Uff!, alguien más está medio conmocionado porque el 2014 ha terminado, algunas veces el tiempo pasa como a saltos para mi, parace que estoy aquí y un segundo después ha pasado tanto tiempo, en fin, no me escuchen divagar, no es a lo que vinieron, ojalá lo disfruten.
DISCLAMER.- Los personajes de ésta historia no me pertenecen, le pertenecen al genio de Sir Arthur Conan Doyle, el contexto es obra de Mark Gatiss y Steven Moffat. La estrofa del principio tampoco es mía (para variar), le pertenece al grupo Ecuatoriano Crossfire de su canción "me ata el silencio".
A leer!
Te quiero y no sé qué decir, me aruña el dolor,
me ata el silencio.
Tú eres de mi corazón y él sangra de amor por ti.
Pero en nombre del amor, te juro que no,
no se acaba esto, me quedo esperando por ti,
aunque no te vuelva a ver, yo te amaré, donde estés.
Puedo aguantar mi dolor su amargo sabor,
y el crudo destino, puedo mantenerme
vivo, llorando de amor por ti.
(Me ata el silencio, Crossfire)
LUNES
Sherlock Holmes odia la rutina, de modo que para él da igual si es lunes o no, no tiene costumbres, duerme cuando tiene sueño, come cuando tiene hambre, no se rige por ninguna de las convencionalidades sociales, viste de traje cuando quiere, y camina en pijama si le da la gana, solo hay una costumbre que niega, una que siempre negará. La costumbre de tener a John al lado.
—Tengo que decírselo a John.
—Una operación secreta, querido hermano, es exactamente eso, un secreto.
Sherlock rehúye la mirada de Mycroft. Algo a la altura del estómago le dice que aquello no es correcto, que hay algo tremendamente malo en no decirle la verdad a John. Sherlock se queda mirando la ciudad, desde la ventana en la oficina de Mycroft, puntos de luz se encienden quedamente aquí y allá, la tarde mengua dando paso a la noche.
—No hay otra manera de hacerlo —Mycroft se pone de pie y se acerca a Sherlock, —no me arriesgaría a enviar alguno de los lerdos del Servicio Secreto a una misión así, —luego se encoge de hombros —lo echarían todo a perder.
— ¿Por qué no vas tu si eres tan listo?
—Tengo responsabilidades, Sherlock, no puedo simplemente fingir mi muerte e irme, además odio el trabajo de campo.
—John jamás diría nada, moriría antes de traicionarme.
—Sherlock —Mycroft lanzó un suspiró y apretó los labios —el doctor Watson no es muy bueno en eso de fingir o ignorar sentimientos… solo hace falta ver cómo te mira.
Y suelta una burla queda, Sherlock le mira fríamente.
— ¿A qué demonios te refieres?
—Lo sabes, querido hermano —Mycroft dibuja una sonrisa, ésa propia de él, con los labios apretados, sin enseñar los dientes —todo el mundo lo sabe —luego dirige los ojos hacia los ventanales de nuevo como si ignorara la presencia de Sherlock —el mundo entero se pregunta si ustedes dos son algo más que compañeros de piso.
—Creo que estás envejeciendo, empiezas a ponerte sentimental. —Desliza su mano hacia el bolso del abrigo en busca de un cigarrillo. Mycroft aun sin mirarlo saca uno de su chaqueta y se lo ofrece. Sherlock lo toma, lo enciende y suelta el aire en algo que se parece peligrosamente a un suspiro.
—Si, tal vez es así —Mycroft sigue sin mirarlo —los sentimientos siempre son una desventaja Sherlock, ya te lo había dicho. Y mira, ahora tengo la prueba de que es así.
—Estás viendo cosas que no son "querido hermano".
—Ya. —Mycroft se encoge de hombros —. Yo lo he visto Sherlock, la manera en la que corres cuando él está en peligro, la forma en la que le sonríes, la forma en la que invades su espacio personal, la forma en que buscas el contacto con él.
—Mycroft —Sherlock le lanza también una media sonrisa y lo mira —tú no puedes juzgar sobre relaciones, no tienes ni idea.
