La excepción


Capítulo 2: Conveniencias


El plan de Jack realmente no era un plan en si. Era más bien un burdo intento por controlar una situación que no había deseado.

Apoyó firmemente los pies en el suelo, se deshizo de las cuerdas que aprisionaban sus muñecas, y se agarró a las patas de la silla donde estaba sentado. Alzó sus caderas lo máximo que pudo e hizo caer a Carmen de espaldas sobre el suelo de madera.

Se levantó rápidamente con la intención de tomar por sorpresa a la mujer y así poder atarla él mismo, pero falló. Ella se había levantado, girando sobre si misma y había asegurado en su mano una de sus dagas largas.

Jack cogió la espada que llevaba al cinto y cruzaron armas.

"Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack.- empezó Carmen – eso que habéis hecho no está nada bien. No entraba en nuestro trato."

"No soy un hombre honesto. El hecho de ser pirata debería haberos alertado, querida" contestó Jack mientras ambos andaban en círculos, sin dejar que el acero de sus armas dejase de tocarse.

"Entonces… ¿cómo podemos solucionar ésta tensa situación?"

"Me inclino a seguir con la tortura – comentó Jack quitándose pedazos de cera seca de su pecho – siempre y cuando yo también tenga el placer de teneros a mi merced" contestó estrechando sus ojos.

"Mucho me temo que no va a poder ser así, Jack. Me habéis robado algo, y no me he tomado tantas molestias en venir hasta aquí solo para calentaros la cama"

"Bueno, siempre estoy dispuesto a acomodar la mesa, si lo preferís"

Jack confiaba en que ella sonriese, o al menos en que comprendiese su broma, pero cuando se abalanzó blandiendo la daga, comprendió que su relación no se basaría en el sentido del humor.

Ella arremetió con fiereza y la daga pasó a escasos centímetros del cuello de Jack. Él se separó a tiempo y consiguió esquivar dos estocadas más antes de comprender que ella iba realmente en serio.

Siguieron esquivándose mutuamente. Él no quería hacerle daño. No tenía realmente porqué, dejando de lado que sería bastante deshonroso el pegar a una mujer, aunque fuese en defensa propia.

Carmen continuó, dando estocadas que no tenían nada de certeras y pensando que en otras circunstancias, esa habría sido una gran pelea.

Jack consiguió hacerla caer, lanzándole una silla a las piernas cuando ella corrió hacia él con la daga en alto. Cayó pesadamente al suelo, y él la inmovilizó rápidamente, colocándose encima de su espalda y sujetándole las manos tras su espalda.

"Querida, podríamos estar bailando así toda la noche, pero a estas alturas, realmente me gustaría saber por qué queréis que os devuelva lo que decís que os he robado"

"¿¡Cómo que por qué?!¡Porque es de mi propiedad, maldito pirata!" dijo ella vociferando e intentando zafarse de su peso.

"Es decir, que no sabéis lo que es. Si lo supierais me daríais mejores argumentos que ese."

"Un cliente. ¿De acuerdo? Es por un cliente. Me contrató para matar a Liam y llevarle el parche. Me dijo que en él había algo que querían todos los hombres. ¡¡Y ahora quitaos de encima de mi espalda!!"

"Solo si prometéis estaros quietecita y no volver a atacarme. He podido comprobar que no se os dan bien las conversaciones a la luz de las velas."

"Por supuesto – dijo ella en el tono meloso con el que había hablado cuando lo tenía atado – tenemos un trato…"

"No es que no os crea, pero… será mejor así."

Jack ató las manos y los pies de Carmen, no sin tener resistencia por parte de la mujer y la depositó nada cuidadosamente en su cama.

"Y bien. ¿Qué os proponéis hacer conmigo, Capitán?" dijo ella con ironía.

"Oh bien. Al menos ahora me llamáis como me corresponde"contestó Jack, quien de pronto tuvo una actitud resuelta y se dedicaba a mirarla de pies a cabeza.

Carmen escupió al suelo, muy cerca de los pies de él, y se quedó mirándole con una expresión ceñuda en la cara.

"Bueno. Os devolveré a tierra y fingiré que nada de esto ha ocurrido. Mañana al alba nos marcharemos y por vuestro bien, espero que no hagáis nada tan absurdo como seguir pensando en parches."

"¿Me soltaréis¿Así¿Sin más?" dijo ella perpleja.

