N/A: Este capítulo se sitúa aproximadamente 8 semanas después de los hechos del prólogo.


– Viernes –

– ¡HEY! ¡Chicos! ¡HEY! – Cartman se acercó corriendo a su grupo de amigos, los que esperaban el bus en el paradero – Chicos… he descubierto la manera perfecta de hacernos millonarios – siguió entre jadeos.

– ¿Sí? – preguntó Stan.

– Hoy… en la clase de gimnasia… – Al gordo le costaba trabajo recuperar el aliento – encerramos a Tweek y Craig en la bodega de colchonetas… y… y los grabamos… y luego vendemos el porno gay muy caro…

– Cállate culón – lo paró Kyle – cuando tengas una idea seria vuelve a hablarnos. Realmente necesito la pasta para ir al concierto de Raging Pussies.

– ¡Malditos Judíos! creen que entienden de negocios pero sólo saben llevar la contabilidad – terció con rabia Cartman – ¿Stan? ¿Kenny? ¿No les parece buena idea?

– No, hombre… yo no participaré de eso – contestó Stan.

– Yo sí – Kenny sonrió tras su capucha – Creek es muy popular entre las chicas. Aunque no sea una buena toma ganaremos algo de pasta.

Stan y Kyle lo miraron estupefactos.

– ¿Qué? Es buena idea… – se defendió el rubio, encogiéndose de hombros.

– ¡Has rugido, Kenny! ¡No necesitamos a estos imbéciles! Con nosotros basta y sobra, el plan es muy simple – repuso convencido Cartman. Luego, con seriedad, agregó – No le digan a los maricas, ¿me oyen?

– Vale – contestaron al unísono.

El plan era – efectivamente – muy simple:

Primero: Kenny le dice a Tweek y Craig que el profesor los ha mandado a buscar colchonetas para toda la clase.

Segundo: una vez que las víctimas entran a la bodega, Kenny cierra la puerta tras ellos, encerrándolos.

Tercero y final: en cuanto termine la clase de gimnasia, Cartman los libera y retira sutilmente la cámara llena de porno gay. Pues a sus ojos, es evidente que si esos maricas permanecen encerrados en una silenciosa bodega, llena de suaves colchonetas, sólo se dedicarán a gastarse parejo.


Mientras los chicos se ponían el buzo de gimnasia, Kenny esperaba pacientemente en la puerta del camarín. Cuando salió el grupo de Craig, el rubio los detuvo:

– Craig, Tweek. El profe nos manda a buscar colchonetas – dijo convincentemente.

– Vale – respondió resignado Tweek.

El pelinegro se limitó a hacerle una peineta mientras seguía su camino.

– Oye, es en serio – Kenny añadió con gravedad.

– Me vale – El joven se encogió de hombros mientras se alejaba con el resto.

– Qué poca confianza me da Kenny – susurró Clyde a sus amigos cuando estaban a una distancia prudente.

– Sí, hombre – siguió secretamente Token – me parece que sus papás llevan un laboratorio de hielo.

El más alto, ante la sorpresa de sus acompañantes, se volteó rápidamente en dirección contraria.

– Kenny, sólo estaba bromeando – declaró con monotonía mientras se acercaba a Tweek.


Una vez que los muchachos pusieron pie en la oscura bodega, Kenny cerró la puerta tras ellos y trabó el candado.

– ¡HEY! ¡Kenny! Abre esto, ¿vale? ¡No es gracioso!... ¡Kenny!– suplicaba Tweek mientras tocaba la puerta.

Transcurridos cinco minutos, Craig se echó en una colchoneta, resignado.

– Ríndete. El cabrón nos encerró – Le sugirió al otro, quien perseveraba en sus ruegos.

– Pero ¡AGH!… ¡No es posible! – se lamentaba mientras tiraba un mechón de su cabello, haciendo oídos sordos a la recomendación.

Veinte minutos después, claudicó. Se acurrucó en una colchoneta al lado opuesto de Craig.

El eco en la habitación era tal que los espasmos y la respiración agitada de Tweek resonaban sin piedad, a vista y paciencia del más alto.

– Hombre, relájate – lo calmó Craig – veamos esto como un descanso. Al cabo que ni quería hacer gimnasia hoy.

– ¡Ngh! ¡pero si estoy calmado! – contestó de la forma menos serena posible el rubio.

– Claro como el agua – terció con un dejo de sarcasmo el pelinegro – Oye, no te has conectado últimamente a jugar Warcraft – siguió para cambiar de tema – Te digo, nos hacen falta guerreros.

– Sí, es sólo que…ya no me conectó mucho a Internet, es muy ¡AGH! ¡problemático! – desesperó Tweek.

– ¿Problemático?

– Ya sabes… con todo eso de… n-nosotros.

Craig soltó una risa afectada y poco sincera.

– Hombre, no le des más importancia de la que merece. Sabes que la gente está aburrida y…

El joven no terminó su frase. Si la vida real fuera como las caricaturas, una ampolleta se habría encendido sobre su cabeza. Por supuesto. No era casualidad que Kenny lo haya encerrado en la bodega de colchonetas con Tweek. Se levantó y comenzó a escudriñar minuciosamente el lugar.

– ¿Qué te pasa? – lo interpeló con impaciencia el rubio.

– Bingo – sentenció repentinamente el pelinegro. Fondeada entre unas pelotas de basketball encontró la cámara de Eric Cartman – Esos bastardos nos encerraron a propósito. Es probable que crean que pueden vender material nuestro – sus mejillas se encendieron notoriamente al pronunciar la última palabra.

– Oh no, ¡esto es demasiada presión! ¿Ahora qué hacemos con la cámara?

– La destruimos – respondió mientras posicionaba el aparato en el suelo de concreto. Luego lo pisoteó con fuerza y acabó así con la preciada adquisición del gordo.

– Dame la memoria – solicitó Tweek. Craig se la entregó. El rubio saltó sobre ella con fuerza, destruyéndola en varios pedazos ante la mirada incrédula de su compañero – Eso le enseñará.