—Si bueno, pero, Moriarty ha utilizado a John antes para llegar hasta ti, y lo que queda de su red lo seguirá haciendo hasta que te asesine… o lo asesine a él. Así que hermano, vas a ir, vas a infiltrarte en la red de Moriarty y vas a acabar con ellos o a morir en el intento —Mycroft hace una mueca, como si le diera igual qué suceda primero —y así podrás poner a salvo a tu querido Doctor Watson.
Sherlock odia las costumbres, pero hay una costumbre a la que no puede resistirse por más que lo intente, una costumbre ensordecedora y callada a la vez, la costumbre de tener a John Watson al lado a cada instante.
MARTES
Sherlock Holmes odia la rutina, no tiene costumbres, le da lo mismo si es martes o no, el hace lo que quiere, cuando quiere, por lo que le parece tan soso cuando la gente hace exactamente lo que se espera, es por eso que es tan fácil leer en los demás cada uno de sus pasos, como ratas de laboratorio, las personas suelen hacer exactamente lo que él espera. Es tan simple mirarlos y saber, el asesino siempre vuelve al lugar del crimen, el infiel siempre vuelve a serlo, las personas son animales de costumbres, es tan fácil saber qué quieren, cómo y porqué lo quieren, algunas veces piensa que las personas están ansiosas por ser leídas, ansiosas de que los demás sepan sus andanzas, algunos ansiosos de reconocimiento, de status, de castigo. Es por eso que Sherlock Holmes hace lo que quiere cuando quiere.
Sin embargo aquel día no puede evitarlo.
Ahí está John de pie frente a su tumba, la Señora Hudson se ha ido, es tan simple leer en John, espalda recta, brazos a los costados con porte militar, todo en su persona grita soldado a la vista de Sherlock, las ojeras que hay bajo sus ojos dicen insomnio, pesadillas, la sombra de barba en el particularmente cuidado aspecto de John Watson grita desidia, las esquinas de su boca tiradas hacia abajo le dicen a Sherlock que desea llorar, tristeza, finas vetas se han pintado de plateado en el cabello rubio de su amigo, desesperación, desconsuelo.
Toca la lápida con reverencia, y habla con la piedra ¿por qué alguien hablaría con una piedra? Sherlock intenta burlarse del gesto de su amigo, pero la sonrisa socarrona no le sale, en cambio hay un picor en sus ojos y una sensación de vacío extraña en su estómago, como cuando se ha olvidado de comer un día completo.
—Estaba muy solo y te debo mucho. —"También estaba solo" piensa Sherlock para sí mismo, sin mudar el gesto, —pero por favor hay una cosa más, una cosa más, un milagro más Sherlock…, —"no creo en los milagros John" si tan solo pudiera decírselo —por mí, —"es por ti por quien lo hago" —no… estés… muerto — "No lo estoy, John"—podrías hacerlo por mí, detenlo, para esto —"no puedo John, si quiero que estés a salvo, que los dos lo estemos no puedo detenerme". —No… estés… muerto… —le dice John al mármol.
Algo dentro de Sherlock se rompe, quizá su rostro no cambia, pero sus ojos no se alejan de la figura de John, quiere acercase, todo parece estar mal, parece ser una pésima idea mentirle, lastimarlo de aquella forma.
El sonido de una ramita al quebrarse le indica que alguien está detrás suyo, y solo puede ser una persona.
—Mycroft.
—Era muy obvio que estarías aquí —el mayor de los Holmes responde, —te estás volviendo predecible.
Sherlock tuerce el gesto, no es un hombre de costumbres, aun así Mycroft tiene razón, fue como un asesino volviendo a la escena del crimen.
—Cuidarás de John mientras no estoy.
—Tengo un trabajo en el gobierno británico ¿sabes?, no puedo dejarlo para convertirme en la niñera del Doctor Watson.
—Lo pondré en términos simples Mycroft —Sherlock se acerca a su hermano, y siendo igual de altos sus ojos quedan unos frente a otros, —iré y acabaré con la red de Moriarty, con cada hombre que haya estado coludido con él, mientras me encargo de hacer TU trabajo sucio, cuidarás de John, porque si salgo vivo y regreso, quiero encontrarlo de nuevo, y si John, ha sufrido, si en algún momento, por mínimo que sea a estado en peligro, yo te mataré, querido hermano.