"¿Qué esperabais que hiciera? No soy un asesino. Soy un pirata. Aunque si queréis que me tome ciertas libertades como Capitán…" respondió Jack con una sonrisa, enseñando los dientes de oro.

"Pues dejadme que os diga, solo para aportar mi opinión profesional, que cometéis un grave error. Cualquiera puede ser un enemigo. Si tenéis una oportunidad, matad a aquel que ose importunaros."

"Debéis de haber sufrido mucho, querida, para pensar de ese modo" dijo Jack arrugando la frente. Su voz era ronca.

"No seáis estúpido – replicó con altanería- querer sobrevivir en el mundo de hoy en día no tiene nada que ver con ningún drama personal"

"Está bien, está bien, pero no me negaréis que desde que nos hemos conocido, habéis estado a la defensiva"

"Me habéis robado" replicó Carmen alzando una ceja, hablando con un tono que daba a entender que eso lo explicaba todo.

"Y vos habéis intentado matarme. Y no me veréis recriminaros por ello" respondió Jack, alzando ambas manos, e inclinando su cuerpo, tal y como haría un sacristán para dar una bendición.

"Eso es asunto mío. Es más, como demonios queréis que esté en este momento, si mientras hablamos estoy atada en vuestro lecho"

"Muy sugerente, sin duda. Muy sugerente"

Se hizo un silencio incómodo que duró unos segundos.

"Jack¿me permitís una pregunta?" dijo de pronto, con una medio sonrisa, dándose cuenta que él no podía quitar sus ojos de ella.

"Claro, querida"

"¿Vos también buscáis la vida eterna¿O vuestros deseos son mucho más simples y se dirigen al tesoro?

"Conocéis la leyenda, después de todo"

"Conozco el tesoro"

"Je… puede que no seamos tan diferentes el uno del otro, querida"

"Entonces. Jack¿Qué me decís¿Qué clase de hombre sois vos?" respondió ella intentando acomodarse entre sus ataduras.

"De los que hacen leyenda" dijo él, echándose para atrás y girando su cabeza a un lado, dejándose ver a la luz de las velas.

Volvieron los instantes en silencio. Con la sonrisa en los labios pero retándose con los ojos. Solo el rumor de las olas impactando en el casco los ataba a la realidad.

"Os soltaré, querida. Pero con una condición."

"Vos sois el capitán, de todos modos" dijo encogiéndose de hombros. Sabía lo que tenía que hacer. Sabía que clase de hombre era Jack. De esos que tanto la irritaban. De esos prepotentes que creían tenerlo todo bajo control.

"Debéis brindar conmigo"

"¿Y por qué brindaremos?" contestó después de haber recobrado la compostura ante la respuesta del hombre

"Yo lo haré por la vida eterna" sus dientes de oro brillaron en la tenue luz.

"Entonces yo lo haré por el tesoro"

Jack se inclinó sobre el camastro, apoyando una rodilla sobre él, e inclinando el cuerpo sobre el de ella. La rodeó con sus brazos, sin dejar de mirarla a los ojos, hasta que no tuvo más remedio que hacerlo, para sobrepasar el cuello. Sin que ella se diese cuenta, aspiró el aroma de sus cabellos, y no encontró el perfume de rosas frescas de las mujeres de Port Royal. Tampoco el olor del opio de las pelucas de Tortuga. Reconoció sin embargo el picante de la pólvora y los aceites para engrasar los aceros de las espadas. No obstante, no era desagradable, pues mezclado con el calor del cuerpo daba la sensación de calidez.

Le desató las manos mientras ella estudiaba el camarote por encima del hombro de él, sin reparar en la delicadeza de la forma en la que él la estaba tocando. Sin reparar tampoco en el olor a salitre y ron que desprendía su camisa, ni el latir de su corazón, pausado como las olas de la mañana.

Cuando ella tuvo las manos desatadas, se urgió a frotarse las muñecas por el escozor. Él, asiendo su cintura, se arrodilló ante el camastro y sus manos recorrieron su figura desde las caderas hasta los tobillos. Ella levantó una ceja. Él sonrió con altanería. Siguió desatando los nudos y cuando hubo terminado se levantó y la siguió observando. Parecía que estaba considerando otra alternativa a la de tomar simplemente un trago, pero pareció comprender que no sería una buena idea.

Entre el desorden de la mesa del capitán, se las arregló para encontrar un vaso medio vacío. Dio cuenta del contenido de un trago y lo rellenó inmediatamente con una botella de ron abandonada en una esquina.

