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La situación era comprometedora. Su trasero apuntaba hacia el cielo, las bragas de algodón blanco a la vista y Taichi sobre ella como si fuera a hacer flexiones. No podían culpar a cualquiera de sus amigos si, en un dado caso, los llegasen a encontrar en aquella posición y terminaban pensando mal al respecto.

—Esto que haces —Sora hizo una pausa, Taichi reía detrás de su nuca—. En todas las partes del mundo es considerado como acoso sexual.

—¿Hacer qué? —dijo con el exceso de inocencia marcando sus palabras.

Sora negó con la cabeza, Taichi flexionó una pierna, inclinó el cuerpo hacia adelante; Sora casi cae cuando este le dio un ligero empujón en dónde pudo sentir su miembro frotarse contra su...

—¡Taichi! —escandalizó, con la sensación latiendo sobre su trasero.

—¿Qué?! —Se divertía, eso era cierto. Y pensar que antes había tachado el juego como aburrido—. ¡¿Qué?! ¡¿Qué?!

—Sabes lo que haces, esto es jugar sucio. Al menos podría dejar de emocionarte tanto.

El otro borbotó una carcajada.

—No seas mala perdedora, Sora. Estoy jugando como puedo, no es mi culpa que hallamos quedado en esta posición comprometedora.

—Considerando que desde el principio buscaste quedar de este modo, sí, es tu culpa.

—Ya, eso dices. ¿Puedes probarlo?

—Tu estúpida clase sobre los derechos constitucionales no te hacen ya un abogado, Tai.

—Pues, en teoría, ante un juzgado, quizás no me sirva de mucho una única clase de leyes. Pero ante ti sí que me sirve. No puedes refutar mis palabras sin pruebas.

—Dices cualquier tontería, tonto —le dijo, dejando salir una risilla traviesa.

Sora estiró la mano y movió la aguja del tablero del Twister. Desde que el juego comenzó había perdido los pantalones literalmente; el anillo de compromiso (al que Taichi alegó no era parte de las prendas que entraban en juego) y las calcetas. Pese a que lo único que la comprometía eran su short en el piso, se sentía desnuda. De llegar a perder una vez más, tendría que elegir si quedar con los pechos al aire libre o despojarse de su cómoda braga, considerando lo contento de Taichi, la segunda opción no la hacía sentir relajada.

Maldijo a Taichi un sinfín de veces, el imbécil no hacía más que reírse sin son ni ton. No podía dejar de pensar en que había caído en una de sus trampas, sobre todo al notar que este no hubo perdido ni una sola vez desde que comenzaron a jugar. En ese punto de la historia no comprendía si el motivo de su pequeña rabieta se debía a que estaba perdiendo o a que no podía tener una vista de él como la tenía Taichi de ella. ¡Malditas causalidades!

Takenouchi hizo caso a las indicaciones del tablero y empinó su cuerpo hacia adelante, poniendo la mano en el círculo amarillo de enfrente. Taichi la imitó, pasando un brazo por sobre el hombro de la prometida, pero, en el proceso, recibió un codazo en las costillas de parte de la mujer cuando esta volvió a percatarse de que el «amiguito» de Taichi quiso hacerse sentir sobre Sora otra vez.

—Es en serio. —comentó revirando los ojos—, ¿cómo puedes jugar estando excitado?

—Es un don natural que se me da.

—No te alagaba.

—Deberías hacerlo mientras puedas, recuerda que no seré siempre joven.

Una de las ventajas de ser novia de Taichi era que siempre lograba arrancar una sonrisa de su boca, incluso cuando ella no quería reír.

«Condenado Yagami» farfullaba en su interior, divertida.

—¿Cuánto tiempo pasará hasta que decidas darte por vencida? —susurró muy cerca de su oído; el cuerpo de Takenouchi se estremeció ante el contacto de su aliento contra piel—. Nunca es suficiente para mí verte desnuda.

—¿Estás seguro que ganarás? —respondió, haciendo uso de su voz seductora. Taichi quiso replicar, entonces ella sacudió sus caderas, golpeando la dureza en medio de las piernas del otro que aguantó el quejido mordiendo el labio—. ¿Nunca has oído hablar de la ventaja estratégica?

Taichi dejó de sostenerse sobre una de sus manos. La había movido hasta el borde de sus pantaletas. Las caderas anchas de Sora, su piel suave y sudada. Contoneó con la palma abierta su silueta; cierto encanto había cuando reconocía la estreches de su cintura. Sora cerró los ojos cuando sintió los dientes del otro mordisquear en su hombro, tuvo que llamar la calma. No supo cuándo, pero había comenzado a sentir su cuerpo más caliente y no era precisamente el tipo de calor causado por culpa del inclemente clima soleado.

