Resultó ser que la pequeña Mikasa vivía a sólo pocas cuadras de Levi, dato del que el azabache se enteró gracias a Petra.

— Esa niña no deja de hablar de ti, creo que en verdad le agradaste, Levi.

— ¿Y a mí qué mierda me importa?

— Oh, vamos... es una pequeña adorable... dijo que quiere hacerte un regalo en agradecimiento...

El joven no le prestaba atención, estaba demasiado ocupado realizando una agenda para su proyecto y no tenía tiempo que perder charlando. Petra, entendiendo que el azabache quería estar solo, se levantó de su asiento cabizbaja y salió de la biblioteca donde se encontraban. Cansado de hacer tantos apuntes después de varios minutos, Levi cerró su libreta y se dirigió a la oficina del profesor Smith para entregarle sus avances. Una vez concluidas las clases, el azabache se encaminó a casa, no sin antes pasar a visitar a cierta mocosa. Ésta le abrió la puerta de su hogar con alegría recibiéndolo con un cálido abrazo. La niña tenía puesta la bufanda que el joven le regaló.

— ¡Levi! ¿Viniste a verme?

— Tsk... No, mocosa, vine a ver a tu conejo.

El sarcasmo en la voz del joven era evidente, pero la pequeña no lo comprendió, separándose de él para luego tomar su mano y adentrarlo a la casa.

Aquella solitaria residencia...

— Levi está en el jardín, ha sido un buen conejo y no se ha escapado.

— Qué bien, mocosa...

— ¿Quieres jugar con él?

— Ehm... ¿Tu padre está en el trabajo?

— Sí.

— ¿Vino a verte Petra en la mañana?

— Sí.

— ¿Desayunaste algo?

— Sí, Levi, qué preguntón.

La niña bufó cruzándose de brazos, acción que le causó gracia al joven. Se acercó a Mikasa y le revolvió el cabello cariñosamente, haciendo que la pequeña azabache resongara.

— ¡Oye! ¡Me acabo de peinar!

— Qué tragedia...

La chiquilla, tal cual para su edad, le sacó la lengua con una mirada que fingía indignación, a lo que Levi rodó los ojos y se sentó en el sofá cercano, como si de su hogar se tratara.

— Oye, Levi...

El joven se mantenía serio, sin mirarla siquiera, y Mikasa, al sentirse ignorada, se alejó del joven y se dirigió a una habitación, justo subiendo las escaleras.

— Tsk, mocosa... cree que puede dejarme aquí solo... así no se trata a las visitas...

No pasó mucho cuando la azabache ya había bajado de nuevo los escalones, con una pequeña caja en sus manos. Cuando llegó a su lado, le extendió el paquete mirando hacia el suelo, sonrojada por la pena que sentía.

— ¿Qué es éso?

Levi miraba con curiosidad la caja para después dirigir su mirada a la niña, preguntándose porqué se comportaba así.

— Gracias por ayudarme el otro día... es un regalo para ti.

Ah... cierto. Petra había mencionado algo de un regalo.

— No tenías que molestarte, mocosa...

La pequeña hizo un puchero, acercando la caja al rostro de Levi, casi aplastándolo con ella.

— ¡Por favor! Le pedí a mi papá que lo comprara con mis ahorros...

Aquello no tenía discusión, si la mocosa había sacrificado sus ahorros para hacerle un regalo, sería de mala educación rechazarlo.

— ¿Puedo abrirlo?

El rostro de la niña se iluminó por la emoción y asintió frenéticamente con la cabeza. Levi abrió entonces la caja quitando con cuidado el listón y se quedó mirando el contenido del regalo, sin expresión alguna en su rostro, por lo que Mikasa se entristeció al instante.

— ¿No te gustó?

El joven sacó entonces unos elegantes guantes negros de la caja; se sentían tan finos que el azabache pensó que debieron costar una fortuna.

— ¿Ésto...?

— Es que... cuando me pusiste la bufanda sentí tus manos muy frías, y como vi que no tenías guantes, pensé...

La pequeña jugaba con sus índices evitando la mirada del joven.

— Mi papá siempre me ha dicho que cuando tenga frío, debo usar guantes, gorra, suéter y más cosas... y tú no traías guantes, te puedes enfermar...

Levi ya no escuchaba a la niña, se puso los guantes con cuidado y sintió una calidez inmediata, por lo que se levantó y alzó a la chiquilla en sus brazos, depositando un beso en su mejilla.

— Gracias, mocosa.

En el rostro de la pequeña se formó una reluciente sonrisa y, a pesar de que Levi seguía sin mostrar alguna emoción, sabía que el regalo había sido de su agrado.

Era un regalo que atesoraría por años.

— ¿Quieres un dulce, Levi? Papá no me deja comerlos... pero Petra siempre me deja comer uno.

— Tsk, está bien, ¿por qué no?

.

.

.

Pasadas unas horas, Levi se dispuso a regresar a su hogar ya que Petra por fin había llegado y podía hacerse cargo de la mocosa por sí sola. A pesar de la insistencia de ambas chicas, el azabache se negó a quedarse, pero prometió a Mikasa que la visitaría más seguido, causando un gritito de emoción en la niña.

Y tal como lo prometió, el azabache la visitó cada tarde aunque fueran sólo unos minutos —debido a la cantidad de tarea por realizar—. Petra aprovechaba la ocasión para estar más cerca de Levi, pero el joven le prestaba muy poca atención, ya que a quien realmente quería ver era a la pequeña Mikasa. Y así pasó un año, un largo año en donde el joven terminó su proyecto recibiendo honores en la escuela y buenos comentarios, así como el orgullo de su madre Kuchel, quien fue a visitarlo el día de su graduación a pesar de vivir lejos de él.

Todo era perfecto, pero pronto algo en su vida iba a cambiar...

El día de su graduación y con su madre de visita, Levi la llevó a aquella residencia donde la pequeña Mikasa habitaba.

— ¡Qué adorable pequeña!

La niña le sonreía tímidamente y , nerviosa, se ocultó detrás de Levi sujetando con su pequeño puño la tela de su pantalón.

— ¿La estuviste cuidando todo este tiempo?

— Sólo la vengo a ver de vez en cuando, no soy un niñero, mamá...

— Quiero una fotografía de ustedes dos, ¡ahora!

El azabache puso cara de fastidio, pero no se negó; alzó a la niña en sus brazos y esperó a que su madre tomara la fotografía con su celular.

— Tsk, ridículo...

— ¡Pues a mí me parece adorable! Oh, Levi... Estoy orgullosa de ti, hijo... ¡Ya por fin todo un universitario!

— Sobre éso...

El joven suspiró y sacó de su bolsillo un sobre, estaba arrugado y alguien lo había abierto anteriormente. Extendió el objeto hacia su madre e hizo un ademán para que lo abriera, con su típica neutralidad en el rostro. Kuchel obedeció y sacó un papel igual de arrugado que el sobre, leyéndolo con atención. Después de unos minutos de tenso silencio, Kuchel levantó la mirada de aquel papel con lágrimas en los ojos.

— Te aceptaron...

Mikasa no entendía lo que ocurría, o porqué Kuchel lloraba, lo único que pudo entender es que la mujer se acercó a abrazar a su hijo con fuerza, mientras él le devolvía el abrazo.

Mikasa no sabía que pronto su querido amigo tendría que irse de su lado...