Luego de descubierto el plan maligno de Eric, los jóvenes volvieron a sus posiciones originales: el pelinegro echado en una colchoneta y el rubio acurrucado en otra, sin dejar de moverse nerviosamente.

– ¿Qué te pasa? No creerás que te voy a violar – el humor negro de Craig pareció alterar aún más al contrario, por lo que decidió aclarar que se trataba de una broma – ya sabes, como en esos dibujos.

– ¡No! – contestó con gravedad Tweek – Es sólo que… ¡AGH! odio los espacios cerrados – admitió con vergüenza.

– ¿Claustrofobia?

– Algo así.

– Entiendo – Por más que quisiera hacerlo, no sabía cómo ayudarlo. Su madre le tenía fobia a las arañas, por lo que era muy fácil librarla de su terror: simplemente mataba a todo octópodo que vislumbrara en la casa. Esto, al contrario, era más complicado.

– ¡AGH! – Tweek se arrancó un mechón de cabello – ¡Maldigo al gordo! ¡y al idiota de Kenny!

Craig se incorporó. "¿Debería ir a sentarme a su lado?...Mierda. Va a pensar que soy gay. Al carajo, está muy nervioso. Si no lo intento calmar le va a entrar una crisis". Decidido, se paró y caminó hacia su compañero, el que lo miró con el semblante pálido. Un fuerte temblor se apoderó del cuerpo del rubio cuando el pelinegro se sentó a su lado.

– Debes respirar profundo.

– ¡Ngh! Como si no lo supiera. !Esas rutinas son típicas! ¿Y tú qué vas a saber Craig? ¡Eres tan normal!

– ¿Normal? – repuso ofendido el más alto – Yo también tengo algunos problemas.

– ¿Problemas? – siguió Tweek hiperventilado – ¿qué? ¿claustrofobia? ¿crisis de pánico? ¡¿insomnio?!... Tu único problema es ser muy perfecto.

– ¿Perfecto? ¡A la mierda! – el pelinegro reflexionó unos minutos. Luego, nerviosamente, reanudó la conversación – Te voy a contar algo que nadie sabe, sólo si te calmas de una puta vez.

La curiosidad del rubio era más grande que su claustrofobia, pues inmediatamente se aquietó.

– Dime – lo instó con ansiedad.

– Bueno… yo creo… más bien, mi mamá y mi hermana dicen – las mejillas de Craig se encendieron y su voz titiló levemente, aunque su rostro se mantenía impertérrito – dicen que tengo síndrome obsesivo compulsivo. Ningún profesional me ha diagnosticado aún. Pero a veces lo pienso, y es posible...

Antes que terminara la oración, Tweek estalló en risas. El pelinegro, claramente molesto, censuró la interrupción.

– Hombre, es serio. ¡No te rías! No puedo ir a dormir si mi pieza no está en perfecto orden. Es terrible – El rubio, haciendo caso omiso a la crítica, continuó en carcajadas – ¡NO TE RÍAS!

Tweek se calló abruptamente. Ambos se miraron serios durante largos segundos. De pronto, el más bajo volvió a reír descontroladamente. Craig esbozó una diminuta sonrisa. Al menos había conseguido calmarlo.

– Jajajaja – seguía Tweek – de veras lo siento… es sólo que ¡jajajaja! Síndrome obsesivo compulsivo, es tan… ¡tan Craig!

– No le digas a nadie.

– Créeme que Token, Clyde y Jimmy siempre dicen que lo tienes a tus espaldas.

– Qué – preguntó sin entonación el pelinegro.

– Pero lo realmente gracioso es que tú también lo pienses.

Tweek persistió en carcajadas, mientras Craig jugaba nerviosamente con sus manos. "¿Todos? ¿es tan evidente?" discurría en sus adentros. La risa del rubio se fue agotando lentamente. A ratos volvía, pero la verdad comenzó a sentirse culpable. Al parecer Craig se tomaba muy en serio su trastorno obsesivo compulsivo. Se preguntó por qué lo había tomado por sorpresa. Por supuesto que todos lo habían notado. Sus cuadernos estaban impecables. Su ropa sin ninguna arruga. Su pieza organizada por colores. Lo más tierno era cómo el pelinegro fingía no preocuparse por esas cosas. Simulaba ser muy relajado, pero toda imperfección alrededor suyo estaba cuidadosamente calculada. El cabello meticulosamente desordenado, la forma en que se sentaba, todo. "Vaya… es en serio" caviló Tweek.

– Craig… lo siento.

– No, no importa – contestó resignado el otro.

– No, en serio. Es sólo que me tomó de golpe. Pero no es en mala, es bueno recordar que eres imperfecto.

– Nadie es perfecto.

Tweek quería discrepar y decirle que era lo más cercano a la perfección que conocía. Pero no, eso sería muy gay. ¡Diablos! se recordó a si mismo otro de los motivos que lo tenían muy nervioso en la presente situación. No tenía claro si era gay o no, pero al menos sospechaba que podía serlo por Craig Tucker. ¡Malditos rumores! ¡Demasiada presión!

Se quedaron en silencio un largo rato.

– O-oye – Tweek rompió el hielo – lamento todo lo de los rumores entre nosotros. No estaríamos en esta situación si no fuera por eso.

– Esto no es tu culpa. Si hay que culpar a alguien es a mí.

– No lo entiendes – su corazón latía a mil por hora – tal vez si yo no fuera tan… digo, tal vez si fuera más como… ya sabes, como Token…

– ¿Negro? – bromeó Craig.

Tweek soltó una risa nerviosa. Luego palideció y agregó:

– No, más… más hombre. Tal vez los rumores no habrían continuado – la voz del rubio sonó lúgubre al proferir dicha frase.

– No hables tonterías – el pelinegro fijó sus ojos en el contrario, examinándolo con suspicacia – eres lo suficientemente hombre en lo que a mí respecta.

