Bleach no es de mi autoría, le pertenece a Kubo Tite. Historia original, escrita por mí.
UNIVERSO ALTERNO.
Nota: El capitulo en general muestra el pasado de Ichigo, el texto en negrita corresponderá al presente, para evitar confusiones de algún tipo. El resto en normal al pasado.
Introspección: La vida y la muerte son ambas caras del mismo espejo… Tal vez no sepas a que lado pertenezco cuando encuentres mi reflejo. / Cyrene Hoffnongsolos /
Sumary: Solamente finge que me amas. Y así, yo te creeré por esta noche / UA /.
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– Shinigami –
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Por Ireth I. Nainieum
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Capítulo II
Misericordia
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"El pasado se queda atrás, es hora de madurar, tenemos el infierno por delante".
– Asesinos Natos –
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Shinigami…
―Kurosaki Ichigo, he venido a matarte.
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Ese día llovía. Los niños permanecieron todo el tiempo tomados de las manos en el funeral de su madre, y también lo hacían en la sala del crematorio. Yuzu y Karin lloraban desgarradoramente, e Ichigo intentaba mantenerse temple y sereno; él es ahora el hombre de la casa. Su padre los abandono seis meses atrás, luego de su visita al parque. Fue una tarde con un leve rocío cuando Masaki los dejo desamparados y solos. Había sido asesinada por un ladrón, al que el niño dejo entrar inocentemente del peligro a su casa. Apretó con fuerza su mano―aquella que sostenía a la melliza de cabellera clara.
―¿Hermano?... ―le dio un mirada confusa y lo abrazo, gesto que Karin imito.
Kurosaki Masaki fue para Ichigo la más hermosa y buena mujer que nunca antes conoció. Desde que recordaba ella siempre mantenía un gesto sincero en su rostro, incluso luego del día que su padre se marchó y nunca más volvió. Su madre nunca dejo de sonreírles y tampoco lloró la partida de su esposo.
De pronto, unos inmutables pasos resonaron con fuerza por el largo pasillo del crematorio. Los infantes miraron hacia el origen del ruido con curiosidad, y pudieron vislumbrar a un hombre rubio que mojaba el suelo con su rojo paraguas.
―Es bueno llorar ―se agacho y sujeto el hombro del niño―, los hombres también podemos derramar lágrimas.
Ichigo se aparto brusco del desconocido, mientras movía protectoramente a sus hermanas hacia atrás y miraba peligrosamente al blondo. Este individuo se mostro sorprendido ante la naciente amenaza que percibió del niño de nueve años.
―Curioso, muy curioso ―dijo al momento de levantarse.
En total silencio los cuatro esperaron a que las cenizas de la mujer les fuesen entregadas. En una caja blanca, el hombre responsable de la funeraria le entregó a Ichigo los restos de su madre. Acongojado, al niño le temblaron sus manos y estuvo a punto de dejar caer la urna. Por fortuna, el rubio que los acompañaba la tomo suavemente entre sus manos, era demasiada responsabilidad para alguien tan pequeño.
―¡No necesitamos de un adulto! ―pronunció irascible el niño. Sin embargo las facciones de su rostro denotaban otra coas―. ¡Vete! ―exigió.
El hombre que entrego los restos se quedo pasmado, miro al blondo que continuaba serio.
―Yo me haré cargo ―le susurró al hombre. El rubio miro a Ichigo―. No seas ingenuo ―pronunció sereno de su voz, no obstante la severidad de su voz emancipo levemente al niño.
Había dejado de llover.
Ichigo intentó golpear al hombre, para recuperar la urna con los restos de su madre; no obstante la agilidad del adulto lo superó en demasía. Sin importarle que fuese un infante, no dudo en detener la agravante contra su persona. El extraño le dio una fuerte bofetada al niño, misma que lo mando directamente al blanco suelo. En chiquillo le miro con odio.
―Un buen hombre nunca debe hacer llorar a una mujer ―con su mirada, el adulto hizo un gesto para que el infante mirase detrás de él.
Las mellizas se abrazaban y gimoteaban por la aspereza de la situación suscitada. Ichigo se levanto y sonriéndoles falsamente se acerco a ellas y las abrazó.
―Lo siento ―exclamo sinceramente.
―¡Vámonos! ―ordenó el rubio.
Finalmente, los niños cayeron en cuenta de que estaban solos. El pequeño volvió a adoptar esa misma postura sobre protectora con sus hermanas. El adulto exhalo, tal vez debió presentarse desde un primer inicio y de esa manera limpiar las asperezas.
―Mi nombre es Urahara Kisuke, y a partir de hoy seré su tutor hasta que cumplan con la mayoría de edad ―les informo―. Es hora de irnos ―los infantes seguían sin moverse―. Miren ―se giro e hizo contacto visual al hincarse para estar a su altura―, he sido designado como su cuidador.
Silencio.
―¿Por quién? ―cuestiono desconfiado el varón pequeño.
―Por el gobierno ―exhalo de forma cansina―. No hay manera en que unos niños de nueve y cinco años puedan vivir por su cuenta, además no tienen más familia con quien puedan ir a vivir. Por otra parte, soy yo o el orfanato ―mutismo―. Vamos a depositar los restos de su madre en su tumba.
Confusos y renuentes los pequeños siguieron a Kisuke, mientras marchaban al lugar donde su madre posaría eternamente. Al bajar por la colina, por un momento Ichigo miro hacia atrás y le pareció ver una silueta frente a la tumba de su progenitora. Cuando se dispuso a ir hacia allá, Urahara lo sujeto de su hombro y lo hizo caminar hasta el automóvil.
La casa donde se crio los primeros años de su vida fue desalojada en muy poco tiempo, las pertenencias personales de los niños fueron llevadas hacia un almacén o mejor dicho la casa de Urahara. Al final resultó que el rubio era un tendero de una tienda de comestibles. Clientes iban y venían diariamente y una nueva rutina forma parte de los huérfanos. Una atenta y tierna Yuzu comenzó a realizar las labores domésticas de la casa. Karin procuraba atender la tienda, e Ichigo empleaba parte de su tempo libre en hacer algunas entregas a los clientes más asiduos del blondo.
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―Gracias por traer mi pedido, corazón ―le sonrió la mujer con escasa ropa―. Toma ―le dio algo de dinero―, espero que esta vez sea de mejor calidad ―miro seria al joven―. ¿Le diste mi recado?.
―Por supuesto, Yoruichi san ―se acomodó su mochila―. Dijo que si tenías algún problema que fueses al almacén ―se encogió de hombros―. Nos vemos ―dijo ya dándole la espalda.
La morena cerró la puerta y caminó hacia la sala de estar. Abrió muy cándidamente su pedido especial. Se trataba de un kunai (1), cogió un par de guantes de látex, se los puso y admiro el arma entre sus manos.; minutos después colocó una vez más la herramienta en la caja que el estudiante le trajo. Tomó su teléfono y marcó.
―Soi Fong ―dijo una vez que le contestaron―, ya tengo el pedido; pasa por el a mi casa ―le colgó. Se levantó y estiro lánguidamente como lo hacen los gatos, luego de dispuso a ir a la cocina, a preparase un batido y a esperar a su trabajadora.
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Los días pasaban sin mucha prisa para el joven, la vida le parecía aburrida y simple.
Ichigo llevaba puestos sus auriculares, cuando bajaba por la empinada colina que lo llevaría a la calle principal de la ciudad. Justo ahí se topo con varios compañeros más del instituto. Uno de ellos tenía la clara intención de asustarlo, más el certero codazo que se estrelló contra aquel rostro evito cualquier plausible broma; el asechador fue a dar al suelo.
―Buenos días, Ichigo ―acabo de mandar su mensaje de texto.
―Buenos días, Mizuiro ―guardo sus audífonos―. ¡Levántate, Keigo! ―le ordenó al convaleciente aún en el suelo.
―¿Viste el noticiario de las diez? ―se mostró excesivamente curioso Kojima.
―No ―respondió indiferente Ichigo―. ¿Paso algo relevante?.
―Se suicido el ministro de defensa ―terció Asano uniéndose a la conversación, mantenía un pañuelo sobre su nariz deteniendo la hemorragia nasal.
―¿Fujiwara Saito? ―arqueó sus cejas Ichigo al preguntar.
―Ha comenzado a circular por la red que el hombre fue asesinado, y que el gobierno intenta ocultar el hecho diciendo que fue un suicidio ―un mensaje más llegó al celular de Kojima.
―¿De donde sacas esos cuentos, Mizuiro? ―Keigo exclamó impresionado.
―Del twitter (2) ―comenzó a mover sus dedos ágilmente por el teclado de su aparato, Ichigo movió su cabeza lo suficiente como para terminar de leer lo último escrito.
―¿Sicarios? ―expresó irónico de la respuesta que daba su amigo.
―Bueno ―dejo de caminar Mizuiro―, si yo pensará en suicidarme no me lanzaría del techo de un edifico de cuarenta pisos ―los miro con perspicacia―. Más si ya me he apuñalado con un kunai.
―Hay algunos locos que deciden morir de formas raras ―respondió Keigo―. ¿Alguna vez han pensado en como les gustaría morir, si pudieran elegir? ―se adelanto un par de pasos―. Si me preguntan ―cosa que ninguno de los dos hizo―, quisiera estar rodeado de bella mujeres ―los dos pasaron a su lado con indiferencia―. ¡Hey! ―reclamo―. Y a ti Ichigo, ¿cómo te gustaría dejar este mundo?.
El mencionado se detuvo en seco en la entrada del instituto.
―Me gustaría... mirar a una hermosa estrella el día de mi muerte ―se puso sumamente serio―. Si, sería bueno morir de esa forma.
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―Ichigo ―le llamo Kisuke al entrar a la habitación del chico en la noche―. Necesito que mañana hagas una entrega antes de ir al instituto.
El estudiante aparto sus deberes de física.
―No hay problema ―rasco su cabeza con frustración por el problema que resolvía―. ¡Que fastidió! ―se lamentó amargamente.
―Bueno, no te quejes. O acabaras siendo un triste comerciante como yo ―le dijo divertido.
―Contigo como ejemplo, mejor estudio ―sonrió volviendo a tomar sus deberes.
Salió cuando menos una hora antes para su encomienda matutina. Frunció el ceño al leer una vez más la dirección, comenzaba a pensar que el rubio se había equivocado. En el sitio a donde lo había mandado, no habían más que bodegas abandonadas. Fastidiado tomo su celular y le marcó, luego de cinco minutos de infructuosa insistencia Ichigo se rindió. Tomaría la caja e iría con esta a la escuela, no estaba dispuesto a perder más su tiempo. La curiosidad ese día lo tentó, desde que tenía diez años Kisuke lo había convertido en su repartidor. Miro hacia los lados y luego destapó cuidadosamente la tapa. Confuso en un primer momento, se encontró con un corrugado ―cuatro más tuvo que retirar para llegar al objeto en cuestión―. Sintió su corazón detenerse cuando percibió una mano posándose sobre su hombro. Tembló de miedo y dejo caer el objeto de sus manos. Una pistola fue a dar a unos metros más adelante.
―Creo, que eso es mío ―musito una voz tras de él.