—Sabes —La palabra salió como si hubiese exhalado—. Si no colocas tu mano sobre el circulo amarillo en cinco segundos, voy a darme como ganadora y tendrás que quitarte la ropa.

—¿Eso acaso sería perder?

—Siempre que estemos jugando, sí.

Taichi hizo un mohín como queriendo sonreír, pero la sonrisa fue desdibujada de inmediato. Tan solo lograba ser consciente de las palpitaciones al final de la línea de vellos que se dibujaba debajo del ombligo; la sangre se alojaba en medio de sus piernas, ya no le llegaba oxígeno al cerebro, de eso estaba seguro.

—Haré una moción: quiero dar por terminado este juego. Juguemos otra cosa.

Takenouchi rio como si no pudiera creer lo que escuchaba.

—¿Y darte como ganador? —Lo miró por sobre su hombro, a él le brillaba la mirada.

—¿Quién perdería si pasamos a jugar diferente?

Hizo caso omiso, entrando más a fondo al juego de seducción en el que habían caído.

—Comenzaré a contar, si para cuando termine no has regresado la mano hacia el círculo rojo…

—Amarillo —corrigió de inmediato, sin pensarlo mucho, fue un reflejo.

La muchacha perdía ya la conexión con la realidad.

—… En el círculo amarillo, te penalizaré y habré ganado entonces.

—¡CARAJO! —exclamó riendo—. No quieres mucha ventaja tú. Eres muy viva, Takenouchi Sora.

—Cuando quiera puedes refutarlo, a ver si las clasecitas de derecho te sirven de algo.

—Iori estaría de mi lado.

—Uno…

—Esto no es justo, he ganado dos veces.

—Dos.

—¡SORA!

—Tres.

—Podríamos llegar a un acuerdo.

Dejó en pausa su conteo, no le vendría mal escuchar su oferta de paz.

—¿De qué estamos hablando? —Inquirió como quien no quiere la cosa.

—De que, si me dejas hacerte aquí, justo ahora, el amor… —Tuvo que tragar saliva, sentía de pronto la garganta reseca—, no te molestaré hasta mañana.

Takenouchi negó, divertida.

—… Cuatro…

—¡¿Qué quieres de mí?! —exclamó, haciéndose el mártir.

¿Cuánto placer se podía obtener de parte un hombre al que la cordura lo había abandonado desde el preciso momento en que la vio bajarse el short, al son del tarareo de un ritmo propio de una melodía de club nudista?

—… Cinc…

—¡Ya, ya, ya! —La mano volvió al círculo y Sora no pudo sostener por mucho más tiempo la risa.

Lo golpeó, sin ser consciente que lo hacía (ya que inclinó su cuerpo movida por la risa) hasta que ya fue muy tarde, la entrepierna del marido con el trasero.

Otra de las ventajas de vivir con Taichi era lo imprevisible que solía ser. Pasaba de ser un buen chico a hacer lo que le daba la gana en segundos, desde un punto favorecedor para la relación. Justo cuando ella creía tenerlo en la mano, él le daba vuelta a la tortilla, siendo tan él que rayaba en lo absurdo.

Apenas se dio cuenta, Taichi se hubo precipitado literalmente contra ella. Sin siquiera detenerse a pensarlo, sin atreverse a admitir que esperaba que él la cogiera entre sus brazos y acabara con el juego ridículo que los había envuelto, Sora ya había buscado por sobre su hombro sus labios calientes, entreabiertos con un atrayente sabor salaz que le hacía perder la cordura. Él se ahogaba con cada gemido que lanzaba contra su boca, impaciente la mano bajaba por su vientre y se introducía debajo de la braga de algodón suave: su humedad dulce, fuego trémulo; Sora se quemaba por dentro como un volcán apunto de hacer erupción.

—Esto no es justo —ahogó las palabras que fueron arrastrada con dificultad hacia fuera—. Todavía no has… ¡oh! —calló enseguida, los dedos de Yagami jugaban expertos sobre su clítoris.

¿Qué decía? Ya no lo recordaba.

Buscó tumbarse bocabajo sobre el suelo, una mano de Yagami alrededor de su vientre la sujetó, impidiendo el descenso.

—Todavía no —gruñó, perdiéndose en el medio de su cuello y hombro.

