Disclaimmer, aclaraciones, etc: Assassin's Creed le pertenece a Ubisoft, así mismo los personajes de la serie. Este fic está contextualizado en el ambiente del juego, pero narra historias de personajes originales c:
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NOTA: Los capítulos pueden resultar muy largos para lo que es habitualmente visto en FF. Por eso mismo están divididos en dos o tres partes cada uno. Para comodidad de los usuarios (?), pueden darse cuenta por las líneas grises divisorias. No quiero ni puedo hacer más cortos los capítulos D: Aprovechen la línea para leer hasta cierto punto y así en caso de que no puedan hacerlo de corrido.
Capítulo I
Constantinopla – 7 de Julio de 1511
Apenas pasaban pocas horas desde la salida del sol. El tránsito por las calles estaba ajetreado, no importase donde estuviera uno parado, siempre se encontraría con un mercader o un comprador a la vista. Sin importar su status social, cientos de personas recorrían las calles de la gran Constantinopla, la capital del Imperio Otomano. Muchos actuaban casi automáticamente, ignorando el calor del entrante verano y pagando, tomando cosas y guardándoselas, para pasar al siguiente puesto. Era una postal diaria, incluso en días de lluvia estas personas no detenían sus tareas, pero, esta imagen que muchos pintores tomaban como inspiración, tenía, en ocasiones, ligeras diferencias, como lo era ahora un joven hombre que avanzaba encapuchado entre la multitud.
Este particular artículo de su vestimenta era el que lo hacía un poco más notorio que el resto, acompañado también de sus ropas que estaban entintadas principalmente en un blanco que, en algunos rincones rosaban el gris. Un par de fajas y cintas azules y plateadas rodeaban sus brazos y cintura, al igual que algunos detalles menores en naranja. No era un traje opulento, pero si era completamente diferente al de cualquier otro habitante normal. Este joven era un asesino, un servidor de la luz y la libertad.
¿Cuál era la historia de los Asesinos en Constantinopla? Eso no es algo de lo que me responsabilice contarles, pero ya llevaba su tiempo. Este joven, del cual apenas se distinguía la mitad de su rostro debajo de sus ropas, y por donde también se asomaban algunos de sus cabellos negros, llevaba ya un par de años viviendo bajo el credo de los asesinos, y le dedicaría cada parte de su vida al mismo, como en este momento, que se encontraba en medio de un patrullaje.
Oh… ¿Patrullas? Si, a veces eran completamente necesarias. Hace ya pocos años, la situación en Constantinopla no era del todo tranquila, no al menos a los ojos de sus habitantes. Una lucha estaba escondida debajo de los problemas políticos, una lucha que ya llevaba varios siglos y que quién sabía por cuantos más perduraría. No estaba permitido involucrar a los ciudadanos en ella, para nada, había que protegerlos de la misma, cualquier disturbio que pudiera ser resuelto dentro de los límites de los asesinos, requería una intervención directa, y muchas veces esto significaba el derrame de sangre… enemiga.
Ya fueran otomanos o bizantinos, o hasta incluso cualquier otro habitante o persona que se pasara por la ciudad, si estaba bajo la lista de enemigos y atacantes de la libertad, los asesinos se encontraban en permiso de trabajar. Por suerte, en los últimos días, nada extraño estaba sucediendo, ningún suceso grave o que se fuera de los límites de los aprendices. Oh, queda decir que este joven asesino era un aprendiz. Si se encontraba algo que excedía sus capacidades, debía comunicárselo inmediatamente a sus superiores para luego recibir las órdenes de cómo actuar a continuación.
El joven atravesaba el Gran Bazar, fundiéndose entre la gente, logrando disimular su particular aspecto, al cual algunas personas ya estaban acostumbradas, e incluso agradecidas.
Al final del pasillo se distinguía la luz del sol del próximo mediodía, escabulléndose entre docenas de figuras humanas que avanzaban de un lado al otro, con tranquilidad, normalidad, algunas con un poco de prisa, pero nada que tuviera que llamar la atención del joven encapuchado. Nada al alcance de su vista, pero si al de su oído.