— ¡Oh!, te estás poniendo sentimental —se burla Mycroft, pero no puede alejar la vista de los ojos plateados de Sherlock, había visto ese brillo levemente en algunos otros momentos, todos ellos relacionados con el Doctor Watson, pero ahora, parecen no solo brillantes, si no enloquecidos.
—Considéralo tu seguro de vida.
— ¿Nos vamos? —responde Mycroft como si las palabras de Sherlock no le importaran.
Sherlock mira a lo lejos, la figura de John va desapareciendo en la distancia. Sherlock Holmes no es un hombre de costumbres, y por ello no acostumbra hacer promesas, pero en aquel momento hizo la primera promesa de su vida, y se la hizo a John aun y cuando éste no se dio cuenta: "Volveré, lo prometo".
MIÉRCOLES
Sherlock Holmes no es un hombre de costumbres, es por eso que el día de la semana no le importa, puede ser miércoles o no. Y aunque él no es un hombre de costumbres, de manera consciente su inconsciente sí que lo es, es por eso que no puede parar de soñar. Su cerebro está tan acostumbrado a correr a la velocidad del rayo que ni siquiera estando dormido se detiene.
Está en medio del bosque, anochece, el ambiente está húmedo, los pinos crean una cúpula que vicia el poco aire que se cuela por entre sus ramas, hace frío, el viento helado le congela los pulmones y lo hace toser, intenta divorciarse de las sensaciones. Sabe que su cuerpo está extenuado, quisiera dormir, aunque sea un momento. Daría lo que fuera por un cigarrillo. No puede permanecer mucho rato quieto so pena de perecer de hipotermia. Además, no debe, el brazo serbio de Moriarty lo persigue, aunque cree haberlos despistado en Prishtina no debe confiarse.
Se acomoda entre las raíces salidas de un enorme pino, ahí el aire pega menos, se arrebuja en un muy gastado abrigo que lleva, los ojos se le cierran y… "solo será un segundo".
Todo sigue oscuro a su alrededor, pero hay luces, ya no está en medio del bosque, sino en Londres, está sentado al borde de un ambulancia con un manta de color naranja sobre los hombros, en su entorno nada se mueve, hay coches patrulla a su alrededor, pero no ve a nadie más. "yo ya estuve aquí, y John también".
Busca a John con la mirada, al otro lado de la cinta amarilla está el Doctor Watson esperándole, le hace un gesto de saludo con la cabeza, como si no encontrara extraño el hecho de que parecieran estar solos en Londres. Para Sherlock es obvio, está soñando, pero ¿porque sueña con éste momento en particular?
Camina hacia John cruzando la cinta amarilla de la policía, John se ve diferente, más joven, su cabello más rubio, y no tiene las finas líneas alrededor de los ojos con las que Sherlock lo recuerda.
—Gran tiro.
—Si debe de haberlo sido, a través de la ventana.
Sherlock lo mira, sabe que fue él, esto ya lo vivió y es entonces cuando un sentimiento le desborda el pecho, si no fuera por ese hombre él ni siquiera estaría vivo. De modo que hay una palabra que no le dijo en ese momento, que quiso decirla pero se le atoró en la garganta.
—Gracias, John.
El Doctor Watson lo mira, en su rostro se ve claramente la confusión de no saber si realmente escuchó lo que cree o lo imaginó.
De pronto todo se vuelve humo, el paisaje se desvanece.
Baker Street, Sherlock está de pie detrás de una pila de cajas, hay libros regados por doquier, por la ventana un leve luz dorada entra mientras lo inunda todo, motas de polvo se levantan en el aire, las cajas están marcadas con nombres "Lukis", dicen unas, "Van Coon", las otras, busca en su cabeza este momento. Ahora John llegará.
Y así es, el Doctor entra por una de las puertas, está sonriendo, ha perdido un poco de peso desde el caso del taxista hasta el presente, se ve un poco más atlético.
Sherlock mira por la ventana, nada se mueve allá afuera, hay coches, personas, pero parecen un escenario abandonado, esperando a que sus protagonistas entren en escena.
Como traídas de otro tiempo las palabras escapan de su boca.
