Capítulo 1 –Él
-Esa chica del restaurant te echó el ojo –le dijo Karl, mientras almorzaban en la mesa del patio común después de haber recorrido casi toda la ciudad debido a que el cargamento de esa mañana no sólo había llegado antes, sino que había sido mayor al normal -¿crees que no me di cuenta, Dom?
-¿De qué estás hablando? –le respondió Dom, para luego echarse un gran pedazo de carne a la boca; debido a todo el recorrido recién habían empezado a almorzar a las cinco de la tarde –concéntrate en comer, que tenemos que ir a la tienda de Steve a hacer el turno de la tarde… y ya llevamos atraso
-¿Cómo se llamaba? ¿Rita? ¿Por qué siempre eres tú el que se lleva las mejores?
-Deja de lamentarte –le dijo mientras se tomaba lo que le quedaba de agua –si hablara diez minutos conmigo probablemente se convencería de que soy un aburrido
-Al menos te dan la oportunidad… cosa distinta es que nunca la aproveches
-No me gusta aparentar quien no soy
-Morirás solo, Dom…
-Al menos no estaré desempleado porque Steve me despida por no hacer los turnos completos –le respondió, para pararse de la mesa -¿Aún no terminas? ¡Apresúrate!
Era la rutina por las mañanas el partir con el grupo a repartir los suministros: Lester había tenido la idea y tras conversar con Jeff les había asegurado el trabajo a todo el grupo, con lo cual cada uno podía estar tranquilo sabiendo que no les faltarían las tarjetas de racionamiento para las necesidades básicas, pero en lo que respectaba a las tardes cada uno podía seguir su camino, consiguiendo otros trabajos para poder darse más lujos con las pagas o simplemente matar el tiempo con lo que tuvieran a mano; de cualquier forma la regla irrompible era no fallar en las mañanas, tras la cual cada uno podía despilfarrar sus tarjetas como quisiera, aunque el aire de hermandad entre todos hacía que esa situación se diera poco.
Dom había impulsado a Karl a acompañarlo en el trabajo en la tienda de Steve en un intento de sacarlo de su ciclo infinito de haraganería al darle un trabajo extra para que se acostumbrara a estar siempre en movimiento, pero la verdad era que éste le estaba dando un poco de problemas; detrás de todas las discusiones y retos era su intento de ayudarlo, sabiendo que siendo así uno no podía esperar lo mejor en esas calles.
Porque en el fondo se sentía bien en ese lugar, con los chicos: la gran mayoría había llegado en convoyes militares en una operación de evacuación, después de que su antigua zona de cuarentena fuese tomada por rebeldes; había perdido todo para cuando había llegado a Atlanta y no podía sentirse sino desamparado en los camiones al lado de gente que se veía destrozada; él había perdido a sus padres hacía tiempo y en parte lo había superado, pero pudo ver en todas esas personas ese estado en el cual él había estado poco después de sus partidas, deduciendo que se debían a las revueltas. Fue Lester quien lo sacó de eso, y estaba agradecido por ello, descubriendo luego al grupo que aquel anciano tenía hecho, y no tardó mucho en ganarse su propio cuarto en la vecindad.
-¡Karl! ¡Apresúrate! –le gritó Dom, ya listo en la puerta de la reja que conectaba el patio con la calle
Varias veces cada día le llegaban a la cabeza unas ganas de darle una tunda, pero tampoco podía negar los buenos tiempos que había pasado con él, por lo cual siempre se controlaba y terminaba perdonándolo. Karl era distraído, torpe, holgazán y a veces molesto, pero era después de todo su amigo, y eso hacía todo más llevadero.
-¿Qué haces ahí parado? ¡Vamos Dom! –le dijo Karl, corriendo para pasarlo y salir a la calle
Dom lo vio adelantarse y hacerle señas con la mano desde afuera y sólo pudo dejar ir una pequeña sonrisa para alcanzarlo.
-Tendremos suerte si Steve no nos recibe con disparos –le dijo, cuando le hubo alcanzado el paso
-Recuerda que si algo se me da es la diplomacia –le respondió Karl
-No creo que sepas lo que esa palabra significa…
Atlanta era una ciudad mucho más controlada que lo que había sido en su momento Chattanooga, siendo las caminatas al local de Steve una sucesión de punto de control tras punto de control: a veces sentía que se le iba a cansar el brazo de tanto mostrar su identificación a los soldados uno tras otro, pero a su modo eso le hacía ver que era probable que las cosas serían más estables esta vez: era un sentimiento encontrado en ese aspecto, pero pensar en estabilidad en ese mundo era agradable; la sola idea era alienígena.
-¡Debieron llegar hace dos horas! –Les gritó Steve apenas los vio -¡Recordarán esto cuando les pague!
