Parte Primera.

Capítulo Segundo.


Como quieres que quien te mire

No corra como quien lo lleva el viento.

¿Acaso un cuerpo sin vida,

No produce el terror de quienes la tienen?


Yukio guardó sus papeles dentro de su maletín, y se levantó de la silla de su escritorio. Había terminado el papeleo de su última misión. Nada importante, solo él pudo hacerse cargo de la situación sin sufrir ni un inconveniente. Demonios de clase baja, y él seguía preguntándose por qué no habían llamado a un exorcista de menor rango para hacerse cargo.

No porque no quisiera hacerlo, sino porque, gracias a ello, se había perdido una importante reunión. Al parecer, no importaba si él estaba o no, las palabras se darían de todas formas, y los asuntos se arreglarían igualmente.

Que hiciera lo que tenía que hacer y no se preocupara por lo demás. Eso le había ordenado Mephisto. La gran pregunta era, ¿qué era lo que tenía que hacer? ¿Por qué cosa no debía preocuparse? Yukio no dejaría que todo siguiera su curso, porque eso implicaría que siguiera el curso de alguien más, de alguien que, potencialmente, podría ser una amenaza para él y todos sus seres más allegados. Movería cielo y tierra, y más si fuera necesario, para librarse de esas sogas invisibles que, aunque no pudieran verse, se sabía que estaban ahí.

Y si había algo que Yukio odiaba, eso era ser movido por otras personas.

—No preocuparme —dijo a la soledad que lo rodeaba—. Sí, claro.

A paso firme, y aun quejándose mentalmente, cerró la puerta de su dormitorio para poder usar su llave. Tenía que ir a la residencia del Señor Pheles a dejar los tan detestables papeles. Estaba seguro que la reunión habría terminado y que, por más que preguntara, nada le sería dicho. O, como siempre, le ocultarían cierta información y le contarían lo que fuera indispensable, obviando detalles que podrían ser considerados como importantes.

Fue peor de lo que esperaba. Nadie le dijo nada, ni siquiera se encontró con aquellos que formarían parte de la reunión. Pareciera como si se estuvieran escondiendo de él. Al menos, en algún momento, esperaba enterarse de algo. Lo que fuera, por más mínimo detalle que le pudieran dar.

Algo cansado de tanto secretismo, y sabiendo que tendría una jaqueca en cuanto la información le llegara, Yukio dejó los papeles a una suerte de ayudante y se marchó a su dormitorio.

Le sorprendió encontrarse con Rin, acostado bocarriba en su cama, con la mirada totalmente perdida y las llamas azules recorriendo su cuerpo.


Si había algo de lo que carecía Izumo, era paciencia. Esperar no era su fuerte, y ella nunca se había preocupado de que así lo fuera. Era por eso mismo que, cuando Rin le había dicho que necesitaba verla para preguntarle algo importante, ella le explicitó una hora en específico, en un lugar en específico. Y se aseguró que se pudiera llegar fácil, para que ni siquiera se pudiera demorar por el viaje.

Porque, desde siempre, Izumo había sido impaciente.

Y, por esa misma razón, tenía su ceño fruncido, su pie golpeando frenéticamente el suelo, sus brazos cruzados y sus ojos amargos. Quería irse, deseaba dejar a su compañero solo; pero no podía. En el fondo, muy en el fondo, incluso a veces irreconocible por la propia chica, ella no podría dejar solo a ninguno de sus compañeros de clase. No después de lo que habían hecho por ella, no después de todo lo que se habían sacrificado. Ese esfuerzo debía pagarse toda la vida.

Porque, desde siempre, Izumo había sido agradecida.

Así que, mientras veía llegar a Rin a la puerta de Mephyland, agitando su brazo por sobre su cabeza, con una sonrisa que no se podría decir si era real o falsa, ella preparó un comentario sarcástico, una ironía, algo lo suficientemente hiriente como para que él se diera cuenta de lo que le molestaba esperar, y de lo poco que disfrutaba tener que hacerlo.

Estuvo a punto de decir lo que quería, ya había confeccionado las palabras exactas, calculadas para, cuando menos, causar perplejidad en el otro. Hasta que, claro, Rin llegó frente a ella, sonrisa desaparecida y hombros caídos. Parecía tener ojeras, como si no hubiera dormido la noche anterior. Era como si, de hecho, no durmiera hacía semanas. Algo andaba mal, sus instintos se lo decían. Y cuando algo andaba mal con el medio demonio Okumura, significaba que algo andaría mal para ella también, poco tiempo después. Y eso era algo que ella quería evitarse.

—¿Qué te demoró tanto? —preguntó Izumo, con un tono cortante. Había decidido no ser cruel, pero no por eso sería amable.

—Lo siento, hace días que he perdido la noción del tiempo. Juraba que era de madrugada.

—Son casi las cuatro de la tarde —dijo ella, no creyendo lo que le estaba diciendo.

—¿Y no era a esa hora que debíamos encontrarnos?

—Una de la tarde.

Eso dejó callado al joven, quien se quedó pensando por unos momentos. Quizás le pediría una disculpa, quizás le discutiría que había sido otra hora la que habían acordado.

—Como digas —decidió responder.

Izumo frunció el ceño aún más. No había tenido posibilidad de descargarse mediante una discusión, no había saboreado la victoria que solía venir con las disculpas. No había sentido más que nada. Y eso conseguía irritarla en cierta manera. Pensó en algo más alegre, algo que la distrajera de gritar. Por una vez, deseaba escuchar lo que Rin tenía para decir.

Porque, desde siempre, Izumo había sido perceptiva.