-¡Cuidado! –exclamaba una mujer a lo lejos. Poco a poco, se acrecentaba el murmullo de las personas, que con los segundos se convertían en gritos y todos volteaban a ver qué era lo qué sucedía.
-¡Ahh! –gritó un hombre al caerse de un tropiezo intentando hacerse a un lado.
El joven notó como varios otomanos se hacían a un lado al mirar a sus espaldas y se pegaban a las paredes de los edificios, apuró el paso y salió de los conductos del Bazar, pero sin salir de la muchedumbre que se mantenía quieta, expectante a la llegada del origen de tanto revoloteo.
Pronto apareció.
Una figura verde brillante pasó delante de la vista de las personas allí reunidas, varios se hicieron a un lado esperando no ser golpeados por esta persona que iba a gran velocidad, perseguida, con unos metros de diferencia, por varios bizantinos. Esto no era para nada normal…
El joven se adelantó con cuidado entre los ciudadanos que miraban hacia todos lados y hacían conjeturas entre ellos.
-¿Qué era?
-¿De dónde salió?
-Seguramente robó algo.
Al asesino poco y nada le interesaban los motivos de aquella figura claramente humana que había pasado frente a sus ojos, estaba siendo perseguida por bizantinos… Y los miembros de esta facción solo atacaban a ciertos otomanos precisos o a los de su gremio en si… No debía pensarlo siquiera una vez. Miró a su izquierda, en dirección al pasillo por el cual había desaparecido el grupo y se dirigió hacia allí, para pronto desaparecer entre las sombras de los altos edificios.
Para seguirlos, solo le hizo falta avanzar por entremedio del los pasillos que formaban las personas al apartarse a un lado al paso de aquellos que corrían. Era su única pista para ir detrás de ellos… hasta que, de repente, el camino se deshizo y el joven se encontró sin guía alguna.
Corrió lo más rápido que pudo hacia adelante, hasta dar a un pasadizo oscuro y casi sin personas a la vista. Dio un salto a un costado y se trepó de una ventana, elevó su mano, luego la otra, y en menos de dos segundos ya se encontraba sobre los techos de las viviendas de Constantinopla. Le resultaría mucho más fácil hallar a su grupo de bizantinos de esta manera. Realizó una fugaz revisión de sus alrededores, no parecía haber patrullajes enemigos cerca, por lo que apresuró el paso hacia una alta edificación de antigua procedencia y la subió utilizando sus manos nuevamente, al final, se ayudó del gancho de su muñeca para dar el último estirón y situarse, finalmente, en los bordes del edificio.
-¿Dónde…? –musitó, para pronto apartar la vista a un lado, dónde un águila planeaba a pocos metros y le graznía, llamándolo. El águila descendió con sus alas extendidas y el joven encapuchado la siguió con la vista, un destello verde, acompañado de algunos rojos, le confirmó que allí era donde debía dirigirse. Extendió sus brazos a los lados y dio un salto de fe, para caer entre los arbustos del patio trasero de un pequeño hogar.
Avanzó unos metros, con cautela, y dejando salir de debajo de sus prendas su hoja oculta, que brilló al sol. Sobre él, el águila posaba al borde del techo y miraba expectante la escena, haciendo su cabeza a un lado y al otro, para fijarse de una vez a su derecha, a un pequeño cubículo conformado por cuatro paredes cerradas y sin techo dejaban ver a la figura verde arrinconada y rodeada por los tres bizantinos. Uno estaba levemente más adelantado que los otros dos, que portaban sus espaldas en dirección a la figura.
El joven se aproximó en silencio y se detuvo a unos metros. Analizó a la figura. Por su altura y contextura, parecía ser una mujer. Estaba completamente cubierta por una tela verde oscura, similar al color de las más frescas hojas, con detalles y bordados en dorado por todos lados. La tela le envolvía también su cabeza y su cuello, y terminaba alrededor de este. Pero lo más llamativo era su rostro, que se encontraba escondido detrás de una máscara de estilo veneciano…
-¿Italiana? –pensó el joven con sorpresa. No podía saberlo, y tampoco debía dedicarse a averiguarlo, no en ese momento. Debía ayudarle.