Dom intentó explicarle que el encargo de la mañana les había tomado más de lo normal, intentando explicarle calmadamente, tranquilizando al cuarentón Steve un tanto, tranquilidad que era contrarrestada por el tono de Karl, quien por su lado intentaba excusarse de la misma forma, pero incluso al hablar de un motivo real lo hacía sonar como un invento.
-De cualquier forma les pagaré menos –concluyó Steve, creyéndole a Dom –y esta vez ustedes cerrarán la tienda como castigo, así que iré a mi casa a descansar un poco
Por lo general el turno de ellos acababa a las seis y media, debido a que Steve se encargaba de cerrar el local; a las siete en punto cada tienda debía estar cerrada por orden de los militares, pero al parecer en esa ocasión tendrían que darse ese tiempo extra.
-Ojalá que no se acostumbre a dejarnos el cierre –se quejó Karl, viendo como Steve se perdía en la calle
-Al menos no nos despidió –le respondió Dom –rápido, prepárate, que ahí vienen clientes
Les esperaban dos horas de trabajo en la tienda de suministros básicos de Steve.
Claire, Tim, Derek y otros: con el pasar de los días había aprendido los rostros de ciertos clientes que le habían agradado y de a poco conversaba con ellos en esos intercambios rápidos de tarjetas de racionamiento por latas de comida y botellas de leche.
Entonces entre todas las personas pudo ver a una chica en la fila: tenía un cabello rubio largo que acompañaba su figura delgada y se veía inusualmente agradable entre toda esa gente.
Se veía más o menos de su edad; no podía tener más de veinte años, y en realidad era bastante bonita. Tenía que actuar normal; tenía que actuar normal si es que no quería dar esa pésima impresión que por lo general daba. Faltaban sólo tres personas antes de que llegara ella.
Se concentró y respiró profundamente, y entonces la recibió.
-Buenas tardes, ¿qué desea? –le dijo cuidando su tono
-Dame tres botellas de leche y… -dijo ella, secamente, viendo un papel que tenía en la mano –dos porciones de queso
Ni saludos, ni modales y todo acompañado de ese tono duro y seco, como si él le estuviera haciendo un favor al venderle los productos: desencantado fue a buscar lo que pedía y se lo llevo ya sin mucha prisa, un tanto agobiado incluso.
-Ahí tienes las tarjetas –le respondió ella, para tomar las cosas e irse inmediatamente
-Se dice "gracias"… -murmuró él hacia sí mismo, observando cómo se iba –… ¡Siguiente!
-¿Por qué pusiste esa cara? –le dijo Karl, notando su rostro desencantado
-Nada… -le respondió él- ¿qué desea?
Hasta ahí había llegado la belleza rara en la ciudad, y eso que todavía faltaba una hora más de trabajo, pensó mientras iba a buscar el siguiente pedido.
Pronto la gente empezó progresivamente a dejar de circular, así como se acababa el día, y con un poco más de calma ya empezó con el proceso del cierre del local junto a Karl; tenían que reordenar todas las cajas para que cupiesen al bajar la reja de metal y mover las mesas de atención, viendo cómo las calles cada vez se vaciaban más.
-Es mejor que nos apuremos –le dijo Karl, cuando ya todo estaba listo –sino los militares empezarán a vernos con ojos raros
Dom se volteó para verlo y soltó una pequeña risa.
-¿Qué te pasa? –le preguntó él, extrañado por el gesto
-Nada –le respondió Dom –es que es la primera vez que te veo acá después de las seis
Karl siempre se las arreglaba para huir a eso de las cinco y media, dejando la última hora siempre a cargo de Dom.
-No podía dejarte hacer el cierre solo –le respondió Karl, excusándose –pero tampoco te acostumbres
-Eso está más que claro –le respondió Dom, riéndose –venga, regresemos con los chicos
Pero fue entonces que de la nada escucharon el sonido del motor y pronto pudieron ver el camión negro de Tyler aparecer entre las calles, para parar justo al lado de ellos, asomándose él por la ventana para hacerles comprobar que era él. No dijo ninguna palabra, como de costumbre, pero el mensaje fue claro: Karl fue el primero en subirse rápidamente, para acomodarse en el asiento del medio, mientras Dom se subía calmadamente, agradeciendo el gesto.
-¿Cómo supiste que estaríamos todavía acá? –le preguntó Dom ya sentado
-Me encontré con Steve y me dijo que se quedarían para el cierre –le respondió Tyler –así que pensé en pasarlos a buscar
-Te lo agradezco, Tyler
-Nos ahorraste toda la caminata de vuelta a casa –agregó Karl
-¿Cómo les va en el trabajo? –preguntó entonces Tyler, ya echando en marcha el camión
Dom entonces le hizo un gesto a Karl, diciéndole con lenguaje corporal que se callara y le dejara responder: Karl tenía una disposición genuina a generar ciertos problemas a la hora de dar explicaciones.