– N-no me refiero a eso – el rubio comenzó a jugar ansiosamente con las mangas de su camisa, evitando la mirada de su compañero. "¿Qué diablos estoy haciendo? ¿Estoy saliendo del Craig–Clóset? ¿CRAIG–CLÓSET? ¡AGH!" – Me refiero a…

La puerta de la bodega se abrió súbitamente y tras ella apareció Cartman.

– Chicos, ¿cómo están? Los estábamos buscando… – dijo fingidamente mientras se acercaba a la zona donde había escondido la cámara de vídeo.

Los muchachos no contestaron. Se limitaron a esperar con complicidad el momento en que Eric descubriera qué fue de su cámara.

– ¡QUÉ MIERDA! ¡QUIÉN HIZO ESTO!... ¡¿fue ese pobretón de Kenny?! – bramó con furia mientras recogía los restos del aparato.

En respuesta, sólo recibió carcajadas burlonas.

– ¡Oh, NO! ¡Por supuesto que fueron ustedes! ¿tienen idea de cuánto me costó esta cámara? ¿AH? – los interpeló con rabia Cartman.

– No sé y francamente no me puede importar menos – terció con sorna Craig. Le hizo el gesto del dedo medio y se giró para abandonar la bodega junto a Tweek.

– ¡DIABLOS! ¡Me costó más de lo que habría ganado con el vídeo en que tú se la metes por el culo al marica de Tweek! – vociferó Cartman.

Craig miró al rubio, cuya boca tembló al escuchar lo anterior. Rojo de la ira, se volteó y le pegó un fuerte puñetazo al gordo, quien acto seguido cayó al suelo con la nariz sangrante. El corazón del pelinegro palpitaba muy rápido y su vista se tornó borrosa. Sentía como si hubiera perdido totalmente la razón. De a poco, comenzó a asimilar la voz de Tweek.

"Craig… ¡Craig!"

Volvió en sí. Toda la clase estaba boquiabierta mirándolo.

– ¡Tucker! ¡A mi oficina!– Escuchó que gritaba la directora a sus espaldas.

Fijó la vista en su mano derecha. Repentinamente asimiló que le dolía horrores. Quería sentirse mal por lo que había hecho, pero la imagen de Eric Cartman llorando en el suelo, con la nariz ensangrentada y la ropa estropeada le causaba gran satisfacción.

– ¡AHORA! –vociferó con impaciencia la directora.

Mientras se sobaba los nudillos, esbozó media sonrisa y se encogió de hombros. Sus compañeros comenzaron a aplaudir y vitorear en su honor.

– Explícale lo que pasó – instó entre la bulla Tweek – lo tiene que entender.

– No soy un soplón – repuso gravemente Craig – No te preocupes, siempre me las arreglo.


"En qué puto momento me fui de manos. Y por qué diablos lo hice en el preciso momento en que la directora se paseaba por el gimnasio. Mi perra suerte". Craig siguió a la directora por el pasillo que conduce a su oficina. "¿Debería hacerle caso a Tweek y acusar a Eric Cartman? Diablos. Ese gordo culón insultó a Tweek. Cualquiera en mi lugar habría reaccionado igual".

La directora se acomodó en su silla e invitó a Craig a hacer lo mismo. El joven se sentó y se resignó a escuchar los descargos de la mujer en silencio. Ella se limitó a levantar el teléfono y marcar un acceso directo.

– ¿Mkay? – reconoció la voz. Era el Sr. Mackey.

– Hola, necesito que me traigas inmediatamente el archivo del Sr. Craig Tucker.

– ¿Se ha metido en problemas nuevamente? – preguntó incrédulo el hombre.

– Así es. Y esta vez son serios.

Craig carraspeó al escuchar lo anterior. "¿Me quiere asustar?".

Al rato entró el Sr. Mackey a la oficina. Al pasar al lado del imputado le dio unas palmaditas en el hombro. Había estado tantas veces bajo su cuidado en detención que se había encariñado con él. La directora comenzó a revisar el archivo y le fue imposible esconder su asombro. Todos sabían que Craig era un chico problemático, pero nadie sabía que tenía excelentes calificaciones. Y es que pasaba tanto tiempo en detención que aprovechaba de estudiar y hacer sus deberes durante dicho espacio.

La directora miró decididamente al joven.

– En todos mis años de educadora jamás me había enfrentado a un archivo tan bipolar. Lamento que un joven con tanto talento académico vea manchado su historial con todas estas amonestaciones. No hemos conversado con el Sr. Cartman ni con su apoderada, pero en vistas a que usted es un joven excepcional, le doy la oportunidad para que me explique qué fue lo que pasó.

Craig la miró en silencio.

– ¿Por qué golpeó al Sr. Cartman? – insistió la directora.

"Porque es un gordo cabrón e insultó a Tweek".

– No sé – contestó sin entusiasmo Craig.

Le recuerdo que su estadía en esta Escuela pende de la defensa que exponga.

– ¿Mi estadía?

– Sr. Tucker, usted es un joven bastante problemático, pero sus amonestaciones normalmente obedecen a temas menores. Ahora, fracturarle la nariz a un compañero es algo muy diferente. Es posible que tengamos que expulsarlo.

"Mierda. Le quebré la nariz al gordo. Podría jurar que le di en la mejilla… ahora sí que me metí en problemas. ¿Debería acusar a Cartman?… No, quedaría como un imbécil. Sobre todo ante Tweek. Ya le dije que no soy un soplón, así que no es opción serlo. Mierda".

– Nuevamente, ¿qué puede decir en su defensa?

– Nada.

– Me sorprende, Sr. Tucker. ¿Entonces por qué golpeó a su compañero?

– No sé.

La directora examinó con suspicacia al silencioso alumno. Desconcertada, dirigió su vista al Sr. Mackey, quien se encogió de hombros, dándole a entender que no podía ayudarla en esto.

– No me deja más alternativa, Sr. Tucker. Lamento perder a un buen alumno, pero no podemos tolerar actitudes violentas aquí. Si lo dejáramos pasar, todos actuarían como usted. Por favor venga con sus padres mañana a primera hora para formalizar su expulsión.