Ichigo se quedo estático, presa del miedo ―que no se podía mover―. Un tipo rubio paso a su lado, se agacho y guardo el arma en su vestimenta. Al voltearse le dio una sádica sonrisa al joven curioso, camino junto a él sin pronunciar una sola palabra. Al final sus piernas le respondieron y corrió como si su vida dependiera de ello. Tenía miedo de volver a casa, pero debía hacerlo por la seguridad de sus hermanas. Al anochecer llegó al almacén, con un bate de beisbol que pidió prestado ―por si acaso―. Urahara tenía una visita, el mismo individuo con el que se topo en la mañana ―miro aterrado en busca de sus parientes―, alzo el palo de madera de forma amenazante.
―¿Cómo estuvo la escuela? ―Kisuke se mostró excesivamente circunspecto, el joven no le respondió―. Yuzu chan y Karin chan se quedaron a dormir con una amiga ―se levantó―, ven conmigo.
Ichigo no se movía, el otro rubio aún estaba presente y disfrutaba plácidamente de la taza de té.
―No te preocupes por Shinji kun ―abrió la sjoji (3) ―él no se irá hasta que regresemos.
―¿Por qué habría de seguirte? ―profirió amenazante el estudiante.
―Porque tienes unas hermanas muy lindas ―hablo Hirako.
Ichigo palideció al mirar la hombre llamado Shinji.
―Vamos, Ichigo ―repitió Kisuke.
Caminaron hacia la bodega, la única área que el rubio jamás les permitió entrar. El sitio no era muy amplio a decir verdad, a penas y ambos podían estar ahí el uno junto al otro sin tocarse. Urahara se agacho y abrió una rampilla en el suelo.
―Entra ahí ―ordenó el blondo.
―¡Estas loco! ―dio un paso hacia atrás, ahora quería ir a comprobar la seguridad de sus hermanas―. ¡No se en que cosa estés metido Urahara san, pero no quiero nada que ver en eso! ―se giro, no obstante el otro blondo le impedía la salida.
―¿Vas a matarme? ―Ichigo miro aterrado al hombre que lo crio por seis años.
―Si quisiera matarte, no hubiese hecho tanto teatro ―señalo con su bastón el hueco―. ¡Entra! ―ordenó una vez más―, tus hermanas están bien.
Ichigo brincó y aterrizó dolorosamente en el suelo. Llegaron a la alcantarilla, los dos rubios estaban de pie y se mostraban imponentes ante el joven. Caminaron en total silencio por el largo laberinto subterráneo, finalmente llegaron a lo que le pareció algo inverosímil de ver. Unas enormes puertas oxidadas, con el dibujo de una calavera llameante.
―Bienvenido a la verdadera tienda de Urahara Kisuke ―hablo el rubio al abrir las puertas.
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― Kurosaki Ichigo, he venido a matarte.
El arma frente a su cabeza lo mantuvo quieto a la espera de lo que el sujeto frente a él haría. Este individuo quito el seguro, y el shinigami escucho el sonido del arma cargada.
―¡Tú, maldito bastardo! ―replico Ichigo lleno de ira.
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Con asco limpio su rostro de la sangre esparcida que tenía. Estuvo demasiado cerca cuando disparo en la cabeza de aquel hombre. Suspiro de forma cansina, al menos no tenía restos de masa cerebral en sus ropas; un aplauso tras de él lo hizo voltearse lentamente.
―Un trabajo impecable ―el humo escapando de su boca fue lo único que el joven asesino pudo percibir del hablante―. Un tanto impetuoso ―ajusto sus lentes―. Dime Kurosaki, ¿qué sentiste al matar a este hombre?.
Silencio.
El joven observo el inerte cadáver unos segundos.
―Nada ―dijo este.
―Nada ―repitió el observador―. Muy bien ―le dio la espalda y camino tranquilamente hacia el automóvil que le esperaba―, entonces ya eres todo un asesino, Kurosaki Ichigo. Ya puedes dejar la casa donde vives, ven ahora eres uno de los nuestros.
Acababa de tomar una vida entre sus manos, ya no había marcha atrás para la vida que eligió. Desde ahora en adelante y hasta el final de sus días, sería un asesino, apodado shinigami...
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Intentó abalanzarse contra su ejecutor, sin embargo este se movió previendo sus intenciones. Se giró ágilmente y esquivó el golpe, lo siguiente que el shinigami percibió fue que estaba boca arriba; producto del golpe que recibió en su quijada.
―Siempre tan impetuoso ―se dijo el lujo de fumarse un cigarro.
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Volver a su pueblo natal luego de tanto tiempo le trajo gratos y amargos recuerdos, luego de aquel día ya nada volvió a ser lo mismo para él. Sonrió con nostalgia al pasear por las calles que solía recorrer de niño. Gracias a Dios, sus hermanas estaban a salvo y lejos de aquel mundo corrompido en donde él vivía. Su celular timbro, él encendió el manos libres.
―¡Hermano! ―hablo eufórica―. ¡No se como agradecerte!.
Ichigo sonrió, sabía bien el porque de esa llamada.
―¿Te ha gustado tu regalo? ―pidió con una falsa curiosidad.
―¡Esto es más de lo que podíamos imaginar! ―estalló llena de alegría.
―Eso es lo que se merece mi pequeña hermana ―suspiro al llegar a su destino―. Dile a Tōshirō que tiene que cuidarlos.
―Gracias, hermano.
―Disfruten su nueva casa, Yuzu.
Abandono de la casa de Kisuke ―con la promesa de que cuidaría a sus parientes― y cinco años después regresó por sus hermanas. Kurosaki Ichigo era un exitoso hombre de negocios. Tenía un capital muy codiciado por varios, inclusive se había dado el lujo de pagarle la boda a su hermana y comprarle una casa en Inglaterra ―lugar de su residencia actual―, al joven matrimonio. Luego de la sorpresa que ella le dio ―sería tío en muy poco tiempo―. Pudo haberse opuesto al compromiso, sin embargo cambio de parecer cuando su ahora cuñado le dijo que por motivos de trabajo no podrían vivir en Japón. Por otra parte, Karin vivía en Nueva York como una importante fotógrafa y tampoco tenía la menor intención de regresar a su país de origen. Ambas, el último vestigio de su familia residían a cientos de kilómetros de él, porque el lo había decidido.
La mayoría de las personas creían que era un contratista que viajaba por todo el mundo. Mucha gente envidiaba que a sus veinticinco años, él lo tenía todo. Dinero y mujeres… Entre sus conocidos ―y no tanto― era bien sabido que el joven solía hacerse acompañar por deslumbrantes mujeres ―muchas de ellas por solo una noche.
Sin embargo, la realidad siempre supera la ficción. Kurosaki Ichigo no es un contratista, es un asesino. Un sujeto a quien se le paga dinero para ejecutar a inocentes y culpables. Diez años le tomo el ganarse la terrible reputación que tiene, y el apodo de shinigami… Por decisión propia convenció a sus hermanas que estudiasen fuera de Japón. Las amaba más que nada en el mundo, y le dolía el mandarlas lejos; pero también sabía que podían ser usadas como señuelos. Jamás permitiría que nada ni nadie lastimase a quienes él más quería.
Ya era de madrugada cuando llegó a su destino, bajo del automóvil y exhalo pesadamente en la helada noche. Su traspiración chocó contra el frío clima, se puso sus guantes y caminó directo hacia la puerta de esa casa.
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Le tomo un minuto el recuperarse, pero cuando lo hizo se levantó altivo y orgulloso. Nadie lo humillaría y ahí entraba también el hombre frente a él.
―Nada mal ―como si fuese un invitado se sentó en el sofá―. Charlemos un poco ―pidió amablemente el intruso.
―¿Tienes el descaro de pedirme eso? ―espetó Ichigo.
―Cuanto más me irrites, menos tiempo tendrás de llegar a ella.
El shinigami volteó nervioso hacia la ventana. La habitación oscura de Rukia no le decía nada.
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Deslizó lentamente la sjoji, ahí en la habitación a esas altas horas de la madrugada alguien le esperaba. Una mirada rápida entre ambos, el hombre le ofreció un poco de té, sin embargo Ichigo no lo tomo; de hecho permaneció de pie junto al zabuton (4) que le fue ofrecido.
―¿Puedo saber a que has venido, Kurosaki san? ―exclamo con una formalidad excesiva y que no existía años atrás―. ¿Gustas un poco de té? ―sirvió un poco en otra taza.
Ichigo llevó su mano derecha al interior de su gabardina negra y saco una pistola bruna, que apuntó directamente en la cabeza del rubio. Este, le dio una mirada un tanto altiva.
―Lo lamento ―se dispenso honesto al cargar el arma―. Solo cumplo órdenes ―le explico shinigami.
―No necesitas justificarte ―bebió un poco―. Déjame al menos, terminar mi té.
Para Ichigo, esos fueron los cinco minutos más largo que hasta entonces había tenido. Se mantuvo alerta ante cualquier movimiento que el sujeto frente a él pudiera hacer.
―He venido a matarte, Urahara Kisuke ―exclamo seco y listo para ejecutarlo.
El blondo esbozó una sonrisa irónica que para nada le gusto a Ichigo.
―Jamás me imagine que algún día me dirías esas palabras ―exhalo desanimado, pero sobre todo acongojado― al final terminaste por tomar se lamentable camino ―lo miro lleno de amargura―. ¿Están bien tus hermanas?.
Mutismo.
―Es un asunto que no te concierne ―espetó duramente.
Kisuke mantuvo su temple, no se mostraba en lo absoluto preocupado de lo que cernía.
―¿Puedo saber quién pide mi muerte? ―se mostró levemente curioso y a Ichigo le dio la impresión que intentaba ganar tiempo.
―Conoces las reglas, Urahara san. A nosotros los asesinos nunca se nos dice quien es el cliente ―halo el gatillo y cargó el arma―, solo quien es el trabajo.
Silencio.
―Lamentablemente, nunca he tenido la intención de morir con una bala en mi cabeza ―le sonrió triunfal―. Me temo que has llegado demasiado tarde, Kurosaki san ―deposito suavemente la taza en la mesa, con premura el shinigami tomo la tetera y la arrojo contra la sjoji al tiempo que contemplaba con ira al rubio―. Aún eres un crio… ―se burlo de él.
―¿Cuánto? ―su mano le tembló con impotencia, mientras seguía apuntándole.
―Tal vez unos cinco minutos o menos ―exhalo despreocupado de haberse envenenado a él mismo―. Dime, ¿aún así vas a dispararme?.
Ichigo lentamente guardo su arma. Se dio la vuelta para dejarlo morir solo, pero antes de que pudiese dar algún paso más hablo.
―Siempre me pareciste un cobarde, que necesitaba que los demás hiciesen tu trabajo ―murmuro entrecortadamente el shinigami.
―Ese día cuanto te lleve a las puertas de los Vizards ―Ichigo volteó hacia él―, espere que el miedo fuese lo suficientemente poderoso como para alejarte de se mundo ―suspiro desanimado―. Reconozco que fue culpa mía el haberte pedido que hicieras esas entregas; pero yo no te orille a que convirtieses en un asesino ―exclamo serio―. Nunca olvides eso. No quiero que sobre mi tumba me eches en cara una responsabilidad que no es mía.