Tendió el trago a Carmen. Ella se levantó y se acercó a Jack lo suficiente para rozar su cuerpo, acariciando su brazo en busca de la botella. La cogió sin dejar de encararlo y dio un trago. La bebida pasó llameante a través de su garganta hacia el estómago vacío. No era una buena idea beber sin haber comido antes, sobretodo sabiendo de la manera en que el alcohol la hacía actuar si tomaba en exceso. Pero una oportunidad como aquella no la podía dejar escapar.

Jack sonrió al verla beber. Y la siguió con la mirada mientras Carmen se dedicaba a observar los mapas que había encima de la mesa.

"Sois un hombre poco convencional, Jack."

"Lo mismo se puede decir de vos, m´lady"

Carmen se sentó en la mesa, al lado del irreverente capitán. Su mano derecha, agitaba el contenido de la botella mientras la izquierda tomaba una segunda runa, ya que con su inspección a la mesa, lo único que había hecho era localizar su pequeño tesoro. No en vano era una de las mejores ladronas de New Providence. Robar sin que dos ojos fijos en ella la delataran era un cuento de niños.

"Me gustaría saber que es lo que vos tenéis en mente cuando habláis de una mujer convencional. Debo decir, de todos modos, y en pro de todas las mujeres del mundo, que ninguna de nosotras lo somos."

"En eso tenéis razón, querida. Cuanto más conozco a las mujeres, más amo el ron"

"Eso os hace quedar en bastante mala posición ante mi, Jack"

"No me malinterpretéis, en absoluto pretendía decir nada malo de las mujeres. Todas y cada una de vosotras sois un regalo para el mundo. Todas me vuelven loco."

"Eso explicaría muchas cosas de vos. Como por ejemplo el ir detrás de un tesoro perdido cuya localización estaba oculta en el parche de un pirata. Casi me parece típico."

"Dais por sentado que busco el tesoro. Pero imaginad… imaginad solo por un instante que descubrís un país de los lagos de dorados lotos. Hay ríos a miles, llenos de hojas de color del zafiro y del lapislázuli. Y los lagos, resplandecientes como el sol de la mañana, están adornados con dorados mantos de rojo loto. Todo el campo está cubierto de joyas y piedras preciosas, con alegres mantos de lotos azules de dorados pétalos. En lugar de la arena, las perlas, las gemas y el oro forman las orillas de los ríos, a lo largo de los cuales se elevan árboles de un oro que brilla como el fuego. Estos árboles dan perpetuamente flores y frutos, despiden una deliciosa fragancia y están llenos de pájaros. El tesoro, querida, se disuelve entre la plata y el oro. El tesoro, entonces, se convierte en el descubrimiento. La belleza. La magia"

Había estado absorta mientras él hablaba. Su cálida y terrosa voz la había hechizado, y por unos instantes, se vio de pie, en el paisaje de riqueza que describía con tanta pasión, y de pronto también se convirtió en su anhelo. Pero como era de costumbre, la práctica se interpuso en sus sueños.

"Esa descripción coincide con el mito de El Dorado" respondió Carmen.

"Pero en El Dorado no se encuentra la fuente de la vida eterna." Respondió Jack entrecerrando sus ojos y mirándola interesado.

"Creo que no os comprendo. – protestó ella. La situación se le escapaba imperceptiblemente de las manos – yo solo había venido aquí a recuperar lo que es mío"

"Está a buen recaudo, creedme. Ahora, ya que conocemos nuestras conveniencias un poco mejor, podemos pasar a temas más interesantes."

"Ilustradme" replicó ella burlona.

"Temas que atañen a dos personas en un camarote… bebiendo ron y conversando amigablemente"

Jack se atusó el bigote. Dejó el vaso vacío de ron en la mesa, al lado de las manos ladronas de Carmen, y tomando una de ellas.

"Veréis. Mis intenciones con vos no son todo lo nobles que podríais esperar de con un… caballero." Atrajo su cuerpo, abrazándola con suavidad y acercándose peligrosamente a su boca.

"Nada mas lejos de lo que cabía esperar" respondió ella riendo. "Sois un pirata"

"Exacto." Jack estudiaba sus labios. Desde tan cerca se podía observar un pequeño corte, casi invisible en el labio inferior, fruto seguramente, de alguna pelea callejera en sus años adolescentes. Años que ambos, hacía mucho habían dejado atrás.