Craig se levantó de la silla inconmovible, pero en su interior estaba destrozado. Ahora sí que las había cagado.


Cuando entró al salón de clases, todos guardaron silencio absoluto.

– ¿Qué te dijeron? – preguntó Clyde una vez que se sentó en su pupitre. Token y Jimmy se voltearon. Tweek, Stan y Kyle se acercaron al grupo.

– Me expulsaron.

Todo el grupo inhaló profundamente ante dicha declaración.

– ¿Por qué diablos? – inquirió Kyle – Si hay alguien a quien tienen que expulsar es al cerdo de Cartman.

– ¿Les explicaste lo que pasó? – preguntó preocupado Tweek.

– No soy un soplón – replicó Craig arrastrando las palabras.

– Eres un idiota, Tucker – le dijo Stan mientras le daba unas palmadas en el hombro.

– ¿Por qué proteges a Cartman? Tienes que decirle a Mackey lo que pasó – insistió Kyle.

– No era Mackey, era la directora. Y al parecer la cagué en grande y le rompí la nariz al gordo.

Stan comenzó a reírse.

– Hombre, tú mismo me decías que nunca hay que apuntar a la nariz a no ser que quieras problemas.

– Lo sé. Calculé mal – contestó Craig con una triste sonrisa dibujada en su rostro.

– Esto es serio – siguió Jimmy – ¿Si te expulsan a qué escuela irás? ¿al internado? Tienes que defenderte. Déjame adivinar, ¿sólo respondiste con "no sé" o "ya sé"?

– Algo así – reconoció entre risas Craig.

– Esto no puede ser – sentenció Tweek con firmeza – si tú no hablas, entonces hablaré yo.

– No lo hagas – respondió seriamente Craig.

– Me vale. No todos son masoquistas aquí – contestó Tweek mientras cruzaba la puerta.


"¿Cómo diablos le explicaré esta situación a la directora y al Sr. Mackey? ¡Hola! disculpen, soy el supuesto novio de Craig y Cartman me insultó, por eso Craig perdió la cordura" discurría Tweek mientras cruzaba raudo el pasillo. "Hola. Por favor no echen a Craig del colegio. Me quitarían la razón para levantarme en las mañanas. Ngh. Necesito una razón menos gay".

Sin ningún plan en concreto, Tweek se vio frente a la oficina de la directora. Rápidamente tocó la puerta. No esperó que le dijeran "adelante" y giró el pomo. Se encontró con la directora y el Sr. Mackey, quienes aún discutían el asunto.

– ¿Si? – preguntó con sorpresa la directora.

– Hola. Mi nombre es Tweek Tweak…

Sí sabemos tu nombre, Tweek – dijo con risa la directora.

"Diablos, ¿por qué cuando tengo que sonar serio hago de payaso?".

– Ehmm… yo… ¡vengo por lo que pasó entre Craig y Cartman!

– El Sr. Tucker dejó muy en claro que no tiene idea por qué atacó a Eric Cartman.

– ¡Ngh! Eso es porque el Sr. Tucker es muy testarudo – replicó con impaciencia Tweek.

– ¿Y usted por qué siente que tiene que venir a defenderlo? – preguntó con curiosidad la directora.

El Sr. Mackey le susurró algo a la mujer, la que únicamente balbuceó "Entiendo".

"Le está diciendo que somos gay. Claramente le está diciendo que somos gay. Maldito Mackey, ¡aprende a disimular!... ¿Debería contradecirlo?... No, ¡qué demonios! Si hay algo que nos puede ayudar en esta situación es justamente eso".

– Directora, Craig le pegó a Cartman porque nos encerró en una bodega y luego dijo algo muy grosero sobre… – Tweek empuñó sus manos, apretó fuertemente los ojos e inhaló profundamente – ¡sobre la forma en que yo y Craig hacemos el amor!

La directora contuvo un grito ahogado. El Sr. Mackey soltó una risita nerviosa. Tweek los observaba sólo con uno de sus ojos abiertos y la respiración agitada, como si temiera las consecuencias de sus palabras.

– ¿Por qué el Sr. Tucker no fue capaz de explicarme la situación? – reanudó tímidamente la directora, acomodándose en su silla.

– Porque le da vergüenza reconocerlo – repuso nerviosamente Tweek.

– Pero si todo el instituto sabe que ustedes están juntos – increpó el Sr. Mackey.

– Sí, pero igual – se defendió Tweek. Al parecer hasta el consejero leía SPG.

– En vista a los nuevos antecedentes, tendremos que revisar la expulsión del Sr. Tucker – señaló la directora – Sin embargo, por un lado están las acciones que tome el colegio y por otro lado están las acciones que tome la apoderada de Eric Cartman. Si ella toma acciones legales, será muy mal visto que el colegio no reaccione ante lo ocurrido.

– Si la madre de Cartman no presenta acción legal alguna, ¿Craig será absuelto completamente?

– Seguramente le impondremos algún castigo menor, pero nada grave – contestó el Sr. Mackey.

– ¡Genial! –exclamó Tweek mientras se levantaba de su asiento. Luego hizo una reverencia a los profesores y les dio las gracias. Ahora sólo quedaba convencer a Cartman. La mamá del gordo hacía lo que sea que éste le dijera.

Partió rumbo a la enfermería, mientras se preguntaba cómo diablos convencería a ese pendejo de lo importante que era que actuara noblemente por una vez en su vida. Nuevamente, tocó rápidamente la puerta de la enfermería, girando el pomo sin esperar respuesta. En la primera cama reposaba Eric Cartman, quien parecía estar muy relajado viendo el televisor hasta que vio a Tweek en el umbral y comenzó a quejarse de dolor.

– ¿Qué tiene? – preguntó el rubio a la enfermera.

– Tu novio me fracturó la nariz – contestó entre quejidos Cartman.

La enfermera miró con desdén a éste último. Luego fijó sus ojos en Tweek.