―Yo elegí por mi propia cuenta este camino ―dictaminó serio.
―¿Has buscado a tu padre, Kurosaki san? ―exclamo seguro que su pregunta ocasionaría una respuesta explosiva en el joven.
―¡No me hables sobre él! ―explotó iracundo.
―¿Lo has matado?... ―no hubo respuesta alguna, solo un largo silencio― Ojala algún día puedas redimirte Kurosaki san y que no sea demasiado tarde ―ahí sentado, el veneno le arrebato su vida.
El shinigami se acercó una vez más y le apunto con la pistola ya cargada, no tuvo el valor para dispararle. No al hombre que lo había criado ―a él y sus hermanas―. Exhalo desanimado, luego de aquel día en los cuarteles de los Vizards un nuevo mundo se le presento, así como la oportunidad única de vengarse el único hombre que consideraba responsable por destruir a su familia, su padre. Era cierto que ese día estaba aterrado y seguro que sería asesinado, sin embargo Shinji le ofreció unírseles ante lo que él declino. Pudo haberse negado a esa vida… pero no lo hizo, entrenó y se preparo con otro grupo. Al final término trabajando para a alguien a quien llamaban el "sustituto". Era la organización más acérrima de todos los grupos de sicarios de Japón. Enemigo de todos.
―Siendo honesto, Urahara san estoy agradecido de que actuases primero. No he hubiera gustado el tener que asesinarte ―se tranquilizo.
Colocó su cajetilla sobre la mesa y encendió un cigarro. En vez de fumarlo lo colocó en la fría mano del rubio y aguardo. En una clara suerte para el shinigami, una pequeña chispa fue suficiente para quemar las ropas de algodón. Ichigo intentaría ocultar el envenenamiento a través de una muerte accidental. Tomo la taza que nunca probó y se la llevó consigo, eso podría delatar la presencia de alguien más esa noche.
En un hotel de paso a unas cuantas cuadras más, escucho el sonido de las sirenas del carro de bomberos.
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Se lanzó de inmediato, sin tregua alguna. Intentando ganar rápidamente para ir hacia donde estaba Rukia. No pudo avanzar mucho más, porque una bala pasó muy cerca de él.
―¿Nada que decirme luego de tantos años?.
―¡Claro, besa mi puto trasero! ―siseó Ichigo.
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Urahara Kisuke fue asesinado por una sola cuestión en común, la lealtad. Si bien era un comerciante, este trabajaba impetuosamente con cuatro peligrosas organizaciones. El Gotei 13, Las Noches, Los Vizards y la organización para la cual Ichigo prestaba sus servicios. Por supuesto que cada grupo ya tenía un dedo sobre el rubio. Así que solo era cuestión de tiempo, antes de que alguien diese la orden. Ichigo escucho rumores sobre Aizen Sōsuke, finalmente se había cansado de la situación y que enviaría a sus más peligrosos asesinos para ejecutarlo ―no sin antes torturarlo―. Puede que fuese un monstruo ahora, sin embargo hasta él sentía el precio del deber. Si alguien iba a liquidarlo, sería él. Aprendió a no dejar rastros, además por primera vez desde que trabajaba para la organización no había tenido que mover un solo dedo para ejecutar a alguien.
Sonrió con nostalgia, todo seguía igual a como él recordaba. Decidió estacionar su automóvil y caminar un poco esa fría mañana. Marchaba tranquilo por las calles, cuando vio a unos cuantos metros a un grupo de tres corpulentos estudiantes ―con pinta de delincuentes― rodeando a una chica. Ichigo se detuvo y observo un momento, si bien era un sádico asesino reconocía que había ciertos límites que no se podían traspasar ―o al menos para él― y uno de esos era el atacar a una mujer indefensa. Antes si quiera de prestar su ayuda, la jovencita fue lo suficientemente ágil y fuerte como para quitárselos de encima. El trío término en el suelo, quejándose por haber sido aporreados por una chica de secundaria ―su uniforme así la delataba―. Ella le dio un mirada sátira al shinigami y continúo luego su camino al colegio.
Ichigo se quedo pasmado de la rudeza que ella empleo con los hombres ―cuando se les acerco―. Impactado por ella, decidió seguirla. La vio ingresar a la misma escuela donde el estudio años atrás. La misteriosa joven se volteo una vez más al sentirse observada y muy cándidamente se despidió con el dedo del corazón en alto. Al asesino le cayó en gracia la jovencita, esbozó una tenue sonrisa y se marchó; haría un poco de tiempo para pasar el día. Al terminar las clases y despedirse de su pequeño grupo de amigas en el mismo punto, percibió de nueva cuenta que era seguida. Muy bien, ya no le parecía divertido el tener a un mirón acosándola. Ichigo iba a pie, a unos treinta metros lejos de ella. Giro en una esquina y ella intentó golpearlo, sin embargo, el shinigami reacciono con mayor presteza que los estudiantes y la detuvo sin mucha dificultad. La joven enardeció e iba a usar su mano izquierda, y esta corrió con la misma suerte que su compañera.
―Eres buena, pero no lo suficiente ―le sonrió altivo él.
―Yo creo que soy mucho mejor que tú, ¡pervertido! ―pequeña, menuda, ágil. Alzó su rodilla y lo golpeó en su miembro.
Ichigo la soltó y ella aprovecho el momento para golpearlo en el rostro, rompiéndole la nariz en el proceso. Momento que ella aprovecho para salir corriendo.
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―¡Kurosaki, ya deberías de estar de vuelta!. ¿Dónde rayos estás ahora?.
―En Karakura ―respondió adolorido mientras obedecía las ordenes del la enfermera que lo atendía, en segundos la mujer se retiro―. Cuando llegue, Urahara san ya se había suicidado ―exhalo―. Yo solo limpie la escena.
―¡Sigues ahí!, espera ¿quemando su casa? ―replicó―. ¡Maldita sea Kurosaki, ya no hay motivo para que continuas en el pueblo!.
―Lo siento, Ishida ―se levanto y camino hacia la ventana―. ¿Recuerdas que tienes tiempo diciéndome que necesito unas vacaciones?.
―Si ―exclamo no muy seguro.
―Las tomaré a partir de hoy ―le colgó.
Mucho más cauto, decidió vigilarla. No iba a permitir que nadie lo humillase, especialmente una chiquilla. Ahora usaría todos sus conocimientos, la siguió sigiloso. Grande fue su sorpresa al percatarse de donde vivía ella, la vieja casa donde él creció de niño.
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―¿Dónde aprendiste tan malos modales?.
Silencio.
―¡Puedo decirte que no fue gracias a ti! ―espetó Ichigo.
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Días después Ichigo finalmente pudo comprar una residencia en aquella calle, eligiendo estratégicamente una frente a esa casa en especial. Le ordenaba a los sujetos de la mudanza, cuando percibió de soslayo a esa jovencita que se asomaba.
―¡Tú! ―le grito ella saliendo de su casa―. ¿Qué demonios haces aquí? ―farfulló.
―Rukia chan, ¿conoces a este jovencito? ―llegó una anciana con una pequeña cesta de manzanas, para darle la bienvenida en el barrio al nuevo vecino.
―Señora Kimura ―la saludo la estudiante―. Yo pues… ―miro a Ichigo con desdén.
―Buenos días, señora ―el asesino se mostro muy propio y educado―. Mi nombre es Kurosaki Ichigo, y a partir de hoy estaré viviendo en el vecindario ―tomo las manzanas que la anciana le entregó―. Cualquier cosa que necesite no dude en pedírmela, señora Kimura.
―No es bueno esto, Rukia chan ―se alegró por la joven―. A partir de hoy tendrás un vecino ―congratulo a la chica―. Con esta larga calle deshabitada siempre he temido por tu seguridad.
Ichigo miro con interés alrededor. Cierto, las casas estaban deshabitadas, aún así cuidadas como si solo sirviesen para pasar unos cuantos días al año.
―¡Abuela ―llegó un niño no mayor de diez años―, se nos hace tarde! ―comenzó a empujarla levemente para que caminase―. ¡Vamos, vamos!. Hasta luego, Rukia chan ―se despidió el niño.
―Muy bien, señor Kurosaki ―un hombre de la mudanza llegó―. Hemos terminado ―secó el sudor de su frente―. Le tomará un par de días el desempaquetar el resto de sus cajas.
―Gracias por su trabajo ―musito Ichigo.
Cuando el camión de mudanzas se retiro, el shinigami se percato que la jovencita aún estaba en la entrada de su casa.
―No tengo idea de quien seas, Kurosaki ―replicó ella amenazante―. Pero si te me acercas, ¡juro que vas a arrepentirte! ―a pasos agigantados camino directa a su casa y azotó la puerta.
Había muchas cosas raras alrededor de esa joven llamada Rukia, que el shinigami pudo constatar con rapidez. Para empezar, el laborioso trabajo que le costo el hacerse de una casa en aquel barrio, tuvo que usar sus influencias para obtener una. Y ahora el hecho que eran los únicos que vivían en esa larga calle. Ichigo comenzó a estudiar la rutina de su presa, no habían padres, hermanos o familiares que estuviesen cerca de ella. Salía alrededor de media hora ante de entrar a la secundaria y puntual siempre regresaba antes del anochecer con una bolsa de comestibles que seguramente sería su cena.
¿Quién era ella?.
Un domingo poco antes de mayo, Ichigo observo a un automóvil negro aparcado frente a la casa pintada de amarillo. Transcurrió todo el día y no vio movimiento alguno en la residencia. Hacia las seis de la tarde, mientras el limpiaba el jardín observo a un hombre de cabellera negra salir, seguido de una Rukia aún en pijama. A quien vio abrazar fuertemente al hombre que poco después subió al vehículo, antes de marcharse le entregó una caja amplia de una tienda departamental de Tokio.
―¿Enjo Kosai? (4) ―externo perturbado Ichigo al mirarla entrar a su casa.
Rukia llegaba de sus compras, cuando finalmente Ichigo decidió comenzar con su venganza, luego de esos largos meses de observarla.
―¿Necesitas ayuda? ―se le acercó, aún así mantuvo una considerable distancia con ella.
―¡Piérdete! ―espetó ella.
―Esta bien pedir ayuda cuando se necesita ―comentaba siguiéndole el paso.
―¡Tu ayuda es la última que necesitaría! ―cerró la puerta de su casa en sus narices.
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Ichigo sonrió con sorna al entrar a la casa donde una vez vivió ―sin el permiso de su actual dueña―, mientras ella estaba en el colegio. El sitio le era ajeno a sus ojos, claro que luego de diez años nada estaría como el lo recordaba, principalmente porque esa ya no era su casa. Su esencia era fría, casi como si no fuese un lugar para vivir, sino más bien un sitio transitorio y que pronto sería desalojado. Había una gran cantidad de muebles muy elegantes que le daban un aire completamente adulto al inmueble, demasiado sobrio, incluso para ella. Lo peculiar del primer piso, es que no había una sola fotografía que denotase quienes eran los dueños de esa residencia. Ni un solo retrato pudo admirar.
