Capítulo 2: Noticias inquietantes.
Harry entró en el Ministerio muy contento y relajado. Ese fin de semana había sido casi idílico, y pensaba "casi" porque las noticias que le había traído Malfoy le habían causado cierto desasosiego, que con el paso de las horas, se había calmado un poquito. Harry tenía la esperanza de que quizá Draco estuviera exagerando con el tema de esos dos mortífagos y que todo podía quedarse finalmente en una falsa alarma. Pero su corazón y su razón le empujaban a estar alerta. Sentía que algo no andaba bien. Trató de despejar las oscuras nubes de su mente y sonrió. Pero la sonrisa le duró los dos minutos que tardó en llegar a su despacho. En la puerta le estaban esperando varios de sus compañeros, con semblante de funeral.
- ¿Qué pasa, chicos? – preguntó Harry, animado.
- ¿No has leído El Profeta esta mañana, Harry? – respondieron ellos, asombrados.
- Yo no leo esa basura – Harry sintió que ya le habían aguado la mañana. Cada vez que escuchaba hablar de ese periodicucho, la ira y el desprecio le embargaban. - ¿Qué demonios ha pasado? ¡Contádmelo y dejaos de tonterías!
- Se trata de Kingsley – comenzó uno de ellos – esta mañana ha sido apuñalado repetidas veces por un par de desconocidos.
- ¿Kingsley? ¿Apuñalado? ¿Qué es eso de apuñalado? – Harry estaba atónito - ¿Qué hacía Kingsley en los barrios muggles?
- No estaba en los barrios muggles, Harry – repuso un compañero, asustado – el intento de asesinato ha sucedido en las inmediaciones del Ministerio. – Harry no daba crédito a lo que estaba escuchando – lo ha encontrado Smiles por casualidad – dijo, señalando a uno de sus compañeros – estaba tirado en la parte trasera, junto a los contenedores de basura.
- Escuché gemidos – interrumpió Smiles, todavía conmocionado – Al principio pensé que se trataba de un gato lastimado. Di la vuelta para comprobarlo y le encontré allí, tirado entre basura, cubierto de sangre.
- ¿Está… muerto? – preguntó Harry, por fin, temiendo la respuesta.
- No, Harry, está en San Mungo. Está consciente, pero los médicos temen por su vida. Han sido varias puñaladas y alguna de ellas ha afectado a partes vitales.
- ¡Me voy a San Mungo! – Gritó Harry mientras salía por la puerta a todo correr - ¡Esto es grave! ¡Extremad la vigilancia tanto dentro como fuera del Ministerio! ¡Detened a cualquier persona que encontréis merodeando por las inmediaciones y os parezca sospechosa! ¡Ya tendremos tiempo después de pedir disculpas si nos equivocamos! ¡Pero la integridad del Ministerio es prioritaria! – desapareció como una exhalación.
- Es un líder nato – reflexionó Smiles hacia sus compañeros – No me ha dado tiempo de transmitirle las órdenes de Kingsley, pero no hace falta. Él mismo se las dará de primera mano.
- Tienes razón – comentó otro de ellos – Hagamos lo que dice y esperemos noticias. No creo que tarde en volver.
&
Ron se levantó de la cama como si no hubiese dormido nada. Realmente así había sido. Rose había pasado todo el día anterior con alta fiebre y aunque durante la noche parecía haber remitido un poco su enfermedad, Hermione y él no habían podido descansar. Se habían turnado para ir a la habitación de su hija cada media hora para ver cómo se encontraba y si necesitaba atenciones. Al final la niña sí había descansado pero ellos se sentían destrozados. El pelirrojo se dirigió a la cocina, donde ya su esposa estaba terminando de desayunar para marcharse al trabajo. Al verlo entrar, Hermione le dirigió una sonrisa cariñosa, que le embelesó y eliminó como por arte de magia parte del cansancio acumulado.
- Buenos días, amor – le saludó ella, mirándole con adoración a pesar de la mala pinta que llevaba él. Le ofreció tostadas con mantequilla y un zumo de melocotón, que él aceptó, agradecido – no he querido despertarte, para que descansaras unos minutos más antes de ir al entrenamiento. Te iba a avisar antes de marcharme. Tu padre ya se ha llevado a la niña para que pase el día con tu madre – él le devolvió la sonrisa, enamorado.
