"Y el alma se le cristalizó,
con la nostalgia de los sueños perdidos"
Gabriel García Márquez, "Cien años de soledad".
Era demasiado grande… sí, muy grande. No le entraría, y si lo hiciese, cosa que no me sorprendería dado su maldito desarrollo acelerado, vería la tristeza en sus ojos al saber que no se mantuvo con las mismas vestimentas siquiera en el corto plazo de un mes.
Observaba el sostén morado talle treinta y ocho, extendiéndolo con mis manos en el aire para corroborar su estado. Era bastante lindo y delicado, pero a quien le importaba el diseño si solo lo vería ella misma…
—¡Horroroso! —chilló Alice en mi oído, contemplado la prenda con expresión disgustada— ¿Piensas cometer la atrocidad de vestir a tu hija con esto? —dramatizó— ¡Mira nada más!, hasta le incomodaría. Este papel le hará picar…—lo sacó con sus pequeñas manos. En eso tenía razón, a Renesmee la etiqueta siempre le molestaba.
—Concuerdo con eso, pero el color o diseño, o lo que sea—frunció el ceño ante mis palabras— no importan. A fin de cuentas sólo ella verá esta ropa y, dada su heredada aversión a la moda, como mucho le alcanzará con que no esté agujereado.
Rodó los ojos.
—¿Crees que le gustará…—se acercó a unas perchas colgadas en la parte de exposición, y tomó una— que le gustaría esto, por ejemplo?
Mostró un sostén gris liso y con breteles gruesos, era muy simple. Por supuesto que Alice estaba siendo irónica.
Aún así, de haber sido yo en mi pre-adolescencia, lo hubiera comprado.
—Está bien, ni siquiera me respondas—bufó—. Siendo tú la vestirías con una bolsa arpillera y te daría igual. ¿A que sí? —reí, aligerando su mal humor.
—No entiendo para qué me traes si no me dejas escoger—fingí molestia.
—Porque eres su madre… y además ella me pidió que me acompañaras—entendía muy bien a mi niña—. Piensa que sin tu impedimento le compraría un brasier de carnaval. ¿Puedes creerlo?
—Claro que lo creo, esa cosa que metiste en el carro hace unos minutos era lo más familiar a una prenda de vedette de cabaret—dije algo molesta.
—Pff… ¡qué cosas dices, Bells!
Arrugué el entrecejo, incluyendo el brasier morado al montón que había en el canasto.
En la cola hasta la caja de compras, no pude evitar sentir la atenta mirada de un joven que intentaba lucírseme interesante acomodando la corbata de su uniforme. De seguro era gerente del negocio.
Traté de esquivar su rostro, pero en un descuido lo miré, acrecentando sus absurdas pretensiones. Me guiñó un ojo, moviendo su quijada como si estuviese masticando un chicle —algo desagradable, de hecho— meciéndose de un lado a otro. Inquieto pero con expresión confiada.
Me limité a rascarme la sien con mi mano izquierda, mostrando mi indisponibilidad a tontos pretendientes. Acto seguido observé al hombrecillo, quien ahora con semblante pasmado evitaba mi mirada. Proferí una risita, con aire de suficiencia.
Ahora, ya pasados diez fugaces e inquietantes años de mi transformación, estaba más que acostumbrada a las miradas de los hombres. Si bien éstas me molestaban bastante, los entendía, ya que en mi humanidad también me deslumbraba la increíble belleza de los Cullen, aún conviviendo con ellos—aunque no se compara esa perfección con mi aspecto actual—. Más el hecho de que apartar postulantes con mi sortija era muy divertido. Los hombres de Forks no eran muy ligones, pero con sus miradas lo decían todo.
Avancé en la fila siguiendo el movimiento de Alice, quien se situaba delante de mí. Me causó gracia que ella llevara dos canastos repletos de prendas mientras yo uno semi-vacío. Eso no había cambiado.
—Venimos juntas—informó a la cajera que nos atendía quitándome el canasto de la mano y ubicándolo junto a los suyos sobre la caja.
