Gracias por recordarme que empecé a publicar aquí GOLDEN ROSES, ahora tendré que ponerme al margen en todos lados.

Este año debo organizarme para publicar continuamente.


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El chico Luthor

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«La estación estaba cercana, el tren hacía sonar su bocina, el vapor se desprendía de la chimenea. Todo tenía un aire familiar una vez visualicé la estación por la ventana. Mi hogar en Auslandshire me estaba dando la bienvenida.

Connor bajó conmigo valija en mano, el paraguas en la otra. Mi primo se había ido a estudiar en Oxford, poco coincidía ya con él. De los dos el que tenía más acostumbrada la manía del paraguas era yo. Fuimos recibidos por nuestro chofer que había aguardado nuestro arribo, el viejo Fitzwick tan huraño como lo recordábamos, más jorobado y enjuto de lo que lo habíamos dejado. Subió nuestro equipaje al coche y nos abrió la puerta. Arrancó poniendo total atención al camino. Si hacíamos alguna pregunta sobre el Conde o nuestra madre respondía seco y sin emociones.

—¿Ha sabido algo de la prima Lucy? —intentó Connor una quinta ocasión de sacarle palabras al hombre.

—Llegó hace dos días a Auslandshire —le siguió a su respuesta una serie de gruñidos quejándose sin palabras de los males de su espalda o lo que fuera a dolerle en su acabado cuerpo.

No nos dijo ni de su fisonomía ni de su rango, el chofer no nos decía nada que pudiera ayudarnos. Así fue como recordé que de niño le tenía miedo gracias a su carácter tan hosco e incipiente y que mi único amigo fue el chico Ross del pueblo.

Entre más camino era avanzado más fantasmas del pasado me perseguían, vi a lo lejos el viejo edificio de la iglesia igual de magnificente cómo aburrido para mi si se trataba de sus ocupantes más no de sus obras porque la edificación por si sola era hermosa en toda su historia. Los edificios se terminaron pronto después de los terrenos del pastor, todo se volvió colinas de nuevo un segundo y me adelanté en el asiento entre más reconocía el camino, ahí estaba, detrás de esos fresnos, nuestra casa pegada a Siegel Grange, la Shuster Hall.

Connor aburrido del camino acabó por contarme sus aventuras en Hampshire sabiendo que había recibido los favores de cierta camarera en uno de sus hostales antes de bajar al recibimiento. El chofer nos ignoraba como siempre. A la puerta salió toda la servidumbre, doncellas, lacayos, los mayordomos y el ama de llaves. Mis padres a la puerta se asomaban, mi madre con un vestido recatado que no la hacía lucir toda su belleza, y mi padre, cansado ya por la edad, tenía que hacer uso de un bastón para mantenerse erguido al andar. Aún los seguían llamado los Condes americanos o los Barones de América. No siempre eran erradas las descripciones pero no del todo negativas. No obstante mi preocupación por ver mi lugar de origen envejecido se volvió realidad con su imagen, mis padres provenían de una madera tan firme y longeva que Auslandshire caería antes que los Kent, al menos de nuestra rama americana cuya sangre noble no se vio presente en la cuna sino hasta la ausencia de herederos.

—Connor, Clark —nos abrió los brazos mi madre, su vestimenta púrpura y negra, el cabello de rizos canos, la calidez de su sonrisa y mirada risueña. Nos abrazó a los dos —Bienvenidos, bienvenidos, ¿Qué voy a hacer con ustedes? Son indolentes a la zozobra de esta pobre mujer, no se pasean por aquí salvo en Navidades y cumpleaños alternados, recibirán algún castigo divino por su crueldad

Sonriéndonos ella no nos culpaba por nuestra ausencia con mucho golpe, quizás lo que preferiría de nuestra parte sería más comunicación, más cartas y más noticias si ella se quedaba en Auslandshire cuando no era temporada social y no nos topábamos en Londres.

Le besé la mano con singular alegría. Ella era el rasgo de mi casa que seguía intacto, inmóvil, e igual de bello que cómo lo dejé en mi última visita. Solo se hacían más notorias algunas líneas de sus gestos por su cara, sus manos en cambio seguían perfectas aunque estaba más delgada.

