Capítulo 1.

–Eren Jaeger –llamó una mujer de cabellera rubia y ojos azules inexpresivos. El joven asintió y se puso de pie. Estaba nervioso, mucho.

Denme fuerza.

–Bienvenido al programa, jovencito –le sonrió un hombre que diría tenía cincuenta, pero siendo uno de los chupa sangre, no tenía nada asegurado–. Acompáñame, te llevaremos a la sala donde debes llegar siempre. Necesito que memorices el número, ¿de acuerdo?

Vaciló un momento mirando al hombre. Sentía asco, no quería acompañarlo, pero no tenía de otra. Sería ejecutado si no obedecía.

Aunque eso no sonaba tan mal…

– ¿Joven?

–Sí, señor. Disculpe –respondió luego de respirar hondo.

–Muy bien. Por aquí –ordenó el mayor, señalando un largo y blanco pasillo. Transmitía una sensación de pesadumbre y tristeza que le provocaba náuseas.

A medida que avanzaban logró ver por la pequeña ventana de una de las puertas. Allí había una jovencita. Obviamente tendría quince tal vez un poco más, pero eso no fue lo que llamó su atención. El… vampiro… que bebía de su cuello, lo hacía con tanta brutalidad que llegó a transmitirle un escalofrío por toda la espalda.

La tenía bien sujeta del cabello, tironeando y aprovechando que estaba literalmente inmóvil bajo su pesado y mucho más grande cuerpo, para clavar sus colmillos a diestra y siniestra por todo su cuello, dejándola demacrada y llena de llanto.

Tragó duro, sin dejar de caminar, e irremediablemente se llevó la mano al cuello, sobándolo repetidas veces como un mantra tranquilizador. O al menos eso pensó.

–Es aquí –le sonrió el hombre, mostrándole una puerta con el número "666" marcado en ella.

Vaya broma más mala.

Tomó aire de nuevo e ingresó dedicándole una última mirada al mayor, quien no dejaba de sonreír.

Falso.

–Recuerda el número, por favor.

"Como si pudiera olvidarlo" quiso decirle, más no se atrevió.

Se limitó a asentir y vio cómo la puerta se cerraba frente a él. No quería girarse, en verdad no quería.

–Mmm… veo que eres nuevo… –siseó una voz detrás suyo, como si se tratase de una serpiente–. Me encanta lo nuevo.

Por fin reunió agallas y se giró. Encontrándose con la figura de una mujer esbelta de cabello rojizo, vestida de negro (como la mayoría de ellos), cruzada de piernas sobre la cama blanca y pulcra, palmeando el espacio junto a ella.

–Ven aquí… no muerdo –se burló, relamiéndose los labios.

Aquello no le produjo sino más asco del que ya sufría. ¿A cuántos habría torturado allí? De hecho, ¡vaya trabajo hacían aseando para que ni el más mínimo olor a sangre quedara en el aire! Impresionante, debía admitir.

–Vamos, humano, no tengo todo el día.

–Mi nombre es Eren –se quejó, sin moverse de su sitio–. Eren Jaeger… se-ño-ri-ta –arrastró cada sílaba con desprecio, casi escupiéndole.

–Bien… Eren… sé de utilidad y ven –le ordenó la mujer cruzándose de brazos con el ceño fruncido.

Era tentador decirle que no, dar media vuelta e irse. Pero claro, no podía.

–Que sea rápido, yo tampoco dispongo de tiempo –dijo el joven como si su voz fuese un veneno mortal. Sentándose de mala gana junto a la mujer.

Aquello no le agradó en lo más mínimo a la vampiresa, quien tomó con fuerza el cabello castaño del chico, sacándole un gemido quejambroso.

–Escúchame bien, niñato –empezó diciendo, mostrándole un par de ojos carmesí que le carcomieron el alma–. Te morderé cuando yo quiera, en el momento que quiera y tú no podrás hacer nada. Solo eres un pedazo de mierda que a duras penas es digno de ser mordido. ¿Entendiste?

Eren tembló y se mordió el labio, sin decir palabra.