—Alice, gracias, lo compro yo…—pedí al notar que sacaba su tarjeta de crédito.
—Da igual, Bells, es el mismo dinero—dijo, y noté lo absurda que había sido al decirle eso.
Pues en esto ella sí tenía razón.
Antes, mi mesada venía de Charlie y mi trabajo con los Newton, pero ahora el contenido de esta tarjeta era del esfuerzo de "el Gran Dr. Carlisle Cullen". Me sentí avergonzada.
Siempre lo hacía cuando utilizaba las ganancias de Carlisle; mientras yo no trabajaba ni ejercía alguna clase de labor para la familia, él se esforzaba a toda hora por darnos lo mejor. Y aunque yo era para él una hija más, me resultaba difícil acostumbrarme.
Sólo asentí con la cabeza, devolviendo mi cartera a su bolsillo correspondiente en los compartimentos de mi bolso Chanel. Regalo de Alice por mi aniversario de bodas.
Ya con las bolsas cargadas, nos encaminamos al Porsche apartado en uno de los estacionamientos cercanos de Port Angeles.
—Sabes, si Renesmee nos acompañara yo no me mataría la cabeza tratando de adivinar si le gustarán mis elecciones o no. Aunque obviamente le encantarán—se agrandó, cargando el auto con las compras. Rodé los ojos.
—No vino por vergüenza, sabes como es —fundamenté, subiendo al asiento de copiloto—. ¿Y… "adivinar"? ¿Dices que no puedes ver?
—No. Todo empañado, como siempre—respondió.
Me maldije por dentro. Renesmee de seguro estaba con Jacob en algún lugar, pues así era como a Alice le provocaban jaqueca cada vez que intentaba ver su futuro. Híbrido y Metamórfo eran la peor combinación para su mente.
—Aunque no debo emplear mi don para saber cómo la están pasando—la miré con ojos como platos. Ella rió—, hablo de que la están pasando bien. Nada malo.
Asentí, aún alarmada. Mi definición de "malo" era muy diferente a la de Alice.
Renesmee ya aparentaba 15 años de edad, y Jacob tan sólo 17… No, imposible. Él me prometió desde el primer momento que la trataría "sólo, y tan sólo" como a una hermana, una "querida hermana pequeña". Esa charla se quedaría grabada en mi memoria.
Estábamos sentados en el porche la casa Cullen en Forks. Él había ido para ver a Renesmee un rato, pero cuando ésta cayó en una siesta decidimos platicar.
—¿Y? —preguntó—, ¿cómo lo llevas?
Sus palabras me desconcertaron por un minuto, hasta que capté su cuestión.
—De maravilla—respondí con confianza—. Es todo muy nuevo, pero siento que nací para esta vida, ¿sabes?
Asintió, con algo de melancolía.
—¿Hay algunas diferencias? Es decir, además de mi olor y tu mega fuerza…
Reí.
—No, omitiendo lo básico. Como ya mencionaste: la velocidad, vista microscópica—asintió—. No, bueno, tú sabes… lo físico.
—Sí. Esos ojos a mí no me convencen—bromeó. Poco a poco fue disminuyendo sus carcajadas—. Lo que más extraño son tus ojos.
Situé un mechón de pelo detrás de mi oreja, con actitud tonta.
—No espera. Eso, tu rubor, tu torpeza, el sonido de tu corazón…
—Jake, soy la misma. Te aferraste a cosas inútiles de mí.
—Lo sé, lo sé—exclamó tras rodar los ojos— pero esas cosas "inútiles" —hizo las comillas con sus dedos— me encantaban.
Me miró de tal forma, que por un momento me asusté y miré como acto reflejo hacia arriba, esquivando su mirada.
Le oí bufar.
—Bella, no creerás que…
—No, claro que no —dije con voz fría. Sus facciones se crisparon en una mueca, parecida a una demostración de dolor. Dolor o lástima, no pude descifrar—. Nunca pensaría en eso otra vez, quédate tranquilo.
Recordé cuando me enteré de su imprimación. Desde ese día nada fue igual. Bueno, desde mi parto nada fue igual.
