Yo soy el mejor

-¿Como te atreves? -exclamó Binnu, atónito- No lo tengáis en cuenta Mi Rey, aunque Kabbitsu es un guerrero excelente, no tiene demasiado apego al protocolo.

-No importa. –Vegeta se levantó- Templar un poco los músculos nunca está de más. Pero tendremos que salir de la torre si no queréis que acabe destruida. –Levantó el labio derecho, sonriendo- Seguidme.

Y salió levitando de la torre a través de una ventana, emprendió el vuelo hacia el cielo y los otros tres Saiyans lo siguieron. Cuando Vegeta llegó a cierta altura, se detuvo y los esperó.

-¿Quieres hacer un combate de entrenamiento, Kabbitsu? –dijo Vegeta.

-Adelante. –contestó, sin cambiar la expresión.- Hasta que no vea con mis propios ojos el increíble poder del que hablan los datos, no me daré por satisfecho.

-Tranquilo, procuraré no hacerte un daño irreparable. –Aunque parecía una frase arrogante, Vegeta hablaba ahora con absoluta seriedad. En su rostro se veía la calma del firmamento, como el cielo inmóvil antes de una tormenta.

-Atacaré con toda mi energía. –dijo Kabbitsu.

Y se lanzó hacia Vegeta, quien desapareció.

Kabbitsu quedó totalmente desorientado, no tenía ni idea de donde se encontraba Vegeta hasta que éste habló detrás suyo.

-Estoy aquí.

Kabbitsu sonrió y se produjo un silencio lleno de tensión. Los tres Saiyans que habían presenciado (o más exactamente, no presenciado) el movimiento de Vegeta quedaron inmóviles durante un instante, hasta que finalmente el Rey de los Saiyajin habló.

-¿Qué os pasa¿Os habéis quedado paralizados por una simple demostración de velocidad? No he hecho más que desplazarme tranquilamente a cinco metros.

-Ha sido instantáneo... –balbuceó Binnu. No sabía si sonreír o temblar.

Kabbitsu intentó relajarse. Al menos dejó de adoptar la posición de lucha.

-He perdido –dijo- no hay nada que pueda hacer frente al Rey Vegeta, está claro. Sólo con pensar en el poder de un Super Saiyan... me trasbalsa... –no sabía bien cómo acabar la frase.

-Eso es muy fácil.

¡BOOOOM!

Una aura llameante y dorada envolvió de pronto el cuerpo de Vegeta. Y su cabello se tiñó de rubio como por arte de magia. Una fuerte oleada de energía sacudió de arriba abajo los cuerpos de los tres Saiyans. Incluso sin los sensores –que les resultaron inútiles, pues se quemaron en el acto- podían sentir de algún modo la energía increíble que manaba del cuerpo del Super Saiyan.

Se produjo otro silencio. Rettusu, Binnu y Kabbitsu se dieron cuenta casi al unísono de que estaban paralizados, y sus miembros temblaban de la impresión. Sentían como una especie de amargo sabor que recordaba al miedo los invadía, y se limitaron a balbucear cosas como: "No... no puede ser..." o "Es... es impresionante". Al ver esto, Vegeta volvió a su estado normal. Y los demás se sintieron como si se liberaran de una gran tensión de pronto. Como si hubieran aguantado la respiración un minuto y el aliento les hubiera sido devuelto.

Después de unos segundos de paréntesis para que todos volvieran a la realidad, Vegeta realizó una pregunta.

-¿Cómo pensabais hacer frente a los Korudu¿Esperando a mi llegada?

Y Rettusu respondió.

-Desde... desde que nos enteramos de la muerte de Freeza, de su padre y de su hermano, buscamos al Super Saiyan legendario... y está claro que al fin lo hemos encontrado. Es normal y justo que el Super Saiyan tenga sangre real y sea el heredero de la corona. Al encontraros pensamos que érais nuestra única esperanza, y lo sois. Y... si os place... quisiéramos comunicar la noticia al pueblo e... investiros Rey lo antes posible.

Vegeta pareció dudar un instante, pero enseguida contestó de improviso.

-Mañana partiré hacia Tsukujin, Rettusu. Quiero ver como está el percal y divertirme un poco.

Al amanecer, Vegeta se dirigía hacia la nave espacial, seguido por Kabbitsu.

-Disculpad, mi Rey, ante todo... no quisiera que pensarais que dudaba de vuestro poder. No os podría derrotar ni en un millón de años –dijo el Saiyan.