—Necesito aire, vamos a salir.
—Tengo una cita.
— ¿Qué?
—Es cuando dos personas que se atraen salen a divertirse.
—Es lo que sugería.
John parece incómodo, "¿por qué estoy aquí?, ¿que hay en este momento de particular?", sus ojos barren la habitación en busca de la respuesta.
—No, o al menos eso espero —responde John, revoleando la mirada.
Entonces Sherlock entiende, lo era, era lo que sugería, que John y él salieran juntos.
—Lo es —murmuró Sherlock como respondiéndose a sí mismo, entonces John y todo alrededor se convirtió en humo de nuevo.
Dando tumbos dentro de su mente ¿qué significa?
Por un segundo los reflejos de las luces en el agua, eran extraños, como si fueran luciérnagas que nadaran.
Sentado en el piso, recargado contra un casillero se encuentra John, la bomba está en el suelo, unos cuantos metros más allá. Moriarty regresará en cualquier momento, por la otra puerta. Aunque también sabe que en éste momento no volverá, que no hay nadie, que es solo un sueño y que aquí, solo están él y John.
Sherlock recuerda éste momento, estaba tan eufórico, la adrenalina le corría por las venas, la sentía, tanto que no se dio cuenta en el estado en el que John estaba, tiene los ojos cerrados y se estremece un poco, aun así, para ser alguien que acaba de tener atada al cuerpo una bomba, se ve bastante bien, pero hay algo más, John había estado en peligro y ésta vez, un gracias no bastaba, no era como cuando le disparó al taxista, era distinto, había estado dispuesto a entregar su vida a cambio de la de Sherlock.
Entonces Sherlock lo entendió, era culpa, la culpa que sentía, la culpa que siempre estaba ahí, latente, la culpa a la cual él intentaba amedrentar, apartar de sus pensamientos, enterrar en lo profundo del inconsciente, ahí estaba. Exactamente donde él la había puesto, en el inconsciente, haciéndolo soñar con John, con todas las proezas de John, con todos los momentos en los que John fue increíble, con todos los momentos en los que Sherlock no estuvo a la altura.
El sentimiento de agradecimiento se intensifica en su interior, calienta su pecho, pero le deja frío al darse cuenta que no puede perderlo, no tiene idea de qué es, quizás sea el cariño de un hermano, la fraternidad de un amigo, o más. Nunca tuvo necesidad de analizarlo, John siempre estaba ahí y Sherlock no iba a perder el tiempo pensando en algo que era tan obvio. Que entre John y él había algo más qué solo la simple amistad.
La revelación se le deshizo en los labios cómo él azúcar se desbarata al contacto con la saliva. ¿Cómo pudo hacerle eso a John Watson? ¿Cómo pudo mentirle?
Sherlock Holmes no es un hombre de costumbres, es por eso que evitará pensar en ello, se dirá que fue un defecto químico por efecto de la hipotermia lo que le hizo desvariar, es así que a pesar de no ser un hombre de costumbres, aquellos pensamientos volverán una y otra vez a su mente, y él los desechará, porque aunque no es un hombre de costumbres, él acostumbra hacerlo de esa manera… evitando lo inevitable.
JUEVES
Sherlock Holmes no es un hombre de costumbres, por eso si es jueves o no, no le importa, aun así un pensamiento cuelga de su mente constantemente, lo evita, intenta no especular sobre ello, pero se filtra por los resquicios del pensamiento una y otra y otra vez, de manera enfermiza.
¿Acaso no sería mucho más simple dejarse atrapar por fin?, le asesinarán. Quizás si opone la suficiente resistencia ni siquiera tenga que sufrir de ninguna tortura, quizás si se resiste lo suficiente no lo lleven prisionero, quizás lo asesinen en el lugar, podría evitarse muchos problemas, unos cuantos minutos de lucha y adiós.
Está en los linderos de una ciudad, menos mal que siempre se ha llevado bien con los indigentes, es interesante todo lo que se puede averiguar estando con ellos, incluso parece uno de ellos, el cabello largo y enmarañado, la barba de más de una semana, las uñas largas plagadas de mugre, es un gran disfraz.
