Capítulo dos: Reinventándose
Otro día empezaba en Nueva Orleans bajo un sol abrasador. ¿Qué día era? ¿Cuánto tiempo había transcurrido tras la muerte de su primogénita? Des del momento que le había otorgado a su hermana la protección de su preciosa hija sabía que pasaría un largo tiempo hasta poder volver a verla nuevamente porque el mundo era un lugar corrompido y cruel para alguien como ella. Sus ojos seguían fijos en el cuadro horrible y sin sentido que no paraba de pintar una y otra vez intentando olvidar aquella noche donde por primera vez en mucho tiempo fue débil. En un ataque de irá cogió el cuadro que segundos antes estaba admirando y lo rompió en pedazos bajo la atenta mirada de Elijah.
- ¿Vas a quedarte encerrado en el castillo para siempre? – Le preguntó con seriedad mientras cogía uno de los bocetos que su hermano tenía desperdigados por la mesa – Pensaba que querías ser el rey y volver a ser el líder sobre nuestra ciudad.
Klaus hizo caso omiso a las palabras hirientes de su hermano mayor que no tardó en continuar.
- Haley está igual o peor que tú pero aun así ella sigue adelante, intenta coger fuerzas de donde sea para poder seguir después de todo lo sucedido con Hope – sonrió pero pronto esa sonrisa se esfumó – pero tú, hermano, sigues encerrado aquí después de un mes pintando... ¿Arte abstracto?
- No intentes entender algo que escapa de tus capacidades, hermano.
- Parece que al menos el sentido del humor lo sigues conservando.
- ¿Qué es lo que quieres?
- Quiero que salgas de aquí y vuelvas a la civilización – Klaus se giró hacia él y por primera vez en mucho tiempo desde lo ocurrido sus miradas se encontraron – Quiero que vuelvas a ser el rey que prometiste ser cuando luchamos tanto por conseguir volver a estar aquí, en casa. Este es nuestro hogar y no voy a permitir que nos vuelva a ser arrebatado por tus irresponsabilidades. Hope vivirá y será feliz.
En ese momento la ira volvió a consumirlo nuevamente por dentro.
- ¡Lo será sin mí, maldita sea! – gritó perdiendo el control – Dirá su primera palabra y yo no estaré allí para verlo, ni tampoco veré como da sus primeros pasos, ni su primera caída para poder levantarla… - poco a poco su voz fue perdiendo intensidad hasta transformarse en un murmullo - ¡Maldita sea! – volvió a gritar mientras en un nuevo arrebato tiro otro cuadro más al suelo.
- Pues evítalo – levantó la voz con seguridad el mayor de los vampiros – Evita que todo eso suceda. Evita que Hope crezca sin ti.
- ¿Cómo? – preguntó mirándole con los ojos como platos intrigado por las respuesta.
- Eres el rey – afirmó – Haz de los enemigos de Hope tus propios enemigos. Destrúyelos.
En sus ojos un fuego abrasador empezó a arder fervientemente.
Y volvió a sonreír como en mucho tiempo no lo había hecho.
Después de la charla con Elijah, Klaus se sentía motivado y con ganas de seguir hacía adelante con el plan pero para ello debía contar con ella. Haley había demostrado ser una mujer con un fuerte carácter y con una gran fortaleza. Salió, a paso lento pero seguro, de su estudio dirigiéndose a donde seguramente encontraría a la chica; en la habitación del bebé. La estancia era pequeña pero acogedora. A pesar de que nadie la ocupaba seguía estando limpia, sin una mota de polvo y perfumada con un aroma dulzón. Al entrar, enfrente de la cuna sentada en el sillón, se encontraba la morena de ojos verdes dormida agarrada a la mantita que iba a pertenecer a la niña cuando viviera allí. A paso silencioso se acercó a ella y acarició su mejilla que seguía húmeda. Había vuelto a llorar.
Aún recordaba aquella mirada felina que lo había cautivado en una ocasión demostrándole que ella era mucho más fuerte que él y que a pesar de todos los secretos que guardaba su familia seguía adelante con una fuerza inhumana por desentrañarlos. Cuando se acostaron tan solo fue sexo esporádico pero lo que surgió después fue mágico. Dos personas que no se amaban habían concebido algo casi inimaginable uniéndoles para la eternidad como una familia. Ninguno de los dos hubiese imaginado que jamás volverían a estar solos y que había alguien que lo comprendía de verdad, sin ninguna lástima. Por primera vez estaba seguro de algo: Pagarían por todas esas lágrimas aquellas personas que habían logrado su cometido de separarlos.
Los parpados de la chica se abrieron lentamente encontrándose con los de él.
- Es bueno verte – dijo con voz rasposa sonriendo un poco y limpiándose las lágrimas que minutos atrás había dejado caer.
Klaus la miró con dulzura y le cogió la mano.
- Pagarán – aseguró – Voy a matar a todo aquel que sea una amenaza para nuestra hija y luego la traeremos de vuelta a casa.
- Júralo.
- Lo juro por mi vida – susurró mirándola fijamente.