"Un capitán pirata – siguió ella, volviendo a tener el control de la situación, engatusándolo con los halagos que parecían perderlo – un capitán de un majestuoso navío de velas negras"

Ella podía sentir su aliento teñido de ron, y un súbito recuerdo del pasado, un forcejeo de un borracho en su juventud traspasó su mente como un relámpago. Y dejó de sentirse a gusto entre sus brazos. Recordó el motivo por el cual estaba allí y su mano izquierda volvió en busca de la tercera runa de diamante escondida en la mesa, entre los papeles.

Jack notó de pronto la rigidez de su cuerpo y el movimiento de la mano lo alertó. Se separó bruscamente y agarró la muñeca de la mujer. La señaló entonces con el dedo y dijo:

"Estas son las cosas que hacen que las relaciones no se sostengan. Ha de haber más confianza, querida"

"La costumbre" contestó ella como toda disculpa. Y lo obsequió con una caída de ojos que hubiese fundido a un témpano de hielo.

Cualquier otro hombre reiría sonoramente y continuaría donde lo hubiesen dejado, muy a pesar de ella. Con eso bastaría con cualquier otro hombre que no fuese Jack Sparrow.

En todo caso, había hecho empeorar la situación hasta un nivel crítico. Como haría con una niña histérica con una pataleta, Jack cogió a la mujer como un saco y se la cargó al hombro. Solo que lo único que hizo Carmen fue quedarse aturdida por la repentina acción.

"¡¿Qué diablos estáis haciendo?!" gritó ella a su espalda, mientras Jack salía a cubierta.

"Los ladrones y los piratas nunca han llegado a buen puerto juntos, querida. Será mejor que nos separemos aquí."

"Pero yo noooooooo…………………..!!!!!!!!!!!!!!"

Carmen no pudo acabar su frase. No pudo decirle que ella no era una simple ladrona, porque Jack… la había tirado por la borda.

No podía concebir lo que estaba pasando. Hacía solo unos instantes estaba en brazos del hombre en su camarote, más o menos acogedor, y con una agradable comezón en el estómago a causa del ron. Y en menos de unos minutos, había sido arrojada por la cubierta del barco.

Se hundió en el agua lo suficiente para no darse cuenta que se había hecho daño en la espalda al chocarse en la caída. Cuando salió a flote, ni siquiera pudo ver a Jack asomado en la cubierta. Seguramente se habría ido a su camarote en busca de las runas. O al menos para comprobar que aún seguían todas allí. Eso la hizo caer en algo.

Si Jack había sido descortés cuando de alguna manera intentaba seducirla, no quería ni imaginar como se comportaría cuando supiese que ella se había apoderado de dos piezas de su pequeño tesoro. Pensando en eso, y lanzando improperios al viento en contra de la piratería en general, se apresuró a nado hasta la orilla y de camino a su casa para permanecer a salvo.

Llegados a este punto en que a Carmen le empezaba a salir todo mal en las materias relacionadas con sus clientes, consideraba seriamente si seguir con el trabajo, o dejárselo a alguien para que lo acabase (no eran pocos los que deseaban estar a las órdenes de una mujer como ella). No era algo que hiciese continuamente. Lo dejaba para cuando algún trabajo le resultaba tan irritante que la sacaba de sus casillas. Y este parecía ser uno de esos casos. Jack, pese a poder resultar encantador en cualquier otro contexto, pero en el que se hallaba con ella era de lo más insoportable.

Así que cuando llegó a la playa, tras recuperar el aliento y comprobar que ninguna barcaza de piratas la seguía, se llevó las manos al cinto, donde cuidadosamente había depositado las piezas de diamante para que no se escaparan con ningún movimiento brusco.

Sus ojos cerrados al cielo, y descansando del esfuerzo, se abrieron de par en par por puro pánico cuando el lugar donde las había desaparecido lo notó vacío.

"Cálmate. Puede que se hayan movido a los lados, o se hayan metido a través del doble fondo del cinto. Debes palparlo con paciencia." Se dijo a sí misma.

Pero no pudo. Con desespero se sacó la pieza de ropa y la arrugó, la tocó, la estiró y hasta casi la rompió. Todo para descubrir que las runas por las que había luchado… no estaban.

Carmen gritó. Maldijo. Pisoteó la arena varias veces. Y se adentró en el agua hasta las caderas para gritarle al horizonte, allí donde estaba La Perla Negra, aunque ya no la podía ver recortada en el horizonte.