—No seas así madre, de tenernos a toda la familia bajo el mismo techo acabaríamos los unos a los otros con tanta intriga

La Condesa me regaló una sonrisa y su mano en mi hombro.

—Bribón —me llamó en juego, y se fue a tomar el brazo de Connor para entrar a la casa. Nuestro padre nos saludo con una sonrisa trémula por su educación regia con el título pesándole más que la edad, sin embargo nos estrechó la mano antes de palmearnos la espalda. Algo en su cara arrugada y seria me decía que nos había extrañado más de lo que sería capaz de admitir al menos públicamente. Mi padre era un hombre asombroso, cordial, un padre excelente, un buen esposo para mi madre. Lo que siempre le pesó fue tener que actuar como un buen noble porque nadie quedaba complacido, ni la gente del condado ni los ancestros que resultó tener para elevarlo a un título de alcurnia.

Conocimos de inmediato a nuestra tan intrigante prima Lucy Kent-Lane. No resultó ser una maravilla, era bonita, castaña de ojos verdes, delgada y no tan alta porque aún era joven, era una niña que se las daba de adulta, dulce aunque un tanto ingenua. Tocaba el violín. Tenía esa aura de muchacha enamoradiza que la debió llevar al exabrupto de su deshonra. Seguramente por su origen no tan elegante mi madre la había llenado de lisonjas, bellos vestidos, zapatos y era peinada por su doncella personal. Pocas joyas, gran habilidad al piano. Iba acompañada por una tía, la señora Sullivan, porque sus padres no habían podido ir a vivir con ella en Shuster si no se los permitía sus finanzas ni trabajo abandonar las responsabilidades diarias, por eso la hermana de su madre era su dama de compañía. La señora Sullivan era de aspecto campestre y personalidad áspera.

Lo que no me gustó de las primeras impresiones no fue de parte de Lucy o de la Señora Sullivan sino de Conner quién me hizo percibir algo peculiar. Normalmente fueran las visitas que fueran si se trataba de damas cualquier fémina no podía resistirse a observarnos con atención, disfrazando su interés, negándolo si le era hecha alguna referencia a lo que hiciere, pero Lucy Kent no era así, ella era muy amable y tranquila, tan suave que hacía pensar en lo difícil que una chica con carácter y espíritu como el suyo —si es que no estuviera fingiendo o se había quedado obnubilada por la riqueza de nuestra casa—había podido enrollarse con un hombre a tan corta edad. Acompañando a este juicio vino uno adelantado sobre Alexander Luthor Jr., y era ¿qué clase de rufián podría ser ese joven para haber desprestigiado de manera tan lasciva a una señorita como lo era nuestra prima? Peor sería la ignominia al ser menor que ella debido a su precocidad.

Lucy podía no tener una inmensa dote si su padre no era ascendido en el ejército de brigadier, ni un gran futuro pero sus padres se habían ocupado en darle una buena educación al solo tener hijas. Su padre como militar, al tratarse de su hija menor la había procurado y conocía de varios temas, repito que estaba instruida en la música y también sabía dibujar. Mi madre la trataba como una joya en bruto que debía ser cortada, pulida y engarzada a una buena familia según la costumbre inglesa de la que conocía pero no llevaba mucho en práctica, ¿qué mejor familia que uno de esos industriales burgueses de cuyas arcas mi padre estaba consiente, eran superiores a las nuestras? Esa era la mejor opción. Convenía a nuestra casa semejante alianza aunque mis padres no estaban hechos a las ideas y tradiciones de la nobleza si preferían la paz de la campiña por encima de los eventos de la sociedad local o londinense.