Tras esas palabras se levantó y abandonó la habitación, pero Haley se interpuso en el camino.
- Soy su madre – afirmó bajo la sorpresa del vampiro – Yo también participo en la venganza. Es mi hija, Klaus. ¿Crees que no sufro al ver que no está en mis brazos? ¿Al no sentir su calidez? Solo pude abrazarla un minuto porque me fue arrebatada y luego tuve que confiar en la psicópata de tu hermana para que la cuidara porque tú me convenciste de que era la mejor opción. Esta vez no voy a quedarme sentada en el banquillo, en esta ocasión voy a salir ahí fuera a patear los traseros de cada uno que sea una amenaza para mi hija.
- ¿Juntos?
- Juntos.
En ese preciso momento la música empezó a sonar y las luces de colores a brillar. Nueva Orleans era una tierra de fiesta y sobretodo reconocida por la música. Bajo todo el estruendo de la calle, tanto el hombre como la mujer seguían mirándose a los ojos sin parpadear con una única idea en la mente, venganza.
Tenía muchas cosas que pensar, empezando por como destruir a las brujas que habían logrado una de las mayores hazañas de la historia mágica, dominarlo, hacerle débil; y todo por culpa de la bruja pelirroja a la que le había confiado la protección de Haley y que al final le había traicionado como todas las mujeres en las que había confiado. Todas no, todas menos una. Miró por la ventana y observó la muchedumbre intentando caminar por las calles abarrotadas por paraditas, músicos y vampiros. Fue en ese momento donde la divisó con su cabello amarrado en una coleta alta intentando pasar por sitios imposibles en contra dirección. Una rebelde sin causa. Era una de los pocos humanos que le agradaban, tanto su lado inteligente y rebuscado como su lado salvaje que siempre le había mostrado. Giró sobre sus talones y con una sonrisa salió por primera vez en mucho tiempo de la casa en busca de una agradable conversación con su querida Camille.
Por otro lado Camille intentaba traspasar con intentos inútiles una de las paraditas para poder llegar a su destino donde una vez más llegaba tarde. Cerró los ojos y volvió a abrirlos para gritar a quien estuviera en su camino que se apartara, pero cuando los abrió y abrió la boca para cumplir su cometido la voz no le salió. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que le vio? ¿Desde la última vez que le dedicó una de sus sonrisas? ¿Desde que su olor masculino dejó de inundar sus sentidos? ¿Desde que lo aborreció tanto?
- ¿Me echabas de menos?- preguntó con su sonrisa ladeada – ¿Vas a quedarte mucho rato con la boca abierta?
La chica cerró la boca ipso facto y giró su rostro sonrojado por la vergüenza.
- Pensaba que te habías encerrado en tu torre como una doncella en apuros – apuntó con suspicacia - ¿Ya ha llegado tu príncipe?
El vampiro no pudo evitar reír ante tal ocurrencia.
- Sigues tan ocurrente como siempre, mi preciosa Camille – le susurró al oído.
- Déjate de tonterías – arremetió ella pasando por su lado y siguiendo su camino - ¿Qué es lo que quieres?
- Quería pasar un rato con una vieja amiga – contestó inocentemente.
- Los amigos no matan a sus familiares – rebatió ella – Igualmente no vienes a eso, así que responde: ¿Qué es lo que quieres de mi?
Sonrió. Esa chica era demasiado inteligente.
- ¿Dónde está Marcel?
- ¿Por qué debería decírtelo?
- Quería disculparme con él e intentar arreglar lo que teníamos... – confió con sinceridad – Le necesito para algo importante.
- Ese es tu problema. Utilizas a las personas mágicas o no a tu antojo y eso es imperdonable…
Klaus, mientras escuchaba atentamente el discurso de moralidad de Camille, miró hacia delante sintiéndose observado pero no divisó a nadie, ni conocido, ni enemigo, ni amigo. Quizás fueran sensaciones extrañas que tenían que ver con su perturbada mente.
- ¿Me estás escuchando?- preguntó frunciendo el ceño.
Él sonrió a modo de disculpa pero siguió mirando hacia delante hasta que sus ojos se encontraron con los de una chica muy especial. Sus miradas estaban fijas, entrelazadas como si de un imán se tratase. ¿Era una visión? ¿Una ilusión? ¿Su mente estaba tan dañada como para jugarle esa mala pasada? Quizás se estuviese volviendo loco, pensó. Pero cuando el contacto visual se rompió y ella empezó a correr alejándose de él, esquivando inútilmente a la gente, supo que era su oportunidad. Sin decirle nada a Camille salió detrás de la otra chica hasta lograr interponerse en su camino. Cuando lo logró alcanzar, la contempló escrutándola detenidamente. Su pelo seguía igual de brillante, igual que sus ojos azules como el mar... Tan ardientes... Y su olor a vainilla seguía allí, intacto en su piel...
Caroline.
Sonrió sensualmente.
- ¿Vas a alguna parte, amor?
Esta vez no escaparía de él.
Continuará...
