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Los días pasaron entre lágrimas y risas, falsos buenos días y verdaderas despedidas. Pasaron los días con miradas perdidas, y recuerdos distorsionados. Pasaron como un rio fluyendo cuesta abajo, con prisa y sin detenerse ante nada ni nadie.

Como cada mañana caminaba directo hacia su parque favorito, necesitaba estar allí antes de que todo se perdiera. Antes de que todo lo que apreciaba le fuese arrebatado.

Bajo la sombra protectora de las hojas del árbol que siempre usaba como refugio, se recargo en el tronco y observo a la nada. Deseaba con todo su corazón tener a Gatomon a su lado, reposando plácidamente en su regazo mientras ella la acariciaba; deseaba que estuviera con ella para que la reconfortara.

Entre sus manos no tenía su diario, el cual ya no podía dejar por mucho tiempo, esa mañana tenia consigo el álbum de fotografías que se fue llenando con el paso de los años. Añoraba tiempos que se volvieron imágenes plasmadas en un papel.

Deseaba tener a su confidente abrazando su ser desfigurado, sentirlo para creer que todo estaría bien. Pero solo tenía recuerdos, y muchos de ellos ya parecían más un sueño lejano que un hecho real.

Su puso a mirar las fotografías hasta topar con una donde ella estaba con su digimon, y su corazón dio un vuelco. En su mente se dibujó una visión. Una que le aterró hasta las entrañas, pero que a su vez lo abrazo como una amante ferviente.

Se miró a ella misma como tercera persona. Se encontraba parada en medio de las ruinas de un edificio, sus ojos que una vez se tiñeron de café ahora eran negros como la noche sin estrellas ni luna. Su vestimenta negra con detalles en gris consistía en un short corto y pegado a sus muslos, una playera sin mangas y unos guantes que le llegaban hasta encima de los codos. De su cuello colgaba una especie de dije con una forma que no reconocía.

A su alrededor todo ardía las cosas se convertían en polvo, y se regocijaba de aquella destrucción. Una que había sido provocada por su digimon acompañante en su etapa mega, salvo que no se trataba de un ángel. No tenía la forma que ella conocía, era distinta como de un ser consumido en la obscuridad; como ella misma se veía en ese momento.

Ophanimon tenía una forma distinta. Angelical, pero a su vez deteriorada como si se tratara de un ángel caído de la gracia divina.

—Hikari, Hikari ¿Me escuchas?

Una mano sobre su hombro y el constante llamado la devolvieron a la realidad; quizás pudiera decir al presente.

Takeru le llamaba con insistencia, su rostro que marcaba preocupación.

—¿Takeru?

—Por fin, tengo más de diez minutos tratando de que reacciones.

Su voz, varonil, marcaba la preocupación en la que por días se encontraba. Y todo por su culpa, por su intento de mantenerlo a salvo de cualquier mal.

—Perdón, es que estaba pensa…

—No, no mientas —su mirada se endureció—. Te conozco, podrás mentir a quien sea… pero no a mí.

Takeru, su confidente, su amigo, su gran amor. Su alma se quebraba en pedazos por aquella mirada con la que su rostro se retorcía en preocupación.

No podía ignorarlo, no más, no podía permitírselo.

La llamada, la última, estaba cada vez más cerca lo sentía en su interior. No podía permitirse partir sin antes despedirse de él. No era justo, el merecía mucho más de lo que ella le estaba dando. Él merecía saber la verdad.

—Hikari, me preocupas —su voz, su mirada, todo en su rostro se suavizo—. Llevas días en los que te he notado distante, apartada de todo.

—Perdón por no devolver las llamadas.

—No me refiero a eso.

La mano del rubio encontró la de su amiga como siempre lo hacía, y el contacto de piel contra piel estremeció cada fibra del ser de la castaña.

Sentirlo, percibir en el tacto el calor que desprendía la envolvía en una burbuja de ilusión falsa. La esperanza de que pudiera salir todo bien la embriagaba, y se maldijo por permitir que aquello que su rubio poseía la dominara sin oponer resistencia. Pero se dejó abrazar por la mentira de un mañana mejor.