- ¿Sabes que eres la esposa más guapa, atenta y maravillosa que conozco? – la abrazó, mimoso.
- Como si hubieses conocido otra – respondió ella, fingiendo reproche – que no me entere yo de que me ocultas algo, Ron Weasley.
- OH, Herms, qué injusta eres, trataba de echarte un piropo… - parecía un gatito abandonado.
- Lo sé, tonto, pero me encanta hacerte rabiar… Ya sabes cuánto te amo.
- Yo más, mi vida.
- No, yo más, amor.
Ambos se quedaron mirándose mutuamente y de pronto estallaron en carcajadas. "Hay cosas que nunca cambiarán", pensaron, encantados.
De pronto, a Ron le llamó la atención una imagen en movimiento que había en el periódico El Profeta, que Hermione había dejado encima de la mesa, todavía sin leer: en primer plano aparecía un hombre tirado en el suelo, cubierto de sangre, al que Ron creyó reconocer.
- ¿Ese no es Kingsley, el jefe de Harry? – llamó la atención de Hermione, alterado, mientras engullía su desayuno de forma voraz.
- A ver… - respondió su mujer a la vez que le quitaba el periódico de las manos – Sí, es Kingsley, sin duda. ¿Qué habrá sucedido?
- Ahora no tenemos tiempo de leer la noticia – dijo el pelirrojo, dándose cuenta de que a ambos se les estaba haciendo tarde – Mejor visitaré a Harry después del trabajo. Él nos informará de primera mano. ¿Sabes, amor? – Dijo a su mujer, con cara de tristeza – Echo de menos a Harry – su mujer le miró, sorprendida – Es cierto, cariño. Últimamente, siempre que le veo estamos rodeados de gente – Hermione le lanzó una mirada de reproche – No es que me moleste que Ginny y tú estéis con nosotros – se apresuró a añadir Ron – tan sólo es que echo de menos una buena conversación entre hombres.
- Para haceros los machos, dirás.
- ¿Y qué otra cosa podemos hacer? – Le reprochó él, en tono de broma - ¡Nos tenéis completamente dominados!
- Como debe ser, maridito – ronroneó ella, abrazándole y dándole un tierno beso en la mejilla.
- ¡No hagas trampa! ¡Manipuladora!
- No me engañas, mi vida. Lo que más os gusta de nosotras es que os manipulemos a nuestro antojo, que os usemos, haceros nuestros… - mientras le decía esto, le daba besos en el cuello, completamente pegada a su cuerpo.
- Sí, sí… Lo que tú digas, mi vida… - respondió él, hechizado.
- ¿Ves como es cierto? – se separó de él, entre risas.
- Esta noche vas a tenerme que explicar todo esto, no te escaparás.
- ¿Quién quiere escaparse?
- ¡OH, Merlín! – esta noche debe ser para nosotros. Espero con toda mi alma que Rose vuelva a estar sana hoy, o me moriré sin remedio… por ti.
- Eres un cielo, mi vida – le dio un último beso, antes de marcharse a trabajar – Por cierto – reflexionó ella en el último momento – Queda con Harry. Os hará bien a los dos. – Marchó guiñándole un ojo, con picardía.
- Esta mujer me vuelve loco – dijo Ron para sí mismo antes de irse al trabajo también.
&
Harry entró corriendo en San Mungo. Se dirigió a recepción y, alterado, preguntó:
- ¿Dónde puedo encontrar al Jefe de Aurores, el Sr. Kingsley?
- Nadie puede verle. - le respondió una enfermera sin dignarse siquiera a mirarle – Está incomunicado en prevención de un nuevo ataque. Así que márchese por donde ha venido.
- Escúcheme – comenzó Harry, en un tono aparentemente amable pero que encubría una amenaza – O me dice dónde está o yo mismo le buscaré, y eso no creo que le agrade… - terminó con una sonrisa maquiavélica.
- A mí no me venga con… - comenzó ella, alzando su vista finalmente para encararse con el descarado que estaba cuestionando su autoridad – ¿Sr. Potter? – le miró sorprendida, atragantándose. Harry le ofreció una sonrisa, esta vez de conciliadora. – Perdone, Sr. Potter, creí que era uno de esos periodistas que no paran de importunar. El Sr. Kingsley dejó bien claro que si usted venía a verle, le dejásemos pasar de forma prioritaria.