La familia Luthor todavía era un misterio para mí. Leía en el periódico sobre las obras de Alexander Luthor para la comunidad, sobre su gran fortuna y caridad, él y su esposa en vida tenían un gusto exquisito por el arte y la cultura, promovían muchos eventos. Después de quedar viudo se sabía poco de él. Trataba de hacer memoria de las fotos en el periódico, en ninguna recordaba fotos de su padre o hijo, esto porque Lex Luthor era el único varón de su padre, tenía una hermana mayor llamada Lena. Con respecto a Lex Luthor Jr. tampoco me no me podía hacer una idea del novio porque Lucy y Lex no habían sido presentados en sociedad todavía. Me contó mi madre que tendrían que esperar a llegar a la edad de hacer su presentación o vivir en el extranjero para justificarse al momento de ir a los bailes y programas como matrimonio joven. Algo así habían planeado porque los Luthor eran alemanes como la Reina Victoria que había hablado mejor el alemán que el inglés.

La tarde la pasamos en armonía, mi padre enturbió mi llegada en su despacho hablándome mi alejamiento y rechazo al título porque mi decisión la había tomado en base al hecho detrás de mi origen. Hice oídos sordos y le pedí que no me hablara de ello o acabaríamos distanciándonos más, que si lo volvía a mencionar empacaría mis cosas, felicitaría a mi prima por su boda pidiéndole disculpas por no poderme quedar y saldría por la puerta. Mi amenaza surtió el efecto deseado. El Conde no me volvió a entretener con asuntos de esa índole.

La noche en mi antigua pieza fue otro fantasma del pasado, veía el arcón a los pies de mi cama, adentró encontré los objetos de mi última infancia y juventud, el ferrocarril que me habían regalado, la caja de piezas de ajedrez junto al tablero tallado en madera, los soldaditos de plomo. Mi viejo arco y aljaba cuando solía practicar en dianas con el joven Queen. La escopeta del club de caza al que Wayne y Kent pertenecíamos. Docenas de recuerdos que nublaron mi vista cerrando el arcón nuevamente como si cerrara un diario del pasado. En el armario trajes y uniformes que veía obsoletos. Había crecido más, mi espalda era más ancha.

Me metí a la cama después de un baño reparador e incluso medité si debía afeitarme como primer tarea en la mañana, pero entonces me di cuenta de que desde que había dejado de vivir en Shuster Hall no tenía porque lucir lo pulcro que un Lord debía lucir. Mi padre con los años acuestas tampoco le tomaba mucha importancia a afeitarse ahora, quería hacerse ver más omnipresente caracterizado como un noble de campo que en la ciudad como en Francia a veces se toma de campirano.

En la mañana transcurrió un desayuno extraño, sabores que pese a ser constantes tenían otro acento en ese comedor, con ese sazón y con esas compañías. En definitiva no estaba a gusto ahí. Lo supe disimular muy bien charlando con mi primo y conociendo mejor a Lucy que era un encanto. La Señora Sullivan a veces resultaba entrometida, se cohibía al ser la invitada de mi padre, y su comportamiento tan estridente como torpe me hacía preguntar si no preferiría un lugar en la mesa del servicio en vez de la nuestra. Me sentí mal por ella porque en la boda pasaría momentos incómodos con tantos caballeros estirados cuya conversación va directa a excluir al más débil. Son cómo dicen los rusos: te reciben por el traje y te despiden por la inteligencia. Vaya que les gusta el regodeo de sus estudios y sociedad, eso me quedó claro desde la primera fiesta a la que me vi obligado a acudir llamándome noble americano de forma despectiva.

Cerca del mediodía llegaron en coche desde la estación cuatro invitados más. Bajaron de los carros el señor Luthor y su esposa acompañados de su hija, y habían llegado con un amigo de la familia, un extravagante comerciante llamado Milton Fine de levita azul, un caballero ególatra y narcisista codeándose con los Luthor seguramente por puro interés.

El Señor Luthor era de cejas castañas encanecidas que le daban un aspecto de envejecimiento pronto con el cabello gris largo, era un hombre maduro con rostro quemado por el sol por sus constantes viajes, diferente en su totalidad a la palidez de su esposa quién con esa cualidad albina le brindaba un instinto de sobriedad que producía respeto mientras que en Luthor su ceño frío doblegaba a quién quisiera. He de decir que pese a su matiz su mujer por el contrario era cálida y bondadosa, el cabello rojo ensortijado, de una mirada dulce hechicera, rica, que provocaba con su afable mirar que se le quisiera rendir pleitesía. Era una mujer formidable y bella, a Lucy la dejó deslumbrada su porte pese a que ya se conocían, debía tratarse de la moda que portaba.