-Vamos, dinos –le dijo el hombre del medio a la figura, con un tono completamente amenazador y levantando su espada al mismo nivel que los otros dos.
La figura se mantuvo en silencio y dejó asomar de entre sus ropas un claramente filoso cuchillo que posiblemente pertenecía a un carnicero. Esto llamó todavía más la atención del joven asesino. Todo estaba fuera de la lógica, aquella persona no era un habitante cualquiera.
-Oh… -exclamó el hombre, fijando su atención en el cuchillo, pronto volvió a fijar su mirada en aquella que se ocultaba detrás de los oscuros secretos de la máscara de origen extranjero - ¿Así que vienes mejor de lo que esperábamos? ¿Te crees que con tu cuchillito vas a poder hacer algo con nosotros? ¡Hagan el remate! –concluyó, señalando a la figura, que se pegó a la pared y elevó sus brazos, esperando el ataque.
Pero este nunca llegó.
Uno de los hombres cayó al suelo con una figura blanca encima de su espalda y una cuchilla atravesándole el cuello. Los tres restantes, incluyendo la de verde, voltearon a verle.
-¡Asesinos! –Exclamó el que dirigía- ¡Matadle!
El otro hombre se arrojó sobre el joven de blanco elevando su espada en lo alto, pero el asesino se hizo a un lado antes de que lo golpearan y sacó una cuchilla de entre sus pertenencias, alrededor de su cadera. Volteó rápidamente, para encontrarse con la espalda enemiga y le clavó con fuerza la cuchilla entre medio de los omóplatos. El hombre concluyó su vida dejando salir un suspiro lleno de dolor, cayendo al suelo.
El encapuchado volteó rápidamente, para ayudar a la que creía era una mujer, y se encontró con el tercer bizantino con sangre descendiendo por su pecho y un pequeño brillo asomándose entre sus prendas, con la vista orientada hacia arriba y levemente curvado hacia adelante.
-Ya…veras… -fueron sus últimas palabras antes de desplomarse, dejando ver a la figura de verde con una mano frente a su pecho. El joven de blanco la miró atónito, pero pronto, al ver como la figura se agachaba a sacar el cuchillo del cuerpo, volvió a empuñar su hoja oculta en dirección a ella, esperando que no fuera necesario utilizarla.
La figura se levantó con el cuchillo en una mano. Lo miró, lo dio vuelta, negó con la cabeza y lo arrojó hacia sus espaldas por encima de su hombro. Miró por un segundo al joven, el cual pudo distinguir un par de ojos verdes a través de los pequeños orificios con forma de avellana de la máscara.
-No necesitaba ayuda… -dijo aquella figura, confirmando las suposiciones del encapuchado: era mujer, pero tenía una voz un poco gruesa, y se la notaba bastante disconforme –No vuelvas a molestarme –dicho esto, apartó su vista y se hizo a un lado, acomodando sus prendas. Dió unos pasos y pronto trotó, desapareciendo detrás de la pared.
El joven encapuchado miró por unos segundos a los cadáveres bizantinos y volvió su vista hacia el marco por dónde se había ido la mujer. Avanzó hacia allí con grandes pasos y miró a los lados, la mujer había desaparecido por completo.
Definitivamente, no era una persona cualquiera. Debía avisarle de esto al maestro asesino.
-¿Así que llevaba unas máscara de tu país…? -preguntaba el maestro asesino de Constantinopla, Yusuf Tazim, mientras sostenía su barbilla con una de sus manos y miraba al suelo, apoyado levemente en el borde de la mesa que estaba ubicado en el centro de la guarida de los asesinos, en la torre del Gálata.
-Si –afirmaba el joven, ahora con la capucha baja, en sus hombros, dejando ver por completo sus cabellos negros que concluían en una corta coleta amarrada sobre su nuca. Este le había comentado a su superior lo sucedido, desde que estaba en el Gran Bazar hasta que la mujer misteriosa había desaparecido sin dejar rastro alguno. Le había dicho de cómo le llamaba la atención el hecho de que portara una máscara de origen italiano, su país natal, de su extraña actitud y de que no tenía ni la más mínima idea de por qué estaba siendo perseguida.