—¿Qué ocurre? —preguntó Izumo, sin dejar que la verdadera preocupación se filtrara a su voz.

A modo de respuesta, Rin llevó la mano a su bolsillo y sacó de él un pequeño reloj de arena, que parecía tener ya tres cuartos de su contenido en el recipiente inferior. La joven no entendía qué significaba eso, y, aunque tenía el ligero presentimiento de que podría resultar importante, no quiso asegurarse nada que no pudiera ser comprobado por quien le estaba mostrando el artefacto.

—¿Y eso?

—Un reloj —respondió Rin.

—Eso lo sé, idiota.

—Yo respondí lo mismo.

Izumo quedó confundida. ¿A quién le había respondido qué?

—Cuando Mephisto me lo dio —completó Rin—, dije lo mismo entonces. Pero no es un reloj común. Quería preguntarte si podías identificar algo de él, ya que has tenido más experiencia con asuntos demoníacos.

Ella sintió un escalofrío al escuchar eso. Cierto, había tenido más "experiencia", aunque preferiría catalogarla de "trauma". No contradiría lo que él estaba afirmando, de cualquier manera, ya que no dejaba de ser cierto. Sabía más de esos temas. Por eso tomó el reloj de la mano de Rin, sólo para soltarlo de inmediato.

Un ardor enorme corría por toda su mano, y, aunque físicamente no parecía ocurrirle nada, podía sentir cómo se derretía su piel, se deshacía su músculo, y se esfumaba su hueso. Podía sentir que la enfermedad se transmitía al resto de su cuerpo, y sintió los latidos de su corazón, lentos y tortuosos, en sus tímpanos. Sintió sus cuencas vacías, y su lengua podrida. Tembló, como nunca había temblado en su vida, y sintió un miedo que se apoderó rápidamente de todo su ser.

Izumo se dejó caer al suelo, ante la mirada de un perplejo Rin que le preguntaba una y otra vez si se encontraba bien. Pero Izumo no podía contestar, no podía articular sonido. Observó al reloj que estaba en el suelo, y quiso alejarse lo más posible de él. Sólo que sus piernas no parecían responderle.

Frío. Eso sentía. El frío más devastador que jamás había sentido dentro de su alma. Tan profundo que parecía consumir incluso el calor de su alrededor. Tan helado que sólo podía hacerla pensar en una palabra. E Izumo no quería pensar en aquella palabra, no en ese momento, en esa situación.

Pasaron unos minutos con la respiración agitada de ella de fondo, silencio en todos los demás rincones que los rodeaban y atosigaban. El mundo era más oscuro.

—¿D-d-de dónde… sacaste es-eso? —preguntó ella, con el terror en su voz débil y en sus ojos.

—Ya te dije, me lo dio Mephisto.

E Izumo no supo qué contestar. No supo por qué había reaccionado así, no supo por qué sentía que algo andaba mal. De algo estaba segura: algo malo iba a ocurrir. Y eso podía firmarlo con sangre, sabía que era cierto. Y pensó que, quizás, lo mejor sería alejarse de todo el asunto antes de que estallara. Podía ayudar y agradecer a sus amigos de tantas otras formas. Podía colaborar en sus deberes, en sus trabajos, ayudarlos a convertirse en exorcistas. ¿Pero eso? Eso era algo que escapaba a ella misma, algo que no quería tan siquiera ver.

Porque, desde siempre, y a pesar de esconderlo bien, Izumo había sido cobarde.


Rin giró su mirada al escuchar los pasos de su hermano en el dormitorio. Yukio parecía estar más que perplejo, sin palabras. Y el mayor de ambos no tenía intención de iniciar la conversación. ¿Qué le diría, que simplemente las llamas habían aparecido y que no podía suprimirlas? No sonaría lógico, o, aún peor, sonaría peligroso. Un demonio que no controla sus poderes demoníacos no es una presencia deseable en ninguna parte.

Era extraño, que las llamas lo rodearan. Su mente se encontraba tranquila, por lo que podía disfrutar de la calidez que las mismas le proporcionaban. Podía percibir los diferentes grados de color azul y celeste que bailaban frente a él, e incluso podía concentrarlas de manera tal que pudiera él mismo controlar esos grados. Se sentía cómodo, tanto que estaba asustado. Sus llamas habían representado para él no sólo la posibilidad de ayudar a otros, sino la eterna marca del padecimiento que tendría que acarrear a lo largo de su vida.

¿Qué hacer cuando ese padecimiento se convierte en un placer?

Y mientras Rin dirigía su concentración a su antojo por el fuego que lo rodeaba, Yukio lo observaba, intentando formular una explicación antes de preguntar. Tenía que haber algo, algún detalle, que hubiera saltado a su atención y que explicara el fenómeno. Él era quien debía poder explicarlo. Mas no lo conseguía. Por lo que lo único que logró, fue ceder, a pesar de su bien escondido orgullo.

—¿Qué ocurrió?

—No lo sé —respondió Rin—. Hoy, después de encontrarme con Izumo, volví aquí, al dormitorio. Me acosté, y simplemente ocurrió.

"Simplemente ocurrió". Las cosas no simplemente ocurrían, no a ellos dos. No todo era tan natural, tan azaroso en sus vidas como para pensar que "simplemente ocurrió".

Y el pensar en las posibilidades del pasado y del futuro, en lo que había colaborado al momento y en lo que el momento colaboraría, le producía escalofríos.


Y grano a grano,

Cae la arena.

Y el miedo corre por tus venas.

Y por las venas de quienes te rodean.