- Eso está mejor. ¿Dónde puedo encontrarle?
- ¡Harry! – Escuchó, de pronto – Esperaba tu llegada – un sanador le estrechó la mano con un apretón cordial, casi sin darle tiempo a reaccionar – Allí donde hay asuntos de aurores, está Harry Potter.
- Smith – respondió Harry, finalmente, al apretón - ¡Cuánto tiempo sin verte! Nos prometiste que vendrías a casa a visitarnos y no lo has hecho.
- Perdona – se disculpó el otro, sintiendo culpabilidad – No creí que me estuvieseis invitando en serio. Casi todos los pacientes lo hacen cuando les curamos alguna enfermedad. Es una forma de agradecimiento, pero no suele decirse de corazón.
- ¿Cómo puedes decir eso? – Casi se ofendió Harry - ¡Salvaste la vida de mi esposa, devolviéndome la felicidad! ¡Te lo debemos todo, Smith!
- No me debes nada, Harry, ni tú ni nadie. Ese es mi trabajo.
- Es cierto que tu trabajo es sanar a la gente, pero tú luchaste contra la enfermedad de Ginny sin rendirte jamás, incluso cuando la sensatez decía que no había nada que hacer y su familia casi habíamos tirado la toalla. Tú nos diste esperanzas y finalmente la salvaste. Creíste en tu trabajo y lo cumpliste con éxito. No todos tus compañeros de profesión pueden decir lo mismo de sí mismos.
- Agradezco de corazón escuchar estas palabras, Harry – le dijo el otro, azorado – y te prometo que un día que tenga libre iré a visitaros y a ver cómo han crecido esas ricuras que tienes por hijos. – Pero no has venido por eso, me temo. Ven, te llevaré a la habitación de tu jefe. – Ambos desaparecieron por uno de los pasillos.
- Kingsley – saludó al herido cuando por fin entró en su habitación - ¡Tienes buen aspecto!- trató de animarle, mientras ocultaba el profundo impacto que le había causado su estado de salud. Yacía prácticamente desnudo, cubierto por una sábana de cintura para abajo. El resto del cuerpo estaba cubierto de vendas, algunas de ellas con pequeñas manchas de sangre, que seguía supurando de las heridas. Tenía la cara hinchada y amoratada en varios sitios y tan sólo era capaz de ver a través de su ojo derecho. El izquierdo prácticamente estaba oculto tras la hinchazón.
- No me jodas – bufó el otro, tratando de sonreír, pero el dolor que le producía cualquier movimiento hizo que se arrepintiera de haberlo intentado – Esta vez me han jodido bien, Harry.
- ¿Cómo ha sido? ¿A quién tengo que hacérselo pagar? Dímelo y te juro que esta noche dormirá en Azkaban – le pidió Harry, completamente serio y decidido a cumplir su promesa.
- No sé quién ha sido, Harry. Tan sólo tuve tiempo de entrever a dos hombres, cubiertos con sendas capuchas, que se abalanzaban sobre mí. Mientras uno me inmovilizaba a conciencia, el otro se dedicó ha hacerme esta obra de arte. – Era bueno que no hubiese perdido el sentido del humor – No me registraron en busca de dinero, ni me dijeron una palabra. Su objetivo era yo, querían matarme. Y tengo que admitir que eran profesionales. Aunque lleve años siendo una rata de oficina, todavía conservo mis facultades y no es nada fácil sorprenderme de esta manera. Tan sólo me salvé porque fingí haber muerto, por nada más. Ralenticé los latidos del corazón y contuve la respiración hasta que casi exploté. No me costó demasiado, realmente me encontraba más en el otro mundo que en este.
- Pondremos a todos nuestros agentes en este caso y voy a desempolvar todos nuestros contactos fuera del Ministerio. Estoy seguro de que no tardaremos en hallar algún dato que nos ponga sobre su pista. Esto no quedará así, te lo aseguro.
- Bien, Harry, haz lo que consideres oportuno, pero no enfoques todas nuestras fuerzas en encontrarles. El Departamento de Aurores debe cumplir con su trabajo principal: proteger a todos los ciudadanos y garantizar su seguridad en la medida de lo posible. Yo tan sólo soy un ciudadano más. No lo olvides. En cuanto vuelvas al Ministerio, quiero que tomes posesión de mi despacho y organices el Departamento para que siga funcionando con total normalidad.