Una mujer anciana le ha entregado una pequeña bolsa de plástico con un par de letras escritas en la superficie "M.H."
No le sorprende en lo más mínimo que Mycroft sea capaz de encontrarlo, aunque quisiera que sus noticias fueran un poco más específicas.
Dentro de la bolsa encuentra una nota con unas cuantas palabras: "última célula a punto de encontrarte, necesario te intercepten".
Odioso.
Sin duda la mujer que le entregó el paquete a delatado su posición, pues apenas unos minutos después cuatro hombres vestidos como militares aparecen en el refugio.
Corre, como cada momento, corre intentando evitar a los hombres, corre porque su vida depende de ello, pero no lo suficientemente rápido como para perderlos, entra al bosque, los infrarrojos lo encontrarán, pero no será demasiado obvio. Sigue corriendo, huye, de quién en realidad, de lo que queda de Moriarty, de Mycroft y sus planes suicidas, de sí mismo, de lo que es, o no, tal vez corre de los recuerdos, de la culpa, del sentimiento, de la imagen de John que se le aparece grabada en las retinas en los momentos más insospechados.
John deseando un cenicero del Palacio de Buckingham, Sherlock robando el cenicero para John, John disparando a un enorme perro negro a la mitad de una hondonada, capaz de sostener tanto la linterna como el arma con pulso imperturbable, John diciéndole que es su amigo, John golpeándolo, John corriendo a su lado en una carrera desaforada hacia ninguna parte, John sonriendo, John olvidando su estúpido bastón, John salvándolo de su perdición de tantas maneras diferentes, John alejando la soledad, el vicio, John, a cada maldito segundo John, no deja de aparecer en su mente, una y otra y otra vez. Incluso ahora en que lo único en lo que debería pensar es en sí su muerte es inminente no puede apartarlo, o quizás sea precisamente por eso, porque si muerte es inminente necesita tenerlo cerca, de alguna manera, quizás sea la única forma coherente de morir.
Morir parece correcto, morir a cambio de alejar las garras de Moriarty de John no parece demasiado sacrificio.
¿Cómo es que fue necesario estar tan lejos de John y con la muerte tan cerca para entenderlo?
El inconsciente de Sherlock Holmes tiene la mala costumbre últimamente de traerle retazos de su vida al lado de John es por eso que cuando cae inconsciente después de una golpiza, la imagen de John se le muestra claramente.
Está de pie frente a la ventana de Baker Street, el silencio inunda Londres, ya se ha acostumbrado a soñar con estos momentos, siempre se diluyen cuando él por fin se sincera con John. Es una especie de catarsis ante tanto silencio, como si de ésta manera pudiera por fin decir lo que por tanto tiempo se calló.
Afuera en Londres llueve, hay neblina y el ocaso va cayendo lentamente, nada se mueve, en su mano un teléfono, pero no es el propio, el celular de Irene Adler.
—La mujer —susurra, su mente intenta encontrar porqué está aquí, John no estuvo con él en ese momento, le dejó el celular y se retiró.
Sherlock mira por la ventana, en el vidrio ve el reflejo de John de pie a sus espaldas, mirándolo. Está ahí. Sherlock abre el cajón y deja el celular, vuelve a levantar la vista el reflejo de John da media vuelta dirigiéndose hacia las habitaciones, en un silencio propio de un soldado.
—John —Sherlock se da la vuelta y se encuentra con la espalda de John por el pasillo. Los puños de sus manos están apretados y no se vuelve, — ¿Qué pasa John?
John no le responde solo se da la vuelta y se le queda mirando con el ceño fruncido, aprieta los labios como si no quisiera dejar salir las palabras, pero luego niega con la cabeza respira y lo suelta.
—Cuando nos conocimos recuerdas lo que dijiste sobre el celular de Harry.
—Sí.
—Dijiste que ella había dejado a Clara, que por eso se deshizo del celular, que si hubiera sido al revés, si Clara hubiera dejado a Harry ella hubiera guardado el teléfono por sentimentalismo.
—Insinúas que…
—Estás enamorado de esa mujer —las palabras suenan a los oídos de Sherlock como una acusación.