Encolerizada, dio media vuelta y se sentó en la playa, pensando en algo que aliviase su mal humor, y en Jack Sparrow, y en lo que disfrutaría echándole aceite hirviendo en el pecho, en vez de vela derretida.


Jack había esperado a que Carmen cayese al agua. Quería asegurarse que no se hiciese demasiado daño. Tan solo el suficiente para escarmentarla.

La mujer en sí, lo divertía. De hecho, pensaba que compartían varias cosas, y podría haber sido una buena compañera de no ser por su temperamento. Ella se creía la mejor. Y no lo era. Él, era el mejor. Daba igual de qué. La cuestión es que el título del máximo exponente en cualquier materia lo tenía Jack. Y no soportaba que una mujer intentase comportarse como él.

Se dispuso a buscar las piezas. A asegurarlas de nuevo. buscó entre los papeles, primero revolviéndolos desesperadamente, y luego, comprendiendo que eso empeoraría las cosas, dispuso los mapas en orden, sacudiéndolos, mirando al suelo, luego en el camastro, de nuevo en la mesa, entre sus ropajes… para no encontrar más que dos.

Y eso lo enfureció. Agarró la botella de ron y dio cuenta del contenido hasta acabarlo por completo. No entraba en sus planes darse por vencido tan fácilmente, pero necesitaba pensar. Con tranquilidad.

Se tiró en su camastro y miró las piezas talladas en diamante con atención. Entonces el aroma de la mujer volvió de entre las ropas hasta él, como envolviéndolo en la ensoñación de que se encontraba a su lado. Levantó la cabeza sin esperanzas de verla con su daga en la mano, y sonrió por la estupidez cometida.

No tenía que preocuparse por eso. Algo en su interior, algo de esa vida bohemia que llevaba y que sabía que compartía en menor o mayor medida con aquella ladrona, le decía que esa situación no tardaría en solucionarse.

"Ella volverá a mí" dijo con una sonrisa, al vacío que ella había dejado en su camarote.

Y la mañana encontró de nuevo a toda la tripulación a bordo de una bellísima perla. Los marinos que habían sido noqueados por Carmen se cuidaron mucho de no hablar de lo sucedido esa noche, al igual que lo hizo Jack.

Tal y como debía llevarse su plan, la Perla Negra zarpó con el alba, hacia el punto de partida para la búsqueda de la Isla de las Siete Ciudades. Cabo Coral.


Cabo Coral no era famoso por nada en absoluto, es más, la mayoría de barcos recelaban en pasar cerca de sus costas, muy cercanas a las de New Providence, debido a los arrecifes coralinos que le daban el nombre.

Pero la Perla era ligera, lo suficiente para poder pasar ampliamente por encima de ellos sin llegar a sufrir daños.

Y como el que en cada puerto tiene un amante, Jack tenía en cada puerto a un conocido, al que probablemente le debía dinero, pero siempre había sido amable con él gracias a su labia. Y Cabo Coral no era menos. Allí se encontraba Joanna.

Ella vivía en la tienda de productos de santería de su padre, al que muchos tomaban por loco. El pobre hombre creía que con los restos de las uñas de los pies se curaba el mal de ojo, entre otras muchas cosas. Pero la única con verdaderos poderes, por decirlo de alguna manera, era Joanna. Contaba con apenas 15 años. Era una muchachita muy callada y tímida, o al menos eso es lo que él recordaba, y enamorada de Jack desde el primer día que apareció por la tienducha, buscando algún remedio mágico que le curase la resaca, hacía pocos años atrás.

Joanna tenía el don del saber. A través de sus sueños, le llegaban imágenes que la dotaban de una sabiduría infinita, pero que lamentablemente, pocos creían útil. Ella sabía cuales eran los ritos de los africanos para atraer la lluvia. Sabía de principio a fin las leyendas de los irlandeses, con sus hadas y sus bosques encantados. Sabía como funcionaba la magia de las runas. Y muy pocas veces, pero siempre bienvenidas, poseía el don de la clarividencia. Sabía como prever y cambiar a su favor, el tiempo de una travesía de meses enteros… digamos que sabía lo que nadie se interesaba por oir, o nadie se interesaría en creer.

Jack en principio no le hizo caso, como todos los demás, pero cuando ella le dijo que su vida se vería marcada cuando conociese a un herrero y a una mujer de sangre noble, la comenzó a tomar realmente en serio. Desde la primera vez que la vio, sus visitas fueron bastante más continuadas que las que le propinaba a Tía Dalma. Cuando veía a esta última, era porque las cosas iban realmente mal y no había otra salida. Cuando veía a Joanna, la suerte lo acompañaba.

