Gracias por los rewiews:anybuff, Lucy, Natuchi23 y pat.
Ni la historia ni los personajes son míos, esto es solo una adaptación.
CAPÍTULO 2
Comosi leyera sus pensamientos, Edward se le acercó sonriente y le dijo: —Parece que llegué a tiempo para la boda.
Hablaba inglés sin acento extranjero y Bella pensó que era natural, porque después de todo se había educado en Inglaterra y su padre era inglés, aunque él no lo pareciera.
Tenía tipo de portugués, con aquella nariz recta y aquellos labios carnosos y sensuales. Los extraños ojos parecían no corresponder al resto de su imagen.
— ¿Se va a quedar hasta entonces? —Con disimulo, la joven observó que llevaba un bien cortado traje negro y camisa de etiqueta. ¿Acaso iba a acompañarlos al baile?, se preguntó disgustada. ¿Por qué no se lo había mencionado Mike?
—Me parece que no le complace la idea. Todavía no me ha per donado.
Muy a su pesar, Bella se sonrojó.
—No sé de qué me está usted hablando.
—Me parece que sí, pero no tiene importancia. Está usted a punto de convertirse en un miembro de la familia.
—No de su familia, señor Masen —replicó con altivez la joven.
—Puede llamarme Edward —le dijo él sonriendo con ironía, y Bella pensó que nunca le daría tal satisfacción.
La aparición de Lady Newton interrumpió la conversación. El encaje negro le sentaba muy bien, aunque en sus ojos brillaba la envidia al contemplar la belleza y elegancia de Bella. Mike estaba muy complacido por la apariencia de su prometida y sus manos se posaron con movimientos posesivos en la cintura de la joven mientras le preguntaba a Edward si no le envidiaba por su buena suerte.
La respuesta fue tan halagadora como era de esperarse, pero Bella percibió el cinismo en los ojos de Masen.
El baile de los rotarlos, que se celebraba en el hotel "Fleece", era un acontecimiento social de gran relevancia y la presencia de los Newton atrajo a una legión de fotógrafos y periodistas. Bella estaba aturdida por las luces de las cámaras que no cesaban de ser disparadas. Se sintió aliviada cuando alguien la invitó a bailar apro vechando un descuido de Mike. Una vez en la pista de baile, se arre pintió de haber aceptado. Con ambos brazos, Edward la tomó por la cintura y la apretó de tal manera, que la joven tuvo que colocar las palmas de sus manos sobre el pecho masculino para apartarse y poder respirar.
— ¿Qué sucede, Isabella? Tan sólo estamos bailando.
Pero la joven no podía tranquilizarse. Su respiración se aceleró y, para distraerse, observó a las otras parejas, tratando de librarse de la fuerte presión que sobre ella ejercía el cuerpo de Edward. Muchas pa rejas jóvenes bailaban de la misma forma, y algunas de las chicas cru zaban los brazos alrededor del cuello de su compañero, pero no por eso estaba convencida de que debiera hacer lo mismo. Aquel hombre no le era simpático en lo más mínimo, pero poseía un cierto magne tismo que provocaba la admiración de muchas de las mujeres pre sentes. Bella notó, con profunda inquietud, que la trastornaba. Nunca había sentido algo así con Mike.
— ¿Piensa quedarse mucho tiempo en Inglaterra? —preguntó Bella, en un intento por distraer su atención.
—No creí que te interesara. En realidad, pensaba regresar la se mana próxima, pero Mike me ha persuadido para que me quede a la boda.
Era natural. Mike siempre había admirado a su primo, aunque sus relaciones fueran tan distantes.
—Mi tía me ha dicho que trabajas en la biblioteca —comentó Edward. Bella levantó la cara para mirarle. Era alto y sus facciones fuertes y bien definidas. Pensó que seguramente, al igual que su tía, la despreciaba por ser socialmente inferior.
— ¿Y usted a qué se dedica, señor Masen, además de a divertirse con la clase trabajadora? —Respondió Bella con insolencia y agregó—: Apuesto que el trabajo le parecerá algo deshonroso.
— ¿Estás hablando de Mike? —respondió Edward, impasible, y Bella se dio cuenta de que había caído en su propia trampa.
—Mike trabaja. La finca...
—... la dirige su madre ayudada por un administrador muy com petente —le dijo Edward, interrumpiéndola—. Escucha, tú no sabes nada de estas cosas, pero yo sí.