El problema del contacto entre Lucy y Lex según me habían dicho, se había llevado a cabo bajo el techo de los Luthor, lo cual los había dejado en vergüenza al permitirse un descuido tan desagradable.

La señora Lillian Luthor era figura en los periódicos junto a su esposo, un matrimonio poderoso, conocido, querido y respetado, ya retirado. Iniciadores de una dinastía industrial porque según sabía la de cuna rica había sido ella y no su esposo.

Su hija Lutessa Helena que los acompañaba era bella por igual, con los colores de la madre, rasgos y actitud del padre. Era alta, tan alta como Connor. También este par ya se conocían. Ella estaba casada aunque sin hijos y por lo visto prefería dejar a su marido a en casa.

Les dimos la bienvenida y los quisimos alojar, pero no bien hubieron pasado unos minutos la quid se quería presentar a voluntad en cuando mi padre les recibió.

—Mi estimado Señor Luthor, Señora, se quedarán con nosotros, cómo verá se están haciendo los encargos para la boda, la próxima semana estaremos unidos como familia

La mayor de las noticas era que este matrimonio entre una Kent y un Luthor creaban una alianza social importante, uno tenía el título, el otro el enorme capital. Pero Lionel no quería convivir con nosotros atribuyéndose su comportamiento a la pena embargante por las acciones de su nieto.

—Lord Kent, no estamos aquí para ocasionar más molestias que no sean requeridas, accedimos a la boda en Auslandshire, no seremos un estorbo para su casa. Conocemos el valor y cuidado que hay en Shuster Hall y agradecemos su recibimiento pero me temo que mi hijo Alexander ha decidido adquirir la Swann Manor en Auslandshire para hospedarnos, toda mi familia se quedará con nosotros

La moneda fue echada al aire, yo sabía que en cualquier resultado daba en el canto con mi padre. Era un desprecio severo a nuestra casa y como tal mi agobiado padre no podría dejarlo pasar. No obstante no pude evitar simpatizar con Lionel por la vergüenza que representaba tener que casar a Alexander Jr. con una prima lejana de una familia noble solo porque los jóvenes se habían metido a la misma cama.

Mi padre se mostró desorientado.

—Señor Luthor, me lo tomaré a insulto si no acepta mi hospitalidad

La Señora Luthor se mostraba igualmente amable aunque apenada.

—Me temo que le pediré que no se de a ofendido milord porque esa no ha sido nuestra intención, se trata de una decisión tomada desde hace semanas, nosotros nos negamos a tener a Lex y a Lucy bajo el mismo techo además de que según mi hijo la Swann Manor pasará a manos de Lex cuando cumpla la mayoría de edad, mientras no sea así se quedará ahí en Auslandshire, así su pariente no será alejada su resguardo

Sé qué Lucy podía llorar de gozo y de vergüenza, ya conocía la propiedad de Swann, una hacienda bella y rica nada despreciable. La Señora Sullivan le jaló del vestido para que no fuera a ser tan obvia.

—Shuster Hall no es la única propiedad que tenemos Lionel —insistió mi padre aún reacio a entender las razones del industrial.

—Es verdad que no lo es pero en bien de nuestra amistad Lord Kent no podríamos aceptarlo de otra manera. Si el tiempo no es malo mañana vendrá mi socio Edward Teague con su esposa escoltando a Lex, y podremos hacernos cargo de todas las formalidades y hospitalidades que queramos, por el momento preferiría mantener la distancia en bien de la paz común

Por algo que veía era aún más que orgullo varonil el Conde y Luthor no se llevaban bien y no podrían llevarse bien. De hecho, de no ser por Lex y Lucy podrían verse como enemigos aunque mi padre jamás en su vida tuvo enemigos. Lo que más odia un hombre rico sin título es a un noble que se le considere de más, y lo que más odiará un noble de un hombre más rico que él será que tenga más poder y riquezas que las suyas. Por esta razón ellos no podían ser amigos, pero tampoco podían darse el lujo de declararse rivales abiertamente. Mi padre no había querido relacionarse con la nobleza en primer lugar. Pero si el error lo había cometido Lex arrastraba al padre con él y con el padre al abuelo escocés notable por el acento. Lucy había accedido también, la deshonra era para nuestra familia gracias a su censurable crápula.