Llegó al segundo piso, y como si todo fuese igual recorrió el viejo camino que lo llevaba a lo que un día fue su habitación; antes de abrir la puerta suspiro. Esa ahora era la recámara de Rukia. A diferencia del resto de la propiedad, su cuarto era mucho más acogedor. Una cama individual con una colchoneta de conejos, paredes en un tono pastel rosado e infinidad de afiches infantiles eran la tierna decoración de la chica.
―Esto es interesante ―exclamo divertido.
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Ishida Uryū llegó de mala gana y profiriendo insultos muy floridos contra el shinigami; ante lo cual este lo ignoro con hastió.
―¡He tenido que viajar seis malditas horas desde la capital ―espetó―, solo para traerte esto! ―saco un CD de su portafolio―. ¡Pude haberte mandado esto por el correo electrónico! ―le arrojo el sobre y fue directo a donde se suponía que estaba la cocina, del frigorífico sacó una cerveza―. Dime, ¿para que tanta necesidad de esta información ―llegó al estudio donde Ichigo ya comenzaba a revisar la información.
―Solo tengo curiosidad, Ishida.
Uryū exhalo y lo dejo solo. Había visto el televisor en la sala, así que vería el segundo tiempo del partido de fútbol que Ichigo no le dejo disfrutar ese día. El shinigami frunció el ceño con incomodidad. Gran parte del historial de Rukia mostraba grandes lapsos de tiempo vacios ―creyó en un primer momento que era una broma de mal gusto del hombre que le visitaba―. Molesto al terminar de leer ―solo pudo averiguar sus hobbies― fue a encarar al analista de la organización.
―¡Ishida! ―se paró frente al televisor y obstaculizo la pantalla.
―Eso es todo lo que pude averiguar sobre ella ―le dio un trago más a su cerveza―. Su información personal fue eliminada ―exhalo―, no tengo manera por el momento de obtener algo más de esta joven ―le hizo un gesto para que se retirase de la pantalla―. Si quieres saber quien es en realidad, tendrás que averiguarlo por ti mismo. La organización no gastará sus recursos en tus berrinches ―vitoreó el gol de su equipo.
―¿Crees que pertenezca a la competencia o a la Yakuza (5)?.
Ishida arrugó su frente.
―¿Una niña de quince años? ―aclaró incómodo de esa posibilidad―. De la Yakuza no cuanto menos ―sobo su sien esperanzado de ello―, o ya habrías sido ejecutado por alguno de sus guardaespaldas. Su apellido no es muy común, pero no creo tampoco que sea la gran cosa. Hay un clan sin embargo... si ese fuese el caso ―lo miro― debería haber seguridad de por medio ―se adelanto a responder cuando lo vio abrir su boca―. Primero eso de tomarte unas vacaciones, luego esta absurda información que me pediste y… ―se levantó y caminó hacia la ventana que daba a la calle― comprar esta casa frente a que tuviste cuando niño ―suspiro―. Haces que me de escalofrío ―volteó hacia él―. ¡Deja en paz a esta niña! ―sentenció.
Afonía.
―Ah ―camino junto a él.
Ambos miraron como Rukia retiraba con dificultad la gran montaña de hojas secas acumulada en su entrada. Justo ese día comenzó la decadencia y amargura de las incontables vidas que serían destruidas en nombre el amor, el deber, el orgullo y la lealtad.
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El hombre suspiro nuevamente, colocó el arma sobre la mesa de la sala y luego muy tranquilamente recargó su peso en el respaldo del sillón. Ichigo dudo de sus intenciones, sin embargo aprovecho el momento para tomar ágilmente la pistola y le apunto decidido a matarlo con ella. Y al igual que hace dos lustros ese mismo día ―cuando fue por Urahara―, su mano le temblaba.
―¿Por qué dudas en disparar? ―indagó indiscreto―. No es la primera vez que le apuntas a alguien a quien dudas en matar, ¿cierto?.
―¡Cállate! ―grito Ichigo.
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Ichigo iba y venía constantemente entre sus misiones para la organización, pese a su joven edad ―de veinticinco años―, ya era considerado como el siguiente asesino principal del grupo. El dinero paseaba en sus manos en grandes fajos, así como las presas cada vez más importantes que ejecutaba. Políticos, miembros de la policía, deudores, estafadores, algún miembro de la Yakuza y alguno que otro asesinato por conveniencia. Llevaba poco más de un año viviendo en Karakura y continuaba sin saber nada sobre su misteriosa vecina. Afortunadamente, sus viejos compañeros del instituto ya no residían en el pueblo; de lo contrario no habría sabido como explicarse ante ellos, luego de haber huido hace diez años.
Cuando llegó de sus compras semanales, la miro batallar dolorosamente con las bolsas del súper mercado. Sintiendo un poco de lástima aunado a una curiosidad, fue a brindarle ayuda. En un primer momento ella se negó rotundamente, no obstante, el ver que unas cuantas latas rodaron por la bolsa rota no tuvo más remedio que ceder a regañadientes. Fue la primera vez que Rukia le permitió entrar en su hogar.
―Gracias, Kurosaki ―dijo depositando las bolsas en la mesa de la cocina.
―Ichigo ―dijo él.
―¿Perdón? ―exclamo dudosa.
―Te doy permiso para que me llames por mi nombre ―hablo de forma agradable.
―Tu puedes llamarme Kuchiki ―se cruzó de brazos y lo miro incrédula.
El asesino parpadeó y luego esbozó una media sonrisa antes de aceptar manso las órdenes de la chica.
―Será como tu digas, Kuchiki.
―Sama ―acotó ella al notar que el sufijo faltaba.
Ichigo rodó sus ojos, ella debía de estar bromeando. Él jamás la llamaría de esa manera.
―No puedo llamar "sama" a alguien mucho más pequeño que yo ―externó rudo.
Rukia se sintió ofendida y fue directa a encararlo.
―¡Te estás burlando de mi tamaño, maldito!.
―No hablo de tu estatura ―dio un paso hacia atrás ―. Sino de tu edad, tú en realidad deberías ofrecerme cierto respeto ―aclaro.
―¡En tus sueños! ―siseó ella.
Ichigo acarició la mejilla de la joven, lo que hizo que Rukia se apartase de él con las mejillas completamente rojas. Al asesino le pareció enternecedor el gesto tan casto que ella tomo.
―¿Por qué de pronto me tienes miedo, Kuchiki sama? ―uso el sufijo solo para molestarla, se mantuvo alerta de cualquier agresión de su parte ―. ¿Tienes pavor de algo?.
―¡Vete! ―gritó aterrada.
―Eres demasiado inocente para tu propia seguridad ―exhalo ―. Deberías saber que no es seguro que una jovencita deje entrar a un desconocido a su casa.
Silencio.
―¡Vete! ―reitero, mientras tomo un cuchillo grande.
El shinigami giro y ella cometió el grave error de relajarse, de un momento a otro él se giro y la encaró tan rápidamente que no le dio tiempo para reaccionar. Le arrebato el utensilio de cocina y la acorraló contra el fregadero. Él solo quería asustarla ―y por lo que vio en sus ojos, supo que ya se había vengado de ella ―, imponerse frente a la chica; golpearla no era capaz de ello, jamás podría alzar una sola mano contra una mujer. Rukia estaba pasmada y no se movía, lo miraba con sus hermosos ojos violetas que le permitían a él contemplarse en estos. Dejo caer el cuchillo al suelo que produjo un tenue sonido al dar al piso, recorrió su mejilla una vez más y luego con su pulgar circundó la comisura de sus labios. Ichigo sonrió con prepotencia al creer que había ganado en el juego, cuando pensó que tenía el absoluto control de todo. Ella no reacciono insultándolo, golpeándolo o gritando por ayuda; sino de la forma más inimaginable para él, ella lo beso. Aunque, solo fue un roce, tuvo el suficiente impacto para turbarlo. Rukia pudo aprovechar el momento para huir, en su defecto permaneció quieta en la cocina.
La tarde le había dado la bienvenida a la noche. La naciente obscuridad dejo al aire la reacción de ambos.
Afonía.
―¿Qué fue eso? ―se dijo él, al percibir ese extraño cosquilleo en su ser.
―Vete ―repitió más apacible ella.
No, ahora no podía irse.
Se acercó decidido y la beso. No como hacía un instante, ahora exigía un roce donde su lengua buscaba desesperadamente la de ella. Rukia gimió en el beso, poco después comenzó su feroz lucha por el dominio. Caricia tras lisonja, pasaron horas explorando la boca del otro. De pronto, Ichigo sintió la necesidad de algo más y temeroso se apartó de ella.
―Tengo que irme ―susurró contra su oreja ―. Buenas noche, Kuchiki sama ―la sintió temblar.
En cuanto llegó a su casa, fue directo al baño por una ducha helada. Su miembro estaba completamente duro, que le tomo un largo rato el calmarlo; con la mente más tranquila se dirigió a su habitación con una cerveza en mano. Se sentó en su cama y paseó su mano por sus húmedos cabellos.
―¡Demonios! ―se insulto ―. ¿Qué he hecho? ―se sentía completamente sucio y avergonzado de sí mismo.
Era cierto que él ya no era un mozuelo virgen, pero hasta para él habían límites. Rukia era una niña ante sus ojos, ¡por todos los cielos era más joven que sus hermanas!. Una de ellas ya era madre. Pronto su mente comenzó a jugarle, indagándose continuamente si la joven no lo había besado y correspondido como último recurso. Y de haber sido así ―arrojo su cerveza contra la pared ―, ella lo había humillado una vez más.
A la mañana, el automóvil negro llegó a la casa frente a la suya. El mismo individuo de días antes bajo, Rukia lo recibió en pijama y con una gran sonrisa lo dejo entrar. Apretó sus puños con fuerza, él sintiendo vergüenza de sus acciones y ella dejando entrar a un hombre incluso mayor que él a su casa ―y cama posiblemente ―. Muy bien, si la joven no sentía pudor alguno, porque él si debía.
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―¿Piensas asesinar a tu propio padre, hijo? ―exclamo seco.
Cuatro segundos de silencio, que casi lo ponían al borde de la histeria al shinigami. La sonrisa despectiva de su progenitor fue la última gota que hizo que Ichigo se pusiera como loco; disparó contra el hombre que le había dado la vida.
―¡Yo no tengo un padre! ―espetó el shinigami.
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Casi al anochecer la misteriosa persona se retiró. Rukia volvió a darle un fuerte abrazó y con lágrimas en sus ojos lo despidió con un beso en su mejilla. Menos de cinco minutos después, Ichigo irrumpía en la tranquilidad de la casa de la joven. Extrañada ante su falta de decoro y sobre todo preocupada le abrió la puerta.
―¿Kurosa…?
Entró a la fuerza y la acorraló contra la primera pared que encontró, y la beso. A diferencia de la ocasión anterior había un salvajismo en el acto que la aterró, en ese momento ella luchaba para quitárselo de encima. No era nada gentil, ni amable; la estaba lastimando. Su miedo aumento cuando percibió la mano del hombre deslizándose impúdicamente debajo de su playera. Como pudo logró separar sus belfos de los suyos.
―¡Para! ―suplicaba en su forcejeo.
―¿Por qué, no te gusta acaso esto? ―espetó sin liberarla―. ¿No te gusta que los viejos te manoseen? ―ella le miro con rencor puro―. ¿O es qué yo también tengo que darte un regalo cara para que me dejes tocarte? ―reclamo.
