Disclaimer: Si los personajes de Harry Potter me pertenecieran, el protagonista no sería Harry Potter. Además habría sexo, drogas, rock 'n roll y Slytherins desnudos.


"Cinco puntos menos para Weasley"


6 de noviembre de 1995, lunes.

Hay muchas cosas que cabrean a Draco Malfoy, infinidad de tonterías que logran que su simpatía rivalice con la de un excreguto de cola explosiva. No soporta, por ejemplo, levantarse temprano un domingo y que otros sigan durmiendo. Si él tiene que joderse los demás deberían hacerlo también. Mal de muchos, consuelo de Slytherin, como él suele decir. Tampoco le gusta la sensación del sol picándole en la nuca: se quema a la mínima y está una semana despotricando, resguardado en su Sala Común, sobre que deberían instalar carpas por todos los terrenos de Hogwarts. Los aristócratas como él son extremadamente pálidos, como tiene que ser, ¿acaso no lo entiende el estúpido del director? Draco recuerda cómo una vez se ganó un castigo por obligar a un elfo doméstico a seguirlo a todas partes con una sombrilla descomunal. ¿Para qué quieres un esclavo si no es para utilizarlo? Otra de las cosas que odia es escribir redacciones para la escuela, siempre acaba perdido de tinta, ¿es que no saben que es zurdo? Joder, deberían tenerlo en cuenta y aceptar la escritura especular de una maldita vez. Ya van treinta camisas las que ha tenido que tirar por tener los puños condenados. Que no es que le moleste gastarse el dinero en ellas, es que ir a Madame Malkin's cada dos por tres es un coñazo.

Pero, sin lugar a dudas, lo que más cabrea a Draco Malfoy es perder. Su cerebro no termina de asimilar el concepto y se pasa un par de días enfurruñado y maldiciendo a todo aquél que ose cruzarse en su camino.

Puede que, de no haberse sumado un montón de las premisas anteriores, esta historia jamás hubiera sido contada. O puede que sí. Pero el caso es que ese lunes Draco Malfoy estaba muy pero que muy enfadado. Acababa de madrugar para perder el partido contra Potter, el estúpido cuatro ojos de Potty, como lo llamaba él cariñosamente. Para colmo, había acabado con la nariz sangrando y una ceja partida. ¿Cómo se había atrevido ese engendro de cabeza deforme a pegarle? Umbridge había hecho justicia, claro, les había prohibido —a él y a los clones Weasley— volver a jugar al quidditch. Ahora sí que estaba claro que los Gryffindor no ganarían la Copa de las Casas. Que se jodan, piensa Draco, con rencor, mientras camina resoplando airadamente por uno de los pasillos de la tercera planta.

En lo que iba de día había confiscado una carta, tres bolsas de meigas fritas y una redacción de Adivinación, además había hecho llorar a dos alumnos de primero, quitado puntos a unos Hufflepuffs porque le dio la gana e insultado a Crabbe y Goyle hasta el aburrimiento. ¿Se sentía mejor? No. La mano de Potty, cerrada en torno a una snitch del color de la derrota, seguía dándole puñetazos en el orgullo.

Así que, cuando ve a esa menuda figura pelirroja buscando como una posesa algo en el suelo, sonríe anchamente. Pobre niña Weasley, le iba a tocar pagar esta vez.

Draco sabe que derrocha estilo en cualquiera de las cosas que hace pero, quizá, de lo que más orgulloso se siente es de su modo de caminar. Zancadas largas, cortesía de su considerable altura, pero tremendamente elegantes. Él no anda, flota. No es como Pansy, que taconea con fuerza para demostrar que está ahí. No, para nada. La gente nota que se aproxima sólo cuando él quiere que lo haga. Por eso se acerca a la chica silbando la tonadilla de su nueva y genial creación: "A Weasley vamos a coronar". Ágil, con las manos en los bolsillos, la cabeza ligeramente ladeada y la media sonrisa venenosa denotando sus malas intenciones.

Se para a dos metros de ella y frunce el ceño cuando no levanta la vista, ¿se cree que lo que sea que esté haciendo —cosa que no le interesa, por supuesto— es más importante que prestarle atención?

—Cinco puntos menos para Gryffindor, Weasley —comenta alegremente, con ganas de guerra.

—¿Que qué?

Ella despega, ahora sí, la cara del suelo para mirarle con incomprensión. Al reconocerlo arruga la nariz, provocando que un ejército de pecas se reagrupe en su puente, como si vaticinaran que tendrían que estar unidas a causa de una batalla inminente. Pero ni un millón de tropas de manchitas podrían con él y con sus ganas de molestar.