De parte mía yo no me consideraba ofendido, a Lucy ni la recordaba, era de los Lane cuya cabeza era hombre del ejército, a decir verdad no comprendía de donde sacaba el apellido Kent pero lo llevaba, era un miembro más del gremio.

Los Luthor se quedaron a cenar con nosotros, se sirvieron formidables viandas y se llevaron a cabo animadas pláticas gracias a mi madre y a la disponibilidad de la Señora Luthor, Lillian como una mujer cosmopolita dejaba en la Condesa una imagen deliciosa, a su vez mi madre dejaba maravillada a la esposa de Lionel por ser tan conocedora de su historia en Auslandshire además de los secretos históricos que resguardaba el condado, nuestro singular y querido Auslandshire. No se pudo no tocar el tiempo que vivieron en América en esta charla pero lo harían después.

La noche pasó en calma. No teníamos noticias de la prima Cara, ella seguía viajando por el mundo buscando aventuras. Se le permitía en su juventud, no era la más joven de nosotros aunque si la más audaz.

Mi prima no tenía idea —o quizás sí— sobre lo mucho que yo la envidiaba por todas esas aventuras.

Un telegrama llegó por la tarde, por mal tiempo el tren en el que vendrían los Teague se retrasaría. Esperan acompañarnos en cuanto el cielo se viera despejado tanto como las vías ferroviarias.

Dos días después, afortunadamente antes de agotar nuestra paciencia, el momento de conocer a Lex Luthor Jr llegó, la más emocionada y sonrojada era Lucy, una amiga pero también una chica difícil de analizar. Corrió desde el salón principal hasta el comedor una doncella a traer la noticia de que un caballero se aproximaba montando un corcel, así nos lo informó el valet. Era desconocido, no estaba solo, parecía perseguido por otro, pero Lucy, que se había asomado por la ventana para observar al invitado, lo reconoció como un amigo de los Luthor. Era Jason Teague.

Mi madre salió a su visita seguida de nosotros. Era un hombre joven y agradable, de alto vigor y espíritu.

—Está si que resulta ser toda una sorpresa joven Teague

Lucy se aproximó avergonzada y conmocionada preguntándole sobre su prometido. A Jason le era hilarante su interés e incluso le coqueteó un momento.

—Le dejé morder mi polvo señorita —excusó su falta de educación tratándolo con una descortés familiaridad.

—Por todos los cielos—, apareció mi padre —dígame joven Teague que no hicieron todo el trayecto de la estación hasta aquí a caballo

Jason mantenía sereno a su corcel que daba coces aún en vías de querer correr todavía, piafó. En la silla el hijo de los socios de Lionel se veía más como un militar que como el heredero de un industrial socio de los germanos. Se recogió el sombrero saludando al conde.

—Casi lo hacemos si no fuera porque Lex se quema bajo el sol, es casi un demonio. Oh, mírelo. Ahí viene, no soportará que yo haya ganado la carrera. Lord Kent, miladi—, fue saludando con caballerosidad hasta llegar conmigo y Connor—asumo que ya deben saber lo mal que se lleva Lex con la derrota

El joven Luthor apareció sobre una colina sin sombrero golpeando con el fuete su corcel, galopando a una velocidad menor que la de su acompañante deteniéndose a varios metros de distancia una vez cruzó la entrada jalando las riendas para su propósito. Lucy saltó en su sitio siendo regañada por la señora Sullivan. Los rizos de su prometido ondeaban en el viento, la mano apretando con fuerza la brida.

El tan misterioso Lex Luthor Jr. había llegado a Shuster Hall.

No era en nada como lo imaginaba.»