Sherlock se le queda mirando, si, siente algo por Irene Adler, es bella, lista y tiene un cierto sentido de maldad que lo hace sentir extraño. Pero ahora, después de todo lo que ha ocurrido se da cuenta que no es nada comparado con lo que siente por John.
—Estás equivocado.
—No —John niega con la cabeza y hace amago de irse.
—John —se detiene, Sherlock abre de nuevo el cajón y toma el celular —no es nada, en realidad no es nada.
—No tienes que darme explicaciones.
— ¿Puedes regresárselo a Mycroft? —Sherlock extiende la mano con el celular en ella.
—Creí que lo conservarías.
—No si te molesta.
—No me molesta el celular, —y luego con voz baja, como en un susurro dice —es solo que como puede importarte esa mujer… después de todo… —aprieta los puños a los costados del cuerpo —quisiera —ladea la cabeza como considerando como expresar lo que quiere —tomar mi arma y pegarle de balazos.
Sherlock sonríe, John no es una persona violenta, comúnmente suele ser una persona sumamente tranquila y cálida, pero es obvio que está celoso, respira agitadamente, sus ojos están mortalmente serios, pero sus mejillas, su frente, su cuello están de color escarlata, sus manos se abren y cierran en un claro intento de calmarse.
—Si la situación fuera a la inversa —responde Sherlock mientras John se acerca a tomar el celular de su mano —si yo te dijera lo mucho que me molesta las treinta novias que sueles tener por mes.
Sherlock baja la mano aun con el celular en ella.
— ¿Por qué habría de molestarte?
— ¿Por qué te molesta a ti el celular de Irene?
—No es su celular, es ella, es el interés que tienes en ella, yo no ando por la vida componiendo canciones tristes para mis novias, ni tienes que oír sus gemidos a cada momento, yo por el contrario tengo que escuchar cada mensaje que te envía con ese sonido.
—Bueno, porque tú no sueles traerlas aquí para eso, usualmente van a los departamentos de ellas.
— ¿Cómo puedes saber eso?
—John pasas montones de horas fuera, llegas con los labios hinchados, suspiras por los rincones, incluso cuando salías con Sara llegaste con marcas en el cuello, tus camisas siempre están manchadas de carmín o de maquillaje, sueles apestar a perfume de mujer, a shampoo de mujer, es obvio.
— ¡Pero no guardo sus recuerdos en mis cajones!
El rostro de John está encendido.
—Yo tampoco, —murmuró mientras entrega el celular de Adler a John, aprisiona quedamente la mano de John en la suya cuando le entrega el teléfono, fue apenas un instante más un roce que otra cosa, casi podía parecer casual si no hubiera tanta electricidad en el ambiente. —Ahora ya tengo claro qué es lo más importante John.
—Le llevaré esto a tu hermano.
John se da la vuelta y anda hacia la salida, parece casi feliz, extrañamente Sherlock también se siente feliz.
Todo se vuelve humo.
Abre los ojos, pero no hay ninguna diferencia, está en un lugar tan oscuro, las muñecas le escocen de tenerlas en contacto contra el metal de unas frías esposas, su espalda está molida, el cabello largo y enredado, sucio se le pega a la cara a causa del sudor frío, un fino hilillo de saliva y sangre le resbala por la boca, quizás por eso éste sueño se ha alejado tanto de la realidad, no se había quedado dormido, estaba inconsciente a causa de los golpes.
Sentado tan horondo frente a él está Mycroft.
—Se terminaron la vacaciones "querido hermano" —dice —hora de volver a Baker Street.
Sherlock no es un hombre de costumbres, prefiere ser impredecible, pero tiene muy claro que a pesar de que fuera algo completamente esperado si hubiera estado libre en aquel momento hubiera asesinado a Mycroft con sus propias manos.
VIERNES
Sherlock Holmes no es un hombre de costumbres, le da lo mismo si ha llegado el viernes o no, le han cortado el cabello y su rostro vuelve a ser lampiño, el cabello vuelve a ser corto y a estar habitualmente desordenado. Incluso le han dado un traje, negro, sobrio, camisa blanca, no es tan ajustada como a él le gustan pero, puede conformarse con eso de momento y claro su adorado abrigo, como acostumbra, aunque él no sea un hombre de costumbres.