-Cierta persona suele irse antes de que acabe el turno… pero según yo no lo hacemos mal
-Ya veo –respondió Tyler
Podían ver los puntos de control pasar más rápido, deteniéndose el vehículo sólo para pasar las identificaciones correspondientes a los militares encargados: pronto anochecería y en medio de la oscuridad vagar en medio de las calles era peligroso no sólo por asaltos o asesinatos por parte de ratas de la ciudad, sino también por los propios soldados: tanta seguridad significaba también un riesgo, en donde la línea entre culpable e inocente se había hecho bastante delgada con el pasar del tiempo.
-¿Por qué la pregunta? –preguntó Dom, para romper el silencio; como de costumbre Tyler no hablaba más de lo necesario incluso con amigos, aunque eso jamás había significado algo malo
Tyler soltó una pequeña risa, dando unos cuantos segundos de silencio antes de responder.
-Porque si bien yo ya tenía la idea de venir a buscarlos después de que me dijera que seguían ahí, él mismo me pidió que viniera por ustedes
Dom no respondió, sino que se quedó viendo al techo del camión, relajándose mientras recordaba cada vez que Steve los había retado por las faltas de Karl o cuando al principio no se manejaban muy bien en la tienda y entregaban a veces más de lo que debían a la hora de separar las porciones, sin poder evitar concluir que detrás de todo eso Steve igual se preocupaba por ellos.
-Despiértame cuando lleguemos, Karl –le dijo Dom entonces, recordando que lo habían despertado antes en la mañana, echando hacia atrás el asiento –voy a descansar un poco
Había sido un día largo y estando por fin en una posición cómoda, fue como si todo el sueño y cansancio acumulado lo golpeara coordinadamente a la vez para convencerlo de que tenía que aprovechar ese breve viaje para dormir. Pero entonces tuvo un breve recuerdo, casi imperceptible, que no pudo distinguir entre sus veintidós años de vida: él acostado en una hamaca, con el viento acariciando su cuerpo mientras sólo podía escuchar las hojas moverse y algunos pájaros de fondo, mientras él descansaba, para entonces ser despertado por una voz que lo llamaba.
Abrió los ojos para ver el techo del camión nuevamente y pudo recordar aquél momento: él estaba descansando y la voz de su madre lo despertó, avisándole que la cena estaba lista.
Cerró los ojos nuevamente, pensando en cuánto había pasado desde aquellos tiempos, y viendo aquella imagen de los pastizales anaranjados, se quedó dormido profundamente.
No despertó sino hasta cuando su sueño fue interrumpido por unos golpes en la ventana: abrió los ojos torpemente, moviendo su cabeza para inspeccionar dónde estaba, descubriendo que estaba en el mismo asiento, para ver que quien golpeaba la ventana era Karl; el camión estaba estacionado en el patio común y ya era de noche: habían llegado hacía tiempo.
-Tú comida se está enfriando –le dijo Karl –así que si quieres una merienda caliente antes de irte a la cama, ésta es tu oportunidad
Abrió la puerta del camión y bajó al suelo, notando que su cuerpo aún estaba en parte medio dormido, dificultando un poco sus movimientos.
-Gracias por avisarme, Karl –le dijo, para tomar su plato e irse a su cuarto
Pero tras entrar no pudo sino pensar en ese día, y tras una breve discusión interna fue a su cama y sacó desde bajo el colchón dos tarjetas de racionamiento; salió y rápidamente alcanzó a Karl antes de que éste último entrara a su cuarto.
-Toma, Karl –le dijo, pasándole las tarjetas
-¿Y esto? –Le respondió él –si estás generoso hoy no puedo sino aceptarlo, claro
-Nada… -dijo Dom, titubeando sus palabras –es por quedarte hasta el final en la tienda y ayudarme en el cierre
-Pero si ése es mi trabajo
-Exactamente por eso te las doy –le dijo él –porque era tu trabajo… y porque lo hiciste
-No sé si tomar esto como un cumplido o una burla –le dijo él con su tono característico –pero estas tarjetas no tienen la culpa de las razones así que las tomo, ¡gracias!
Dom sólo sonrió mientras volvía a su cuarto; sí, era por lo que le había dicho, pero en el fondo era por lo que significaba: se sentó a comer en la cama pensando en que probablemente Karl no acabaría tan mal como él había pensado hasta entonces.
-Creo que ya veo por qué Lester te trajo al grupo –se dijo a sí mismo, mientras notaba que el sueño volvía a su cuerpo
Pero nada era perfecto, como todo en la vida; mientras recordaba los eventos del día su memoria eventualmente revivió ese momento con aquella chica rubia.
Se mordió el labio inferior recordando su molesto tono de voz y rápidamente movió su memoria a otros recuerdos para calmar el mal sabor en la boca, y así poder conciliar nuevamente el sueño al acostarse.
Mañana sería otro día.