– Es una lesión menor. Recibió el golpe en su mejilla. Fue la grasa de su mejilla izquierda la que empujó las paredes internas de la nariz, ocasionando la rotura de una vena minúscula. No es nada grave, no hay huesos ni cartílagos comprometidos. No tiene que usar yeso ni nada por el estilo.

– La directora cree que le quebraron la nariz. ¿No la puede llamar y aclarar el asunto?

– Por supuesto. ¡Qué raro! Yo no le he dado ningún informe al respecto – la enfermera miró a Eric Cartman con sospecha. Luego marcó el acceso directo – ¿Si? Victoria, soy yo. Te llamo por el niño que está en enfermería… No, no se trata de una fractura, es una lesión leve en la mejilla. No, no necesitará ningún tratamiento médico. Te haré llegar el informe inmediatamente. Ok. Saludos.

Eric Cartman miró con odio a Tweek, quien no podía ocultar su gran sonrisa.

– Te vamos a pagar la cámara – se dirigió al gordo.

– Son 250 dólares.

– De acuerdo.

– Eso no va a impedir que demande a tu novio – repuso amenazadoramente Cartman.

– Piensa con la cabeza, Cartman. Ya escuchaste, es una lesión menor, nada grave. Tu d-demanda no llegará a ningún lado.

– No me importa. Esto no se quedará así.

– Te ofrezco café gratis por una semana – Tweek ofreció con rabia.

– … ¿sólo café o caramelo macchiato?

– Caramel macchiato, lo que sea.

– ¿Tengo que ir a buscarlo a tu tienda o me lo dejarás en mi pupitre cada mañana?

– ¡Ngh! Te lo dejaré en tu pupitre.

– ¿En un termo, para que no se enfríe?

– Sí, mierda, en un termo – contestó bruscamente Tweek.

– Ummm… interesante. Pero… ¿sólo una semana?

– ¡Sólo una semana!

– Quedan unas tres semanas para que termine el semestre. Sería bueno estar despierto hasta el final.

– V-vale, hasta que termine el semestre.

– Entonces tenemos un trato, Tweek Tweak.

– Te pagaré tu puta cámara y te daré tu jodido café, pero júrame que no iniciarás acciones legales contra Craig.

– Lo juro.

Tweek sacó su celular e inicio la grabadora. Todos saben que no se puede confiar en la palabra de Eric Cartman.

– Entonces repítelo.

– ¡Qué diablos, Tweek! ¿no confías en mí? Esto es ofensivo – vociferó Cartman.

– Sólo para estar seguros.

– La puta que te parió.

– Ya hicimos el trato. Sellémoslo.

Cartman carraspeó. Se acomodó en su cama, y apáticamente expresó:

– Yo, Eric Cartman, prometo que no iniciaré acciones legales en contra de Craig Tucker.

– ¿y tú madre? – inquirió Tweek.

– ¡Mierda!... mi madre, Liane Cartman, tampoco.

Tweek se volvió a la enfermera, aún con la grabadora encendida.

– Yo, Tweek Tweak soy testigo de lo anterior. Asimismo, la enfermera…

– Rose Jones – agregó felizmente la enfermera.

– La enfermera Rose Jones también es testigo de lo anterior.

Dicho esto guardo el archivo de voz, y lo subió a Dropbox para estar seguro. Ahora el gordo no podía faltar a su palabra.

– El lunes te pago tu cámara.

– Y mi primer caramel macchiato.

– ¡Agh! lo que sea. Le llevaré esto a la directora – dijo sujetando el informe médico. La enfermera le agradeció el gesto.

Tweek se dirigió velozmente a la oficina de la directora Victoria. Sus piernas se sentían tan ligeras que creía que podía volar. Tocó la puerta, pero esta vez sí espero el "adelante". Ya no tenía apuros. Con la venia de la mujer, entró a la oficina e hizo entrega del informe médico. La directora comenzó inmediatamente a revisarlo.

– Nos había llegado información del Sr. Butters indicando que Eric Cartman había sufrido una fractura nasal que requería cirugía. Supongo que se equivocó.

"Sí, claro, el esbirro del gordo se equivocó"

– No se trata de nada grave según el informe. Qué bueno saberlo.

El Sr. Mackey entró a la oficina.

– Victoria, hablé con la madre de Cartman y dijo que no presentaría acciones legales. Señaló que es probable que su hijo haya iniciado la pelea, conociéndolo.

"¡Diablos! me habría ahorrado el dinero y los cafés… En fin, ya di mi palabra".

– ¡Perfecto! Gracias, Tweek. Ahora necesito que nos dejes solos para decidir el castigo del Sr. Tucker.

Ya era muy tarde para entrar a clases, así que Tweek se dirigió al casino para tomar un café. Cuando estaba pagando, escuchó por el altavoz que citaban a Craig en dirección. Se tomó la bebida rápidamente y se encaminó por tercera vez en el día a la oficina de la directora. Sentado en las afueras de ésta, intentó fútilmente escuchar la conversación. "Maldito sea el constructor… aisló demasiado bien el sonido", se lamentó nerviosamente en su fuero interno. Sus piernas se movían con tanto frenesí que sufrió un par de calambres.

Después de veinte eternos minutos, la puerta se abrió. Tweek se levantó de un salto, pero el cabizbajo Craig no reparó en él sino hasta que levantó la mirada.

– ¿Y? – preguntó ansioso Tweek.

– ¿Por qué tenías que meterte? – contestó indolente el joven, mientras se acercaba pausadamente al rubio.

Las piernas de Tweek se estremecieron ante la grave expresión de Craig. "¿Hice algo mal?". Anodadado, lo miró con los ojos abiertos como platos. En un movimiento rápido, Craig lo abrazó fuertemente. La impresión dejó entumecido a Tweek, cuyos brazos colgaban sin formar parte del abrazo. Su rostro, apoyado torpemente en el hombro del pelinegro, se encendió violentamente. El contraste entre su cálida mejilla y el helado cuello del joven le provocó escalofríos.