Mycroft ha dicho algo de un ataque, quizás debería poner más atención, pero no acostumbra a escuchar todo lo que Mycroft dice, sería la situación más aburrida del mundo tener que escuchar a Mycroft más de tres minutos seguidos.
— ¿Sabes en donde está John?—pregunta Sherlock a Mycroft cortando su perorata.
—Te lo dije Sherlock, no soy la niñera del Doctor Watson.
—Por favor Mycroft, —ambos se miran en silencio, Mycroft se encoge de hombros, deja caer una carpeta llena de papeles y fotografías, John le regresa la mirada desde una de ellas, se ha dejado el bigote, y está, por mucho, más delgado que como Sherlock lo recuerda. Toma la fotografía y la guarda en la bolsa interior de su saco. Mira a Mycroft como retándolo a que diga algo, pero su hermano no dice nada al respecto.
—El Doctor Watson acostumbra a trabajar en la clínica unas pocas horas por semana, luego va a tu tumba, prácticamente a diario, pasa el resto del tiempo en el 221-B de Baker Street. Su novia, una tal Mary Morstan lo ha dejado, hasta donde sabemos, no responde a la correspondencia, sigue yendo con la psiquiatra, sin ningún resultado me temo… —Mycroft hace una pausa para tomar aire y continúa mientras Sherlock hojea él resto de las fotografías y papeles de la carpeta —ha vuelto a utilizar el bastón —Sherlock levanta la mirada, —y él temblor de su mano izquierda a vuelto...
Sherlock siente un estremecimiento recorrerle la columna, se da media vuelta dispuesto a irse.
—… ah si, se me olvidaba, lleva un ramo de rosas azules cada lunes a tu tumba —Mycroft suelta un burla — ¡qué enternecedor!
Sherlock continúa su camino hacia afuera, Anthea le sigue de cerca, fuera el auto negro de lujo los espera para llevarlos a donde Sherlock quiera, si no fuera porque en su interior quiere, necesita con urgencia llegar a Baker Street y ver a John con sus propios ojos, le rompería la cara a Mycroft.
El ostentoso auto de Mycrot avanza hacia la calle Baker, Sherlock siente algo en las palmas de las manos, un leve cosquilleo. Anthea, en el asiento de al lado teclea furiosamente en su teléfono. Sherlock baja un poco la ventanilla, el aire de Londres es tan diferente de cualquier otro, la niebla, la humedad constante, los coches quedos, las calles adoquinadas.
—Aquí está bien —dice haciendo que el auto se detenga unas cuadras antes de la calle Baker.
Siente tanta urgencia por llegar al piso, pero necesita serenarse, necesita pensar en lo que va a decirle a John. Sin duda él Doctor querrá una explicación.
Camina, respirando fuertemente, a pesar del frío que hace le sudan las palmas, llega al número 221-B y se detiene en la puerta, indeciso. Quizás deba preparar un poco a John, ir a algún hotel y quedarse esta noche, su cuerpo este hecho polvo, aún le arden las heridas de la espalda, tal vez deba ir dejando pistas para que John no reciba la noticia de golpe.
Al final después de pasar un par de minutos frente a la puerta se decide y entra, su llave aún funciona para la cerradura, escucha a la Señora Hudson tararear mientras él agua corre probablemente este lavando los trastes. Toca a su puerta.
Tarda un segundo en abrir, aún con los guantes de plástico puestos y con una sartén enjabonada en la mano.
Lo mira un momento, como si su mente no pudiera procesar lo que está mirando, luego cuando Sherlock cree que él cerebro de la mujer ha llegado a la conclusión de que no está soñando, ella empieza a gritar.
—Señora Hudson —intenta calmarla —Señora Hudson soy yo, soy Sherlock —la mujer aún lo mira con ojos desorbitados —podría intentar no despertar a todo Londres.
—Sherlock —se quita los guantes y toca las mejillas del detective mientras las lágrimas empiezan a correrle por el rostro — ¿Cómo?
Sherlock le toma la mano.
—No importa ¿O sí? —la mujer niega con la cabeza y el detective le besa la mano con la que ella lo acarició. —Necesito ver a John.