Con una fuerza que él no logró comprender, Rukia lo golpeó con tanta fuerza en su barbilla que lo arrojo al suelo ―seguramente con algo más que el dolor recibido.
―¡Eso crees que soy, una maldita prostituta! ―siseó herida y llorando―. ¡Lárgate! ―gritó apuntando a su puerta.
Aturdido Ichigo se sentó mientras sobaba su barbilla. La reacción de Rukia no fue lo que se espero, ella lo miraba completamente abatida y atormentada.
―Yo… ―intentó hablar.
―¡Lárgate, no quiero saber nada de ti! ―aún estaba llena de adrenalina, un golpe más consideró ella que era necesario para hacerle bien que iba enserio. Pensó en golpearlo en el rostro, no obstante el la detuvo al sujetarla y tirarla al suelo debajo de él―. ¡Quítate! ―forcejeó cuando Ichigo uso su peso muerto para detenerla―. ¡Auxilio! ―fue la única vez que pudo gritar, porque él le tapo su boca y la inmovilizó por completo.
―¡Tranquilízate! ―intentaba domarla, sin embargo, ella no era para nada mansa―. Lo siento ―se dispenso, pero a ella eso no le interesaba.
Luego de una hora de infructuosa lucha, Rukia se rindió. Se quedaría quieta a lo que él le haría, ya luego se encargaría de vengarse. Ichigo finalmente retiro su mano y se levanto.
―¡Largo! ―reitero sus intenciones ella.
―Discúlpame ―exhalo, ahora estaba más que seguro de haber mal interpretado la situación―, no debí haberte dicho eso ―Rukia se sentó―. Creí que ese sujeto…
―Es mi hermano ―por alguna razón, ella sintió que debía justificarse―. Solo puede visitarme una vez cada mes ―exhalo― y siempre le pido que me traiga cosas que no puedo encontrar en una ciudad como Karakura.
―¿Por qué no vives con él?.
―Viaja mucho, así que sería lo mismo. Estaría siempre sola ―le dio una triste mirada.
Él extendió su mano para ayudarla a que se levantase. Por otra parte, ella aún estaba resentida así que se puso de pie por sí misma. Camino decidida hacia la puerta principal y la abrió, estaba esperando a que Ichigo se marchase. En el medio de la calle, hacia el trayecto a su casa un llamada a su móvil llegó.
―¿Qué quieres, Ishida?.
―Tienes trabajo ―dijo serio―. Te he enviado la información a través de tu correo electrónico. Rápido, limpio y discreto, Kurosaki ―ordenó el Quincy―. Esta vez es menos tiempo, debe ser mañana ―le colgó.
Toco muy temprano en casa de su vecina adolescente. Luego de insistir por más de veinte minutos, estuvo a punto de rendirse. Sin embargo, la joven le abrió con su uniforme escolar.
―¿Qué quieres, zángano? ―espetó ella.
―Discúlpame ―externó una vez más―, Kuchiki yo… ―guardo silencio ante la fría mirada de ella― Tengo un favor que pedirte ―solicito―, si puedes alimentar a mi gato y cuidar de mi jardín por unos días ―ella se mostró un poco contrariada―. Debo salir de urgencia a la capital, y no conozco a nadie más que pueda cuidar de Kon.
―¿Tienes el descaro de pedirme ayuda? ―replico perpleja e irónica.
―Te pagaré ―ofreció.
―Bien ―se cruzó de brazos―, serán cien mil yenes por…
―¡Eso es un maldito robo! ―estalló el asesino.
―Pues entonces busca a alguien más ―abrió la reja para marcharse.
―Esta bien ―la sujeto delicadamente de su brazo―. Toma ―le entregó por adelantado el dinero solicitado por ella y las llaves de su casa
―¡Espera, Kurosaki! ―intento acercársele ella, pero él ya se había subido a su automóvil y con suma prisa emprendió la marcha―. ¡Eres un idiota!.
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Ya pasaban de las diez de la noche, cuando finalmente regresó a su casa. Las luces del primer piso estaban encendidas, miro por inercia hacia la casa de Rukia y no vio movimiento alguno en esta. Se pregunto si ella estaría en su hogar. La respuesta llegó de inmediato, la joven jugaba en la sala con su consola de videojuegos; chilló molesta al haber perdido.
―¡Estúpido juego!.
―No esta bien enojarse por algo tan infantil ―bromeo al entrar, y la miro brincar al sentirse descubierta.
―¿Ya estás de vuelta? ―apago la consola―. No debí tomarlo sin permiso.
Ichigo se acerco y tomo el juego que momentos antes ella disfruto.
―¿Resident Evil? ―la miro curioso―. Este es un juego para mayores, aún eres demasiado pequeña para tanta violencia ―ofendida ella le arrojó el control remoto a su rostro―. ¡Oye! ―dijo al momento de esquivarlo.
―¡Hablas igual que mi hermano! ―espetó molesta la adolescente―. ¡Sabes que lo único que me deja jugar son estúpidos juegos de niños!.
―Si tu hermano no vive contigo, puedes comprar y jugar el juego que quieras ―dijo un tanto serio.
―Tengo que obedecerlo, aunque él no este aquí conmigo ―jugo incómoda con sus manos―. ¿Puedo venir a jugar aquí de vez en cuando?
Ichigo permaneció quieto.
―Por supuesto ―le sonrió con falsedad―. Pero, ¿por qué en mi casa si puedes jugar a matar zombis y en la tuya no puedes? ―se sentó cansado en el sofá.
―Tu casa tus reglas, su casa sus reglas ―expresó seria.
―Veo ―bostezó cansado.
―Buenas noches ―dijo al notarlo sumamente fatigoso―, Kurosaki ―corrigió―. Ya le di de comer a Kon.
―Espera ―le entregó una caja, Rukia lo miro incierta―. No es lo que parece ―exhalo―, es mi manera de disculparme contigo.
La joven abrió la caja y se encontró con un hermoso dije de conejo.
―Gracias ―su rostro se ilumino.
―No es ni oro ni plata ―le explico―. Lo vi en una tienda.
―¡Eres un tacaño! ―le miro con mala cara.
―Si te hubiese dado algo tan caro, en primera te habría hecho sentir mal y en segunda ¿cómo lo explicarías? ―se cruzó de brazos, bien tenía un punto a su favor.
―¿Cómo sabías que me gustan los conejos? ―expresó dudosa.
―Bueno ―rasco su cabeza incómodo―, cuando te pedí que cuidases de mi gato no saltaste de alegría; y tampoco te he visto que adores a los perros ―se levanto y se acercó a ella, tomo la caja y extrajo el dije―. Decidía arriesgarme con los conejos ―mintió al ponérselo. Por inercia, Ichigo rozó delicadamente el cuello de ella y percibió como Rukia tembló por su tacto ―te queda bien ―expresó al girarla y contemplarla.
―Gracias… ―repitió al alejarse.
―Kuchiki…
―Deje tu dinero sobre la mesa ―ella dijo y el asesino volteó hacia el mueble.
―Es tu pago ―replico él.
―Ya me has pagado ―acarició el dije―. Te doy permiso de que llames Rukia ―le sonrió.
―Y tú puedes llamarme Ichigo ―hablo él.
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Al final, el shinigami no tuvo el valor de asesinar a su progenitor. Pese habérselo estado prometiendo por años, planeándolo inconscientemente en su cabeza una y otra vez esa larga letanía que explayaría. Ahora, que lo tenía frente a sí; ninguna de esas palabras afloraba de sus labios. Sintió inquina y repulsión por sí mismo, que eso le enfermo. La bala paso muy lejos de Isshin.
―¡Hice muchos sacrificios por ti y tus hermanas! ―hablo tristemente el padre al levantarse y dar unos cuantos pasos hacia su vástago.
―¡Tú no hiciste nada por nosotros! ―estalló lleno de una nueva ira renovada―. ¡Tú nos abandonaste y nos quedamos solos, por eso me convertí en un maldito…!
Isshin le profirió un muy certero y fuerte golpe en la barbilla a su hijo.
―No hijo… tú elegiste ser un asesino por ti mismo.
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Pareció que el incidente se olvido al cabo de unos días, por parte de ambos nadie comento nada nunca más. Y día a día, una atrayente atracción crecía entre ambos. Ichigo continuaba debatiéndose con su moral y actuar con Rukia; como hombre se contenía en la medida de lo posible y cuando sentía que llegaba a su límite corría directo al baño. La joven en ocasiones escuchaba la regadera y otras tantas solo un gemido ahogado. Era una tarde inusualmente cálida de otoño, y el aire acondicionado a toda potencia no brindaba mucha ayuda; por lo que Ichigo con total descaro ―para ella―, se paseaba felizmente en ropa interior.
―¡Vístete! ―ordenó azorada ella.
―Tengo demasiado calor ―usaba su mano para brindarse algo más de aire.
―¡Es qué no conoces la decencia! ―se levantó hecha una fiera del suelo y no le importo el perder en su juego.
―Tu también te estás muriendo de calor ―replicó él, al notar el sudor en la frente de la fémina. Pese al fresco vestido que usaba ―silencio―. Bien ―molesto se levantó y fue hacia su recámara.
Cuando volvió a la sala, Rukia continuaba jugando. Esa ocasión opto por sentarse en el suelo, una sonrisa picarona se dibujo en su rostro al sentarse detrás de ella; la tomo de su cintura y la acercó hacia él. Poco a poco, luego del presente como disculpa, comenzó un peligroso juego entre ambos. Con lujuria de por medio Ichigo hacia más que un coqueteo cada día.
―¡Ichigo! ―se avergonzó de inmediato.
―Ya me he puesto más decente ―le sonrió inocentemente cuando ella volteó a mirarlo.
―¿Pero? ―balbuceó.
La tomo de su barbilla y la acercó hacia él, fue un beso lleno de pasión y deseo, al que Rukia correspondió de igual medida.
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―¡Pudo haber sido diferente si tú hubieses estado de mi lado! ―esa ocasión no se permitió caer al suelo..
Isshin negó.
―Pudo haber sido distinto, si tu hubieses tomado otro camino. Hijo…
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Los días dieron paso a las semanas y estos a su vez, más meses. Entre los constantes viajes de negocios ―de Ichigo― la relación entre ambos creció. La calle desolada, ayudaba a guardar la apariencia entre ambos. Sobre el sillón esa fría tarde de enero, ambos pasaban la terrible tormenta.
―¿Cree s que pronto deje de nevar? ―Rukia se apartó un poco.
―No creo, en el noticiario dijeron que nevará toda la noche ―la acercó a él, para que se acurrucase en su pecho―. ¿Puedes pasar la noche aquí? ―sugirió divertido, y más se alegró con la cara de pocos amigos que ella le dio.
―¿Y dónde dormirás tu? ―se alejo de él y cruzó sus brazos.
―Aquí en el sofá ―puso una cara sumamente inocente―. ¿Tú dónde creías? ―picoteó con ternura su nariz y se carcajeó al ver el rubor de sus mejillas.
―Me parece bien ―evito mirarlo al responder.
Antes de que la pudiese besar, el celular vibro. Molesto, no tuvo más remedio que contestar al tratarse de una llamada de negocios; se paro del sofá y camino hacia la cocina.