La joven deseaba intensamente que terminara la pieza para poder volver a sentirse .protegida al lado de su novio. Cada instante que pa saba junto a Edward, parecía que aumentaba el antagonismo que les se paraba. Él añadió:
—Pues... te diré que estudio medicina y que pronto seré médico.
Bella apenas le escuchaba.
— ¿Cómo dice?
—Decía que soy médico —explicó Edward, bajando la cabeza para que pudiera oírle mejor. Ahora, sus labios casi rozaban los cabellos de la joven.
Su aliento, ligeramente alcohólico, le dio a Bella en el rostro. No le produjo desagrado; por el contrario, le hizo percibir otros aromas que de él emanaban: a jabón y agua de colonia; el olor natural de su piel...
Los sentidos se le agudizaron. Tenía los senos oprimidos por el po tente pecho masculino y su cintura le parecía rodeada por una banda de hierro candente. Una ola de calor comenzó a invadirla y se ex tendió hasta sus extremidades. "¡Dios mío!, ¿qué me sucede?"
Edward notó su palidez y le dijo, alarmado:
— ¿Te sientes bien, Isabella?
Haciendo un esfuerzo, la joven logró responder:
—Sí... no... Es decir, aquí hace mucho calor.
— ¿Calor? ¿Quieres que te lleve con tu prometido, o prefieres salir al corredor a tomar un poco de aire?
Las dos opciones le parecían inadecuadas. No podía salir al corredor con Edward, porque allí estaban los periodistas y tampoco podía ir al lado de Mike en aquel momento. Sus piernas se negaban a sostenerla y no lograba controlar el temblor de sus manos.
—Hay un saloncito detrás del estrado. Podemos ir allí para que te recuperes.
Lograron deslizarse sin ser vistos. Bella se recostó en la pared y aspiró profundamente. Tenía la esperanza de que Edward la dejara sola, pero allí estaba en la penumbra, observándola.
— ¿Te sientes mejor?
—Me imagino que va a contarle a Mike lo que me ha pasado.
— ¿Contarle a Mike? ¿Qué puedo decirle?
—No... No lo sé...
— ¿Qué es lo que no sabes? —Él se le acercó y, con gran delicadeza, le rozo la mejilla. Después, con la punta de los dedos, recorrió el contorno de sus labios trémulos-. ¡Vámonos! -le dijo de pronto—. La orquesta ha dejado de tocar y seguramente nos estarán bus cando.
A Bella le sorprendió su actitud, pero, por alguna extraña razón, también se sintió defraudada. Con movimientos torpes, trató de arreglarse el cabello, se acomodó el escote y por fin salió del salon cito. Apenas había dado unos cuantos pasos cuando sintió la mano de su prometido que se le clavaba en la muñeca como una garra.
—Mike... —pudo murmurar mientras veía sus facciones descompuestas—. ¿Qué te sucede, Mike?
— ¡Eres una cualquiera! —Le espetó al oído—. ¿Qué estabas ha ciendo ahí?
Momentos antes, Bella estaba pálida, pero ahora sus mejillas habían tomado un tono rojizo. Se volvió para buscar a Edward con la esperanza de que le explicara a Mike lo que había ocurrido.
—Pues yo... Edward me...
— ¿Edward? ¡Qué rapidez, chiquita! Debí escuchar a mí madre. Ella me lo advirtió.
— ¿Te advirtió? —preguntó Bella, ofendida— Mike, por favor, ¿qué quieres decir con eso?
— ¿No entiendes? Eres una estúpida. Mi madre invitó a Edward y luego le pidió que se quedara para la boda, y no porque le tenga mucho aprecio, sino todo lo contrario. Ella sabe que es un seductor sin escrúpulos y que una casquivana como tú no iba a resistirse a sus galanteos.
— ¡No! Eso no es verdad, Mike. Yo te juro que...
— ¡Calla! ¿Qué es lo que vas a jurar? ¿Que no te gusta? Desde que te sacó a bailar no has hecho más que mirarle embobada.
—He estado a punto de desmayarme y... —explicó la joven, deses perada.
— ¡Sí, ya me lo imagino! ¡Y yo pensando que llegarías a la boda llena de pureza!
La joven le miró, asustada. No podía ser cierto lo que decía. Sus palabras la herían profundamente. Pensó que quizá tuviese algo de razón respecto a su primo y eso le dolía más que todo. Necesitaba hablar con Mike a solas; tal vez pudiese convencerle de la verdad.