-¿Estamos de festival aquí también? –preguntó el maestro, mirando al aprendiz- Quiero una máscaras de esas, seguramente me veré mejor que con una turca.
-Dudo que la consiga –prosiguió el joven de ojos oscuros, marrones, haciendo a un lado las bromas del hombre mayor y intentando añadirle seriedad al asunto –No he visto que las vendad en ningún sitio, y eso que he andado por el Gran Bazar instantes antes.
-Yo tampoco he visto máscara alguna –agregó otro de los aprendices, que se encontraba sentado a un lado de la mesa.
-Y los barcos con exportaciones recién entran la semana que viene –incluyó otro que estaba en la otra punta de la habitación, apoyado contra la pared.
-Así que nuestra extraña señorita debe ser italiana, o…
-Exacto –confirmó el joven- Si no es italiana, posiblemente haya pasado por allí o mínimamente, provenga de ese sitio. Por su calidad y tonos, sus telas tampoco parecían ser otomanas e indicaban que ella pertenecía a una clase pudiente.
-Quizás es una princesa árabe que viaja por el mundo y escapaba de esos viles bizantinos que querían aprovecharse de ella –fantaseó el asesino de la mesa, mirando hacia el techo- Si la rescatamos quizás… Una casa en el campo…
-No debemos fijarnos de dónde proviene ni quién es, estaba siendo perseguida y eso es lo que importa –le reprochó en un castigo el joven de la coleta.
-¿Y qué vas a hacer? ¡No tenemos idea de dónde puede estar! –dijo el hombre de la pared.
Eso era cierto, no tenía ninguna pista para dar con aquella mujer. Incluso, existía la posibilidad de que se fuera de la ciudad y nunca más la vieran. Pero todo un enorme misterio la envolvía, y lo que más le llamaba la atención al joven, era la máscara italiana ¿Cuántos meses habían pasado sin que hubiese escuchado o visto alguien de su propio país? Desde que se hallaba instalado en Constantinopla, seguramente. Pero no solo eso, su actitud, su ingratitud, las palabras de los bizantinos… algo grave debía de haber hecho aquella mujer como para que la persiguieran así. Y, si había matado a un hombre enfrente de sus ojos, y no se había hecho la más mínima molestia en que la vieran, significaba que probablemente estaba acostumbrada a terminar con vidas humanas… Más allá de su interés por aquella blanca máscara, la mujer podría llegar a representar un peligro para los habitantes de la gran polis costera.
-¡Noticias urgentes, noticias urgentes! –gritó otro aprendiz que entraba apresuradamente y agitando los brazos al cuartel del gremio, atravesando el puente que se encontraba en su interior, agitado. Yusuf se apartó de la mesa y se le acercó, le apoyó una mano en el hombro, intentando calmarlo. El hombre, que estaba cubierto con su capucha, apoyó sus manos en sus rodillas y luego de varias bocanadas de aire, prosiguió -¡Mataron a un capitán bizantino en los puertos! –Los demás hombres se sorprendieron y se acercaron a él –Lo encontraron muerto con una cuchilla envenenada en el cuello.
-Pero cómo… -cuestionó el joven de la coleta.
-¿No ha sido ninguno de ustedes, cierto? –preguntó el maestro, volteando a ver a los demás, que negaron con la cabeza, entre sorprendidos y preocupados.
El hombre agitado se fue incorporando lentamente y dirigió un de sus manos a sus pequeños sacos de su cadera. Abrió uno y sacó una tira de cuero que contenía varias cuchillas entrelazadas entre ellas.
-Esto –dijo, enseñando el objeto a los demás- Eran como estas. Se le cayeron a quien lo mató. Yo lo vi, fue… alguien… No sé qué era, si hombre o mujer –Yuzuf tomó el conjunto de cuchillas y las observó sobre la palma de su mano. El joven de la coleta fue el primero que se aproximó a verlas con detenimiento- Pero arrojó una de sus cuchillas a lo lejos hacia el hombre y salió corriendo, un par de bizantinos le persiguieron. Era una figura verde.