-No hay problema, tu apreciación es correcta. En el combate de entrenamiento no te precipitaste, y aceptaste tu inferioridad con sangre fría. Y eso es remarcable. –Vegeta sonrió con el labio derecho.

-¿Puedo preguntaros algo?

-Claro.

-¿Por qué habéis decidido ir a Tsukujin?

-¿Qué tiene eso de raro, Kabbitsu?

-Vos mismo dijisteis que ni la familia Korudu os interesa. No entiendo qué incentivo tenéis para ir a Tsukujin. Es evidente que buscáis un desafío a vuestro nivel.

-Un poco de relajación nunca viene mal. Además, si no hubiera dicho que iba a Tsukijin ¿Qué me habría impedido ser investido enseguida? La verdad es que no tengo ninguna intención de convertirme en el Rey de este planeta, ni de ningún otro. En el pasado tal vez. Pero ahora que los Saiyajin y el antiguo planeta Vegeta han sido vengados, ya no me interesa en absoluto preocuparme por mi raza. Prefiero entrenarme que perder el tiempo gobernando un planeta hasta que se me oxiden los huesos. Esta forma de actuar honra mejor a mis antecesores.

Kabbitsu no se sorprendió. Inesperadamente, rió.

-Veo que sois un Super Saiyan no sólo de sangre, sino también de espíritu. Pero¿Por qué mantenéis el engaño?

Vegeta sonrió.

-Tengo curiosidad por saber hasta qué punto Rettusu y Binnu desean que me convierta en rey.

Vegeta y Kabbitsu subieron volando y entraron por la parte superior de la nave espacial. Poco después, esta partió, y en la distancia se vieron otras dos naves idénticas que navegaban hacia las estrellas siguiendo la trayectoria de la primera.

En la torre de Garuden, las cosas estaban calmas. Aún había sangre por las calles, y cuerpos mutilados, debido a los asesinatos de la noche anterior, pero muchos Saiyajin habían vuelto a sus ciudades o partido hacia otros planetas menores, en busca de desafíos o simplemente para saciar su sed de sangre y emborracharse.

¿Por qué el Rey Vegeta ha partido tan precipitadamente¡Yo te lo diré, Binnu! –Rettusu parecía contrariado, un capilar sanguíneo surcaba su sien en busca de células ávidas de nutrientes- ¿No has notado la indiferencia del Rey Vegeta hacia lo que intentamos hacer aquí? –Pronunció el nombre con un tono de voz deliberadamente exagerado-.

-El Rey Vegeta es un Saiyan de la raza más pura para la lucha y la más poderosa. –repuso Binnu- Hay que darle tiempo para que acepte su lugar; ha pasado toda su vida bajo las órdenes de otros, y vagabundeando por el espacio... lo que digo es que, del día a la mañana no se va a acostumbrar a ser el Rey del Nuevo Imperio. Todavía es posible que esté asimilándolo, por eso ha decidido partir enseguida, para tener un momento en el que calmar la mente. Y¿Qué mejor manera de recordar lo que significa su sangre que derramando la sangre de los débiles?.

-Por lo visto sientes mucho apego por el nuevo Rey, Binnu. No te niego que si aceptara su sitio acabarían todos nuestros problemas. La família de Freeza dejaría de suponer una amenaza aparente así como un límite para nuestras ansias de expansión. Pero... –Rettusu adoptó una expresión escéptica de pronto, como quien se da cuenta de que está soñando despierto- Pero la verdad es que ese Saiyan no tiene intención de ser el Rey. –añadió secamente- Como Saiyan, me siento orgulloso de que alguien tan poderoso pertenezca a nuestra raza, y más siendo de sangre real... pero me avergüenza pensar cómo debe vernos... tan débiles...

Binnu inclinó la cabeza, pero en su afán, volvió a hablar.

-¡Es natural que un jefe posea más poder que sus súbditos, en todos los sentidos! El hecho de que la diferencia entre su poder y el nuestro sea tan abismal no hace más que confirmar lo que acabo de decir, aún más en este caso extremo. Un buen maestro debe poder esgrimir sus armas ante los aprendices y dejarlos boquiabiertos. Un capitán de un ejército debe inspirar respeto y temor tanto a enemigos como a aliados. Un gran conquistador debe poder destruir una civilización entera sólo con proponérselo...