—Mike, tenemos que hablar, pero no aquí. Nos están viendo...
— ¿Qué quieres decir? —Mike la miró con suspicacia.
— ¿No te das cuenta? No tengo nada que ocultar. Estás haciéndo les el juego. Eso es precisamente lo que quieren, que tú me despre cies. —Bella no estaba por completo segura de su sinceridad, pero lo que había sentido por Edward lo examinaría después. Ahora necesitaba jugar todas sus cartas y hacer comprender a Mike que le estaban manejando.
A él se le veía muy agitado. Había ingerido una gran cantidad de alcohol y sus pensamientos no eran coherentes. Hubiera querido creer en las palabras de Bella. Ninguna mujer le había interesado tanto. En realidad, no le interesaban las mujeres. Prefería la compañía de sus amigos y, sobre todo, conducir coches deportivos a la máxima ve locidad. Pero se sentía muy satisfecho porque se iba a casar con Bella a pesar de la oposición de su madre. Lady Newton siempre había escogido a sus amigos y él estaba harto de tal situación. Bella significaba una gran oportunidad para escapar del terrible do minio que sobre él había ejercido siempre su madre.
—Muy bien —respondió, decidido—. Vamos al coche.
La joven titubeó porque el coche no era el lugar más apropiado, pero no podía poner objeciones en aquel momento.
Afuera hacía frío. Bella temblaba cuando llegaron al automó vil. Al salir, había observado el rostro de Lady Newton y la expresión de ésta confirmó sus temores. La aristocrática dama estaba dispuesta a hacer hasta lo imposible para deshacer aquella boda.
Mike puso en marcha el motor y Bella se alarmó.
— ¿Qué estás haciendo?
—Calentando el motor.
—Pero Mike... —le dijo, consternada.
— ¿Qué te pasa? ¿Crees que estoy muy borracho para conducir?
—Francamente, sí —respondió la joven con un suspiro.
—No te preocupes; yo sé lo que hago.
Tuvieron que detenerse al llegar a un semáforo y entonces Mike se volvió para mirarla.
—Estás muy bella esta noche —le dijo, como si hasta aquel mo mento no se hubiera percatado de algo tan evidente.
Apareció la luz verde y el auto salió disparado. Bella se ajustó el cinturón de seguridad y con las manos se aferraba al asiento. No le iba a pedir que disminuyera la velocidad. Si llegaban a matarse en la carretera, por lo menos tendría la satisfacción de haber derrotado a Lady Newton. Su actitud era tan fatalista, que hasta se sorprendió al darse cuenta de que seguían sanos y salvos cuando él detuvo el coche.
— ¿Adonde... adonde vamos?
-Ya verás -le respondió Mike, señalando la casita que había comprado para su futura suegra, la señora Swan.
— ¿Ahí?
—Sí, ¿por qué no? Es mía; la acabo de comprar.
—Sí, pero...
—Los decoradores han estado aquí todo el día. No creo que haga demasiado frío dentro.
Bella no replicó y descendió del coche. Se dio cuenta de que al gunas cortinas se movían en las ventanas de las casas vecinas. Pensó que su madre iba a estar bien informada de aquella extraña visita a su futuro hogar.
Al entrar, se notaba el penetrante olor de la pintura fresca. Mike encendió el radiador de gas que había en la chimenea y no prendió las luces porque no había cortinas, pero en realidad, no era necesario; bastaba con la que llegaba de los faroles callejeros.
Los carpinteros habían colocado un par de tablas en sentido hori zontal, apoyándolas en los escalones, y sobre ellas, habían tendido un pedazo de alfombra para utilizarlas como un banco. Mike se sentó e indicó a Bella que hiciera lo propio. El trozo de alfombra estaba bastante sucio y el vestido claro podía mancharse, pero la joven de cidió olvidarse de todo y se sentó junto a su prometido.
—Aquí estamos al fin —dijo Mike, mirándola fijamente.
—Pues sí... —murmuró Bella, mientras pensaba en la forma de comenzar a explicarse—. Mike, quiero que sepas...
Bella tuvo que callar porque los labios de Mike se posaban con avidez sobre su cuello. —Entonces, ¿me crees?
—Pues digamos que estoy preparado para que me convenzas. Ante todo, tienes que explicarme qué estabas haciendo a solas con mi primo, ese asqueroso mestizo.