Una lagrima traicionera, sin dar señales de existencia previa, se escapó de su ojo derecho y resbalo como un diamante. Recorrió el camino hasta llegar a la comisura de su labio superior, donde murió por el acto deliberado de la mano de Takeru.

—Sabes que siempre puedes contar conmigo.

—Lo sé.

—Lo que sea que te suceda lo solucionaremos.

Negó con la cabeza mientras se apartaba, rompiendo la conexión tan mística que ambos poseían cuando estaban juntos.

—Nada de lo que puedas hacer me salvara.

—No digas eso, estoy seguro que cual sea tu problema tiene una solución.

Hikari, dolida se giró hacia el rubio y sin que este lo viera venir le planto un beso. Sujetó su rostro con ambas manos, y lo beso como si no hubiera un después. Sus labios por fin encontraron lo que por tanto tiempo deseaban, y se permitió, por solo ese momento, amar por última vez.

Cuando el beso termino la castaña salió corriendo lejos de donde su amigo, atónito y perdido en la emotividad del gesto, se encontraba. Permaneció plantado en su lugar observando al horizonte por donde ella se perdía.

Para cuando reaccionó Hikari ya no estaba a su vista, y aunque saliera corriendo por donde ella había partido no la encontraría.

Y todo empeoro en su interior.

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Hikari lloraba sola dentro de su habitación, afligida por permitir que su corazón expresara su mayor sentimiento solo por la presión de un despido.

Abatida por el pensamiento de un último suspiro, en su cabeza todo se distorsionaba, se dirigió al escritorio cerca de la ventana. La tarde se teñía de gris a diferencia de aquella mañana, y gotas gruesas de lluvia empezaban arremeter contra la ciudad.

Del gabinete a su derecha sacó su diario de vestidura blanca, con detalles en rosa. Una pluma negra con un aro dorado en el centro fue la herramienta con la que estaba dispuesta a escribir su último recuerdo.

El último llamado estaba próximo.

Y escribió todo lo que necesitaba salir de ella misma, aquellas últimas memorias y ese último beso que le dio a su amado.

Afuera, a través de la ventana, la lluvia arreciaba y del otro lado de la puerta escucho como su hermano llegaba a la casa. Estaba consciente de que Taichi no entraría en su habitación, esa tarde su equipo de soccer jugaba un partido importante contra su mayor rival. Tendría tiempo de escribir.

Para cuando termino faltaban quince minutos del partido de su hermano, y debatió si esperar pero ante el temor del último llamado decidió salir e irrumpir en el momento de su hermano.

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—Necesito que tomes lugar hermano.

—¿Qué sucede, Hikari?

—Necesitamos hablar.

Taichi con ansiedad toma lugar en el sofá individual que da frente al televisor. Hikari por su parte se sienta en el sofá alargado de tres personas. En todo momento ella desvía la mirada, no se permite ver a los ojos de su hermano por un sentimiento de culpa, uno que la corroe en su interior.

Está por hacer una confesión que impactará directo a su hermano, y es consciente de lo que esto lo afectara. Una vez que le explique lo que le sucede en su cabeza, en su ser, en la luz que dentro de ella se desvanece.

—Lo sabía.

—¿Qué?

Hikari levanta su rostro asombrada, con un temor de que su hermano fuera consiente de aquello que en su cabeza la perturbaba y, dolorosamente, este lo hubiera ignorado. O, en segundo plano, la idea de que Sora la hubiera traicionado al ir con él y contarle todo, y aun sabiendo todo no hiciera nada.

Pero nada de eso tiene coherencia. No cuando se trata de su hermano, y para ese punto si sabía todo ya estaría tratando de salvarla. Intentando sin conseguir nada.

—Sospechaba que algo te sucedía.

—Ya veo.

Suspira la joven ante la respuesta de su hermano.

—Te quería dar tiempo para que te acercaras a mí.

—Ha llegado el momento.

—Dime, ¿en qué te puedo ayudar?