―Habla ―espetó seco e incómodo al individuo tras la línea.
―Hay un trabajo nuevo para ti
―¡No esperarás que vaya ahora! ―se asomo a través de la ventana de la cocina y solo pudo observar esa terrible ventisca.
―¡Por supuesto que no, Kurosaki! ―Ishida se sintió ofendido―. Pero, este es un trabajo muy importante.
―¿Cuánto?.
―Restando el dinero de la organización, yo diría que unos quince millones de euros ―respondió Ishida.
Silencio.
―¡Vaya! ―se sintió altivo e importante, era la primera vez que le ofrecían tanto por un asesinato―. Muy bien, envía la información.
―Kurosaki… ¿estás solo? ―hablo con una seriedad ajena a la usual.
―¿Qué te importa? ―antes de colgarle, el Quincy hablo.
―La gente esta hablando y no es nada bueno, ya lo sabes. Gente como tu y yo no podemos relacionarlos con personas comunes ―afonía―. Dime por favor que no estás con esa niña en tu casa? ―exhalo llevando su mano a su frente.
―¡No es asunto tuyo lo que haga, ni del resto ―espetó―, además…! ―fue interrumpido.
―No olvides porque te llevaste a tus hermanas de Japón ―le recordó―. Ya te dije antes que hay ojos y oídos en todas partes, Kurosaki; te he estado cubriendo estos dos años. Pero aquí comienzan a murmurar sobre tu nuevo estilo de vida ―sentenció―. No falta mucho para que comiencen a investigarte ―exhalo―. Por el propio bien de esa chica, márchate de Karakura y no vuelvas a verla nunca más.
Ichigo ya no quiso escuchar más y le colgó. Apretó con fuerza sus puños, era cierto que debía recordarse una vez más el porque había apartado a sus hermanas de su vida y lo más importante, decirse que si era descubierto por la organización ella podría ser usada por el grupo. La llamada duro poco, sin embargo se sumió en sus pensamientos durante un muy largo tiempo; al consultar la hora se sorprendió al saber que faltaba poco para la media noche. Fue hacia su recámara ―por cobijas―, mañana partiría para cumplir con su trabajo, luego dejaría a Rukia y Karakura. Eso había decidido, ahora que él consideraba que los lazos no eran tan fuertes, cuan equivocado estaba. Ella despertaba en él sentimientos que antes jamás tuvo. La necesitaba y eso era lo que más temía, que la joven se convirtiese en su obsesión y destrucción. De improviso la luz de la cocina se apagó.
―Se fue la luz ―dijo Rukia en cuanto Ichigo ingresó a la habitación.
―Algún poste debió caerse, mañana seguramente será arreglado ―camino hacia el armario y saco de ahí un futon―. Buenas noches.
―Sabes ―él volteo hacia ella con curiosidad―, hoy es mi cumpleaños ―pronunció con una inocencia que lo turbo.
Claro que Ichigo lo sabía, lo había investigado pero no sería tan tonto como para decírselo. Y durante el largo tiempo que habían convivido a ninguno de los dos les pareció importante el compartir las cuestiones personales. De hecho para él, le daba la impresión que de una u otra forma ella también tenía un doloroso pasado que no deseaba recordar nunca más.
―No tengo ningún regalo para darte ―se acercó cohibido hacia ella―. Mañana debo salir de viaje, te compraré de regalo lo que quieras ―le mintió, ya que él no volvería. Y luego la beso―. Feliz cumpleaños, Rukia.
―Hoy cumplo diecisiete años ―hablo ella―, quiero mi regalo ahora ―susurro contra su oído.
―Lo traeré cuando regrese de mi viaje ―se apartó dolorosamente de ella.
Afonía.
―Ichigo…
―Rukia… ―si iba a marcharse, debía hacerlo justo ahora. Antes de que sus defensas se acabasen―. Me asustas ―fue honesto―, intuyo lo que quieres ―dio un paso más hacia atrás―. No puedo ―se había prometido irse y dejarla.
Herida agacho su mirada, se apartó de la cama y comenzó a buscar sus cosas.
―Entiendo ―replicó con un nudo en la garganta― entiendo ―repitió― soy muy poca cosa para ti ―exclamo llorosa al colocarse la chamarra.
Ichigo la tomo el brazo antes de que ella saliera de la recámara, había furia en su mirada.
―¡Tengo veintiséis años ―espetó―, en seis meses cumpliré veintisiete!. ¡Son diez años más de lo que tú tienes! ―la soltó. No obstante coloco su cuerpo en el marco de la puerta, ahora no la dejaría marchar.
―¡La edad no importa! ―le gritó ella.
―¡En esta sociedad no puedo salir a pasear a la calle contigo, a tomar un helado o ir al cine ―se frustro de impotencia―. Solo soy un… ―guardo silencio, no podía decirle que era un asesino― un… pervertido.
Silencio.
―¡Entonces apártate de la puerta y déjame ir, Ichigo! ―se acercó a él para moverlo por la fuerza si era necesario. Lo golpeó, chilló y gritó contra su pecho; él solo se mantuvo impasible y la dejo actuar. Al final, solo la pudo abrazar cuando ella comenzó a llorar―. ¿Al menos un beso como la despedida? ―hablo luego de un tiempo.
―No me pidas eso justo ahora ―suplicó él. No podía dejar caer sus barreras, si ella lo dejaba todo sería mucho más sencillo para ambos.
―¡Por favor! ―rogó.
Durante solo un momento quiso hacerlo, darle un efímero beso y apartase para dejarla salir de su vida. Sin embargo, no pudo hacerlo, pues ella gimoteo su nombre con tanta desesperación que le cegó todo raciocinio coherente de instantes antes. Comenzó a besarla con más ímpetu y deseo, dando pasos cortos hacia la cama. Aquella noche dejo atrás todo perjurio, miedo y consecuencias por sus actos… esa noche solo importaría una cosa, Rukia sería suya. Si las cosas salían bien, con ese último trabajo abandonaría la organización y comenzaría una vida nueva junto a ella.
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―¡Cállate!. ¿Tú que sabes de mi vida?.
―Se que ambos tomamos el mismo camino equivocado―le interrumpió.
―¿Qué quieres decir? ―dijo incierto Ichigo.
―Yo también fui un asesino ―se movió tan rápido que el shinigami no pudo reaccionar, cuando Isshin extrajo otra pistola escondida en su espalda baja. Ambos se apuntaron mutuamente―. ¿Quién será más rápido?.
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No podía dormir luego de lo que había hecho. Justo ahora se sentía como un monstruo, llevo desesperado sus manos a su cabello. El cuerpo desnudo a su lado se movió hacia él ―buscando calor―, la admiro cautivado. No podía creerlo, acababa de tomar su virginidad.
―Fue mi elección ―dijo al tomarlo de su mano por notarlo preocupado.
―No debí ―hablo, más ella lo silencio con un dedo en los labios masculinos.
―Yo quise hacerlo ―suspiro al colocarse sobre él―. Esta es responsabilidad mía, nunca voy a culparte por esto ―susurro al besarle el cuello―. Además ―él al miro con curiosidad―, fuimos responsables ¿no?.
Ichigo comprendió que hablaba de la protección.
―Claro ―rodo y la coloco bajo él―. Te amo Ichigo ―fue la primero en decirlo, en verdad lo amaba más que nada en el mundo. Pero, él nunca contesto.
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―Si yo muero, no tengo nada que perder ―dijo Isshin.
―¡Te mataré y luego iré por Rukia!
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En el resto de la noche y parte de la mañana, Ichigo no reprimió su deseo por hacerle el amor. ¡Maldición!, sabía bien que ahora estaba condenado, ella sería su perdición, pero poco podía hacer para apartarla. El tacto más leve de su cuerpo lo incitaba a mancillarla y ¡Dios! era insaciable con Rukia. Con esa última arremetida, sintió a su cuerpo relajarse, la toma bruscamente del rostro y la beso pecaminosamente.
―¿No vas a contestar? ―dijo entrecortadamente, respirando agitada―. Debe ser importante ―lo intuía porque el aparato no había dejado de sonar desde que comenzaron su última ronda―. Se te ha hecho tarde para el trabajo ―pasaba del medio día y él aún estaba con ella y dentro de ella.
Ichigo no quería contesta, por supuesto que esa llamada sería de Ishida; para fastidiarlo por no haber llegado todavía. Quejumbroso, colocó su espalda en el colchón e hizo que Rukia se sentase a horcajadas sobre él. El celular dejo de timbrar, para su buena fortuna. La retiro de sí y tiro el preservativo al bote de basura.
―Dame otro ―le pidió a Rukia.
―¿Seguro? ―ella se mostro nerviosa―. Pueden despedirte sino vas a trabajar ―ella se lo entregó.
―Continua la tormenta, es imposible que pueda usar la carretera para ir a Tokio ―frunció el ceño―, mañana con algo de suerte estaré puntual.
―¿Qué hay de mi regalo?.
―Pensé que ya te lo estoy dando ―se colocó la goma.
―¡Quisieras! ―se dejo llenar por él.
Antes de comenzar, el celular timbro.
―¡Joder! ―blasfemo él―. Pásamelo, por favor ―ella se lo entregó―. ¿Qué quieres, Ishida?.
―Tu objetivo, no lo has olvidado, ¿cierto? ―una voz que no fue la de Ishida le hablo, de un momento a otro Ichigo se tenso―. Mañana Kurosaki, a medio día y disculpa por arruinar tu diversión ―le colgó el hombre al que le llamaban el sustituto.
―¿Algo malo? ―dijo al notarlo turbado.
―Nada ―comenzó la siguiente ronda de la tarde.
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―¿Cuándo vuelves? ―Rukia abrazaba sus piernas y lo miraba hacer una pequeña maleta sentada en la cama que antes compartieron.
―Si las cosas salen bien, tal vez hoy. Sino posiblemente me tarde más días ―volteó hacia ella―, te avisaré de todas formas.
―Mi hermano… ―suspiro lamentándose y su visión se nublo de inmediato
―¿Qué pasa? ―la abrazó.
―Nada ―exhalo―, olvídalo ―le sonrió.
―Volveré pronto ―se levanto y continuó con su maleta―. Por cierto, ¿en qué trabaja tu hermano? ―se mostró curioso, nunca ni él ni Ishida pudieron descubrir esa información y ahora que habían intimado esperaba que parte de los secretos acabasen. La miro esperando una respuesta que nunca llegó.
―No puedo decírtelo.
―Ah.
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A simple vista parecía un edificio abandonado con maquinaría lista para demolerlo, y con una orden municipal clausurando la obra. Un muy buen plan estratégico para ocultar las apariencias. Deslizó su tarjeta e introdujo la clave. Fue recibido en una especie de elegante cantina que nada debía de hacer ahí, camino directo a la barra.
―Te esperan el cuarto del fondo ―dijo un sujeto con apariencia de barman al entregarle lo mismo de siempre.
―¿Ha pasado algo? ―exclamo luego de darle un trago a su copa.
―No tengo idea ―se alzo de hombros.
Ansioso, Ichigo caminaba hacia la habitación que generalmente estaba en desuso. Las reuniones las hacían en el lobby principal, por lo que el ser llamado ahí le ponía de nervios. Ishida y el sustituto le esperaban, así como un reconfortante sillón vació.
