Beyblade no me pertenece...


Creo que han pasado nueve días. Nueve días han pasado sin realmente dormir. Nueve días han pasado y aún estoy esperando por el sol…


-oO08( Nueve Días en Espera del Sol )80Oo-

por Kiray Himawari


Día Dos; La Calma No Siempre Viene Después de la Tormenta


Después, al volver a casa, todo fue como sentirme vacío. Las palabras habladas por el Sr. Dickenson eran como el viento, como el viento que genera un pequeño arrullo que todo mundo decidimos ignorar por cuestiones prácticas. No es que no quisiera escucharlo porque fuera aburrido, sino más bien porque tenía miedo de enfrentar la verdad; sabía que mi tiempo estaba agotándose.

Al entrar por el portón del Dojo, donde curiosamente me habían acogido, las miradas de todos estaban puestas en mí. Claro, para ese entonces ya todo mundo sabía de mis constantes dolores. Había tratado a toda consta de ocultarlos inventando ofensas de ellos hacia mí para poder salir huyendo con la excusa perfecta, y en mis huías me alejaba lo más que me permitía el dolor; la respiración se me entrecortaba, sentía que mi cuerpo sudaba fríamente y los temblores en todo mi cuerpo eran realmente aterradores. El dolor era tan fuerte que sentía que moriría si no se detenía. Para buena fortuna el dolor se iba luego de una media hora en la que mi respiración hacía magia; inhalaba y exhalaba rítmicamente para intentar controlar mi mente, para controlar el dolor. Desafortunadamente a veces el dolor te supera, y eso me ocurrió a mí.

Eran las cinco o seis de la tarde, ciertamente no recuerdo con puntualidad, pero el dolor comenzó a hacerse presente. Yo lo supe de inmediato e intenté, como siempre lo había hecho, fugarme para poder controlar esa sensación tan estúpida. Sin embargo no funcionó en aquella ocasión, al parecer nadie quería discutir conmigo, y entonces el dolor se intensificó hasta el grado de doblegar mi cuerpo. Mi rostro pálido, la temblorina, la sudoración, mis pulmones contrayéndose impidiendo la entrada del aire, mi corazón acelerado y mi cuerpo desvaneciéndose. Recuerdo poco de esos instantes, lo único que puedo remembrar eran las notaciones mentales que me hacía; "eres un estúpido, te doblegas con tan poco", "pudiste haber soportado otro poco", "no, no me miren"… La visión se había distorsionado y me hubiera encantado pensar que había sido a causa de la sintomatología, mas mi visión estaba deteriorada por las lágrimas que se habían acumulado para poder desahogar esa estúpida sensación, ese maldito dolor…

Aquel día me marcó significativamente. Todo mundo entonces se dio cuenta, con pruebas en mano, de que yo era una persona que sentía, que no era alguien invencible, se dieron cuenta, como yo, de que podía morir. Fue un duro golpe a mi ego, debo admitirlo. Saber que no eres de acero, que esas ideas idiotas de Boris y Voltaire no eran más que cuentos baratos para niños de preescolar. ¡Maldición, fue tan fuerte! Es que despertar a la realidad no es nada sencillo, mucho menos cuando tienes la cabeza llenas de ideas soñadoras. Y desde aquel momento todo mundo comenzó su tarea de vigilarme. Pude escapar algunas veces de que fuera visto con mis episodios dolorosos, pero otras tantas tuve que soportar el ser cargado hasta mi habitación para esperar a que la crisis pasara. Todo mundo estaba consternado por mi salud, mas yo hacía caso omiso porque, si lo admitía, era como aceptar que era débil; y al menos quería rescatar algo de lo que creía era "dignidad".

Fue de esa manera que, en mi último episodio (en el cual perdí el conocimiento por una hora), decidieron que era suficiente y fui obligado a presentarme ante mi verdugo. Me senté en la cama luego de despedirme cortésmente del Sr. Dickenson y haber evadido exitosamente a todos. Me sentí la persona más incrédula del mundo, mira que tragarme la idea de ser "inmortal", de que "no temía a nada", de haber pensado que siempre había "aceptado" a la muerte, pero lo cierto siempre fue el hecho de tener miedo a la muerte, a lo desconocido, miedo al cambio.

Y, aunque sabía que había una esperanza, nada cambió mi mente en ese momento. Me mostré optimista ante todos, conservé mi aplomo, mi mirada en alto, aunque por dentro sentía como molécula a molécula, átomo a átomo, comencé a derrumbarme. Del orgulloso e imponente Kai Hiwatari sólo quedaba el nombre. No, la calma no siempre viene después de la tormenta, a veces sólo viene más tormenta.

~oO080Oo~


Gracias de antemano por sus lecturas

Y aquí mi segundo día, mi segunda entrega… Muchas gracias a Tacaema y Lacryma Kismet por sus comentarios y a todas las personas que han pasado a leer esta historia.

Dudas, comentarios, sugerencias, ideas, etc. ¡Bienvenidos!