CAPÍTULO 2. Camino a la desesperanza

Oh, genial. Ahora soñaba que violaba a Wright. Se dio una ducha y bajó a la cafetería con el portátil. Si no había servido con un beso, tendría que ver más. Tal vez si le decía a Maya:

Escucha, tú y el abogado tenéis que besaros delante de mí, hasta que no podáis respirar. Voy a grabarlo. Después lo usaré para mi propia supervivencia. Gracias.

Estúpido. Malditos sentimientos que lo hacían débil, inútil y triste.

El día parecía prometer, Adalith no tenía turno de tarde-noche, así que comenzó a trabajar como si no existiera nada más que él, su portátil y varios tés que fue pidiendo, uno tras otro. Maya Fey volvió a saludarle desde lejos. Edgeworth preguntó al camarero que lo atendía a qué hora cerraban.

—A las ocho, señor.

—¿Y ustedes a qué hora salen? ¿Cuánto tardan en vestirse?

El hombre lo miró algo sorprendido.

—¿Espera a alguien?

—Oh. No importa, déjelo. Solo era curiosidad.

El camarero se alejó pensando que tal vez acababa de hablar con un psicópata, seguro. No tardaría en asignarle otro camarero a esa mesa. Bah. A este paso sería popular, en lugar de pasar desapercibido, debería reformular su estrategia.

Volvió a sumergirse en el trabajo y la próxima distracción no la vio venir.

—¡Hey, Edgeworth! el fiscal alzó el rostro y se encontró con la brillante sonrisa de Wright y sus ojos azules—. ¿Puedo sentarme?

El fiscal juró haber agarrado su silla y haberse retirado varios metros, pero debió ser un gesto bastante sutil porque Wright no pareció darse cuenta.

—Apollo dijo que el otro día estuviste increíble.

—Como siempre —trató de aplacar los latidos, así como los sudores fríos. Dejó de teclear, no era buena idea.

—Vino diciendo que había perdido, pero que le encantaba perder si era contigo —el abogado alzó la mirada al cielo—. Creo que conozco esa sensación, pero no te acostumbres. Apollo es muy talentoso.

—Y le has estropeado adoptando tu técnica de farolear ante la más mínima pista.

—¡Hey! Nos dan resultado en los juicios, por mucho que lo niegues.

Sonrisa eterna.

El fiscal tragó saliva, preguntándose dónde había dejado el coche y cuánto podría tardar en subirse a él y conducir hasta Montana. Por ejemplo. Tragó saliva.

—¿Cómo estás? Maya me dijo que sueles frecuentar este sitio. No sabía que te gustaran estas cafeterías tan típicas.

"En realidad vengo a ver a la camarera. A tu camarera. Y de paso, también a ti, a ver si os dais unos buenos besos y puedo seguir mi vida en paz".

Como Edgeworth llevara un rato sin responder, Phoenix puso la mano derecha sobre su antebrazo izquierdo.

—Edgeworth, ¿estás bien?

El aludido retrocedió como si le quemara.

—Eh… ah… hola, Wright.

El abogado puso cara de póker. Edgeworth trató de sacar un tema a lo desesperado. Fue entonces cuando vio el objeto que reposaba sobre las rodillas de Wright, y en el cual no se había fijado antes. Imperdonable. Casi escaneaba al mundo al mirar. Las señaló.

—¿Son para tu novia?

El tono de la pregunta no denotaba celos, ni tampoco molestia: una pregunta estratégicamente formulada. Sin embargo, Wright pareció extrañarse, porque frunció el ceño. Un gesto sombrío cruzó su cara, bajó la mirada hacia el ramo de flores silvestres.

—L-las noticias vuelan.

—Qué extraño. ¿Tanto tiempo con ella y salís juntos ahora?

—¿E-es extraño? —Phoenix se rascó la nuca en un gesto demasiado familiar y añadió—. Tal vez es por mi condición demi-sexual.

Edgeworth tuvo ganas de preguntar qué era eso, pero no sabía si le convenía o no. Prefirió callarse.

—Le gustarán mucho —dijo, mirando el reloj, ignorando la sensación de vacío: las siete y cincuenta. Los camareros pasaron por las mesa anunciando la hora de cierre, momento en que Edgeworth aprovechó para despedirse—. Oh, se me ha hecho tarde. Me marcho, Wright. Saluda a Maya de mi parte.