Al volver en sí, comenzó a subir sus manos en una caricia por la espalda de Craig, el que atónito alejó su semblante, fijando sus grises ojos en los pardos de Tweek. Con expresión confusa, comenzó a descender en dirección al rubio, quien a su vez ascendió en puntillas. Las manos de Craig se situaron con brío en la nuca de Tweek, el que arqueando su espalda se sujetó de los hombros del primero. Sus labios, casi rozándose, tiritaban excitados ante el choque de ambos alientos.

Un sonido violento los sacudió. La campana que indica el término de clases nunca había sonado de forma tan fúnebre. Con vergüenza, se separaron.

– ¿Cuál es el castigo? – preguntó nerviosamente Tweek mientras miraba al lado opuesto a Craig, quien a su vez no despegaba la vista del piso.

– Tengo que tutorar en matemáticas. Si logro levantar la nota más baja para los exámenes finales, zafo completamente.

– ¡Genial! – repuso emocionado en un chillido nervioso – ¿A quién tienes que levantar?

– Bebe Stevens – La voz de Craig se escuchó más oscura que de costumbre. Tweek estaba acostumbrado a su grave tono, pero cuando pronunció el nombre de la rubia percibió unas vibras en él que le provocaron escalofríos.

Caminaron en silencio hacia el salón de clases, el que encontraron desierto. Recogieron sus bolsos y se encaminaron a la salida.

– Bajé el último capítulo del telltale de TFB. ¿Vienes a mi casa y lo jugamos? – rompió el hielo el pelinegro.

– I-Imposible. Tengo turno en la cafetería.

Craig desencadenó su bicicleta.

– ¿Quieres un aventón?

El rubio no respondió ni miró a su compañero, simplemente se sentó en la horquilla trasera y se sujetó del torso de Craig. Por supuesto que sí quería un aventón.

El tiempo es relativo. Cuando haces algo que realmente disfrutas, corre rápido. En contrapartida, cuando se trata de algo que odias, va lento. Abrazar a Craig por detrás, apoyarse en su espalda y aspirar con fuerza su aroma a tabaco, lograron que el trayecto entre la escuela y su trabajo se redujera a un pestañeo. Cuando vislumbró Tweak Bros, se resignó con pesar; la montaña rusa había llegado a su fin. Craig se detuvo con cuidado frente al local. La forma en que fruncía el ceño mientras miraba al suelo develó que tenía algo que decir. No era un hombre de muchas palabras, pero nunca le costaba expresarse cuando así lo necesitaba, ¿por qué de pronto le costaba hablar con Tweek?

– Gracias por hoy – soltó finalmente, mientras levantaba la vista y se encontraba con el rostro de su amigo.

– ¡No fue nada!... ¡de veras! Es algo que haría por c–cualquier amigo – Tweek intentó sonar casual, pero sus tics nerviosos lo traicionaban. Eran amigos desde 4° grado, Craig sabía muy bien cuándo le estaba mintiendo. Quería preguntarle si él era "cualquier amigo" o algo más, sin embargo estaba cansado y no estaba de ánimos para cuestionarlo. Esbozó media sonrisa e hizo el gesto del dedo medio a modo de despedida.


Tweek terminó de lavar el último plato cinco minutos antes que finalizara su turno. En general odiaba lavar los platos, pero hoy le había parecido una tarea muy agradable en cuanto pudo ordenar sus pensamientos mientras se relajaba con el vapor del lavabo.

A comienzo de año, no estaba seguro de su sexualidad. No es que estuviera confundido, sino que nunca se había cuestionado al respecto. Pensaba que probablemente era heterosexual, ya que esa parecía ser la orientación en defecto.

El mes antepasado, junto a los rumores, también había llegado la incertidumbre. No sabía si era totalmente gay, pero sospechaba que podía serlo por cierta persona.

Hoy le parecía indudable que era 100% homosexual y estaba perdidamente prendado de Craig Tucker. También sospechaba que este último sentía algo por él. En todos sus años de amistad, nunca habían interactuado de la forma en que lo habían hecho los últimos días. Y bueno, también está el cuasi beso. Sabía que no había sido su imaginación, y la actitud incómoda de Craig en el camino lo confirmó. Algo estaba ocurriendo entre ambos. Era mucha presión, pero un tipo de presión nueva en su vida. Una presión agradable.

Tweek colgó el delantal y fue a por su bolso. De manera autómata revisó su celular, esperando las mismas notificaciones de costumbre. Un chillido de nerviosismo se le escapó cuando distinguió algo fuera de lo común. Un mensaje de texto del chico que había ocupado sus pensamientos durante todo el día.

"Tenemos que hablar".

Durante 15 minutos deliberó qué contestar mientras caminaba frenéticamente en círculos con el celular fuertemente sujeto en ambas manos. Por su mente circularon unas 500 ideas, ninguna lo suficientemente convincente como para llevarla a cabo. Finalmente decidió que era imposible pensar en una respuesta en su estado actual. Volvería a su casa, sacaría su pipa, echaría en ella lo mejor que tuviera, lo fumaría como si la vida se le fuera en ello, y solo entonces contestaría el mensaje de Craig.

Mientras sus padres hacían inventario, salió en dirección a su casa. Afuera del local reparó en una bicicleta que le parecía muy conocida, tumbada en la vereda. Era una pistera roja con sillín negro, sin canasto ni timbre. Era la misma bicicleta en la que había llegado a su trabajo unas 4 horas atrás.

– Hey – escuchó una suave pero sólida voz tras sí.

Se giró y vio a Craig apoyado en la pared de ladrillos de la cafetería, fumando un cigarrillo mientras navegaba por su celular.

– ¡¿Qué haces acá?! – Tweek preguntó como si se tratase de un asesino en serie.

Craig quemó el resto de su cigarrillo con la suela de su zapatilla y botó la colilla.

– Te dije que tenemos que hablar – agregó con calma.

– ¡¿De qué?!

– ¿Quieres hablar acá? – Craig señaló con su cabeza la vitrina de Tweak Bros, donde los padres de Tweek habían detenido sus labores para concentrarse en los muchachos. Ambos eran fanáticos acérrimos de Creek.