- ¿Tomar posesión de tu despacho? Puedo encargarme del asunto desde el mío.
- Vamos a ver, Potter – le dijo el otro, con paciencia – si vas a ser el nuevo Jefe de Aurores en funciones, debes dejar bien claro desde el principio quién manda en el Departamento.
- ¿Quieres que yo…? – preguntó el moreno, totalmente sorprendido.
- ¿Me vas a decir que te hice venir de Australia porque eres el peor auror que he conocido… y con la cantidad de buenísimos aurores que teníamos aquí? – le respondió el otro, con sorna – Vamos Harry, esto tenía que llegar, aunque yo no esperaba que fuese tan pronto, ¡joder!
- Pero mis compañeros…
- Todos lo saben ya. Creía que Smiles te lo habría contado y que habías venido a hablarme sobre ese asunto.
- Nada más enterarme vine corriendo, Kigsley. Prácticamente no hablé con Smiles ni con ninguno de los demás – se disculpó el auror – estaba frenético por conocer tu estado en persona y que me dieses información para atrapar a esos hijos de puta.
- Te lo agradezco – le dijo de corazón - ¡Pero ahora ve a cumplir con tu deber! ¡El Departamento de Aurores es el orgullo del mundo mágico! ¡Vamos! ¿A qué esperas? Aquí estoy atendido por profesionales y tú molestas más que otra cosa. – Harry le miró, con reproche.
- Sí, señor. Cuando vuelva al Departamento se sentirá orgulloso de mí – le respondió de forma marcial, cosa que nunca hacía con él, ya que eran conocidos desde hace mucho tiempo y Kingsley había enseñado a Harry alguno de sus trucos.
- A ver si es verdad – le respondió, con dureza – Ah, y Harry – le llamó cuando el otro ya había dado por terminada su conversación y se disponía a marchar – Confío en ti.
- Gracias, Kingsley – le dijo, ofreciéndole una sonrisa – Cúrate cuanto antes.
&
Harry se sentó en el sillón del despacho de Kingsley y observó la mesa. Era típica: había documentos ordenadamente apilados al fondo, pendientes de comprobación. Varios expedientes sobre los últimos casos que estaban investigando figuraban en el centro, en primer plano. Una pluma reposaba encima de ellos. Le llamó especialmente la atención una foto de la familia de Kingsley, que le sonreía desde la izquierda. El corazón se le encogió. En resumen: el despacho de Kingsley era, a efectos prácticos, igual que el suyo propio, aunque un poco más ostentoso. Pero Harry se sentía extraño. Todavía no se había hecho a la idea de que, durante unos cuantos meses (ya que las heridas de su jefe tardarían en sanar, pues habían sido producidas por artefactos muggles, sucios y primitivos, pero inmensamente destructivos), iba a estar al frente del Departamento de Aurores de Inglaterra, uno de los más famosos, eficientes y eficaces de todo el mundo mágico. Sentía una mezcla de alegría y tristeza por igual. Él hubiera deseado que los acontecimientos se desarrollasen de otra manera. Pero no había nada que hacer. Todos sus compañeros le habían felicitado. Hace casi un año, cuando llegó al Departamento, todos asumieron que el auror más famoso que existe acabaría teniendo un puesto de renombre y responsabilidad. Ya no sólo por la buena publicidad que eso da al Departamento en sí, sino porque sus propios éxitos le preceden: hasta la fecha, el caso en el que Harry James Potter ha intervenido, se ha resuelto con un éxito rotundo para el Departamento de Aurores implicado. Es el hombre más inteligente, osado y testarudo de todos ellos. Jamás se conforma con un fracaso, ni siquiera con un éxito a medias. Hubo quién lo aceptó a regañadientes, pero todos tuvieron que reconocer las increíbles dotes de su colega y finalmente decidieron hacer buen uso de ellas sin celos ni rencores, al menos en apariencia.
Tratando de ordenar sus ideas para impartir las órdenes necesarias, Harry se levantó y comenzó a caminar por el despacho. Se detuvo ante un espejo de pared y observó la habitación a través de él. Sin darle tiempo a reaccionar, se vio sorprendido por el reflejo de una faz que no era la suya. Dio un respingo. La cara le sonrió, visiblemente divertida.