Nadie entiende que están lejos de poder salvarla de aquella obscuridad, y esa pobre idea la hace sonreír.

Su sonrisa es tan desfigurada que Taichi frunce el ceño por la manera en que el rostro de su hermana se deforma. En como sus ojos, café claro, se tornan obscuros como si perdiera empatía ante una situación desfavorable. Se estremece cuando su expresión corporal se convierte en señal de que ella no está siendo la misma.

La castaña solo permanece en su lugar mirando hacia la mesa central de la sala, fijando su atención en el florero en el centro. Su piel empieza a palidecer, su sonrisa deformada se tuerce para formar una mueca. Sus ojos con lágrimas tiemblan ligeramente. Es como si estuviera teniendo una batalla interior, y esto preocupa a su hermano.

—¿Hikari, te encuentras bien?

No responde, y su expresión corporal se torna diferente.

—¿Hermana?

Taichi se levanta de su lugar y se sienta a su lado. Pasa su brazo por detrás de ella y la sujeta del hombro, pero ni el contacto físico la altera un poco.

La llama por su nombre incontables veces, la zarandea en un intento de que esta reaccione, pero nada parece dar efecto positivo. Ella está perdida en sí misma y esto lo altera a tal punto que por su mente pasa la idea de abofetearla, sin embargo, el jamás sería capaz de hacerle algún tipo de daño.

La toma con fuerza de los hombros y la sigue sacudiendo. Le nombra en gritos que desgarran su garganta, le implora a que reaccione.

Hikari ha recibido el último llamado antes de poder decirle a su hermano adiós, y una lágrima en sus ojos se escapa como un último intento de despedida. Pero esto no lo entiende su hermano que sigue tratando de que ella pueda volver en sí misma.

—Hermana, por favor, dime algo.

Como en respuesta los ojos de la castaña se giran hacia él. La mirada que recibe estremece a tal grado al castaño que se aparta instintivamente de su hermana, y un escalofrió recorre su espalda como la caricia de un fantasma.

Esa mirada perdida, llena de rencor, lo impacta tanto que se queda inmóvil en su lugar en el sofá. Por un momento siente que no puede pronunciar palabra alguna, como si toda su razón se esfumara y sus fuerzas palidecieran.

Acto seguido el televisor que transmitía el final del partido cambia a una imagen de estática, los aparatos a su alrededor se encienden y apagan. Las luces juegan en el techo. Y el ordenador se enciende mostrando que la puerta al digimundo se ha abierto.

Hikari como poseída se levanta de su lugar, y echa andar hacia la pantalla del ordenador. Taichi al ver que su hermana se aleja, en un acto reflejo, la sujeta de la muñeca impidiendo su avanzar.

—No, no te vayas, hermana.

La castaña se gira y lo mira con desprecio.

—Ya no soy tu hermana —pronuncia, con su voz pero con un tono obscuro.

La respuesta lo golpea tan fuerte en su corazón que pierde fuerza en su agarre. Hikari se vuelve hacia el ordenador y sigue su camino.

Una vez enfrente de la pantalla extiende su brazo, en la mano sujeta su digivice rosado. La puerta se abre. El cuerpo de la castaña se empieza a desfibrar en datos que son absorbidos por la pantalla, y de a poco el ser de la castaña se pierde hasta que no queda nada de ella.

Cuando parte todo en la casa de los Yagami vuelve a la normalidad. Los aparatos se apagan, las luces no juegan en el techo y el televisor transmite los comentarios finales del partido.

En la sala solo queda un Taichi consternado por lo sucedido. En su cabeza no entiende lo que acababa de acontecer. Su hermana había sufrido un cambio, no era ella misma y lo pudo atestiguar en su mirada; no reflejaba luz como lo hacía siempre. La vio partir por el ordenador hacia el digimundo; sabía que había ido al digimundo, la puerta era inconfundible.

En su mente solo existe una pregunta ante la confusión, y no sabe cómo responderla. Su hermana, su mayor tesoro en la vida lo había rechazado. No tiene cabeza para nada más, no tiene razonamiento para explicar la realidad. Su hermana lo había dejado.