-¡Cuenta más! –intervino el joven, que comenzaba a encontrar similitudes con su misteriosa mujer.
-No sé mucho más. Estaba completamente vestido de verde, brillante, si esperaba salir por desapercibido, eligió un mal modista. Intenté seguirle el rastro pero había demasiada gente.
El hombre concluyó diciendo que no sabía más, que corrió varios metros pero que no pudo ver más de aquella persona. Se quedó analizando el puerto unos minutos más, para confirmar que había asesinado a alguien importante y luego volver urgentemente al cuartel, en la otra isla de Constantinopla, para informarles a sus hermanos lo sucedido.
-El puerto… -razonó el joven de la coleta, apartándose del resto y mirando al suelo ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué había matado a un capitán bizantino? ¿Pertenecía a alguna facción? ¿Estaba metida dentro de esa guerra que llevaba siglos? ¿Cómo podía saberlo? Debía encontrarla y preguntárselo cara a cara, aunque no tenía esperanzas de conseguir respuestas luego de ver como se apartaba de él con total indiferencia y molestia.
-Alexandros –dijo Yusuf mirándole, el joven de la coleta se volteó y asintió con la cabeza- ¿La mujer te habló, cierto? –Alexandros asintió- ¿En italiano? –el joven volvió a asentir, luego asombrándose por haber dejado de lado semejante detalle. Estaba confirmado, aquella mujer era italiana. Ahora ¿Qué diablos se encontraba haciendo en Constantinopla?- Entonces te encargarás de esto. Ve a patrullar el puerto, si esta señorita resulta peligrosa y tiene algo que hacer aquí, seguramente volverá a aparecer. Los demás –se volteó a verlos –Estén atentos, quien la vea, debe detenerla y averiguar qué es lo que está tramando. No duden en pedir ayuda.
Los aprendices asintieron al unísono. Alexandros miró una vez más las cuchillas y a su mente vino la imagen de aquella máscara de color blanco que solo dejaba entrever aquel par de ojos verdes. Se dirigió hacia las habitaciones. Tomó un par de cosas y salió del cuartel. Algo le decía que debía ir preparado, se aproximaba un día muy largo.
Docenas de pensamientos surcaban una y otra vez por su mente. Intentaba maniobrar varias hipótesis sobre aquella extraña dama con la que se había cruzado horas atrás. Ahora, la luna se alzaba en lo alto del cielo, reemplazando por un rato al sol, reflejándose sobre las ondeantes aguas de la rama del mar que separaba las tierras, una de la otra. Se encontraba en lo alto de una prolongada torre, cercana al puerto, desde allí podía tener una gran vista del perímetro del mismo. Cabeceaba un poco, se estaba haciendo bastante tarde y aquella mujer todavía no aparecía.
Alexandros se confiaba enormemente en la idea de que la mujer atacaría nuevamente a otro bizantino, los cuales, también se encontraban muy alertas frente a lo sucedido durante el mediodía. Según los informantes del gremio, el capitán asesinado iba a reunirse con otro en la noche, cerca del puerto, pero con lo sucedido, nadie tenía asegurado qué harían a continuación. Sospechaba que, si la mujer volvía a actuar, iría directamente sobre alguien afiliado de alguna manera al capitán que había muerto, pero todos los asesinos desconocían completamente qué podría haber hecho un capitán de tan poca importancia y qué relación guardaría con el otro.
Pero algo llamó enormemente la atención y lo despertó del sueño. Una figura que no era bizantina aparecía escoltado por varios guardias de esta facción, y no, lamentablemente no era la misteriosa mujer de verde, si no que era un otomano, y de alto rango. Llevaba una gran pechera de plata y tenía su espada envainada a un lado de su cuerpo. Los bizantinos no iban con las armas en sus manos, lo que significaba que ese hombre no representaba ninguna amenaza para los otros. Se aproximó al borde de donde se encontraba y siguió con la marcha la vista de ese grupo. Su trayecto fue corto y concluyó con el encuentro de un capitán bizantino que estaba escoltado por otros dos hombres que llevaban espadas sostenidas, con ambas manos, frente a su pecho.