– ¡Gah! – el rubio cerró sus ojos con frustración ante la vergüenza que le provocaba su familia – Mi casa queda a dos cuadras y mis papás estarán en inventario por lo menos 3 horas más.

– Suena como un plan.


Al entrar a la habitación del rubio, Craig dejó escapar un grito ahogado. Era todo lo contrario a su habitación. La cama estaba deshecha, la ropa acumulada en pilas, los cuadernos desperdigados por el suelo, la basura acumulada dentro y fuera del basurero, sobras de comida por todos lados.

Tweek se armó pasó pateando lo que sea que se interpusiera en su camino y abrió su clóset. De él cayó una pila de ropa y escaparon un par de polillas. Sin inmutarse, abrió el último cajón del mueble y extrajo su pipa y algo de hierba.

– ¿Fumemos? – sugirió.

Sin esperar respuesta del pelinegro, quien estaba muy ocupado acabando con los insectos liberados, Tweek quemó el contenido de la pipa mientras aspiraba rápidamente. No es que quisiera pasar el rato, sino que lo necesitaba para hablar de lo que sea que Craig quería hablar sin sufrir un paro cardíaco. No le gustaba que lo etiquetaran como un drogadicto, pero la visión que tenía sobre todo era tan agradable luego de un par de pitadas. No sentía que estaba al borde de un ataque de histeria, sentía que podía interactuar y compartir tranquilamente con la gente, sentía que la vida no era tan pesada sobre sus hombros.

Tras acabar con el último insecto, Craig se acercó al rubio, sujetó la pipa y fumó con experticia.

– No tengo espacio para sentarnos acá.

– Así veo – el pelinegro levantó ambas cejas en señal de regaño.

Tweek estiró las frazadas de su cama e invitó a Craig a sentarse en ella. El THC había surtido efecto, pues en ninguna otra circunstancia lo habría convidado a compartir su lecho de forma tan natural, sin desmayarse en el intento.

Ambos se echaron y fumaron un rato en silencio.

– Sé lo que hiciste – fue todo lo que dijo el pelinegro para romper el hielo.

– ¿Q–qué? – Tweek perdió la calma nuevamente, forzándose a aspirar mucho más en la siguiente bocanada.

– Sé que le pagarás la cámara al gordo y te comprometiste con café. Kyle me texteó al respecto.

El rubio guardó silencio. Pensaba que la conversación sería diferente. Más que sorpresa, sentía desilusión.

– Déjame pagar la cámara. Yo fui el que la rompió.

– Yo rompí la memoria.

– La pagas con el café. Ponle una dosis extra de laxantes de mi parte.

Tweek soltó una risa. Luego volvió el silencio.

– ¿Cuánto es?

– 250.

Craig levantó su mochila del suelo y sacó su billetera. Había traído todos sus ahorros pensando en las extorsiones de Cartman. Le entregó sin reparos la suma a Tweek, pese a que consideraba que le habían cobrado un precio excesivo por la porquería de cámara. Se recostó nuevamente en la cama, apoyando su cabeza sobre ambas manos.

– ¿Realmente harías todo eso por cualquier amigo?

Tweek guardó silencio unos minutos. Había fumado tanto que no sentía miedo a responder, pero en compensación le costaba más trabajo elegir sus palabras.

– Sí. Haría lo mismo por Token y Clyde, pero a regañadientes. Por ti lo hago feliz.

Finalmente se había atrevido a decir algo. No fue mucho, pero fue un avance. Disfrutando su valentía, se giró a Craig, curioso sobre la reacción que éste tendría ante sus palabras.

Una sonrisa. Todos estaban acostumbrados a sus muecas burlonas, la media sonrisa arrogante o sus risas cortas ¿Pero una sonrisa pura?... Encandilado, Tweek examinó sin sutileza la epifanía que tenía lugar frente a él. Cuando Craig sonreía, sus ojos también lo hacían, rasgándose en la comisura como si de un asiático se tratara. Para finiquitar la obra de arte, un tierno hoyuelo se formaba en su mejilla izquierda, sin correspondencia en el lado derecho.

– Las fotos duran más – El pelinegro se giró al rubio. Como si hubiera sido una ilusión óptica, su sonrisa desapareció sin dejar rastro alguno, dando paso a la expresión característica del estoico Tucker.

– No hay ninguna foto tuya en la que sonrías – comentó desinhibido Tweek. Estaba demasiado volado como para mentir. También para seguir evitando el tema que lo había atormentado durante toda la tarde – ¿Qué pasó afuera del despacho de Victoria?

Craig se quedó en silencio. Siempre había sido aquel tipo que lo tiene todo claro en la vida. Nadie nunca esperaba ninguna novedad de él, y así le gustaba que fuera. Simple y aburrido; sus modales indiferentes, sus bromas sarcásticas y uno que otro gesto del dedo medio definían su vida social. Pero desde que empezaron esos rumores, no podía evitar ver a Tweek con otros ojos. Y aunque no consideraba ser gay, era cierto que sus pensamientos matutinos y vespertinos se inundaban con aquellos dos ojos pardos, de forma que nunca le había pasado con una chica. No pensaba que fuera algo más que una paranoia, hasta que esta mañana, sin consultar a su cabeza, su corazón y su cuerpo se abalanzaron contra el rubio en un modo más romántico que amistoso. Solo entonces se dio cuenta que algo serio estaba pasando. Algo imprevisto, fuera de la rutina. No importaba cuánto quisiera ignorarlo, ese algo estaba ahí y Tweek merecía saberlo.

– Casi nos besamos – contestó monótono, como si se tratara de una pregunta sobre el clima.

– ¿Y eso qué significa? – preguntó Tweek con una dulce sonrisa. Quería que Craig desenmarañara el enredo.

– No juegues conmigo. Sabes lo que significa – Craig sujetó el mentón de Tweek y posó tiernamente sus labios en los del rubio. Sus dudas se disiparon en un instante.