- ¡Si vuelves a hacerme esto sin avisar te parto la cara! ¡Capullo! – gritó Harry, muy enfadado.
- Vamos, Potter. – me jugaría la vida tan sólo por volver a ver la cara de pringado que has puesto – respondieron desde el espejo, con una risotada.
- ¡Malfoy! ¡No vengas a tocarme las narices porque hoy no estoy para aguantar tus tonterías! ¿No había otra forma de ponerte en contacto conmigo?
- Sabes que no. No puedo aparecer dentro del Ministerio. Ya conoces las estrictas medidas de protección que tenéis instaladas contra eso. Por cierto, las noticias vuelan. Ya todo el mundo sabe que eres el flamante nuevo Jefe de Aurores. Qué oportuno. Esto favorecerá nuestras indagaciones.
- ¿Piensas alguna vez en alguien que no seas tú mismo y tus propios intereses? – le provocó el otro, todavía enfadado.
- Pienso en acostarme contigo todas las noches – se burló el otro – Lo de esta mañana pinta mal, Harry – cambió de tema, poniéndose serio – ese es el tipo de trabajo que entusiasma a Leman y Horts.
- ¡Pero ha sido perpetrado con medios muggles! – objetó Harry.
- A ellos les importa una mierda cómo asesinen. Es más, cuanto más variados y retorcidos sean sus métodos, más disfrutan. Te lo puedo asegurar.
- Pero si lo que intentan es introducirnos en el mundo muggle, ¿para qué les sirve poner a la opinión pública en contra de los muggles? – se extrañó Harry. Algo no estaba encajando bien en todo ese asunto.
- Eso no lo sé, Harry. Tan sólo te aviso: yo no descartaría a estos dos como supuestos asesinos. Es más, los pondría los primeros de la lista a investigar. Hazme caso, sé lo que digo.
- Haré como dices, Draco. Te mantendré informado.
De pronto, una voz se escuchó detrás de la puerta cerrada del despacho.
- ¡Harry! ¿Estás ahí? – Llamó Nadia, que seguía ejerciendo como secretaria de Harry a pesar de su embarazo - ¡Harry! ¡Me ha parecido escuchar la voz de Draco! ¿Está contigo? ¿Puedo entrar?
- ¡Espera un momento, Nadia!– respondió Harry, tratando de no dejarla entrar – Por favor, desaparece – pidió al otro en un susurro – no es momento de tener que dar explicaciones sobre porqué no has solicitado hablar conmigo personalmente, como las personas "decentes", te has aparecido en el espejo de Kingsley y yo no he dado la alarma. Y todavía es más difícil explicárselo a tu novia, con lo mal que nos llevamos, sobre todo delante de ella.
- Tienes razón. Te informaré si tengo novedades, Potter. Y lo mismo te pido.
- Yo siempre cumplo mi palabra – terminó Harry, molesto.
Una vez la efigie de Draco se hubo esfumado del espejo, Harry esperó unos segundos para dar permiso a Nadia para que entrara y cuando lo hizo, él fingió haber estado analizando un expediente de suma importancia.
- Hola, Nad. Dime ¿qué necesitas? – le sonrió, afable.
- ¿Estaba Draco contigo? – preguntó ella, mirando escrutadoramente hacia todas partes.
- Malfoy, ¿conmigo? ¿Para qué coño tendría que estar aquí ese capullo?
- No empecemos, Harry. He escuchado voces y entre ellas me ha parecido oír la de Draco. Pero tienes razón. Si hubiese venido, lo habría hecho para hablar conmigo y no contigo. Contigo tan sólo discute. – Harry le sostuvo la mirada de forma beatífica, como si jamás hubiese roto un plato - ¿Con quién hablabas?
- Nadia, como puedes ver, estoy totalmente solo. Las voces no procedían de aquí. Ya sabes que este edificio es muy viejo y que las paredes a veces dan eco de conversaciones que se producen en despachos bastante distantes entre sí.
- Será eso – aceptó Nadia, ante la evidencia, porque no tenía más remedio, pero no quedó totalmente convencida.
- Nadia, estás obsesionada. Ya ves y oyes a Malfoy en todas partes… ¿Qué te pasa?
- ¿A mí? - preguntó ella, aparentemente sorprendida – Nada. Por cierto, Sr. Jefe de Aurores, felicidades por tu ascenso. – trató ella de desviar la conversación hacia otros derroteros.