El par de hombres de alto rango se dieron las manos y pronto se lanzaron a caminar mientras platicaban en dirección a uno de los puertos, dónde un enorme barco de desconocía procedencia se encontraba estático.
Desde allí, obviamente Alexandros no podría oír nada de la conversación, y, si bien le llamaba enormemente la atención la relación que debían de mantener esos hombres, debía mantener su puesto, su prioridad en ese momento era la reaparición de la mujer de verde y máscara veneciana, no debía bajar la guardia.
Todo estaba volviéndose cada vez más extraño. La apacible vida que llevaba en Constantinopla estaba tomando un giro, aunque un poco para su alegría. Estaba comenzando a cansarse de las patrullas diarias sin resultado alguno más que detener alguna pelea pequeña y de las misiones de asesinato simples. Él seguía siendo un simple aprendiz, y hasta que no subiera de rango, no lo asignarían tareas mayores, de la cual, la más emocionante, parecía ser defender los cuarteles de asesinos de ataques enemigos. No es que Alexandros fuera un joven aventurero o deseoso de acción, incluso él era el más atento y razonable de los aprendices que se encontraban bajo la tutoría de Yusuf Tazim, pero estaba deseando que algo más complicado y que no necesitase solo de clavarle una hoja a otra persona le sucediese, y esta mujer de ojos verdes se le había aparecido casi como una bendición, pero a la que de ángel le faltaba mucho, y más con esa actitud tan irritante.
El par de hombres escoltados por seis guerreros armados se encontraba al final del puerto, contemplando la enorme embarcación. Uno, el bizantino, elevaba la mano y hacia un ademán de grandeza, mientras el otomano asentía con la cabeza y agregaba algunas palabras.
-Concéntrate… -se dijo para sí mismo el joven que iba encapuchado bajo la luz de la luna. Sacudió su cabeza y se talló un ojo, no debía evitar que el sueño le ganase. Tenía la esperanza de que aquella mujer apareciera para resolver todas esas dudas que le atormentaban la cabeza desde que la había visto.
Miró a sus lados, debía estar pendiente también de que no hubiera guardias en los tejados, con el grado de alarma que tenía aquellos hombres, seguramente debía de haber más defensas que en una noche habitual, pero para su sorpresa, la mayoría estaban a un nivel muy bajo o sobre el suelo. De repente, uno de los hombres que estaban dentro de su rango de vista, por debajo de él, se hizo hacia atrás y desapareció entre las sombras. Pudo distinguir un pequeño destello dorado detrás de él en ese instante ¡Era su señal! Se apresuró a descender de la torre, pero sin tocar el suelo. Se mantuvo sobre un techo hasta que volvió a encontrarse con la fuente de ese destello, que se repetiría, y ahora, acompañado de un llamativo verde.
Se acercó con sigilo pero apuro, saltó del techo sin dejar de observar a los guardias que estaban cerca a él, pero debajo de sus pies y se aproximó hasta allí. La mujer tenía el cuerpo entre brazos de aquél hombre, y lo estaba dejando sin mucha delicadeza en un oscuro rincón al final de pasillo. Llevaba las mismas prendas que con anterioridad, y ni hablar de la máscara blanca que se camuflaba con la luna.
La mujer se detuvo entre las paredes y rebuscó entre sus cosas. Alexandros aprovechó ese instante para ver como los hombres se separaban y el otomano subía al barco. Los guardias estaban volviendo hacia el puerto. Realizó una rápida vista general desde arriba, y notó que la cantidad de fuerzas armadas había aumentado enormemente. Una pequeña patrulla otomana conformada por aproximadamente diez hombres venía marchando desde la otra punta, los ojos de los bizantinos reflejaban desprecio, pero no realizaban ningún acto. El joven bajó su vista rápidamente y notó como la mujer de verde se aproximaba hacia el borde de los edificios con dos objetos brillantes entre las manos, desde allí, al menos para los ojos de Alexandros, eran iguales a las cuchillas que su hermano asesino había recogido horas atrás.