Se apresuró hacia la barra, pidió la cuenta y salió del local.

"Estúpido, estúpido, Wright se ha dado cuenta de algo. Seguro que ha pensado que soy idiota. Con suerte he sido un poco más borde de lo normal y lo achacará a mi adicción al trabajo".

Dio la vuelta al edificio y esperó a que saliera Maya, ya con sus ropas de calle. Era el momento perfecto, Wright llevaba flores. Se volverían a besar. Mientras tanto, se dedicó a googlear eso de "demisexual".

Atracción sexual generada hacia personas con las que se ha establecido una fuerte unión, por ejemplo, la de amigos.

La de amigos.

Maravilloso.


Vamos, Wright, bésame, soy tu amigo.

Eh…

Te gustará, de verdad, como me han gustado tus flores.

Edgeworth, tengo novia.

Pero yo soy tu amigo, dijiste que te gustaban los amigos… ¿o prefieres a Larry? Menudo mal gusto sería ese, por cierto.

Edgeworth, tengo novia.

No te escucho. Y te voy a besar, Phoenix Wright.


—Señor —llamó el detective—, está sonando su móvil.

El fiscal se apresuró a responder. Había ido al centro de detención, tenía otro caso más para su colección. Bajó de su automóvil junto al detective para inspeccionar el lugar del crimen, una casa de campo a las afueras de la ciudad. El jardín, rodeado de brezos, tenía un olor agradable. Se escuchaban los cantos de los pájaros y el viento removía la vegetación. Un reguero de coches rodeaba el terreno. Saludó al personal allí presente, anotó toda la información de lo acontecido, así como la opinión del forense, una muerte al parecer sospechosamente provocada por un golpe fuerte y de la que sería difícil dilucidar su procedencia. Podría haber sido contra el suelo, pues la casa disponía de dos plantas y según la posición del cadáver parecía haber caído desde gran altura. Tendría que esperar a la autopsia para poder enfocar la situación hacia el acusado, el marido de la víctima. El fallecido se llamaba Olsen H. Bruckner, y era abogado. En serio, solo faltaba que la defensa del caso fuera…

—¡Hey, Edgeworth! —el fiscal se volvió para ver a una jovencita ataviada con un vestido veraniego y unas chanclas.

—Maya Fey.

Detrás de esa muchacha no podía seguirle otro que… ese hombre.

—Anda, Edgeworth. ¿Vas a ser el fiscal del caso?

—Wright —saludó, tratando de ser profesional—. Así es.

—Vaya, vamos a inspeccionar el lugar del crimen, ¿algo que puedas compartir?

—No. Ya conoces las reglas.

Wright se rascó la nuca y Maya sonrió. Edgeworth recordó entonces la noche del ramo de flores. Salían juntos, se pararon en la cafetería. Se abrazaron. Maya estaba muy excitada por el regalo y lo recibió con alegría, pero solo le besó en la mejilla. En la mejilla. Wright le dijo algunas cosas tan cursis que hasta él mismo hubiera salido huyendo. En su lugar, acabó soñando que volvía a forzarlo. Y ahora iba a tener que enfrentarse a él en los tribunales. En un caso entre dos hombres casados, uno de ellos, abogado.

—Hey, Edgeworth, ¿sabías esto? El acusado te conoce. Dice que estudió contigo en Alemania. Este va a ser un caso interesante.

"Oh, sí. No sé si rezar a mil vírgenes o desde ya dar el caso por perdido".


Cuando Miles llegó al centro de detención, Dick Gumshoe lo saludó con efusividad, como siempre. Sacó una libreta cutre y señaló con el lápiz que solía llevar tras la oreja la información necesaria para poder seguir con su investigación del último caso. Además, comentó acerca del atrevimiento del acusado. Edgeworth preguntó si era conflictivo, y el detective precisó:

—No, no conflictivo en el sentido violento, sino en el de querer una cita con su abogado.

—Para esperarle la cárcel lo veo bastante despreocupado —comentó el fiscal, desdeñoso.