—Bella, ya te lo dije. No quiero que esa… —se trabó, gesticulando inicios de sílabas confusas con su boca— esa imprimación—logró decir— nos separe, distancie o forme una pared incómoda entre nosotros.
—Pues ya es tarde Jake. —Hice una pausa, pensando en si decir o no lo que opinaba acerca del asunto— ¿Sabes cómo…?—decidí dejar inconclusa la frase. Si la terminaba de decir iba a ser para mal.
—¿Qué? —buscó en mi mirada. Traté de soslayar sus ojos, pero no pude— ¿Cómo te sentiste? —adivinó. No tuve más remedio que asentir— Bells, no tengo la más puta idea de cómo te sentiste. Sólo… ¡sólo estaba consciente de mis sentimientos! Fui un maldito egoísta—hizo una pausa—. Soy un maldito egoísta.
"Sí, lo eres" deseé de decir, aunque en el fondo sabía que esto no era de su elección.
Aún así una parte de mi subconsciente me decía lo contrario.
—No digas eso—me acerqué a él, abrazándolo. Su repugnante aroma se impregnó en mis fosas nasales, pero esa era una mínima incomodidad para nosotros—. No es tu culpa—hice una pausa—. Admito que no me agrada la idea de ser tu suegra pero…
—¡No, no, no! —exclamó, sobresaltándome—, ¿cómo puedes decir eso? Te aclaré desde el principio que nunca te vería como algo así. Es decir, a ella nunca la vería de esa forma… ¡tan sólo tiene un año, Bells!
Exhalé pesadamente.
—Lo sé, pero eso dices ahora, Jake. Ahora que tan solo tiene un año—hice una pausa, meditando mis palabras posteriores— ¡Tú la viste! ¿Acaso luce como un infante? —su silencio respondió por él— al cabo de unos meses, y a este paso, ya va a parecer una adolescente y ahí sí vas a tratarla como algo más. No me lo niegues.
Me miró con el ceño fruncido.
—Bella, se que a ti te disgustaría muchísimo. Por eso voy a tratar de hacer lo que pueda. —"Con eso no me basta. La imprimación ya está en ti": otro comentario retenido—. Es más… ¡Es como una hermanita pequeña para mí! Tan sólo eso, una hermana muy querida. Nunca como algo más, Bells. Nunca.
El ver su mirada sincera me reconfortó. Pero lo que quería eran las mismas palabras, de su boca y con la misma sinceridad, cuando mi niña ya hubiese crecido.
Como ahora.
—¿Bella? —Alice llamó mi atención— ya llegamos.
Miré sorprendida por la ventanilla. ¿Tanto había meditado?
—Eres una distraída—murmuró. Luego de un momento olfateó de manera audible—. Está aquí.
Asentí, algo resignada. No sabía la razón pero no quería toparme con Jake en ese momento. Tal vez era que no quería toparme con Renesmee-Jacob en ese momento… ¿¡Pero qué estaba pensando!? ¡Era mi hija! Estúpido subconsciente.
—¡Hey! —saludó Jake cuando nos vio—. Wow, ¿trajeron toda la tienda?
Reí con desgana. Él, conociéndome, notó mi no-tan-buen humor.
—Casi —dijo Alice— ¿me tienes esto? —le entregó un par de bolsas— Gracias.
Mi amiga tomó otras más del baúl y nos adentramos en la gran casa. Habíamos estado fuera tan sólo durante una hora y ya comenzaba a extrañarlos.
—¡Mami! —saludó mi pequeña, no tan pequeña, cuando nos vio ingresar—. Esperen—se paró en seco al observar todas las bolsas que traíamos—. Mamá—murmuró incómoda—solo te pedí…
—Sí, amor, ésta es tu bolsa—saqué el diminuto sobre con la ropa interior. Si murmuraba su pedido, todos en la habitación la escucharían, y esa sería una incómoda situación para ella.
—¡Gracias! —me dio un beso en la mejilla, tomó el sobre con sutileza y marchó escaleras arriba hacia su habitación.