Se alarmó ¿Esta mujer estaba planeando realizar un ataque con tantas fuerzas cerca? Si no huía a tiempo, mínimo iba a resultar capturada, pero si tenemos en cuenta que aquella mujer ya había asesinado a otro hombre, seguramente acabarían con su vida, y con ello, se desvanecerían todas las posibilidades que tenía el joven hombre con coleta de averiguar que hacía una compatriota italiana tan alejada de su país (y ni hablar de andar matando gente como si nada).
Bajó el techo de un gran saltó y cayó a unos metros de la mujer, que se encontraba ya afuera, en la calle, caminando lentamente, levantando su mano con el par de cuchillas entre sus dedos hasta la altura de sus ojos verdes y mirando fijamente en dirección a los hombres que se despedían.
Alexandros se acercó a ella, y mientras lo hizo, le rogó:
-¡No lo hagas! –en italiano.
La mujer se volteó de un susto y lanzó las cuchillas en dirección al joven asesino, que se hizo a un lado rápidamente y volteó a ver como ese par de filosas piezas de metal quedaban incrustadas en la pared.
-¡Tu otra vez! –le dijo la mujer, que pronto volteó a escuchar más voces.
Un soldado bizantino se encontraba a unos metros asomado y al notar a la mujer, exclamó, señalándola y mirando a un lado:
-¡Es la de verde! ¡Está aquí!
-Mierda –dijo la misma mujer, escabulléndose a gran velocidad hacia el interior del pasillo conformado por los dos altos edificios- ¡No estorbes! –gritó empujando a un lado a Alexandros a pasar a un lado del mismo.
-¡Ey! ¡Espera! –dijo él, lanzándose a correr detrás de ella mientras notaba como una buena cantidad de guardias se aproximaban hacia su locación. Al cabo de pocos metros, notó como la mujer subía de grandes saltos un techo y corría hacia el norte, alejándose de él. Le siguió por el mismo camino. Al menos, estaba siendo más astuta que antes, si se mantenían por sobre encima de la altura del mar, tendría menos posibilidades de ser seguidos y escaparían rápidamente. Quería detenerla e interrogarla de una vez, pero tenía una docena de hombres amenazando con terminar con sus vidas, y el joven Alexandros lo que menos quería era morir.
Corrieron varios metros por sobre los techos. La mujer daba buenos saltos pero se le complicaba con aquellas ropas ¿No tendría nada debajo de ellas que no se las quitaba? Si estaba actuando con tanto cuidado y no quería ser detectada ¿Por qué seguía vistiéndolas?
Saltaron por un par de vigas y poco a poco las voces y fuertes pisadas de los hombres que los perseguían fueron disminuyendo. La ausencia de personas normales en la noche los había favorecido para correr con más rapidez y destreza, y la luna los ayudaba con no alumbrar por completo la ciudad costera.
De pronto, la mujer, que en ningún momento había volteado, dio un salto con el que descendió y cayó al suelo, amortiguada por un par de plantas. Se levantó sacudiéndose algunas hojas y volteó a su derecha. Alexandros la siguió sin decirle nada y la mujer volvió a descender una vez más, esta vez por una escalera, hasta finalizar en una pequeña casa abandonada y algo consumida por el tiempo y por el terremoto que había azotado un par de décadas atrás a la ciudad.
Se detuvo cercana a una pared.
-Si no te alejas al que voy a matar vas a ser tú –le dijo a Alexandros, que se detenía a unos metros.
-No pienso hacerte nada, estás en tu derecho de hablar ¿Me entiendes, cierto?
-¡Te estoy hablando en italiano idiota, claro que te entiendo! ¡Ahora aléjate o te cortaré el cuello y te tiraré al rio! –se volteó a verle por encima del hombro. Alexandros se mantuvo en silencio y se aproximó unos metros con cautela. Revisó las manos de la mujer. Notó que no portaba nada en ellas ni en ningún otro sitio, al menos no a la vista. Temía que la mujer sacara cuchillas o alguna otra arma y lo matara, pero Alexandros extendió las palmas de su manos a los lados de su cuerpo para demostrarle que no estaba para nada armado (aún así sabía que tenía su hoja oculta, pero nuevamente, esperaba no tener que usarla).