"¿Dónde está mi querida Joanna?" preguntó Jack al entrar a la tienda, hecha de hojas secas de cáñamo.

Reinaba el silencio, y un calor abrasador colmaba el aire. Un olor a incienso muy fuerte inundaba el ambiente.

De entre unas cortinas apareció una muchacha de piel clara, pelo negro, ojos azules y mejillas sonrosadas. Llevaba una túnica muy corta que dejaba muy poco a la imaginación, y un pañuelo rojo anudado a la cabeza, y entre los labios un pitillo a medio apagar. Cuando vieron a quien correspondía esa voz, la cara de Joanna se iluminó y una sonrisa apareció de la nada.

Se abalanzó a los brazos de Jack, quien la cogió en volandas y la hizo girar por la habitación.

"¡Jack¡Ya no soy una niña!" dijo ella aparentando enojo.

"Ya lo veo querida. ¿Desde cuando fumas tabaco?" dijo entre risas amables.

"No es tabaco" Y ella se puso a reír sonoramente. "No hay mucho que hacer por aquí, ya sabes" continuó a modo de disculpa.

"Te preferiría en mi barco como grumete antes que metida en estos malos hábitos… pero – Jack frenó su boca ante los ojos desorbitados y expectantes de la chica – mi tripulación no vería con buenos ojos una pequeña bruja a bordo" dijo con una sonrisa.

"Y bien. ¿Qué te trae por aquí, mi galante capitán?" preguntó Joanna mirándolo con ojos serios.

"¿Cómo¿Ni siquiera vas a invitarme a un trago para brindar por nuestro reencuentro?"

"Jack, cuando vienes aquí lo único que haces es beber con mi padre, y luego, cuando te acuerdas que aún existo, me preguntas sobre leyendas. Preferiría saltarme la parte de la bebida, al menos por una vez" contestó con una mueca.

"Veo que te has hecho mayor en poco tiempo, querida. Si quieres, esta vez beberé contigo en vez de con tu padre. ¿Qué te parece?"

"De todas formas, hoy no te quedaría mas remedio que beber conmigo. Mi padre ha ido al pueblo para vender unas pócimas. Aunque la respuesta es no. No me gusta beber."

"Sin embargo no te privas de otros vicios" contestó Jack cuando ella apagaba definitivamente su cigarro de hierba.

Joanna se sentó en una mesa de madera cercana y cruzó las piernas de manera sugerente. Sonrió mostrando unos dientes muy blancos y alzó una ceja.

"Bueno, digamos que has sido un gran modelo a seguir" contestó alzando una mano señalando a Jack. "¿Qué quieres de mí, Jack?"

"La Isla de las Siete Ciudades. ¿Qué sabes de ella?"

"Por fin. La búsqueda de la vida eterna es costosa. Hay mucho que ganar, pero también mucho que perder"

Jack sacó de una bolsa atada a su cinto, otra más pequeña y se la lanzó a la chica. Ella la cogió al vuelo y vació su interior en una mano. Sonrió débilmente al ver relucir las runas de diamante.

"Vas por buen camino"

"¿Dónde están las Siete Ciudades?"

"La puerta de las Siete Ciudades se abrirá para ti cuando lleves la llave contigo. La roca que parece fría e inerte está llena de vida. Dentro, donde solo debería haber brasas y roca fundida se encuentra el manantial."

"No tengo tiempo para acertijos, querida. La búsqueda de llaves no ha sido una de mis mejores bazas en estos últimos tiempos"

"¿Por qué quieres la vida eterna, Jack? A cada uno nos toca vivir en el tiempo que nos ha sido concedido. Ver pasar los años sin cambiar un ápice es cosa de los dioses, no nuestra"

Jack sonrió socarronamente.

"¿Quieres compararte a un dios, Sparrow? Eso es demasiado egoísta incluso para ti."

"Aprecio la vida. Aprecio mi vida. Los años que nos han sido dados son demasiado pocos para hacer todo lo que quiero hacer. Quiero verlo todo. Quiero abarcarlo todo hasta el fin de los tiempos. Quiero recordar y que se me recuerde. Quiero que la leyenda siga viva para que todos puedan verla pasar ante sus ojos. El Capitán Jack Sparrow será un divinidad entre los mortales."

Joanna estrechó sus ojos, como si pudiese ver el alma al desnudo del pirata.