— ¡Mike! No digas eso.
— ¿Por qué no? Es la verdad. Creo que por esa razón lo en cuentras tan atractivo. A las mujeres os gustan esos tipos.
—Ya te he dicho lo que ha sucedido. Iba a perder el sentido y el señor Masen me sugirió que saliera del salón unos momentos. Eso es todo.
— ¿Todo? —Inquirió Mike, insinuante, mientras deslizaba una temblorosa mano por el escote del vestido de Bella— ¿Y qué habéis hecho luego a solas?
— ¡Nada! ¿Qué piensas tú que hemos hecho?
—Puedo imaginarme muchas cosas —replicó Mike, enigmáti co—. ¡Esto, por ejemplo! —y de manera brutal, la besó.
Ella se puso rígida. Aquel beso le producía únicamente un sentimiento de profunda repulsión y el rictus de amargura que había en el rostro de Mike, indicaba que el joven lo había adivinado.
— ¿Qué te pasa? ¿No te agrada que te toque?
— ¡Mike, ya basta!
— ¡No! ¡Maldita sea; no basta! —replicó él, violento—. Todavía falta mucho.
Lanzando una especie de gruñido, la rodeó con sus brazos y la empujó sobre la tabla. Luego, con sus húmedos labios, recorrió los hombros desnudos de Bella.
La joven quedó tan impresionada, que por unos momentos no reaccionó. Después, cuando ya no pudo dudar de las intenciones de Mike, comenzó a luchar desesperadamente para librarse de sus re pugnantes caricias. Mike se había transformado. Ya no era el caballero gentil y agradable que creía conocer, sino una bestia alco holizada.
Bella no podía hacer mucho para defenderse. Aunque Mike no era robusto, no le fue difícil dominar sus frenéticos esfuerzos por evadirse. Las lágrimas cubrían sus mejillas y su desesperación se había convertido en impotencia. De pronto, escuchó una exclamación de derrota. No entendía lo que estaba sucediendo y permaneció in móvil cuando Mike se incorporó. Se volvió a mirarle. Él murmuraba imprecaciones al tiempo que trataba de arreglarse la ropa. Lo más extraño era que los insultos iban dirigidos hacia sí mismo.
Totalmente desconcertada, Bella se incorporó, pensando que él por fin había recobrado la sensatez, y con torpes movimientos trató de cubrirse con su desgarrado vestido de noche. —Mike...
— ¡No me hables, no quiero que me hables!- Bella se echó el cabello hacia atrás y se puso en pie.
—Mike, ¿estás bebido?
— ¿Bebido? —repitió mientras se le acercaba, moviendo la cabeza. Después, clavó la vista en el suelo y dijo—: ¡Ojalá estuviera bebido! ¡Dios mío, ojalá lo estuviera!
Bella no acababa de entender lo que estaba sucediendo. Sin embargo, su sentido común le indicaba que algo había ocurrido para que Mike no llevara a cabo su odioso propósito.
—Mike, te aseguro que mañana estarás bien.
— ¡Tú no sabes nada! —Su respiración se agitó de nuevo y, con gran sorpresa, la joven pudo advertir lágrimas en sus ojos.
Fue un momento de intensa emoción. A Bella la invadió un sentimiento de piedad que borró por completo la repulsión que antes había sentido hacia su prometido.
—Mike, déjame ayudarte, por favor...
— ¡Tú no puedes ayudarme en nada! ¡No te quiero, no te necesito! ¿No lo entiendes? ¡Yo no necesito a nadie! No sé por qué pensé que podía quererte, pero en realidad nunca te he necesitado. —Profi riendo un ronco gemido, se alejó en dirección a la puerta.
Bella se quedó allí, atónita, sin comprender la importancia de lo que acababa de decirle. De pronto, comenzó a intuir por qué no terminó lo que había comenzado. ¡Es que no podía! Y eso precisa mente era lo que le atormentaba. Mike no podía amar a nadie.
Escuchó el ruido del motor del coche que se alejaba. Corrió hacia la puerta, asustada. ¡No podía dejarla allí abandonada! No tenía con qué cubrirse y su vestido estaba hecho pedazos.
Pero él se iba. Las luces del coche ya habían desaparecido y la joven se quedó parada en la puerta, desolada. Después, regresó al in terior de la casa.