- A otro perro con ese hueso, Nadia. Sabes que es provisional. Y no me cambies de tema. Te conozco demasiado bien y cuando tratas de liarme es porque he dado en el clavo. ¿Qué sucede? ¿Tienes problemas con el tipo ese? – le insistió Harry, con una mirada dura.
- No es algo que te interese – ella trataba de evadir el tema por todos los medios posibles – Si tenemos problemas o no es algo que queda entre él y yo.
- No pretendía entrometerme – le dijo él, anonadado – sabes que te adoro, Nadia. Tan sólo me intereso por tu bienestar. Pero si es lo que deseas, no volveré a preguntar.
- No es eso… - se arrepintió ella por haber tratado a su amigo con tanto desdén – Sabes que tu cariño y tu preocupación son importantes para mí…
- ¿Entonces? – insistió él, más preocupado todavía.
- Está bien, pesado. Hablaremos de esto. Pero no aquí. Esta tarde me pasaré por tu casa. Pero te advierto una cosa: escuches lo que escuches, que la conversación no salga de tu despacho. ¿Entendido?
- No voy a prometerte nada, Nad, porque no creo que entre nosotros sea necesario. – Le habló él, con cariño - Soy tu hermano, ¿o no?
- Por supuesto – sonrió ella por primera vez en toda la conversión, siguiendo la "broma" privada de ambos.
- Por cierto. ¿Cuándo vas a cogerte la baja?
- ¿Le resulto inútil, Sr. Jefe de Aurores? – respondió ella, ofendida.
- Deja ya de estar a la defensiva. Tengo planes para ti. Escucha atentamente porque esto es lo que hay y nada de lo que digas o hagas me hará cambiar de opinión. No vas a volver a trabajar en mi Departamento, repito, no vas a volver a trabajar en mi Departamento, a no ser que tengas el título de Auror. Así que vas a coger la baja ya mismo, remunerada, por supuesto, yo me encargo de eso. Vas a salir por esa puerta, y te vas a inscribir en el Curso de Aurores, el cual vas a aprovechar al máximo porque cuando vuelvas a traspasar esta puerta, y esté quien esté detrás de esta mesa de despacho, te echaré de una patada a la calle si no vienes con el título de Auror. ¿Me has entendido? Si he de permitir que arriesgues tu vida, al menos que sea con la formación necesaria – terminó él, resignado a saber que ella jamás se marcharía del Departamento y que seguiría involucrándose en las misiones más peligrosas.
- ¿Es esa su última palabra, Sr. Potter? – preguntó ella, sorprendida y ofendida por igual.
- Lo es – aseguró él, más firme que nunca.
- Bien, recogeré mis cosas. ¡Y puede que no vuelva nunca! – le gritó en un arranque de ira.
- Eso depende de usted, señorita Puddle – respondió Harry, harto ya de su rebeldía.
Nadia salió sin decir ni una palabra más, dejando a Harry dolido, pero para nada arrepentido por lo que había hecho. Estaba convencido de que la decisión que había tomado era la mejor para ella y que algún día esa testaruda se daría cuenta. No estaba dispuesto a permitir que, con un hijo del que cuidar, ella siguiera jugando a ser auror con total impunidad. O era auror o no lo era, pero los jueguecitos se habían terminado.
- ¡Por Merlín! – Se lamentó Harry, preocupado - ¿Por qué todo tiene que ser tan complicado? – sin darse cuenta, se frotó el pecho. Durante un segundo, le había traspasado una punzada de dolor, dejándole casi sin aliento. Se recuperó al momento y lo olvidó, sin darle la menor importancia. Tenía demasiados asuntos que resolver.
Notas:
Infinitas gracias a todos los que habéis enviado reviews, me han hecho muy feliz, especialmente el de Joanne. Me emocioné tanto al leer su review que de poco me da algo. Gracias, maestra. Va por ti. Espero que os guste este segundo capítulo. No he tenido mucho tiempo para revisar la gramática, ojalá no se haya colado de por medio nada demasiado raro . La verdad es que me estoy implicando mucho con este fic. Me pongo a escribir y no pararía, pero casi no tengo tiempo que dedicarle, por el trabajo. No sé si podré seguir actualizándolo a este ritmo, pero lo intentaré. Por favor, seguid con los reviews, dadme vuestra opinión.
Ginevre.