—¿Además de pobre, sorda? En tu familia no ganan para disgustos, Weasley. He dicho que cinco puntos menos para Gryffindor —reitera, arrastrando las palabras más que de costumbre, como si estuviera hablando con alguien idiota.

Los ojos de la pelirroja relampaguean por el odio. Ah, Draco lo nota. Nota ese hormigueo que comienza a recorrer su espina dorsal para concluir en la nuca, poniéndole el vello de punta. En ese momento sabe que esa noche se irá a la cama de mucho mejor humor. Nunca te acostarás sin destruir algo más, como también suele decir.

—¿Se puede saber por qué me quitas puntos, Malfoy?

—Porque me da la gana, por ser pobre, por estar aquí, por el color de tu corbata, por ser una Weasley… —enumera con los dedos—. Escoge la que más te guste, Comadreja.

La chica le dedica el dedo corazón mientras añade mordazmente:

—O porque tú eres un patético buscador y un mal perdedor —pasa la vista de su dedo a la cara del rubio un par de veces y sonríe—. Sí, me quedo con esta opción —mueve la mano un poco, enfatizando el gesto, antes de volver a sumergirse en su exploración.

Draco se mosquea, claro. ¡Maldita zanahoria vulgar! Pero no va a dejar que las cosas queden así, se va a enterar esa niñata de quién es él. Su sonrisa pasa a formar una mueca despectiva mientras ataca uno de los posibles flancos dolorosos: la economía.

—Weasley, no me digas que ahora os dedicáis a buscar monedas por el suelo. Pensé que no podíais caer más bajo —se acerca unos pasos más a ella y recuesta un hombro en la pared, cruzando las piernas cerca de su cara—. Pero mírate, a cuatro patas y con la nariz pegada a la altura de tu dignidad.

—Estoy buscando la snitch, ¿la has visto? —murmura distraídamente, sin mirarlo—. Es una pelotita dorada y pequeña —se levanta y se sacude un poco el polvo de las rodillas—. Ah, no, qué tonta soy. La tendrá Harry.

Eso ha dolido. Draco vuelve a notar cómo su ego se estremece ante los puñetazos. Aprieta la mandíbula y escupe sobre otro posible flanco doloroso:

—¿Potter? No sé, quizá se la haya regalado a Chang, lo he visto hace media hora hablando con ella —miente, desdeñoso.

Ahora sí, el ejército de pecas rompe filas y el brillo furibundo en la mirada de la pelirroja le indica que ha ganado esa batalla. Draco acaba de encontrar la herida, ya solo queda rociarla con vinagre:

—La verdad, no sé qué puede ver una chica en él. Quizá sean esas gafas que aumentan, ¿cómo era? —se acaricia la barbilla, fingiendo que piensa—. ¡Ah, sí! Esos ojos verdes, como un sapo en escabeche.

Ginny aprieta los labios, tratando de calmarse: lo que menos le interesa ahora es lanzarle un maleficio de mocomurciélagos al estirado ese que, para colmo, es prefecto. Seguro que entonces sí que no podrá reclamarle a McGonagall los cinco puntos perdidos. Decide que lo que hará será bufar despectivamente y mirarlo de arriba abajo, como si no mereciera la pena. Después planea dar media vuelta y dedicarse a su búsqueda en otra parte, ignorándolo. Oh, porque sabe que no hay cosa que más les reviente a las personas egocéntricas que el hecho de que no les presten atención. Y Ginny está firmemente convencida de que Draco no es que sea egocéntrico, es que es el egocentrismo hecho materia.

Pero —y hay un gran pero— cuando está efectuando la primera mitad de su plan se queda de piedra, con la vista clavada en la suela del zapato del rubio y la boca ligeramente abierta. Merlín sabe que tendría que haberse callado, que Draco Malfoy no es la persona idónea a la que demostrarle que necesitas fervientemente algo que está, por decirlo de algún modo, en su posesión. Pero Merlín también sabe que es una Weasley y, para colmo, Gryffindor.

—¡Mi galeón! —exclama, al tiempo que se tira al suelo. Más concretamente sobre el zapato izquierdo del chico.

¿Y qué hace Draco? En primer lugar se asusta, claro. Él está acostumbrado a que las mujeres se tiren a sus pies, pero no literalmente. En segundo lugar pisa completamente el objeto que la pelirroja anhela: es un acto instintivo de joder al prójimo, marca Slytherin registrada. Y en tercer lugar sonríe mientras arquea una ceja: parece que va a ganar otra batalla, qué bien.

—¿Qué haces, Weasley? No te pienso dar dinero, por mucho que te empeñes en lamerme los zapatos.

Ella lo mira, no sabe si con odio, con desesperación o con ambas. El caso es que lo mira mucho, arrodillada en el suelo y con las manos revoloteando sobre su zapato, como si no se hubieran decidido aún a actuar. Su ingenuidad decide apelar a los escrúpulos de Draco:

—Estás pisando mi galeón, Malfoy. Levanta el pie.

