Jadeé y abrí mis ojos. Mi cara estaba cubierta de sudor. No puedo evitarlo, hoy es día de la cosecha. Solo dos años más de esta tortura y seré "libre". Me senté en la orilla de mi cama para ver hacia la ventana. El cielo era todavía anaranjado sobre las espumosas olas azules del mar. Suspiré pesadamente. Nunca me cansaría de este precioso paisaje mañanero. Me levanté y bajé las escaleras con prisa, para encontrarme con mi papá, sentado en la mesa de nuestro humilde comedor sosteniendo un vaso de jugo en una mano y una cucharada de avena en la otra. Le sonrío y lo saludo.

—Buenos día papá—dije en voz baja para ocultar mis nervios en vano.

—Buenos días a ti Annie—me sonrió.

No hablamos mucho durante el desayuno, él sabe lo nerviosa que estoy y yo sé que él también lo está. Luego se levanta y se va por un rato hasta que es hora de irnos a la cosecha. Supongo que fue al mar. A donde pertenecemos.

Sin darme cuenta, me encontraba parada en la cálida arena de la playa, admirando al lejano horizonte, deseando que terminaran estos días, sin más Juegos, no más niños inocentes muriendo en las crueles manos del Capitolio. Caminé hacia el agua sentándome donde las pequeñas olas cubrían mis pies.

Sé que él está por aquí cerca. Debe estar hablando en silencio con el mar. Ambos sabemos que ella está aquí en algún lado. Mamá siempre perteneció a las aguas saladas del mar y ambos estamos seguros que ella regresó al mar cuando murió hace ya siete años. Desde entonces papá viene a menudo al mismo lugar de siempre para hablar con ella. Y desde que tengo doce, él viene antes de la cosecha para pedirle que me proteja de ser escogida. Él siempre me dice que ella es una especie de ángel guardián. Y yo le creo. Ambos sabemos que ella nunca nos dejaría.

Cuando ya casi era hora de la cosecha, me dirigí a casa para tomar un baño rápido. Al terminar, me puse mi vestido de color naranja pálido y peiné mi cabello castaño hacia atrás adornándolo con un moño naranja también. Bajé despacio las escaleras y encontré a papá cambiándose su vieja y gastada chaqueta por una más presentable. Él me extendió su mano y no dude ni un segundo en agarrarla. Tal vez esta sea la última vez que pueda sujetar su mano.

Y así los dos juntos emprendimos nuestro camino hacia nuestra tortura. Llegamos a la plaza en pocos minutos, solté la mano de papá, de inmediato sentí una puñalada en mi corazón. Luego se acerca para darme un beso en la frente y se va. Tomé una gran bocanada de aire y comencé a caminar hacia mi grupo de posibles víctimas del Capitolio. Esperamos un par de segundos hasta que Talya Vipointe se hace aparecer en la tarima. Este año luce una ridícula peluca color morado con brillos en la parte superior y un atuendo amarillo y verde. Cien por ciento hecha en el Capitolio. Hace su presentación y la del alcalde con su repugnante acento Capitolino y reproduce el video sobre los Días Oscuros.

Mientras el video es reproducido en una gran pantalla, todo es un borrón para mí. Toqué mi cuello para darme cuenta que de nuevo estaba cubierto de una capa de sudor y que mi corazón latía aceleradamente. Talya habla de nuevo con su ridículo acento al mismo tiempo que el video termina.

—Las damas primero—canturreó y sonrió al tiempo que caminaba hacia la urna de cristal que contenía los nombres de todas las chicas. Este año mi nombre estaba inscrito seis veces. La mano de Talya nadaba entre los miles de papelitos con todos nuestros nombres escritos. Finalmente toma uno y lo abre ante todos nosotros.

—Annie Cresta—dijo con una sonrisa en su cara plástica.

¡Un momento! ¡Acaba de decir mi nombre! Esto no puede estar sucediendo. Todo a mi alrededor comienza a girar haciéndome sentir mareada.

Y en ese momento mi mundo se colapsó.