-...Y un buen estratega, debe tener el poder de conseguir que sus enemigos crean que puede hacer todo eso... –continuó el comentario de Binnu con un tono de voz que pretendía imitar al de una cantinela- Tal vez tengas razón en esto Binnu, pero dudo mucho que vuelva a existir algún día el Rey Vegeta. Ojalá me equivocara...

-Habéis de equivocaros por fuerza, de otra forma jamás podremos extender nuestro imperio más allá de la frontera del Imperio Korudu, y por lo tanto el sueño de los Saiyajin no vería la luz... por lo menos hasta pasados otros mil años. Pero por el momento, el Rey Vegeta ha accedido a comandar la conquista del planeta Tsukijin así que el plan sigue adelante.

-¿Comandar¿El puesto de comandante es el que ocupa? Lo dices como si hubieras de aliviarme con eso... pero por otra parte, necesitamos ese planeta. Me preocupa el desenlace de esta campaña. Si no obtenemos la tecnología de ese planeta, nuestra conquista del espacio se retardará décadas.

-Cierto... es una suerte que preparáramos a aquél.

-Sí. Suerte que preparamos a aquél.

La tercera luna se levantaba en el cielo de Tsukijin, alrededor se apagaban los puntitos brillantes de las lejanas estrellas mientras el astro esférico ascendía por el horizonte. Un observador atento tal vez podría haber visto en determinado momento que tres manchas minúsculas de color negro aparecían sobre la blancura lunar. Pero los Tsukijin eran unos observadores mucho más que atentos. De hecho iban a iniciar ellos el ataque. Un haz de luz surgió de un gran cañón de superfície, un disparo destinado a una de las naves. Pero no era un obús lo que dispararon, sino un tremendo rayo de energía.

El rayo atravesó la atmosfera del planeta en un santiamén y alcanzó una de las naves enemigas antes de que tuvieran tiempo de reaccionar. Las otras dos naves temblaron ante los efectos de la onda expansiva.

-¿No estábamos fuera del alcance de sus armas? –exclamó uno de los que capitaneaban la nave en la que se encontraba Vegeta.

-Desconocemos el tipo de arma con el que han atacado, capitán.

-¡Maldita sea¡Alejad a las dos naves del planeta, no podemos poner en peligro la seguridad del Comandante Vegeta! –exclamó el capitán.

Vegeta levantó la mirada, parecía que iba a decir algo pero Kabbitsu, que estaba tras él, se le adelantó.

-Eres un necio, capitán Kukumo. El Rey Vegeta no necesita ninguna clase de protección. Aunque la nave estallara en el espacio y quedara destruida, a él no le ocurriría nada.

Vegeta hizo un leve asentimiento con la cabeza, mientras el capitán Kukumo, que parecía súbitamente nervioso, enseguida se apresuró a disculparse.

Se produjo un silencio eminente, que fue interrumpido enseguida por un tripulante de la nave.

-Comandante Vegeta, ya hemos alejado las naves del planeta, ahora no podrían alcanzarnos por nuestra proximidad a una de sus lunas.

Vegeta se volvió hacia el saiyan.

-Yo no he dado esa orden –dijo- Regresa a la órbita del planeta.

-Pero... Comandante Vegeta –el capitán Kukumo, parecía no dar crédito. En cambio, Kabbitsu lo miraba con una sonrisa que denotaba comprensión- si nos acercamos de nuevo a la órbita...

-¡Silencio! –dijo Vegeta- Acércate de nuevo a la órbita y haced salir a los saiyajin sin esperar el aterrizaje. Tus hombres vuelven a decirte que nos encontramos a una distancia segura, aunque no conocen la tecnología que acaba de destruir esa nave ¿No te das cuenta de que en realidad no tenemos ninguna certeza de seguidad desde nuestra posición? Lo mejor es que los soldados estén en tierra firme lo antes posible y allí puedan dispersarse y diezmar a la población. Además, por lo que parece, la luna llena se verá desde la superfície del planeta... –la expresión de Vegeta se torció en una sonrisa de desdén cuyo objetivo principal parecía que era dejar al capitán Kukumo en evidencia (cosa que logró a la perfección).

-A sus órdenes, Comandante Vegeta –dijo el capitán Kukumo con una exagerada reverencia- Ya lo has oído, acércate al planeta a máxima velocidad –ordenó al tripulante- ¡A todas las unidades, preparaos para desembarcar!

-Capitán. –dijo Vegeta- Yo saldré el primero de la nave. Yo sólo.