No había teléfono, así que no podía llamar a nadie para que acudiera en su auxilio, pero tampoco podía pasar allí la noche. Además de las incomodidades, su madre no iba a poder conciliar el sueño por la preocupación. Deseaba llegar a su casa y cerrar la puerta de su dormitorio para ahuyentar las horrendas implicaciones de los reveladores sucesos de la noche.
Apagó el radiador, se arregló el pelo y se encaminó a la salida. El aire helado le hizo retroceder. A tientas, buscó un retal de alfombra que se echó sobre los hombros para defenderse del relente nocturno. Tenía que caminar más o menos dos kilómetros, pero no había otro remedio.
Apenas si había recorrido unos metros cuando advirtió las luces de un coche. Se agachó, angustiada, deseando en el fondo de su corazón que no se detuviera. El coche disminuyó la velocidad y ella apretó el paso, pero escuchó que una voz autoritaria la llamaba por su nombre.
Era el coche de Lady Newton y al volante iba Edward Masen, que abrió la portezuela.
— ¡Sube! —le dijo perentorio, pero la joven no se movió—. ¡Te digo que subas! —repitió, tajante. Ella se recogió la falda y obedeció,
sentándose junto al hombre.
—Bueno, Isabella, ahora explícame qué te ha sucedido.
Ella, sin mirarle, dijo:
—Tenga la bondad de llevarme a mi casa.
Edward no le hizo caso. Le quitó el pedazo de alfombra, que echó en la parte trasera del coche, y la cubrió con su chaqueta. Bella estuvo a punto
de protestar, pero tenía tanto frío, que decidió acallar sus reproches.
—Escucha, Isabella, no vamos a movernos de aquí hasta que no me expliques lo qué ha pasado.
— ¿Es que lo ignora? —le preguntó ella, indignada—. ¿O acaso este episodio no estaba programado?
— ¿Qué dices? No te entiendo.
La joven no deseaba continuar allí discutiendo. Se sentía muy vul nerable, sabía que estaba a punto de romper a llorar y por nada del mundo quería que aquel hombre fuera testigo de su derrumbamiento.
—Se lo ruego, lléveme a casa. ¿No puede usted contener su curiosidad hasta mañana? No estoy en condiciones de contestarle. Creo que Mike puede hacerlo mejor que yo.
— ¿Mike? ¿Acaso Mike es responsable de esto?
Con ternura, Edward acarició los mechones que caían sobre la cha queta y la joven se retiró, nerviosa. De inmediato, él encendió la luz interior y pudo advertir el estado en que se encontraba Bella.
Estaba pálida y descompuesta. A pesar de que llevaba puesta la chaqueta, se podían advertir las huellas de las manos brutales de Mike en su cuello. Sin decir una palabra, Edward le quitó la chaqueta y quedaron al descubierto los brazos magullados y el vestido roto. Bella se cubrió el pecho con las manos, pero pudo darse cuenta de que él no la veía como mujer, sino como víctima de un ataque sexual.
Con una exclamación ahogada, la cubrió de nuevo y apagó la luz. Después, aspiró profundamente y dijo:
— ¡Voy a matarle!
— ¡No! —Exclamó Bella—. En realidad, no ha sucedido nada irreparable. Bueno..., trató de hacerlo, pero no pudo.
— ¿Dónde está él ahora?
—No lo sé.
—Entonces, ¿te ha dejado sola en la calle? ¿Te ha echado del coche?
—No, no... —Bella nunca se había sentido tan avergonzada—. Hemos ido a la casita que le compró a mamá. Es aquella... —La señaló con un débil
ademán.
—Pero, ¿él te ha dejado...?
—Sí —respondió Bella en un suspiro y agregó—: ¿Puede lle varme a casa?
—Ahora mismo, pero hay algo más que deseo saber antes.
-¿Qué?
— ¿Por qué has insinuado que yo sabía lo ocurrido?
— ¿No puede esperar hasta mañana?
—No.
Bella suspiró con impaciencia.
—Mire, no tengo que darle explicaciones. Usted está de su parte.
—Yo no estoy de parte de nadie, Isabella —declaró él con frial dad—, ni estaba enterado de que hubiera bandos. Te vas a casar con Mike, ¿no es así? Te vas a casar con él a pesar de todo.
—No lo sé... Yo...
—Está bien. Te llevaré a casa. Tal vez allí encuentres a tu pro metido, esperándote ansioso para disculparse.