—¿Tu galeón? No me hagas reír, comadreja paupérrima. De nosotros, ¿a quién es más probable que se le haya caído una moneda? —acentúa aún más su sonrisa, en plan psicópata. Y es que cómo está disfrutando—. Te daré una pista: es rubio, alto y guapo.

Hermione siempre le dice a su hermano que hay que pasar de Draco, que es un tío infantil y estúpido que lo único que quiere es que le sigan el juego. Y Ginny está de acuerdo con ella, pero ni Ginny es Hermione, ni Hermione ha tenido que convivir con seis hermanos mayores. Así que, con el valor temerario que le confiere su casa y con su amplia experiencia en peleas en las que prima la fuerza bruta, agarra el zapato del chico y tira de él fuertemente, tratando de liberar el galeón.

Draco es una persona precavida, como buen miembro de la casa de Salazar. Se jacta de ir siempre un paso por delante del enemigo. Pero, cuando el enemigo es una niña menuda con muy mala uva que actúa de un modo imprevisible, se desconcentra. Y, en vez de ir un paso por delante de él, abre mucho los ojos y se tropieza. Literalmente.

Antes de proseguir, ¿conoces a Murphy? Es un hombre muy optimista cuya filosofía de vida debería darte una pista de cómo acabó esta escena. Seguro que si él estuviera en Hogwarts ese día habría dicho algo como: si tienes 360º a tu alrededor para desplomarte, y en un ángulo hay una persona a la que odias, ten por seguro que caerás sobre ella.

Y así pasa: Draco grita; Ginny se horroriza y trata de evitar ser aplastada con una mirada petrificante que, sobra decir, no sirve de nada; la gravedad hace el resto. La pelirroja se golpea la cabeza al dar contra el suelo y se queda un poco descolocada, el rubio, sin embargo, reposa su cráneo sobre una superficie extrañamente blanda: el pecho de la Gryffindor. A esto le siguen unos cuantos segundos desagradablemente incómodos. Tic. Ella gime dolorida. Tac. Se da cuenta de que Draco está apoyado en esa parte de su anatomía reservada a los buenos chicos cosa que él, desde luego, no es. Tic.

—¡¿Se puede saber qué haces, pervertido?! ¡Quítate de encima! ¡YA! —vocifera, como la mandarina maníaca que es, mientras agita los brazos y las piernas presa del histerismo.

En una de las idas y venidas de sus pecosas extremidades acaba estampándole un guantazo al Slytherin en la cara, cosa que definitivamente lo saca de su embarullamiento inicial. Draco levanta la cabeza mientras gruñe y con rapidez sujeta los brazos de Ginny con una mano, para evitar futuros golpes. Como él tiene mejores cosas que hacer que estar retozando con una Weasley poseída, trata de incorporarse mientras la mira con desdén. Que le quede claro a la pelirroja que esa situación no le gusta nada, que le da asco, que es una cría trastornada y que él es frío como un témpano. Es probable que por el esfuerzo que supone el estar tratando de transmitir todo eso con la mirada, mientras las piernas de ella siguen mueve que te mueve, pierda un poco el control de sus capacidades motrices. Sí, es probable que por todo ello acabe apoyándose en una teta en vez de en el suelo.

Ginny se queda helada, con la boca medio abierta y los ojos como platos. Sabe que debería gritar pidiendo auxilio mientras lo despelleja, que debería poner en práctica las tácticas de su madre —sacar los ojos mientras busca el ángulo propicio para la patada en la entrepierna de rigor—, sabe muchas cosas. Pero, al mismo tiempo, no sabe nada. Porque una no está preparada ni física ni psicológicamente para tener encima a Malfoy mirándote desencajado al tiempo que te magrea.

La chica recuerda que le parecían ridículas las alusiones de los cuentos de hadas, aquellas en las que los autores hablaban de segundos que pasaban como si fueran horas. Siempre bufaba despectiva mientras murmuraba un: "qué estupidez, el tiempo no se detiene". Ahora sabe que se equivocó. Aunque el tiempo es caprichoso y cruel; está segura de que si alguien lo manejara, ese alguien vestiría de verde y plata. Porque lo que no es normal es que durante los tres segundos más bochornosos de su vida esa estúpida manecilla larga parezca renquear. Después de que las ridículas caras de ambos se congelaran en la historia, y gracias a Merlín, el reloj sigue su curso.