-¡Como estorbas! –exclamó la mujer, haciéndose a un lado, pero el joven atinó a lanzarse y agarrarle de un brazo. La mujer volteó y ambos cayeron al suelo. Alexandros fue amortiguado por el vientre de la mujer y se levantó rápidamente esperando no incomodarla, pero no primero sin notar como su mejilla había sentido que había algo más allí debajo de esas telas, y que debajo de sus mano descansaban un par de trozos fríos de yeso, muy diferentes a las piedras del suelo.
Levantó una mano y notó aquellos fragmentos blancos, pronto miró más a un lado y pudo ver que la máscara de la mujer se había roto en un par de pedazos grandes y varios pequeños. Entonces elevó la vista, y la vió. Era pálida, completamente blanca, quizás no tanto como su máscara o la luna, pero aún así muy clara.
-Agh.. –se quejaba, llevándose una mano a la frente. Parte de la tela que le cubría la cabeza se había hecho hacia atrás, revelando sus cabellos entre rubios, cafés y con un ligero tono de cobre. A Alexandros no le agradaba la idea de tener a la mujer apresada y mucho menos de aquella manera, pero al menos tenía asegurado que no se escaparía, o que le resultaría muy difícil. La miró fijamente, e intentó tomarse el asunto con la mayor seriedad posible. Independientemente de que fuera una mujer, aquella había asesinado al menos dos veces y estaba a punto de volverlo a hacer.
La mujer volteó su cabeza y abrió los ojos, para encontrarse con los de Alexandros. Frunció el seño inmediatamente.
-Sal de encima–le ordenó. Alexandros negó con la cabeza.
-No, debes explicarte, debes decir qué planeabas hacer ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
-¿Y por qué debería decírtelo? –la mujer volteó a un lado y notó como a casi dos metros de ella yacía su máscara destrozada –Bien…perfecto –agregó con ironía, y levantó un brazo con el que apartó a Alexandros a un lado. Se supo de pie e inmediatamente el hombre también, que le tomó de una muñeca.
-No, no te vas a ir –le aclaró.
La mujer le miró con molestia y se acomodo el paño que le cubría la cabeza y el cuello. Saltó un suspiro cargado de molestia.
-Te cortaré los dedos si sigues, suéltame.
-No creo que seas capaz, creo que andas desarmada ¿Me equivoco? Creo que un par de cuchillas se te cayeron durante el mediodía… -arriesgó a decir, esperando estar en lo cierto.
-¿Cómo…? –volteó la mujer a enfrentarse con él, atónita al enterarse que alguien más tenía sus adoradas y tan utilizadas cuchillas.
Un pequeño ruido metálico digirió su atención a un costado de ambas personas. Sus cuchillas, acompañadas de su portación de cuero, se encontraban ahora sobre el suelo. Se estiró precipitadamente a agarrarlas, pero una sombra las cubrió. Miró a un lado, para encontrarse con su origen. Una enorme figura blanca y encapuchada se encontraba de pie bloqueando la luz y también la entrada. Le sonrió a la mujer. Miró a la otra salida que quedaba, el agujero en el techo, pero por este se asomaba otro par de figuras encapuchadas.
-Mierda... –musitó, incorporándose. Alexandros no la soltó, pero alivianó un poco la presión que ejercía sobre su muñeca. La mujer volteó a verlo –Vienes acompañado de más idiotas… que bajo- Un par de hombres entraron al recinto, entre ellos el maestro asesino, mientras que otros se quedaron bloqueando las dos posibles salidas. La mujer los analizó a todos, de arriba hacia abajo. Se soltó de Alexandros y abrió las palmas de sus manos, para demostrar que, efectivamente, estaba desarmada –Me debes una máscara… -agregó, cruzando miradas con los ojos marrones del aquel joven, mientras los demás hombres se aproximaban y la rodeaban.
Espero hayan disfrutado el primer capítulo, gracias por leer~
