Desde hacía unos días se sentía plenamente feliz. Había conocido a unos chicos fantásticos que le llenaban el día de aventuras. Cada tarde, al volver del colegio, se pasaba por aquella cabaña y, como siempre, Ace y Luffy le recibían con una enorme sonrisa.
A pesar de ser tan amigos, aquel misterioso Sabo todavía no se había pasado por allí. No le conocía, solo había escuchado de sus bocas lo genial y entretenido que era aquel niño rubio. Seguramente, tal y como pensaba Daenys, sería igual de fabuloso que sus dos amigos.
Aquel día, subió desesperada a la cabaña tras volver de la escuela. Tenían que hacer modificaciones con el timón y con algunas ventanas que se habían roto la noche anterior por la enorme tormenta que sacudió la región. Sin embargo, llegó hasta la entrada de la cabaña y solo encontró a Ace. Se mantenía ocupado revisando los desperfectos de la pasada noche y apenas se dio cuenta de su presencia. Pero ella se hizo notar.
— ¡Hola, Ace!— el susodicho dio un respingón al escuchar a su amiga—¿Qué estás haciendo? ¿Te ayudo en algo?— el de pecas negó con la cabeza mientras terminaba de reparar unas cosas y, por fin, le podría hacer todo el caso del mundo—. ¿Dónde está Luffy?
— Ha salido a buscar a Sabo. Estaba demasiado emocionado como para quedarse quieto. Ya sabes cómo es— dijo resoplando mientras tomaba asiento en el suelo—. ¿Qué tal en la escuela?— Daenys se encogió de hombros mientras dejaba su mochila a un lado—¿Como siempre?
— Todos los de clase me llaman bicho raro. Desde el día que os conocí… desde que escuché aquellas voces y esas imágenes se me pasaron por la cabeza, nada ha vuelto a ser igual. Y no sé muy bien por qué me pasó eso, pero ya no me ha vuelto a ocurrir… no al menos desde que os conozco. Tal vez seáis la razón principal, el motivo por el cual ya no me suceden esas cosas— Ace sonrió.
— Puede que sí. Nunca lo sabremos. De todas formas — se levantó del suelo—. No deberías preocuparte por lo que te dijeran los demás. Tal vez eso que te pasa es un don, algo bueno, y esa gente no sabe apreciarlo. No lo hace, ¿y sabes por qué?— Daenys arqueó la ceja—. Porque no aprecian lo diferente. Creen que lo mejor siempre es lo normal, pero soy testigo de que lo normal aburre. Ya nos ves a nosotros. Vivimos aventuras cada día, y no son para nada normales. ¿Ocurre algo? Pues claro que no.
— Lo sé, Ace. Pero es duro recibir esas críticas, sabiendo que yo no he elegido ser diferente. Está claro que me encanta, pero siempre añoro ser como las demás chicas de mi clase— explicaba la de ojos verdes.
— Si fueras como las demás, no serías tú, Daenys.
Ambos se quedaron mirando durante un par de segundos. Jamás se habían mirado así. Algo inusual para un niño de diez años y para una niña de siete. Sin embargo, sintieron como algo nacía en su interior, que se desvaneció al escuchar la voz de un chillón Luffy que aparecía por la entrada de la cabaña.
— Oi, oi. ¡Qué bien que estéis los dos aquí!— gritó Luffy alegremente—. ¡Aquí está Sabo!
— Hola, chicos— dijo aquel niño rubio de grandes ojos.
— ¡Hola!— dijo Daenys acercándose a Sabo para saludarle—. Yo soy Daenys…
— Sí, Luffy me lo ha contado todo de camino. Eres la última en unirte a nuestro grupo, así que deberás acatar nuestras órdenes— Daenys le miró desafiante—. Oi, oi, es broma, tranquila…
— ¿Qué tal ha ido por allí?— interrumpió Ace la conversación—. He escuchado que las cosas andan mal por aquella zona— Sabo tomó asiento para explicar las cosas.
— Quieren acabar con Gray Terminal para dar una mejor imagen a los Tennryubitos que vengan a la ciudad. Próximamente, morirán cientos de inocentes solo por aparentar lo que no son. Es algo que todavía no logro entender…— explicaba Sabo mientras Daenys escuchaba atentamente—. Tengo que hacer algo al respecto, no puedo quedarme de brazos cruzados viendo como terminan con la vida de toda esa gente …
— Pero tú no puedes hacer nada, em, Sabo— los tres niños miraron a Daenys—. Eres un niño y quieras o no, no van a hacerte el caso que te mereces. Sé que estarás dispuesto a luchar por lo que es justo, te apoyo en eso, pero dudo que puedas solucionar algo si nadie más te apoya, ¿sabes?— Sabo desvió la mirada—. Sería mejor que no intentases nada y …
— ¿Cómo no voy a intentar nada? Si me quedo de brazos cruzados me arrepentiré toda la vida, ¿sabes?— decía Sabo algo enfadado.