"Algún día dejarás de ser un capitán de barco. Algún día el sueño de la piratería acabará, y tendrás que amoldarte a los nuevos tiempos. Y sabes perfectamente que sin ese ideal, no eres nadie."

"¿Vas a decirme algo sobre la Isla de las Siete Ciudades, o no? Dijo desinteresadamente.

"No se donde se encuentra exactamente. Pero se desde que lugar debes partir. Y también se que tienes que llevar contigo"

"Excelente"

"La Isla de las Siete Ciudades se encuentra en una isla que tiene un volcán. Partiendo de Cabo Coral, navega solamente de noche hacia el norte. Cuando en la tercera noche, el aire se torne más frío, la llave deberá morir una vez, y si es la correcta, la isla aparecerá ante ti iluminada por la luna"

"¿La llave debe morir una vez¿Cuándo una llave ha podido morir¿Y cuando más de una vez?"

"Puede que seas muy listo, Jack, pero nada espabilado. La llave es un ser humano. Tú lo has de escoger como tu llave, y esa persona debe aceptar ser tu llave. Al tercer día de travesía esa persona deberá morir, da igual bajo que circunstancias. Si es la persona correcta, la luz de la luna iluminará una isla, que solo con el último aliento de esa llave se muestra a aquel que la quiere encontrar"

"Pero tú has dicho que debo llevar la llave para poder entrar en la roca"

"No atiendes, Jack, no atiendes. La llave deberá morir, una, vez. Luego será devuelta a la vida por el poder de las runas, y la podrás llevar a tierra contigo. Pero solo a la llave, nadie más."

"¿Cómo sabré quién es la persona adecuada para ser mi llave?"

"Seguro que ya has pensado en alguien. La primera persona que te haya venido a la mente es la que tienes que llevar. Porque esa es tu intención. La isla juzgará si es la persona correcta"

Carmen.

"¿Y si resulta que no lo es?" dijo Jack.

"Tu falsa llave morirá. Y se te cerrarán las puertas de la vida eterna para siempre"

"Eso es injusto."

"¡JA¿Creías que se brindaba a todo el mundo la posibilidad de la eternidad tan fácilmente? - Rió la muchacha como si le hubiesen explicado la broma más graciosa del mundo- pero hay una manera, Jack- continuó cuando pudo recobrar el aliento-. Hay una manera de encontrar a la persona correcta. Hay ciertas personas, muy pocas en el mundo, realmente, que nacen con una marca en su nuca. Es como un tatuaje grabado a fuego que se lleva desde pequeño. Esas personas pueden pasar totalmente desapercibidas en la vida diaria excepto por esa marca, que a veces puede parecer incluso un antojo de embarazo. Ellas vienen al mundo sin saber que son las conductoras a la vida eterna, y mueren de igual forma. A veces sienten impulsos que les hacen llevar una vida soñadora, como la tuya, o feroz, de forma que siempre estén buscando algo. Y ese algo es esto – mostró las runas de diamante en sus manos – buscan estas piezas y no saben siquiera que existen. De igual forma que las piezas también las buscan a ellas. Y cuando se encuentran, se funden en una. Las runas pasan a ser tatuajes en su cuerpo. Cinco en total. Dos en las muñecas y dos en los tobillos. Más la de la nuca, las hacen la llave perfecta. Eso es todo lo que tienes que llevar contigo."

"Bueno… pensaba que sería más complicado. Pero creo que se donde puedo encontrar mi llave. ¿Pero como la debo utilizar?" respondió Jack con altanería.

"Cada runa significa un elemento, agua, tierra, fuego y aire. La quinta es una vida. Una vida que proporcionará la vida eterna a aquel que beba de ella"

"¿Te refieres a que se ha de arrebatar una vida para conseguir la vida eterna¿Era eso de que la llave moriría… una vez?"

"Exactamente. La vida, la persona que las runas escojan, el manantial que se encuentra en la Isla de las Siete Ciudades brotará para proporcionar la inmortalidad a aquel que la desee."

"Llevar hasta allí a una persona que confía en ti, para matarla dos veces y que tu puedas vivir eternamente. Parece un poco cruel" contestó Jack mirando a su alrededor como sopesando los materiales de los que estaba hecha la cabaña.

"Morir dos veces. Una por la llave en sí y otra por ti, que quieres vivir para siempre. Sí, es injusto, pero es un precio que se ha de pagar. Algunos piensan que es una maldición."