En realidad él también tenía que repasar informes y documentación, y por algún motivo, o tal vez porque estaba integrándose al fin en la humanidad, lo hizo desde "La dècouverte" en lugar de su oficina. Adalith iba a pensar seriamente que era una de esas personas a las que les gusta que les rueguen. Bueno, eso y porque su último sueño había tratado sobre ir a ver a Wright a su oficina (a la que hacía tiempo que no se acercaba) y ahí estaba Matt Engarde, encarnando al acusado del caso, sobándole los pantalones. Él llamaba a Wright pero él solo decía "tengo novia, Edgeworth", y cuando gritaba a Engarde, éste proclamaba "el abogado es mío, jódase".

Miles Edgeworth estaba considerando seriamente contratar a un psiquiatra. Sería tan irónico informarle del desastre que fue su vida y cuando el psiquiatra leyera el informe: la pérdida de un padre a edad temprana, la adopción y marcha a otro continente, el descubrimiento de haber sido utilizado durante años, el hallazgo de un cadáver en su automóvil, sufrir de un absoluto terror a los terremotos y los ascensores y preguntara:

Bueno, señor, ¿por qué trauma empezamos?

Edgeworth respondería:

Yo solo vengo a que me ayude a olvidar a un antiguo compañero de clase del que estoy muy pillado a mis treinta y cinco.

Le haría el día. Tal vez ni siquiera le cobraría.

Suspiró. Adalith se acercó en ese instante, y como había sido un día de mierda, derramó un poco de té sobre sus pantalones. No llegó a quemarse, pero ella, en lugar de pedirle disculpas, soltó una risa a la vez que le entregaba una servilleta.

—Por lo visto mi mal día no acaba todavía.

—Siéntase afortunado, por lo menos usted tiene dinero —la camarera se retiró sin ninguna otra disculpa ni explicación, y Edgeworth se auto convenció de que sí, su vida era un chiste.


Tres días después, con más pruebas, el informe de la autopsia que ya se encargaría de actualizar, la declaración del entorno familiar de Bruckner y poco más profusamente estudiado, Edgeworth volvió a la cafetería y pidió unas tortitas con sirope de caramelo. Él jamás tomaba eso, tal vez las cursiladas de Wright hacían mella en él. Con el portátil a salvo en su maletín, decidió que ese día no trabajaría allí. Adalith sonrió al verlo, aunque se abstuvo de comentar sobre su orden, tal vez porque podía dar paso a la torpeza del último día con el té, y el ejecutivo no parecía tener mejor día.

—¿Puedo preguntarle una cosa, señorita Belloti? —la muchacha se volvió con sorpresa—. Eso que usted comentó, sobre mi opulencia económica, ¿en qué se basa?

"Por Dios, Miles Edgeworth. ¿Ahora vas a someter a esta mujer al tercer grado solo porque tiró el té sobre tu pantalón? ¿O es que no te basta con los acusados? Tal vez podrías ser un poco más agradable, intentarlo estaría bien."

Adalith, sin embargo, no recibió la pregunta de forma negativa. Una sonrisa se dibujó en su cara, y puso los brazos en jarras.

—Bueno, es muy evidente. Soy una mujer, las mujeres tenemos el instinto más desarrollado, a la par que vemos desde lejos un hombre que necesita atención, aunque no la pida…

—Ahorrarse la verborrea incoherente me ayudaría sobremanera…

—Oh, claro. Usted es hombre de pocas palabras y más de acciones. Aunque no parece haberle ido bien en la vida, pero todo sea dicho, no le conozco ni parece que vaya a tener posibilidad.

Edgeworth resopló ante su descaro.

—No se preocupe, tengo otras cinco mesas que atender. Usted lleva ropas que parecen muy caras. A primera vista se adivina la buena calidad del tejido. No le salen pelotillas, si sabe a qué me refiero, como a la jefa de cocina. Oh, y el reloj. Me he fijado que lo mira a menudo. Es un reloj Maurice Lacroix, trescientos euros el más económico. El perfume, de alta gama: Versace o Armani, no estoy muy segura. Y otra cosa, usted deja propinas bastante generosas, incluso cuando le tiré el té. Me reí porque me dije: esta noche te toca cenar del burguer. Aunque aún así me la dejó, he de agradecérselo. Sus propinas me hacen el mes, aunque todavía no sepa su nombre.