―¿Qué es tan importante? ―espetó el shinigami contra ambos―. ¿Por qué no seguir el procedimiento normal? ―dijo al sentarse.
―Ishida ―pidió el sustituto.
El hombre de lentes camino hasta el interruptor de luz y la apago. Luego comenzó a pasar poco a poco una serie de diapositivas de paisajes invernales de Tokio. Algo no andaba nada bien y eso lo sabía perfectamente.
―Este sujeto es tu siguiente objetivo ―le mostró una imagen con el mismo individuo que visitaba regularmente a Rukia―. Su nombre es Kuchiki Byakuya ―el Quincy le miro preocupado, mientras hablaba―. Kurosaki.
Las pupilas de Ichigo se dilataron, se levantó y le dio una mirada furiosa al sustituto que parecía completamente divertido de la situación. Luego de un tenso momento, este sujeto se levanto y camino lento hacia la puerta.
―No tengo nada en contra de quien llevas a tu cama ―guardo sus manos en su bolsillos―. Estoy seguro que ahora comprendes la situación y el porque te he llamado ―expreso peligrosamente―. La organización no permite traiciones de ningún tipo ―abrió la puerta―. Hay mucho dinero de por medio, no solo para nosotros. Sino también para quienes trabajamos ―se retiro.
El silencio se apodero de inmediato de aquella diminuta sala a oscuras. Ishida permaneció callado y listo para la reacción del shinigami, que no hacía otra cosa que ver la diapositiva actual. Una imagen de una pequeña Rukia tomada de la mano de su hermano mayor. En un verdadero arrebato de su parte, se levantó y arrinconó al Quincy contra la pared; este pudo ver solo desesperación en su mirada.
―¡Tranquilízate, Kurosaki! ―intentó sonar calmado.
―¡Y una mierda con eso! ―le grito.
―¡Por eso te dije que no te involucraras con ella! ―le hizo una llave de lucha libre que le permitió liberarse del shinigami―. Después de aquel día que estuve en Karakura comencé a investigar por mi parte, pero siempre llegaba a un callejón sin salida. Hasta…
―¿Hasta? ―exigió la respuesta.
―Kuchiki Byakuya tiene tratos con Las Noches.
Ichigo sintió que su alma abandonaba su cuerpo, tambaleante dio algunos pasos hacia atrás.
―¿Las Noches? ―repitió trémulo.
―Las Noches le prestan sus servicios al hermano de Rukia chan ―susurro preocupado.
―¡Eso no determina!…
―¡Escúchame, Kurosaki ―hablaba deprisa y en una voz muy baja―. ¡Tu vida esta en juego, la mía, la de tus hermanas y la de Rukia chan! ―espetó―. Te dije que habían rumores circulando, nunca antes te habías quedado tanto tiempo en un solo lugar y ¡sabes bien que no debemos hacerlo!. ¡No podemos convertirnos en rostros familiares para el resto, solo somos una vago recuerdo y un no me acuerdo! ―silencio―. Kuchiki, ¿no lo ubicas? ―Ichigo permaneció imputable―, es el Clan Kuchiki ―el shinigami palideció en el acto―. Te has relacionado con la hermana menor del líder de la Yakuza más poderosa del país. Dime, ¿ha pasado algo entre ustedes? ―no hubo respuesta alguna y el Quincy se desespero rápidamente al comprender―. ¿Es que no piensas con la cabeza, estúpido?. Sabes lo que sucederá sino acatas la orden, estás en la cuerda floja. Muchos creen que has traicionado al grupo y no dudaran en matarte, luego de haber acabado con el resto. ¡Tienes que matarlo! ―señalo la pantalla― y desaparecer de su vida.
Todo lo que había planeado para ambos, se había esfumado en el aire.
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Justo ahora fumaba impaciente en la habitación del hotel de Tokio, esa madrugada. Se suponía que desde hacía varios días debió de haber regresado a Karakura con el obsequio de Rukia, le prometió que la llamaría y eso jamás lo hizo. Contempló sin emoción alguna los cadáveres esparcidos por la habitación.
―Perdóname ―suplico. Un quejido pudo ser escuchado por el shinigami, quien se levantó y busco entre los cuerpos al responsable de aquel sonido―. No puedo creerlo ―debajo de sus pies yacía un hombre agonizante―. Acabaré con tus sufrimiento ―al parecer su bala no fue suficiente para cegar su vida, percibió que erro y la sangre brotaba del estómago. Antes de ejecutarlo el hombre sujeto la pierna de Ichigo.
―¡Bas… tardo! ―balbuceó escupiendo sangre.
De manera inflexible el shinigami contemplaba el sufrimiento del hombre.
―¡Muere! ―espetó y el hombre en el suelo se rió―. ¿Te parece divertido el hecho de que vas a morir? ―se agacho hasta quedar a su altura y colocó el arma en la boca del varón agonizante, el apretón en su pierna desapareció―. Así esta mejor.
―¿Crees que ella te perdonará? ―espetó con amargura Byakuya.
―¿Quién? ―pronuncio sardónico el shinigami.
―Rukia nunca te perdonará ―se rindió ante lo inminente, de nada le serviría seguir luchando―, ¡eres solo basura para ella! ―pronunció asqueado.
Calmado y tranquilo, Ichigo se mantuvo.
―Tu hermana Kuchiki Byakuya ―se levanto y le apuntó fríamente al rostro―, solo me ha servido para calentarme la cama ―espetó―. Cogérmela, era solo parte de este trabajo.
Silencio.
―Así pues, que tus palabras sean tu sentencia.
Una bala más, fue suficiente para acabar con la vida del líder de la Yakuza en el territorio central de Japón. Una terrible ola de asesinatos se cerniría sobre todos, ante el deseo de apoderarse del área más lucrativs del país. Burlar la impresionante seguridad de Byakuya fue algo que le tomo a la organización meses de preparación y que había requerido del uso de todos su miembros; dejando como último punto al individuo seleccionado para la ejecución. En una perfecta sincronía se llevó acabo la obra, "el dinero compra a cualquiera" ―Hirako una vez le dijo―. Llegó a la habitación vestido como el camarero, fue revisado exhaustivamente por los guardaespaldas, todo estaba en orden. Excepto por la botella de champagne de cortesía, mandada hacer con un único propósito, contener un somnífero; no le gustaba usar métodos poco profesionales a su gusto. Sin embargo, no tuvo opinión alguna, el sustituto coordino la operación entera. Una linda camarera ―que no era más que otro miembro―, llegó en perfecta sincronía con el arma asesina, misma que le entregó al shinigami.
Justo antes de salir, algo le hizo voltearse. ¿Sería realmente posible que Kuchiki Byakuya no supiese lo que pasaba entre su hermana y él?...
Un escalofrío recorrió su cuerpo. No, eso era imposible.
―Ishida ―imperó demandante caminando por el pasillo―. ¡Esta hecho, dejo el resto en tus manos! ―colgó.
Demasiadas cosas le preocupaban, Rukia, sus hermanas en realidad y sobre lo que sucedería con la revancha del Clan Kuchiki. Toda su existencia debía desaparecer… Kurosaki Ichigo estaba muerto.
A través de una infinidad de cuentas imposibles de rastrear, la organización se dio a la tediosa tarea de rentar los pisos contiguos a la habitación del Yakuza, en el hotel de lujo donde se hospedaba. Entró al elevador agachando la cabeza, haciendo imposible para la cámara el contemplarlo, con ayuda de esa peluca negra pasaría desapercibido. Llegó a la cocina, miro el reloj marcar la una de la madrugada y una fuerte explosión ―dispuesta la bomba por la fingida camarera―, retumbó estrepitosamente por el edificio. Entre el caos y el miedo, abandono tranquilo la escena de la ejecución. Toda evidencia había desaparecido, o al menos eso creía.
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Durante seis años intentó olvidarla, llevaba regularmente a mujeres a su cama. Sin embargo, ninguna lo complacía como aquella chica inexperta de diecisiete años lo había hecho. Cada fémina en su lecho era comparada irremediablemente con su antigua amante. Gruño frustrado tras su última embestida, con asco se apartó de ella. Tomo su cartera y le arrojo prepotente varios billetes a la cara de la scort (6).
―¡Vete! ―le ordenó.
Sorprendida ante el cambio de humor, la cortesana tomo sus cosas y se marchó rápidamente. Camino desnudo hacia la amplia ventana de ese apartamento, tomo los binoculares y contemplo al objeto de su afecto. Desde ahí, podía observar a Rukia. De un momento a otro, un hombre ―que no era él―, la abrazo tiernamente ante cual ella cándida respondió. Un odio inaudito se apodero de él, y todo iba contra el sujeto que se había atrevido a desposarla.
Abarai Renji trabajaba como un miembro élite del Tokushu Kyūshū Butai (7) ―lo sabía, porque se había dado a la tarea de investigarlo―, le parecía irónica la situación. Esposo de la hermana del antiguo líder de la Yakuza central japonesa. Huérfano de padres, lucho intrínsecamente por abrirse camino en una sociedad que nada tenía por ofrecerle. Aunque le doliese admitirlo, él era el tipo de hombre que Rukia se merecía. Por esfuerzo propio, el pelirrojo logró abrirse camino dentro de la estación de policías hasta que recibió la oferta de convertirse en un miembro de una de las organizaciones más secretas del país.
Se acurrucaron en el sillón, seguramente para darle rienda su pasión.
Las imágenes del recuerdo de la única noche que compartieron inundaron su mente. Obsesión, deseo, amor…
―Abarai Renji debe morir ―se dijo―. ¡Un maldito mono no tiene derecho de estar junto a mi estrella!.
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―Dispara ―una vez más su progenitor lo incito, y lo único que obtuvo fue una respuesta vaga―. Te estás tardando, hijo.
―¡Cierra tu maldita boca, no tienes ningún derecho a llamarme hijo! ―grito furioso―. ¡Yo no tengo padre!.
Silencio. Las palabras hieren más que las acciones.
―Debiste dejarla ser feliz con su marido, hace cuatro años. Ichigo ―lo miro con lástima―, todo este tiempo solo has sido un hombre egoísta. Dime, ¿alguna vez pensaste en la felicidad de ella? ―quiso saber.
―¡Te atreves a preguntarme, tú. Él que abandono a su esposa e hijos! ―no le reclamo, pero si le expreso la furia de sus emociones.
―Masiki siempre supo que yo era un asesino ―percibió muy claramente como su hijo lo miraba con estupefacción―. A ella jamás le mentí…
―¡Mientes! ―aquellas palabras no podían ser cierta, se decía a sí mismo―. ¡Mi madre jamás hubiese aceptado estar junto a un maldito asesino como tú! ―Isshin se carcajeó en su cara―. ¿Qué te parece tan divertido?.
―¿Acaso alguna vez la viste triste luego de mi partida? ―el silencio fue su mejor respuesta―. Masaki nunca lloro porque jamás le oculte quien era realmente, Ichigo. Los deje, para que ustedes pudiesen ser felices ―exclamo con tristeza―, mi sueño fue que tú formases una familia mejor que la mía ―sonrió con tristeza.