Draco retira la mano, como si se hubiera abrasado la palma y, con las prisas que tienen por apartarse el uno del otro, se produce una pequeña batalla campal de brazos y piernas. Gana él, por supuesto. Tras caer de culo al suelo por un derechazo de la niña, deja sus aristocráticos modales a un lado y se revuelve entre patadas hasta que la aleja lo suficiente. Después —cuando ella aún sigue en el suelo frotándose las zonas doloridas— se pone en pie con rapidez, compone su expresión de asco para emergencias y recoge el galeón que había quedado momentáneamente olvidado.

Ginny, con una mano masajeándose la cadera, se incorpora y lo fulmina con la mirada.

—¡Tú! —lo señala con un dedo tembloroso por la ira—. ¡Tú, serpiente degenerada!

Si Draco no fuera Draco, se habría acojonado ante el tono que emplea la chica, más propio de una banshee que de una bruja. Pero, como es él y está muy orgulloso de ello, sonríe: si hay algo que le guste más que despertar envidia es hacer que las vidas de los Gryffindors sean un poco más desgraciadas.

—Weasley, sé que estás desesperada, pero que me hagas tropezar para que caiga encima de ti es patético —se limpia el polvo de los hombros, pedante—. Aunque te entiendo, es difícil resistirse a mis encantos.

—¡¿Disculpa?! ¡Has sido tú el que me ha acosado sexualmente hace un momento!

—¿Por qué lo dices? —pincha, mientras una retorcida media sonrisa comienza a asomar por su comisura derecha.

—¡Porque me has tocado… una…! —se traba, entre furiosa y abochornada.

Draco daría saltitos de alegría si eso no atentara contra su dignidad. Ah, incomodar a la calabaza frígida estaba empezando a ser de lo más divertido. Tiene que ponerlo en práctica más a menudo, se dice. Examina el galeón de cerca, sujetándolo entre los dedos pulgar e índice, y murmura:

—¿Una teta?

Se regodea al contemplar de reojo cómo las pecas de ella se pierden entre la sangre arrebolada. ¡Jodeos, manchitas, Draco ha ganado! Hace como que le saca brillo a la moneda con la manga de su camisa. Ya solo quedan el golpe de gracia y la salida triunfal.

—No me había dado cuenta, pensé que era la espalda.

Lo dice mientras lanza el galeón al aire y lo atrapa con la mano. Ginny —que aunque nunca lo confiese baraja el morderle la cabeza de pura frustración— se lanza hacia él y trata de coger la moneda al vuelo. Obviamente no lo logra, ¿qué gracia tendría esta historia de haber sido así? Draco mantiene el objeto a unos centímetros del alcance de la pelirroja que, mostrando una total falta de dignidad, da saltitos intentando pescarlo.

—Zanahoria, deja de restregarte contra mí. Te estás poniendo en evidencia —pica, jocoso. Le pone una mano en la cara y empuja, para apartarla—. Lo siento, seguirás siendo asquerosamente pobre y yo estilosamente insolidario. La vida es dura. Pero puedes seguir buscando pelusas en el suelo: quizá puedas hacerte una cama con ellas, que he oído que en tu casa dormís todos en el suelo.

Si Ginny no lo mata es porque está tratando de digerir todo su odio. Jamás ha aborrecido tantísimo a una persona en su vida. Que ese idiota ya le caía mal, pero no comprendía por qué su hermano siempre parece hervir de cólera en su presencia. No pasa nada, Ron, piensa, yo me encargaré de descuartizarlo.

Draco, mientras tanto, se aleja silbando de nuevo "A Weasley vamos a coronar". Al final aquél lunes había merecido la pena porque, aunque él no tenga ni idea de que el galeón que se está guardando en el bolsillo es el método de comunicación del ED, está contento por haber encontrado una nueva diversión. Pobre naranja económicamente denigrante, le esperaban unos días muy largos.

—Por cierto —dice, ya lejos de ella pero no lo suficiente como para que no le lleguen sus siseos—, otros cinco puntos menos para Gryffindor, por estar plana.


NOTA.

Bien, ya está. El prefacio y el primer capítulo en un día. Os quejaréis.

Tengo una aclaración, un agradecimiento y una petición, así que vamos por partes.

La escritura especular (créditos a Källa) consiste en escribir de derecha a izquierda. El resultado son palabras completamente al revés que se verían correctamente al ser reflejadas en un espejo. Siempre me he imaginado a Draco zurdo, no me preguntéis por qué, y tras una conversación por Messenger con la Galleta llegué a la conclusión de que retratarlo escribiendo en plan Da Vinci era de lo más gracioso.

El agradecimiento para Lena Hale Black, que comentó antes de saber exactamente qué comentaba.

La petición va por el mismo camino: los reviews son guays. Casi tanto como Draco (vale, estoy exagerando). Y me han comentado que no dejarlos provoca calvicie. Ahí queda eso.