Pero Mike no estaba en la casa grande. Sólo encontraron a Lady Newton, paseándose impaciente. Lanzó una exclamación de horror cuando vio a Bella. La joven hubiera querido deslizarse hasta su dormitorio sin ser vista, pero tuvo que dar la cara.
— ¡Dios mío! ¿Qué ha sucedido? —exclamó Lady Newton, amenazadora, y Bella se sobresaltó, notándose indefensa—. Habéis tenido un accidente, ¿verdad? Dime qué ha pasado, Isabella. Edward, explícamelo tú. ¿Dónde está Mike?
Con toda calma, Edward se ajustó los gemelos de la camisa y res pondió, impasible:
—Creí que tú lo sabrías, tía. Yo no le he visto.
— ¿Que no le has visto? Pero... —dijo Lady Newton, mirando a la muchacha—. Entonces, ¿cómo es que...? —La dama se inte rrumpió con lágrimas en los ojos—. ¡Isabella! ¿Dónde está mi hijo?
La joven hubiera deseado que se la tragara la tierra. Estaba des hecha, pero haciendo un esfuerzo logró responder:
—Mike... me ha dejado en la casita que compró para mamá...
—Tía —interrumpió Edward—, ¿no te interesa saber por qué está Isabella en estas condiciones?
—Pues sí, por supuesto, pero, ¿qué tiene que ver esto con el pa radero de Mike?
— ¡Tiene mucho que ver, tía, mucho que ver! Lady Newton pareció darse cuenta por fin de la situación y, muy seria, se dirigió a Bella.
—Bueno, ¿qué es lo qué ha pasado?
-Tu hijo la ha puesto en ese estado —explicó Edward—. ¿Te das cuenta? Tu hijo ha tratado de violar a su prometida. ¿Podrías tú explicar por qué lo ha hecho?
Lady Newton se llevó una mano a la garganta y balbuceó: —No... No hablas en serio.
¡Claro que hablo en serio! —declaró Edward, implacable. Bella sintió los ojos de la señora recorriéndola de pies a cabeza en evidente desagrado.
— ¿Y cómo lo sabes tú, Edward? —Replicó Lady Newton—. ¿Quién te lo ha dicho?
—Ella.
—Por favor... —intentó protestar Bella de nuevo, pero nin guno le hizo caso.
—Así que la palabra de Isabella vale más que la de mi hijo.
—Tía, aquí no hay más palabra que la de Isabella, pero no vas a pensar que se ha hecho eso ella misma. —Con ademanes de cididos, se acercó a la joven y la despojó de la chaqueta que la cubría.
Lady Newton estrujó nerviosamente el collar de brillantes que pendía de su cuello y exclamó:
— ¡Todavía no me habéis explicado dónde está Mike! Isabella dice que han estado en la casita...
—Sí, me ha llevado a la casita que compró para mamá y allí... hemos tenido una discusión. Mike se ha ido luego en el coche y el señor Masen me ha encontrado en la calle.
— ¡No me digas! ¡Qué casualidad! —dijo Lady Newton con ironía, pero su sobrino la interrumpió:
—Sí, tía. Ha sido una casualidad muy afortunada.
— ¡Por favor, Edward, te suplico que te mantengas al margen de este asunto!
—Lo siento, tía, pero ya estoy metido en él de lleno y ahora te sugiero que le permitas a Isabella retirarse. Está exhausta. Podemos volver a discutir la cuestión mañana temprano.
— ¡No! Necesito saber dónde está mi hijo. ¡Quiero que me ayudéis a buscarle!
—Sí, tía —repuso Edward, condescendiente—. Lo haré con mucho gusto en cuanto lleve a Isabella junto a su madre. Con tu per miso.
—No se moleste —replicó la joven, pero Edward no le hizo caso y, colocándole de nuevo la chaqueta sobre los hombros, la condujo hacia el corredor.
Bella suspiró, aliviada. Al fin podía librarse de la mirada acu sadora de Lady Newton y retirarse a la tranquilidad de su dormitorio. Había sido una noche extraña, depresiva, y la joven deseaba con ve hemencia que llegara a su fin. Ignoraba que todavía iba a tener mucho que soportar.
Edward abrió la puerta y la acompañó a través del comedor y la cocina. Ella se volvió para decirle:
-Muchas gracias por todo, señor Masen. Le aseguro que yo estoy bien. No tiene que llevarme hasta mis habitaciones. Buenas noches.