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Respiraba agitado, luego de haber descargado el arma completa en aquel diminuto bar de la ciudad. Una indescriptible dicha lo satisfizo en ese momento, acababa de asesinar al marido de Rukia y con veintitrés años la hacia viuda. No hubo súplicas, llegó y disparo contra los hombre en la mesa ―tres en total― mientras disfrutaban del partido en el televisor. Los gritos y el caos alrededor de él le hicieron salir de su estado de placebo. Era una confusión la escena en sí, había actuado con premeditación y sin tener la orden de la organización. Miro a su alrededor y salió por la puerta trasera. Llegó a la calle principal e intento inútilmente mezclarse con la multitud reunida, desafortunadamente los rastros de sangre en su vestimenta poco le favorecían. Entró precipitadamente a un sitio de comida rápida ―fue observado por todos― y camino directamente al sanitario. Arrojo la peluca negra ―que tantas veces antes le sirvió en el trabajo―, así como la gabardina y los guantes blancos. Del bolsillo trasero de su pantalón extrajo un par de látex, que colocó en sus manos. Algo más tranquilo, mojo su rostro con abundante agua fría, alzó su rostro y contempló su inexpresivo rostro.
Suspiro.
Acababa de arruinarle la vida nuevamente a la mujer que aún amaba.
―¡Disculpe! ―tocaban a la puerta―. ¡Señor esta bien! ―una jovial voz sonaba preocupada.
Sonrió irónico de la situación.
Se agacho y busco entre los implementos de limpieza de aquel diminuto baño, se encontró con ciertos líquidos de limpieza que servirían a su propósito. Vació el contenido total en el basurero ―donde antes arrojó sus cosas― y les prendió fuego. Luego, tranquilamente salió del baño; cerrando la puerta tras de sí con el pasador. La joven le miro confundida, había visto a otro hombre ingresar.
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―He estado esperando desde hace mucho tiempo que me dispares, Ichigo ―se cruzó de brazos―. Sino eres capaz de enfrentarme ―exhalo―, no podrás hacerlo con tus fantasmas ahí afuera.
El shinigami llevó una mano nerviosa a su rostro y se carcajeó con sordina de la situación entera. Se sentía impotente, no creía una sola palabra con respecto a que su madre sabía la verdad sobre aquel hombre que osaba llamarse padre ante él ―luego de treinta años de abandono―; siempre se imagino siendo superior y disparando sin dudar contra aquel individuo. Sin embargo, justo ahora era incapaz de hacerlo. Sintió aversión y repulsión de sí mismo.
―Ni siquiera vales la pena un poco de mi tiempo ―musito indiferente, guardando el arma en su espalda baja―. Han sido casi seis lustros en lo que no he necesitado un consejo, una palabra, cariño… ¡no vengas a joderme ahora! ―siseo con amargura―. ¿Dónde estabas para tus hijas?. ¿A qué rayos has venido realmente?.
Silencio.
―A salvarte ―dijo llano al bajar el arma.
―¿A salvarme? ―repitió incrédulo―. ¡Por favor, no puedes salvarme!.
Sin violencia, ni prisa Ichigo pasó a su lado. No obstante antes de salir del apartamento Isshin hablo una vez más.
―No me has respondido, porque no la dejaste ser feliz ―se volteó y por un breve instante su hijo también.
―Aquel día cuando te despediste de mí siendo un niño, comprendí una cosa ―afonía― tú y yo somos hombres egoístas ―Isshin lo miro impresionado, de verlo portarse como todo un homtre―. Actuamos por nuestras propias emociones, sin importarnos el daño que ocasionamos a quienes amamos y fingimos que realmente deseábamos protegerles. Se que he cometido muchos errores en mi vida ―hablaba pausado― y es eso lo que me preocupa. No puedo volver el tiempo y arreglarlos y se que lo que estoy por hacer será mi perdición ―se giro― pero, eso no me importa más… si he de morir, quiero que sea junto a Rukia.
Isshin vio la espalda de su vástago perderse al cabo de un segundo, volteó su vista para observar la única estrella titilante en el cielo. Dolido de espíritu, camino lentamente hacia el gran ventanal.
―Lo siento Masaki ―comenzó a llorar―, no te pude cumplir mi promesa.
―Tu hijo tiene razón, eres un hombre egoísta, Isshin ―dijo una voz tras de él―. Sabes lo que sucederá esta noche, ¿cierto? ―camino paulatinamente hacia él.
―Lo se ―dijo cansinamente―, Ryūken.
―Aún estás a tiempo de detenerlo, por los viejos tiempos puedo ayudarte ―suspiro, al no recibir respuesta alguna del antiguo asesino―. Abarai Rukia es el siguiente objetivo de tu hijo ―terció incómodo.
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La cobertura mediática lo impresiono por completo, tuvo que abandonar el país ante la posibilidad de ser descubierto; por haber dejado alguna pista rastreable antes de salir. Escuchaba una nota sobre una de las viudas ―Rukia―, colocando las cenizas de su marido en una cripta. La noto abatida y mucho más frágil que cuando la miro en el funeral de su hermano.
―¿No puedes simplemente dejarla tranquila? ―Ishida le ofreció un poco de whisky, así como su ayuda para salir de país. Y justo ahora le prestaba su casa en Italia―. ¿Eres feliz sabiendo que nunca tendrá el hijo de otro hombre? ―pronunció con sordina e Ichigo le miro peligrosamente―. No tardarán en encontrarte ―exclamo serio―, incluso aquí en Nápoles no estás lejos de la organización.
―Ishida kun tiene razón, Kurosaki kun ―una dulce voz los asusto a ambos, estupefactos miraron a la dueña de tan angelical voz―. No habrá una segunda oportunidad.
―I…noue ―balbuceó impresionado Ichigo.
―Actuaste por cuenta propia, y sabes bien que la organización no tolera ese comportamiento ―le dijo―, Ishida kun debes volver ahora mismo conmigo a Japón, tu padre quiere hablarte. Kurosaki kun ―se acercó aventuradamente a ellos―, tienes suerte de que te consideren un asesino eficiente, de lo contrario ya estarías muerto ―el Quincy se levanto y la tomo del brazo―. Por tus hermanas y sus hijos no te preocupes ―le informo―, no tienen porque pagar tus errores. Nunca debiste de volver a Karakura. Te estaré vigilando, si rompes una vez más las reglas Rukia chan será asesinada frente a ti.
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Corrió lo más rápido que pudo al edificio donde Rukia residía, poco le importo la amenaza del botones; aguardo impaciente el elevador y al ver que este no respondía su llamado opto por usar las escaleras. El apartamento de ella estaba cerrado, hizo uso de su copia y lentamente entró. Todo lucía tal y como él lo vio. La luz de la sala estaba encendida, pero ahí no era donde quería estar. En cuanto dio un paso a la recámara el televisor se encendió. Mostraba los videos de seguridad del hotel y el restaurante ―sitios donde él antes ejecuto a ciertas personas―, las imágenes de manera alternada comenzaron a mostrarse. Aún, no podía percibir con claridad la silueta negra sentada en el sofá.
―No dejare que la asesines Inoue ―siseó el shinigami.
―¿Inoue es otra de tus amantes, Ichigo?.
Las pupilas del hombre se dilataron, mientras parecía que en un solo instante sus ojos contemplaron sin problema alguno a la pequeña sombra que gallarda se levantaba. Rukia entonces estiro su mano y fríamente le apunto con un arma.
―¿Qué haces, Rukia? ―pidió al encontrar y encender la luz de la recámara. La escucho halar el gatillo una vez más y a diferencia de él, la mano de ella no temblaba en lo absoluto, estaba serena y muy tranquila―. ¿Piensas matarme?.
―Si tú has sido capaz de arrebatarme a quienes he amado, tomar tu vida entre mis manos no debe ser tan difícil ¿cierto?.
―¡Baja el arma, Rukia! ―le exigió. Ella no obedeció.
―¿Por qué?... ―comenzó a llorar― Mi hermano, Renji. ¡Te has llevado todo lo valioso de mi vida! ―justo antes de dispararle, Ichigo le apunto con el arma que él traía.
―¡Baja el arma! ―repitió con voz seria.
―Dime, ¿qué puedo perder ahora si me asesinas? ―por un instante se turbo al percibir la afligida mirada que él le daba―. ¡Ya me has quitado todo, Ichigo! ―le grito.
―No quiero lastimarte , Rukia ―le suplico.
―Me usaste… ―susurraba lastimeramente― a pesar de que te dije que te amaba. ¡Te atreviste a decirme que me hacías el amor y te creí! ―lloraba―. ¡Mataste a mi hermano, a Renji ―repitió e Ichigo la miraba de manera anhelante que la perturbó por un frágil momento―. Al menos dime que me amas y así yo te creeré por esta noche ―suplicó.
―Siempre te ame, Rukia ―fue honesto al responder―. Aunque nunca te lo dije.
―¡Mentiroso! ―grito llena de rabia.
Fue un instante, un desliz que una de las pistolas fue disparada. Un breve instante en que se cruzaron sus miradas una vez más, y luego un cuerpo sin vida que caía al suelo. Una vida extinguida en los brazos de un asesino. Un adiós sin más palabras… una amarga despedida…
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Capitulo III
"Réquiem por un sueño"
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Notas de la autora:
+ La canción seleccionada para esta historia es: "Hurricane" de 30 seconds to mars.
+ El siguiente capitulo muestra el pasado de Rukia. Y todo cabo suelto quedará explicado.
+ Pasan varios días entre la entrega de la caja a Yoruichi y el asesinato del ministro.
+ Ryūken es quien aplaude luego de que Ichigo comente su primer asesinato. Y ambos trabajan para el "sustituto".
+ Bien, no me gusta poner a Tōshirō con Karin (lo prefiero con Yuzu). Sin bases, ya lo se. Pero, a mi me gustan juntos.
+ Puedo escribir un lemon, pero eso será en base a si ustedes lectores lo consideran oportuno. Esta ocasión, los dejaré elegir.
+ Ichigo tiene actualmente treinta y seis años. Rukia veintisiete.
* Spoiler del manga, no aclaro más para quienes no van al día. Los demás, seguro que pueden darse una idea.
Glosario:
+ (1) Kunai, fue una popular arma ninja, esto es ya que podía ser fácilmente escondida, y debido a su pequeño tamaño y efectividad sigilosamente podía sacarse rápidamente para atacar.
+ (2) Twitter, permite a los usuarios mandar mensajes en texto plano de un máximo de 140 caracteres, llamados tweets, que se muestran en la página principal del usuario.
+ (3) Sjoji, paredes de la casa están hechas de papel pegado sobre marcos de madera. Que se desliza como diapositiva para abrir y que incluso se pueden remover para ampliar la habitación.
+ (4) Enjo Kosa,i es el nombre de las citas entre hombres maduros y colegialas, a veces sólo para pasear juntos de la mano, y a veces para tener sexo. Es el medio que usan las jóvenes para conseguir artículos de lujo y de marca.
+ (5) Yakuza, es el equivalente japonés del crimen organizado; es una mafia japonesa que data del siglo XVII.
+ (6) Scort, mujer que suele ofrecer servicios íntimos de alto nivel.
+ (7) Tokushu Kyūshū Butai, es una unidad de operaciones especiales de la policía japonesa.
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Nos vemos
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