—Sherlock, John está mal, nunca come, le subí la cena hace un par de horas, debe de estar arriba, jamás sale más que para ir a la clínica o al cementerio.
A Sherlock se le hace un nudo en la garganta, en su mente puede ver al Doctor caminando por Londres arrastrando su bastón.
—Iré a verlo.
La señora Hudson asiente y lo mira mientras sube las escaleras hacia las habitaciones, Sherlock la escucha murmurar ¡Oh, Sherlock! De vez en vez.
Lo primero que mira es el salón, todo sigue igual, el cráneo sobre la chimenea, se acerca, hay polvo por donde quiera, es obvio que John no ha dejado a la Señora Hudson limpiar, Sherlock levanta el cráneo, ahí está su cajetilla de cigarros. El violín, en el mismo rincón de siempre, incluso sus libros están tal y como los recuerda. Hay una manta en el sofá, el cojín con la bandera de Inglaterra, es obvio que John a estado durmiendo ahí.
Todo tiene un extraño aire de abandono, como si no hubiera nadie en aquel lugar. Camina hacia la cocina, han puesto su microscopio y otras cosas con las que hacía experimentos en una caja, el plato que la Señora Hudson llevo a John está sobre la mesa, frío, Sherlock mira alrededor, la cocina está vacía, no hay conservas, abre el refrigerador, nada, vacío, una caja de leche completa, una botella de agua a medio beber, nada.
— ¿John? —Sherlock nunca ha creído en los presentimientos, de hecho él no lo llamaría así, lo llamaría "conclusión lógica", algo está mal. — ¿John? —llama de nuevo. Nada. Camina hasta el ático y abre la puerta, la cama está hecha, todas sus cosas están en cajas como si pensara irse. Pero la habitación está vacía. Sherlock sale de la habitación, se dirige hacia el baño.
— ¿John? —Nada, mira la puerta de su propia habitación, quizás John decidió mudarse, al final la habitación de Sherlock era la más grande.
Abre la puerta, todo está a oscuras, las cortinas están echadas así que ni siquiera las farolas alumbran, ahí está un bulto sobre su cama. Enciende la luz. John, recostado sobre su cama, arrebujado en su cobija, rodeado de sus almohadas, Sherlock siente el amor renovado por el hombre que está ahí, como si lo esperara.
— ¿John? —Aguarda en la puerta a que el hombre despierte, nada —John —se acerca sigilosamente hasta la cama, —John — lo sacude, basta de sutilezas, —John —de entre el montón de cobijas cae el arma de John. — ¡Oh por Dios, John!
Sherlock lo sacude en busca de la herida, pero no hay tal, "Cálmate", dice su mente, "piensa".
De manera más metódica palpa el cuerpo de John en busca de una herida que no está ahí, pulso leve, respiración dificultosa, cabello reseco, cuencas abultadas, ojos hundidos, ojeras negras, la clavícula marcada, las costillas tremendamente marcadas contra la piel. Inanición aparece la palabra ante sus ojos mientras sigue observando el cuerpo de John.
—Tranquilo John, vas a estar bien —pero el doctor sigue sin reaccionar.
Teclea rápidamente un mensaje.
"Manda un médico y una ambulancia a Baker Street, ya. SH."
Apenas un minuto después recibe la respuesta.
"Van para allá. MH"
—John —que estúpido se siente hablándole a alguien inconsciente. Pero quedarse en silencio no parece correcto —John, no vayas a irte, —batalla para decirlo, pero la final susurra —por favor, por mí, John.
Los ojos de John se abren un poco.
—John, John, —Sherlock le toma la mano con mucho cuidado, intentando no lastimarlo. —Ya no te duermas John, mantente despierto.
—Por fin —susurra John hace una mueca de sonrisa pero es obvio que le duele —por fin..., voy a alcanzarte —es obvio que está desvariando —por fin estoy muriendo.
Bien, hasta aquí.
¿No es una manera horrible de comenzar el 2015?
Ojalá lo hayan disfrutado, a esta historia le queda un capítulo más, el final ¿feliz?, espero que si, no podría dejar a estos dos sufriendo, sobre todo en vista de que en la serie no son capaces de admitir al elefante en la habitación.
¿Hay algún review para mi?
Adrel Black