En la penumbra, el rostro masculino parecía anguloso y duro. Estaba tan cerca de ella, que la muchacha podía sentir su aliento y el calor de su cuerpo. Se sintió inquieta y llena de temores. En aquel momento tuvo la firme convicción de que nada volvería a ser come antes.
— ¿Crees que tu madre estará despierta todavía?
—Es posible, pero no tiene importancia.
— ¿Vas a explicarle lo ocurrido?
—No lo sé —repuso la joven, abatida.
—Debes hacerlo —le ordenó Edward, tajante—. Tal vez ella pueda convencerte de que tienes que actuar con más sensatez.
— ¿Qué quiere usted decir?
—Me parece que está claro. No puedes casarte con Mike después de lo que ha sucedido. Piensa en lo que vendría después. No creo que estés
dispuesta a pagar un precio tan alto por convertirte en ama y señora de la casa grande.
— ¿Usted piensa que me caso con Mike por su dinero?
— ¿Y no es así?
— ¡No!
—Vamos, Isabella, no me vas a hacer creer que estás enamorada de ese pobre tonto, sobre todo después de lo que ha ocurrido esta noche.
Bella estaba a punto de perder el control. Con manos tem blorosas se sujetaba la chaqueta, pero hubiera deseado quitársela y arrojarla a los pies de Edward Masen. Sin embargo, era más fuerte su afán por conservar una actitud digna en aquel momento.
— ¡Usted es su primo! ¿Cómo puede hablar así de Mike?
—Nuestra relación es muy distante, ¡gracias a Dios! No me gusta ría vivir cerca de un tipo como él.
—No... No tenía intención de atacarme en esta forma. Estaba completamente borracho y enfurecido. Su madre le había puesto en contra mía —explicó la joven en tono poco convincente.
— ¡Pero es el colmo! ¡Lo estás disculpando! —Exclamó Edward con desdén—. Eres igual a su madre, que toda la vida le ha disculpado. Pues déjame decirte que te lo mereces! ¡Sí, mereces todo lo que te ha sucedido y todo lo que te va a ocurrir en el futuro!
Bella hubiera querido que la tierra se la tragase. No amaba a Mike le despreciaba y se despreciaba a sí misma por defenderle, pero también odiaba a Edward por hacerle ver la realidad.
Él estaba a punto de retirarse, disgustado, cuando se escuchó una especie de gemido. Parecía provenir de la cocina, Bella gritó angustiada y se lanzó en busca de su madre, seguida muy de cerca por Edward. Irrumpió en la habitación y se detuvo, aturdida y desconcertada por lo que estaba viendo.
Su madre yacía tendida en el suelo, frente a la chimenea. Mila grosamente no se había caído sobre las llamas, pero parecía que se había golpeado la cabeza contra la peana. La joven advirtió que su boca se había torcido en una extraña mueca y que uno de sus brazos estaba rígido y contraído.
Bella emitió un extraño sonido, como si le faltara el aire. Edward se volvió hacia ella, alarmado, pero la joven ya estaba respirando nor malmente. La tomó entre sus brazos, en un intento desesperado por consolarla. Al fin ella logró moverse y, llena de angustia, se acercó a su madre, pero Edward se arrodilló en seguida junto a la mujer incons ciente para tomarle el pulso.
Bella quiso protestar, pero recordó a tiempo que Edward era mé dico y, también de rodillas, le interrogó con la mirada. —Parece una trombosis —le explicó Edward.
En aquel momento se abrió la puerta y apareció Lady Newton. Ambos se pusieron en pie, mirándola con asombro. Parecía una mujer completamente distinta a la que acababan de dejar en la casa grande. Tenía los ojos desorbitados y llenos de lágrimas, sus labios temblaban y se retorcía las manos con desesperación.
— ¡Edward, Edward! ¿Dónde estás? ¡Dios mío! ¡Mike, Mike está muerto! ¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer ahora?
Lady Newton tendió las manos, implorando el apoyo de su sobri no, pero Edward se volvió hacia Bella para sostenerla en el momento que la joven caía sin sentido.
Bueno aquí el segundo capítulo... espero que os haya gustado.
Si veis alguna falta please comunicadmela para que la corrija...
Me comprometo a que si en este capítulo me mandais 10 rewiews, mañana mismo actualizo xD
Tricia