Jack y Joanna siguieron conversando unos minutos más. Esta vez de cosas triviales. Él ya estaba satisfecho, y solo le estaba regalando a la chica unos instantes de su presencia. Ardía de deseos de volver a encontrar a Carmen para inspeccionar su nuca cuidadosamente. Cada vez estaba más cerca de su anhelado deseo de la vida eterna. Cuando salía por la puerta, Joanna le advirtió:

"Jack, escúchame solo una vez más, y piensa en lo que te digo. Ten cuidado con lo que deseas, porque puede que pierdas más de lo que puedas ganar. Y conociéndote… solo he de añadir que desear a la persona que tiene las runas tatuadas es desear la vida eterna. Si la deseas, la inmortalidad te será entregada… quieras esa inmortalidad, o no"

Jack sonrió, agitó su sombrero al viento desde fuera de la cabaña, y desapareció camino a la playa.


Carmen estaba realmente furiosa.

Todo en ese día le había salido mal. Desde haber encontrado a Hugh en la taberna, pasando por la pelea en el prostíbulo, hasta haber sido arrojada por la borda de un barco del pirata más prepotente y ostentoso de todo el mundo.

Eso no decía mucho en favor de ella, sobretodo porque había perdido lo que parecía un valioso botín. Pero ya no podía hacer nada. Probablemente los diamantes estaban sepultados en el fondo del mar, e intentar buscarlos era como buscar una aguja en un pajar. Una tarea perdida de antemano.

Por eso esa noche por fin se dijo basta. Era tarde, muy, muy tarde, le había llevado horas estar en la playa recuperándose y pensando, estaba cansada, mojada y derrotada. Y todo buen luchador ha de saber cuando tiene que retirarse para descansar, y volver con renovadas fuerzas a la batalla.

De hecho, ni siquiera tenía ganas de hablar con Hugh para enterarse de una vez por todas de que diablos estaban hechas esas runas para que todos los hombres fueran detrás de ellas con tanto ahínco. Algo más tarde, ya que hacía bien poco que había despuntado el alba, cuando estuviese descansada, comenzaría la búsqueda de nuevo de ese pirata y el comienzo a su vez, de su particular venganza.

Con estos pensamientos en la cabeza, caminó en dirección a su habitación en la ciudad, con el único deseo de una cama blanda, que de todas formas no poseía.

Se encontró en vez de eso con el camastro deshilachado y algo de frío. Se desvistió sin cuidado, tirando la ropa por todo el suelo, y se tiró de espaldas, intentando conciliar el sueño. Se rascó repetidamente la parte interior de las muñecas, pues desde que había caído al agua la comezón se estaba haciendo insoportable. Pensó que debía haber rozado algún alga y al principio no le dio importancia. Pero a medida que pasaban los minutos, caviló la posibilidad de que una medusa le hubiese picado.

Cuando se miró el lugar de donde provenían los picores, estos cesaron inmediatamente.

La piel que antes era simplemente tostada por el sol, ahora presentaba dos formas negras perfectamente delimitadas, como tatuajes.

"¿Pero que demonios…?" solo alcanzó a murmurar. Pero los tatuajes relucieron en un color plateado y una descarga eléctrica cruzó su cuerpo, inundándola con una energía que nunca había creído posible poseer. De pronto se sintió llena de fuerza y firmeza, completamente renovada. Los nuevos tatuajes de sus muñecas dejaron de relucir y se apagaron completamente, recuperando su aspecto negro

"Esto ya es personal" dijo mientras se levantaba y se volvía a ataviar con su ropa y sus objetos personales.

Salió corriendo de su habitación sabiendo exactamente el camino que debía tomar. Sus piernas tenían vida propia, cada vez corría más deprisa y más llena de vitalidad estaba, como si por unos momentos formase parte del viento, hasta que llegó al agua. A lo lejos, más allá del horizonte, en la isla vecina, casi podía distinguir al condenado Sparrow, mofándose de ella.


Continuará


Lamento el tiempo tardado. Pero no me he encontrado con ánimo de escribir en mucho tiempo. Han ocurrido algunas cosas en mi vida... de las que aún no quiero hablar. Un poco de literatura, aunque sea basada en estas maravillosas películas, me ha curado un poco de mi tristeza. Seguiré escribiendo, porque esto me hace sentir un poco mejor.

Gracias a todos los que seguís leyendo. Espero que os haya gustado hasta ahora. En adelante, mejorará, os lo prometo.