Sonreí con tristeza, imaginando su reacción si le quedaba pequeño. Aún así no esperaba que la prenda le quedara muy justa, Alice hizo buenos cálculos sobre el crecimiento y aunque yo no observaba mucho a mi hija de esa manera, apostaba a que iba a quedarle de maravillas.
Eso me convenía pensar para tranquilizarme. Me volteé para ver a mi amiga, y como si ésta escuchara mis pensamientos me brindó una sonrisa de aliento.
De repente ese hedor característicamente repugnante se intensificó.
—¿Compraste algo para mí? —Jacob sonrió divertido mientras frotaba mis hombros con actitud juguetona. — De verdad, estaba necesitando algunos calcetines…
Rodé los ojos.
—Claro que sí, Jake. Fui a Victoria's Secret a comprar calcetines. Normal.
Arrugó el entrecejo.
—No quiero saber qué fuiste a comprar allí realmente.
Reí por su actitud.
De repente distinguí ese aroma tan especial, a la par que escuchaba el ruido de la puerta principal abriéndose.
—Buen día, familia… —saludó— Jacob—dijo esa melosa voz, con algo de recelo.
Percibí cómo el aludido asentía, correspondiendo el saludo.
Edward me tomó de la cintura, yendo un poco más de mi cadera—gesto que me asombró dado que estábamos en presencia de la familia— y me susurró al oído.
—Hola.
Sonreí y me volteé para darle un beso en la mejilla.
—Creo que… Renesmee necesita ayuda ahí arriba. —Abrí los ojos como platos, en parte asombrada y algo avergonzada por mi hija. No debe ser lindo que tu padre sepa cuando te estas cambiando, sumando el hecho de que puede ver lo que piensas mientras te miras en el espejo.
—Oh, bien. Gracias—me despedí ante de ir escaleras arriba.
—¿Hija? —llamé, caminando con sigilo por la habitación.
Ésa era la antigua de Edward, casi nada había cambiado.
—Aquí.
Entré al vestidor que Alice había armado en una esquina, por dentro era inmenso.
—¿Me lo prendes? Aún no logro acostumbrarme a éstos.
Asentí, abrochando el brasier con mucho cuidado y agilidad. Le quedaba bien, por suerte. Aunque era uno de los que había elegido Alice, y era un tanto provocativo.
—¿Te gusta? Porque a mí me parece muy bonito—le sonreí, abrazándola por la cintura. Aún permanecía más alta que ella, y me gustaba disfrutar la sensación de ser mayor, ya que no iba a durarme mucho.
—Sí—sonrió mientras se miraba en el espejo—. ¿Sabes, má? Ahora no me molesta tanto esto de los cambios, me gusta.
—¿Perdón? —pregunté, extrañada por el comentario.
Nunca la había gustado crecer tan rápido, lo cual era lógico, pero ¿qué le había hecho cambiar de opinión?
—Ya sabes…—exclamó, meciéndose de un lado a otro, contemplando con gusto su nueva prenda— es bueno tener atributos, ¿no?
Oh, no.
—Cariño, por favor. Sólo tienes once años, no debes pensar en esas cosas, me estás asustando.
Agradecí en ese momento que hubiese heredado mi poca delantera. La mente de Renesmee estaba madurando muy rápido. Demasiado rápido.
—Ya sé, mamá. No te asustes, es sólo una realidad. A los hombres les gusta eso.
—¿Y tú que sabes lo que les gusta a los hombres? —le desafié.
—Bueno, lo que te estoy diciendo: que les gustan las mujeres con atributos. No seas tonta, mamá. Ya no soy una niña.
—Sí que lo eres, tienes once años—dije, algo enfadada—. Ponte tu ropa y vuelve a la cocina. Y te recomiendo dejar de pensar en esas cosas, ¿me oíste?
La vi poner los ojos en blanco mientras se ponía su remera nuevamente. Yo me marché de la habitación, atónita por las ocurrencias de mi niña.
¿De dónde había sacado esas ideas?
"Es bueno tener atributos" repetí en mi mente, caminando con algo de pasmo hacia la cocina.
Es bueno cerrar el pico, Renesmee.