— Oi, oi, no quiero que te enfades. Es solo una opinión, algo subjetivo que si no quieres no vas a tener en cuenta. Es solo por tu seguridad. Un niño no estará bien si intenta algo teniendo cerca a esos Tennryubitos, ¿sabes? Ellos no dudarán en matarte…
— Tiene razón, Sabo — Daenys miró a Ace—. No intentes algo que no sabes cómo va a terminar…
— Trataré de hacer lo más justo. Por el momento… ¿Vamos a divertirnos?— todos sonrieron ampliamente al escuchar aquello.
Se pasaron toda la tarde jugando, rescatando viejas piezas de las que no se acordaban. Daenys se lo pasó en grande y juraría que aquel día fue uno de los mejores de su vida desde que su madre murió. Sabo era totalmente una locura, no dejaba de ir de un lado hacia otro, investigando todo a su paso, poniendo en duda cada incógnita que los tres le proponían. Era extremadamente alegre y en la búsqueda de los objetos por el bosque, ayudó enormemente a Daenys.
— Oi— le dijo Sabo a Daenys mientras intentaban buscan el objeto—. Antes he parecido muy borde. Te pido disculpas, no era mi intención, era solo que …
— Todavía no me conocías y no sabías cómo actuar, ¿no?— Sabo parpadeó perplejo.
— ¿Cómo sabes lo que estaba pensando?
— Se supone que es un don que tengo… o eso me han dicho— decía Daenys mientras rebuscaba en los arbustos—. Se dice leer la mente.
— ¿Y no te has parado a pensar que puede que sea una Akuma no mi?— la de ojos verde frenó en seco—. ¿Sabes lo que es, verdad?— negó con la cabeza, a lo que Sabo se preparó para explicarlo—. Se tratan de unas frutas que te otorgan ciertas habilidades. Hay de diversos tipos: Paramecia, Logia y las Zoan. Sin embargo, hay otras específicas que se rigen por los poderes mentales, una mezcla extraña de las Paramecia. Tal vez tu hayas consumido alguna de ellas y …
— Escuché hablar de esas frutas hace mucho tiempo. Sé que su efecto secundario es ser débil al agua. A decir verdad, estas últimas veces que me he bañado, me he sentido totalmente frágil. Tal vez… puede que tengas razón, Sabo— se quedó totalmente pensativa, intentando recordar el momento exacto en el que comió una fruta totalmente anormal.
— Bueno, no te preocupes — le rodeó con el brazo—. Es una habilidad muy buena, aunque quizá demasiado entrometida— explicaba Sabo—. Aún así, deberías de ponerte ciertas condiciones. Podrías quedarte totalmente sola si todo el mundo se entera de que lees la mente, eso le aterra a la gente.
— Pero no es exactamente leer la mente. Si me concentro totalmente puedo saber lo que estás pensando inconscientemente. Sin embargo, no puedo hacer eso cuando me plazca. Creo que si se trata de una Akuma no mi, todavía no manejo su poder. No lo sé, tendría que investigar sobre esto …
— ¡Tengo un libro!— dijo el pequeño rubio—. Bueno, no es exactamente un libro, pero contiene un montón de fotografías que explican algunas características principales de las Akuma no mi. Aparece también la Gomu no mi de Luffy, puede que la tuya también aparezca— la de ojos verdes sonrió—. Te prometo que mañana lo traeré.
…
El día había sido tremendamente agotador, ni si quiera sabía cómo podía aguantar tanto con esos tres monstruos. Sin embargo, la felicidad que le transmitía día a día se dibujaba en su cara en forma de sonrisa. Algo que, Quika, había notado desde hacía un par de días.
Daenys no le había mencionado quiénes eran aquellos con los que vivía aventuras, ni tampoco que sabía que había sido una pirata en su juventud. No quería que Quika se comportase de distinta manera, ni que evitase algunos temas de los que hablaban. Así que prefirió cerrar la boca y continuar escondiendo su secreto.
Hasta ese día.
— ¿Vienes muy tarde últimamente, no?— dijo la anciana mientras Daenys entraba en el salón—. El sol ya está empezando a ponerse y siempre te tengo dicho que esta es una zona un poco conflictiva en la que no debes de ir sola— la de ojos verdes asintió—. Aunque tal vez, ha estado con …
— ¿Les conoces?— dijo la pequeña—. A Luffy, Ace, y Sabo— Quika se quedó muy sorprendida al darse cuenta de que Daenys había acertado exactamente lo que ella pensaba, como tantas otras veces desde el inicio de su estancia.