Edgeworth alzó las cejas, conmovido. Miró su reloj suizo. Había sido un regalo de Franziska; no conocía el precio, pero aquello nunca fue un problema entre ambos, les habían acostumbrado a gastar, y sus sueldos nunca se habían resentido. Tal vez había subestimado a la camarera. En un minuto había hecho una definición más propia de Gavin que hubiera atontado a la defensa si al otro lado se encontrara Phoenix Wright. Wright… ¿cómo se las vería Wright con una mujer como Adalith? Sonrió. Sacó la cartera y le tendió una tarjeta.


—¡Edgeworth! —el fiscal alzó la vista desde su despacho, molesto por la intrusión, solo para ver a un hombre vestido de azul con sonrisa permanente y malos modales.

—Wright, cuando dieron la lección sobre llamar a la puerta, ¿estabas limpiando el baño? —el abogado rio la broma y se sentó en el sofá ignorando otra mirada de advertencia.

—Vengo a darte buenas noticias.

Edgeworth se quitó las gafas y trató de ignorar el repentino y acelerado pulso.

"Le ha pedido matrimonio a Fey, le ha pedido matrimonio a Fey".

—Reserva el viernes por la noche, tenemos una cita.

Pestañeó, extrañado. Por un momento, el fiscal creyó estar dormido, pero no. Wright no estaba desnudo ni tampoco él empalmado. Se inclinó hacia atrás en la silla, temeroso de lo que venía después.

"Te va a pedir que le ayudes a elegir el traje para la boda, a ver qué excusa te inventas, no puedes usar a Larry para este menester".

—Edgeworth, no te veo muy emocionado. ¡La camarera! Esa camarera que trabaja con Maya. Podrías habérmelo contado, ahora entiendo por qué vas tan a menudo. Si es que tienes un amigo que no te lo mereces. Te he conseguido una cita con ella.

"Señor, acaba con mi vida, esto no puede estar pasando".

—Wright, ¿de verdad crees que voy a seguir escuchando tus sandeces? Cada vez que vienes lo haces con una excusa menos creíble. El día que mates a alguien nadie te creerá, ni siquiera tu propio abogado.

—Adivina, no me lo invento —contraatacó el otro con esa sonrisa espléndida—. Es la verdad, Edgeworth, esa tía está colada por ti.

—¿Y cómo lo sabes, exactamente?

—Me llamó por teléfono. Al principio no sabía qué ocurría, empezó a hablarme como si me conociera, y entonces se dio cuenta de que yo era muy simpático y dijo: espera, tú no eres tan simpático normalmente —el capullo se rio con ganas—. Al parecer le habías dado una tarjeta mía en lugar de una tuya. Sí que estás enamorado, Edgeworth.

"Profusamente, sí".

Dale a una mujer la tarjeta de Wright para que éste se haga amiga suya y consiga una cita. Edgeworth, ¿quién te manda jugar con el destino? El karma existe.

—No voy a ir a una cita con una mujer, Wright.

—Relájate, seguro que lo haces bien. Eres tan encantador y formal. Maya siempre dice eso.

—No voy a quedarme a solas con ella —le dejó claro además que no le interesaba, y ahora pensará que tiene alguna opción.

—Date la posibilidad de conocerla… espera. Se me ocurre algo. Ella y Maya tienen el mismo turno el viernes, así que podemos salir con ellas después. ¿Te sería más fácil una cita en grupo?

Edgeworth se quedó mudo. Wright no estaba sugiriendo esa posibilidad. Salir con ellos en una cita sería la excusa perfecta para poder verlos besarse, tocarse y grabar así en su psique "Wright es de Maya" a fuego. Solo debía controlar sus celos, después podría dormir durante el resto de su vida sin preocuparse por incómodas poluciones.

—Voy a salir con vosotros solo para que veas lo mala idea que es —aceptó Edgeworth con cara agria, pero eso pareció alegrar mucho al abogado, que le cogió el brazo todo emocionado.

—¡Bien! A Maya le encantará. Y yo siempre he querido que fueras feliz, Edgeworth. Aunque confieso que no te imaginaba con una chica. ¡Hasta luego!

E-

Espera.

¿Qué acababa de decir?


Notas de autor: Ay, ay, pobre Miles, saber demasiado no le hace bien a su psique, pero si no avanza, sus sueños seguirán persiguiéndolo... de momento tenemos cita doble para el siguiente capítulo.

¡Gracias por leer y comentar!