—Tai… —soltó débil, dejando caer la cabeza hacia atrás, arrastrándose por el cosquilleo impetuoso que le hacía temblar las rodillas.

Sora escuchaba una voz que le decía que estaba sucumbiendo, perdía en el juego que Taichi hubo planeado, vil estratega; pero su otro yo la situaba bailando en frente de las llamaradas de una hoguera, entregándose a su calor voraz. Le gustaba la sensación del fuego que consumía cada centímetro de su figura femenina.

La excitación en Taichi iba en crescendo, rezongó sumergido en el placer, Sora movía su trasero, acariciando con sus nalgas su zona erógena.

Apretó los diez dedos de sus manos en torno a sus caderas, ascendió con ambas manos, empujando la tela que cubría su desnudez fuera.

La hendidura en medio de su espalda se marcó todavía más cuando puso una mano en medio de ella. Taichi dejó salir el aire contenido a través de sus dientes.

—¡Sora! —gruñía, tendido sobre ella—. Me vuelves loco.

Se escuchó un débil ronroneo como respuesta que sacudió los cimientos donde yacía la poca cordura que le quedaba al muchacho.

Beso tras beso mojaron su cuello. La línea de saliva se dibujaba alrededor de los omoplatos. La voz de Sora se escuchó sobre los gemidos de Taichi que atrapaba la piel en medio de sus dientes.

Una oleada de cosquilleos arribó hasta hacerse sentir sobre sus pezones, el vientre quemando por dentro, la humedad empapando sus bragas.

—Taichi, por favor…

El novio dejó de jugar a erizar su mundo y se detuvo en donde nacían los dos paréntesis que encerraban su columna vertebral, a centímetros escasos del coxis. Hubo respirado hondo demasiado pronto. Las sensaciones regresaban aumentadas con el nuevo toque de su boca contra piel.

Deslizó la braga hasta el final de sus rodillas. Sora dejó de sentir el peso de su amante sobre sí, en su lugar una fuerte sensación se apoderó de ella, derritiendo allí, en medio de su zona húmeda, debido al fuerte calor; apretó los parpados, exhalando sonoramente, se ahogaba con el movimiento de la lengua de Taichi contra su desnudez. Experto que tocaba los puntos exactos que la hacían pertenecer completamente a él. Dejó salir el nombre de Taichi, quien amasaba la carne de sus glúteos y besaba sus labios inferiores.

Las caderas de Takenouchi la traicionaron al moverse para sentir a profundidad. Taichi paró, cogió aire y volvió a lamerla como si sora entera fuera una paleta de cereza.

—¡Taichi…! —Todo su cuerpo clamaba tenerlo dentro, ya no soportaba estar desunida a él.

—Lo siento —dijo el hombre, alejando la estímulosa lengua de ella—. Lo siento, perdí el control

Sora jadeaba y maldecía que el otro hubiera parado la caricia.

—Volvamos al juego —Taichi rascaba su nuca, como si se disculpara por haber hecho algo malo.

«¡¿Qué?! —gritó la Sora perversa desde adentro—. ¿A qué se refería con…?»

—Gira la aguja —volvió a hablar el otro, con voz excesivamente inocente.

Iba a matarlo.

—Estás de coña, ¿no? —Sora lo miraba por encima del hombro con el ceño fruncido, todavía apoyaba los codos del piso.

Taichi parpadeó, seguía fingiendo inocencia.

—¿No querías jugar juegos de mesa?

Era demasiado. Sora levantó su cuerpo del suelo y se movió ágil sobre el marido, que cayó de espalda, con ella encima, pasando una pierna a cada lado del cuerpo masculino.

—Me las pagarás, Yagami —Palabras dichas en un tono agresivo y divertido.

Taichi sonrió, esperaba pagar todas las consecuencias por ser tan travieso.

La cogió por la muñeca y la jaló hasta que sus pechos estuvieron pegados. La besó, revolviendo con la otra mano sus cabellos naranjos de la nuca.

Poco a poco los besos los volvieron a sumergir en la atmosfera excitante que minutos atrás el marido había roto.

La mujer desnudó al Yagami por completo, dirigió el sexo de Taichi hasta el suyo, el apenas contacto hizo que ambo soltaran el aire contenido en sus pulmones.

Sora entró suave, con movimientos lentos, paulatinamente fue entrando en ritmo, hasta que se olvidó del pudor, de todo el mundo, incluso de su propio nombre. Taichi la sentía moverse de arriba hacia abajo, cada vez más rápido y fuerte. Por momentos cerraba los ojos, no seguro de poder esperar a su chica. Ver como sus senos rebotaban frente a él no ayudaba a su deseo de explotar dentro de ella. Debía de esperarla, debía de durar un poco más.

