Entre la bruma
de mi soledad sin fin
apareciste.
En un día lleno de luz y brisa llegaste a mí.
El brillo del sol de primavera bañaba la campiña entera y el viento soplaba con fuerza, avivando mi ánimo marchito.
El sonido de tu risa se transformó en bálsamo que alivió la sangrante herida que había provocado en mí la pérdida. Fue como una tierna caricia enviada desde la eternidad que tocó mi alma misma, llenándola de calidez.
Es absurdo creer que puedo olvidarte, que puedo reducir a nada la magia de tu sonrisa y tu mirada; que puedo continuar mi camino y dejarte atrás.
Existo sólo para ti.