— Daenys— la nombró Quika, haciéndole una indicación de que tomara asiento para empezar a tener una conversación, tremendamente profunda—. No voy a regañarte por ir con esos tres niños, apenas les conozco, pero tampoco parecen una mala influencia para ti. Ahora bien, me interesa saber cómo sabes lo que estoy pensando…
— Quika yo … Uno de esos niños, Sabo, me ha planteado la posibilidad de que tal vez haya comido una Akuma no mi. No sé cuándo, pero encaja a la perfección con ese hecho. Me pasa desde que llegué, muchas voces me hablan, veo imágenes que no son mías. Y no lo entiendo … — la anciana le puso una mano en el hombro y sonrió, con un par de lágrimas en los ojos.
— Daenys, sé que ha pasado muy poco tiempo desde … bueno, ya sabes— cambió su tono a más serio—. ¿Qué recuerdas de aquel día?
Hecho un vistazo atrás en el tiempo. Había apartado aquel fatídico día de su mente, deseaba borrarlo, pero se encontraba en un rincón de su mente, muy profundamente guardado.
…
Había amanecido, pero aquel día los pájaros no cantaron, el río no sonaba, el sol apenas se dibujaba en el firmamento. Y todo por una razón.
Durante la larga espera, ella había decidido irse, dejando atrás una vida llena de alegría, pero que en su última etapa solo le causó dolor. Un dolor irremediable que provenía de una enfermedad cardiovascular; no había pasado más de un año desde que se lo había diagnosticado el doctor de la Villa.
A pesar de tener aquella enfermedad, Kendra, madre de dos pequeños hijos, luchó hasta el final para ver en el rostro de estos dos una felicidad inmensa. Sin embargo, a pesar de ser tan jóvenes, ambos hermanos comprendían a la perfección que con cada segundo que pasaba, su madre se iba, desfallecía por momentos, y ninguno de los dos podían hacer nada al respecto.
Crispy, la enfermera que había pasado la noche en vela observando a Kendra, salió de la sala con un rostro amargo. Dos niños, junto a un par de adultos, esperaban en las sillas del pasillo del Hospital. Anker, hermano mayor de Daenys, no había cerrado los ojos desde que llegaron a aquel centro; ni un pestañeo, muy al contrario que su hermana pequeña de siete años, Daenys, cuyo sueño superó las ganas de esperar a su madre.
Todos sabían la noticia, sin apenas pronunciar palabra alguna. El pequeño de ojos verdes desvió su mirada hacia otro lugar, reprimiendo un gesto de dolor al conocer que su madre había muerto hacía un par de minutos. Ni si quiera les habían dejado entrar a la sala, eran demasiado jóvenes para llevar aquello en su pensamiento.
— Lo siento… — dijo la joven enfermera—. Kendra no ha podido superar esta noche— al escuchar aquello, Daenys inició un llanto desolado—. Pequeña… no llores. Tu madre ha sido muy, pero que muy fuerte. Y tú debes aprender de ella—se arrodilló enfrente de ella para calmarla.
El día pasó muy rápido y ya eran las dos de la tarde. Anker y Daenys estaban en el comedor del Hospital a la espera de que Quika les trajese algo para comer. En un ataque hambriento, Daenys se levantó y buscó una pieza de fruta para calmarla. Pero ninguna llamaba su atención, simplemente había plátanos, naranjas… pero ella quería una manzana.
Cuando quiso darse cuenta, en una esquina de la sala, había una puerta donde ponía prohibido pasar. La curiosidad le mató y quiso saber qué había allí. Así pues, se acercó a la puerta y lentamente la abrió.
La sala era extremadamente enorme y allí había todo tipo de manjares. Jamás había visto tanta comida junta, y el hambre volvió a hacerse presente en su cuerpo. Entró poco a poco y agarró un montón de manzanas que había al lado de la puerta. Salió sin que nadie se diera cuenta, para volver al lado de su hermano, el cual había estado sin decir ni una palabra durante todo el día.
— ¿Quieres una?— le ofreció la pequeña de ojos verdes; pero Anker no movió ni una pestaña para responderle.
Al no recibir respuesta alguna, la pequeña decidió comerse una de las manzanas que había cogido. Y, aunque una de ellas estuviera muy agria y con un extraño sabor, se quedó completamente llena y satisfecha…
...
Y ahí estaba la razón principal de esa habilidad. Al recordarlo todo tal y como había sucedido, miró a Quika con los ojos en blanco. La anciana negaba con la cabeza una y otra vez, pensando en que la vida de la niña cambiaría a partir de ahora, una vida que todavía no estaba muy bien definida.