La rodeó con los brazos, apretándola con fuerza: Sora podía sentirse tan frágil dentro de ellos y tan poderosa al mismo tiempo que no sabía si estrechara todavía más o dejarla ir para protegerla, ella era tan pequeña…

Amaba el equilibrio de todo su ser. Amaba que se soltara completa frente a él hasta escucharla cantar los gemidos producto del orgasmo que la desplomaban sobre su pecho.

—¿Ya? —preguntó él, esperando una respuesta positiva.

Sora asintió con las mejillas acaloradas, intentaba recuperar el aliento. Recuperar de apoco los sentidos y el decoro la hacía sentir muy avergonzada de su comportamiento tan bestial. Sin embargo, poco importaba cuando se sentía tan bien hacer el amor con Taichi. Completamente plena, tuvo que pasar mucho tiempo para que pudiera alcanzar aquella sensación con él, pero cada vez se volvían mejores en el arte de hacer el amor.

Y todavía aguardaba un poco más por hacer…

Taichi se movió debajo de ella, Sora quedó acostada sobre el suelo. El moreno levantó sus caderas que respondieron rápidamente al toque de su marido. De nuevo estaba de rodilla de frente a la espalda de la mujer. Se introdujo dentro de ella, buscando su propio placer, tan solo unos cuantos movimientos fueron suficientes para hacerlo estallar. De haber sido por él, lo hubiese hecho hace mucho.

Cayó tumbado sobre su espalda. Jadeando con la sonrisa de victoria marcada en su cara.

—El mejor juego de twister que he jugado en la vida —le dijo respirando en su hombro.

Sora se rio.

—Y lo gané yo.

—¿Qué dices? —Si bien, ya habiendo aplacado sus deseos, el ganar o perder en twister se volvía de nuevo en un juego que no quería perder—. Si te llevaba ventaja. Estaba ganado yo.

—Ah, pero ¿qué dices tú? Si yo te veo completamente desnudo y yo aún conservo el sostén. Te he ganado, Yagami. Las reglas eran: quien quede sin ninguna prenda de vestir, es el ganador.

El joven parpadeó, confundido.

¡Maldito vacío legal! —se quejó, a modo de bromas.

—Ves que no necesito de clases de derecho para saber que siempre te puedo manejar a mi antojo.

El hombre borbotó una carcajada, la besó en el omoplato con cariño.

—Como digas, Sora, me declaro perdedor en el juego de twister. No es como si me hubiese salido con la mía al fina…

—¿Realmente piensas que te saliste con la tuya? Querido, cuando tú vas de camino… yo ya he ido y venido muchas veces.

—¿Entonces dices que todo esto lo planeaste tú y no yo? —Soltó, sarcástico.

—Pues… —Takenouchi movió el cuerpo, Taichi quedó sobre el suelo, sentado con las piernas cruzadas y la desnudez esplendida a la vista.

La mujer caminó por el cuarto y cogió un albornoz sobre el regazo de uno de los muebles, también cogió el control remoto del aire acondicionado y apuntó hacia el aparato, se escuchó el «bip» y la solapa del Split subió, pronto el golpe del aire fresco chocó en la piel de Taichi que sintió la ráfaga fría muy agradable, cerró los ojos sintiendo el refrescar, pero… ¿cómo era que estaba haciendo tan fresco?

Abrió los ojos y fue a protestar, cuando la escuchó reír, traviesa.

¡El aire acondicionado sirvió todo ese tiempo mientras él se moría de calor!

«Espera un segundo —comenzó a armar los cabos—. Ella…»

—¡Eres una…! —Taichi, pese a ser cogido por sorpresa, y pese a sentirse engañado y utilizado, se reía con diversión—. ¡Tramaste todo esto desde el principio!

Takenocuhi le sacó la lengua y le guiñó un ojo. El gesto despertó nuevamente el calor en el moreno que se ponía de pie y comenzaba a corretearla, pagaría por su engaño, pero Sora no se dejaría atrapar tan fácilmente, de eso se trataba el nuevo juego para pasar la tarde.


Notas de autor:

Eh, lamento la tardanza, Chia, me olvidé por completo de actualizar. Iba a hacerlo al día siguiente, pero es que no sé, no tengo excusas, lo olvidé hasta hoy que me puse a revisar mi perfil. Lamento el despiste.

Ambos capítulos fueron supervisado y escrito en colaboración de mi querida Genee.

Espero que haya gustado.