Olvidando todos los reparos que lo habían atormentado en el último tiempo, Tweek se encaramó sobre las caderas de Craig. Estaba lo suficientemente sedado como para actuar de forma casi agresiva ante la aquiescencia de su compañero, cuyo rostro sujetó con ambas manos antes de inclinarse e iniciar un beso. El mundo dejó de girar por lo que pareció un instante, mientras sus besos evolucionaban desde tímidos contactos entre labios hasta un choque fogoso de lenguas.

La temperatura corporal del rubio, que per se era alta, se elevó exponencialmente cuando las manos de Craig comenzaron a pasearse por sus muslos, por lo que se separó de él e hizo ademán de abrir la ventana.

– No – el otro lo detuvo, sujetándolo de las caderas – hace frío.

– Hace calor – repuso el rubio mientras ondeaba su camisa.

– Sabes que me enfrío rápidamente – insistió el pelinegro.

Craig nunca se sacaba su chaqueta ni su gorro; no toleraba el frío de South Park. Su pálida piel siempre estaba helada al tacto, a diferencia de la de Tweek, que era todo lo contrario.

De forma conciliadora, y demasiado drogado como para lamentar la exposición, el rubio desabotonó su camisa de franela y la arrojó al suelo. Craig aguantó las ganas de reprochar sus desordenados hábitos, pues la imagen de su amigo, sentado sobre él, con el torso desnudo y las mejillas coloradas lo excitaba a más no poder. En un rápido movimiento, y sin soltar sus caderas, se posicionó sobre él. Su chullo se deslizó tras sí ante la sacudida.

Si bien hace rato quería hacer eso, tenía miedo de parecer demasiado agresivo, pero el suave gimoteo que recibió en respuesta ratificó su proceder. Una mueca de felicidad se dibujó en su rostro mientras miraba fijamente al rubio debajo de él. Tweek comenzó a sentirse nervioso ante la mirada inescrutable que lo examinaba fríamente. Por mucho que le gustaban los ojos de Craig, es cierto que su forma de observar era, por lo menos, intimidante. Lentamente, y sin quebrar contacto visual, el pelinegro comenzó a descender hacia su presa, quien impaciente lo sujetó de la nuca y lo atrajo con ansiedad hacia sí.

La actitud dominante de Craig, antes más bien neutral, se vio reflejada también en su forma de besar. Partió con el labio inferior de Tweek, el que mordió levemente mientras paseaba su lengua sobre el trazo que sujetaba entre sus dientes. El temblor que sintió bajo su pecho confirmó que lo había hecho bien. Siguiendo su experimento, dirigió su atención a la quijada del rubio, sin detener sus atenciones en el trayecto. El temblor se vio acompañado de tiernos suspiros, entrecortados por la respiración agitada del emisor. En una caricia bajó una de sus manos de apoyo hacia el pecho desnudo del rubio, quien no pudo silenciar un lascivo gemido al sentir el áspero tacto sobre su pezón. De pronto, una fatídica interrupción los heló completamente: tres toques impetuosos estremecieron la puerta.

– Hijo, ¿Estás bien? – la voz del Sr. Tweak se escuchó tras el umbral.

– ¿Tan temprano?... ¡¿Y el inventario?! – Tweek intentó sonar casual, pero falló trágicamente pues su voz no solo se quebró, sino que al levantarse empujó a Craig, quien cayó en un fuerte estrépito al suelo.

– Es pasado medianoche. Estuvimos cuatro horas en eso. ¿Estás solo? – el Sr. Tweak intentó abrir la puerta, la que se encontraba asegurada con pestillo – ¿Estuviste fumando?

Tweek miró fatalmente el reloj. Efectivamente había pasado esa cantidad de tiempo, es sólo que la marihuana y la compañía de Craig habían logrado que se sintiera como unos escasos minutos.

– Tweek, abre la puerta. Podemos sentir el olor a hierba desde afuera – señaló con calma su madre.

– ¿Qué hacemos? – susurró con terror el rubio.

– Me voy por la ventana – Craig tomó su mochila del suelo.

– ¡I-Imposible! es el segundo piso… ¡AGH! Sujétate de la tubería y espera a que mis papás se vayan de aquí, entonces te escabulles y sales por la entrada.

– Vamos a abrir con la llave – anunció su padre como si se tratara de una labor policiaca.

Tweek empujó frenético la ventana de su pieza y Craig se alzó por la misma. De un salto se agarró de la tubería, pero su destreza física, afectada por todo lo fumado, falló. Logró sostenerse por menos de tres segundos antes de caer como bombero al suelo, aterrizando en su trasero y ahogando un grito en una mueca de dolor.

Los padres de Tweek entraron a inspeccionar su habitación. El rubio, parado frente a la ventana, semidesnudo y con la respiración agitada, no encontró mejor palabra para iniciar la conversación que "bienvenidos". Sus padres lo miraron con extrañeza.

– Hace frío. ¿Por qué estás sin polera y con la ventana abierta? – preguntó con desconfianza la Señora Tweak – Espera, no mientas. Evidentemente ésta es la explicación – continuó con desdén mientras levantaba la pipa de marihuana de la mesa de noche.

Luego de recibir un largo sermón, lleno de metáforas sin sentido, y sentenciado con dos semanas de reclusión, Tweek se asomó por su ventana. Craig ya no estaba allí. Emitiendo un suspiro de alivio, la cerró y se recostó en la cama. Al borde de ésta descubrió un objeto fuera de lo común: el chullo azul. El rubio lo sujetó sobre su pecho como si se tratase de una reliquia milenaria. Miró a ambos lados, temiendo que alguien pudiera observarlo. Luego de comprobar que estaba solo en su habitación (obviamente), llevó el gorro hacia su nariz y aspiró fuertemente el aroma de éste. Notas altas de detergente, notas medias de champú de mentol, y en el fondo, las notas del corazón: esencia de Craig Tucker. Un olor indescriptible del que jamás podría aburrirse.

Sonriente, se puso el chullo sobre la cabeza y cerró los ojos, dispuesto a dormir como nunca antes lo había hecho. No sabía que su vecina había observado el ruidoso escape de su amante por la ventana.