimidada por la mirada de Swan.

«Claro. Después de todo lo que pasó. Pero hace tanto tiempo»

«Hay cosas que no se olvidan con el tiempo»

«Lo sé, pero no pude explicarme, no tuve oportunidad…»

«¿Crees que necesitabas explicarte?» Emma la miró de arriba abajo dos veces, de forma extraña «¿Que lo que hiciste tiene disculpa?»

«Hablas conmigo como si lo que ocurrió hubiese pasado ayer, no hace más de catorce años»

«Para mí será siempre ayer. Porque la herida aún está abierta. Durante todo este tiempo he querido que cicatrizase, pero no ha pasado»

Regina se llenó de orgullo para hablar

«Yo también salí herida»

«Por tu propia mano, no por mí»

Emma limpió con la punta de un dedo una lágrima que casi se le escapara del ojo izquierdo.

«No quería hacerte daño. Sé que me equivoqué y sabía que te haría daño, pero no sabía que ibas a estar tan mal por ello. No quería encontrarte, pero al mismo tiempo deseaba verte otra vez. Tal vez no haya sido la mejor idea»

«También creo que no ha sido la mejor idea»

Fueron interrumpidas por un grupo de chicas que pasaron por el pasillo donde ambas estaban. No tenían nada más que decirse la una a la otra. Emma la dejó allí, sufriendo en silencio por ese reencuentro.

Allí fuera, el vals de los novios, estaba acabando para dejar libre la pista de baile que muchos querían estrenar.

Swan se detuvo en una mesa, se sirvió champán en una copa que se tomó de un trago.

Jones, con su par de ojos azules y barba arreglada, surgió al lado de la rubia y le susurró algo al oído. Emma lo miró bien y dejó su copa, lo siguió hasta medio de la pista improvisada. Bailaron juntos, prácticamente pegados. Sus miradas clavadas la una en la otra. ¿De dónde se conocen? Preguntó Regina en silencio, asistiendo a todo aquello de lejos con una furia a punto de estallar.

Regina perdió la cuenta de cuántas peticiones para bailar había recibido mientras estaba de pie, con una vista privilegiada de la pareja improvisada a la que vio bailar con mucha sincronía.

Aceptó una copa de vino cuando un camarero pasó por su lado, pero no la cogió para beber. Simplemente la rompió con la fuerza que ejerció con los dedos. El cristal se despedazó cortando la palma de sus manos por diversos sitios. El líquido vertido se mezcló con la sangre de Regina y no se sabía qué era más rojo. El dolor que la morena sintió en su mano cortada no se comparaba en nada con el arrepentimiento que sintió por todo en aquel exacto momento. Estaba a punto de desmoronarse en lágrimas, pero no lo haría, mantendría la pose. Mientras, la mezcla de rojos descendía por sus dedos.