–Ahora, recuéstate –demandó de nuevo, viéndolo con aires de superioridad y arrogancia. Él no se movió a la primera, había entrado en una clase de transe–. ¡Dije que te recuestes, estúpido niño! –Gritó finalmente, empujándolo con fuerza y clavando sus largas uñas en la piel de su cuello como si de garras se tratase.

Se escuchó un gimoteo de dolor en la habitación, lo que le sacó una carcajada a la pelirroja que continuó deslizando sus uñas por toda la extensión de piel hasta encontrar la tela de su ropa. La sangre del muchacho empezó a derramarse por borbotones, manchando todo a su paso.

Ardía.

–Agh… –la voz que salía de su boca era apenas un susurro, tenía los ojos cerrados con fuerza mientras apretaba los dientes en un intento por no mostrarle a la mujer cuánto le dolía.

Ella, sin embargo, pasó su lengua –que pudo jurar que sintió bífida–, por la zona herida y saboreó su sangre como si fuese el vino más añejo y delicioso que hubiera probado.

–Aaah… siempre sabe mejor cuando sienten dolor –aquello le incomodó, ¿acaso la sangre cambiaba según cómo se sintiera? ¡A saber!

–Déjeme… –se quejó sintiendo el ardor aumentar conforme ella pasaba su lengua por la zona.

–No. –Demandó, mordiendo el otro costado de su cuello sin piedad alguna, clavando sus colmillos sin esperar nada.

Tan pronto lo hizo, Eren sintió un escalofrío recorrer su espalda entera; podía escuchar cómo su sangre salía de su cuerpo, y cómo la mujer se regodeaba bebiéndola.

La empujó con la mayor fuerza que pudo mostrar en ese momento, apenas separándola lo suficiente para que sacara sus colmillos de donde los había clavado. Se llevó la mano a la zona y sintió los dos agujeros allí, punzantes.

Se volvió a morder el labio y lloriqueó, se sintió tan violado… por extraño que sonara.

–Hmp, todos son así la primera vez. Qué fastidio –se quejó la mujer, sin quitársele de encima–. Son solo un montón de niñatos llorones que sienten que perdieron la virginidad por una simple mordida. Ni siquiera te he tocado.

¿Planeaba tocarlo? ¿¡Tocarlo cómo!?

– ¿Qué…? –Su voz era queda y temblorosa, intentaba contener su propio llanto, porque no sabía si era dolor físico o pérdida de dignidad lo que sentía. Pero le estaba causando un nudo insoportable en la garganta.

–Vamos pequeño… –murmuró la mujer paseando su mano por su pecho cubierto por su camisa–. Nos divertiremos, ¿vale? Tú solo compórtate como mi querido muñeco. –No supo si intentaba engatusarlo para que dejara de molestar, pero tenía miedo de que hiciera lo que creía.

–N-no quiero… –sollozó, haciendo la vista a un lado y quitando la mano de dedos largos que intentaba colarse por debajo de su ropa.

–Es una lástima –escuchó a la pelirroja, y por un momento juró que lo dejaría ir–. Tendrá que ser por las malas.

Sus ojos verdes se abrieron con asombro y antes de que pudiera decir palabra, sus brazos se vieron sobre su cabeza, sujetos con una fuerza dolorosa por una sola mano.

Su camisa fue rasgada y arrancada de su cuerpo, y las mismas uñas de antes recorrieron con más suavidad su abdomen, causándole un escalofrío desagradable.

–Eso es… –siseó de nuevo, empezando a besar su cuerpo por donde pasara.

Eren no podía moverse, forcejeaba, se quejaba por lo bajo y retenía su llanto tanto como podía. Se sentía humillado, como un juguete sexual para la mujer que con cada aparente caricia y lamida que le daba, le provocaba espasmos y una sensación de repulsión hacia su propio cuerpo. Lo peor de todo era que empezaba a disfrutarlo, el tacto de la vampiresa empezaba a sentirse tibio, sus lamidas le transmitían corrientes por la espina dorsal, y ya empezaba a gimotear por lo bajo, enojado consigo mismo y su miembro, que respondía endureciéndose.

–No es tan difícil, eh… –susurró la mujer en su cuello, volviendo a morder con fuerza, transmitiéndole más sensaciones placenteras. ¿Cómo podía sentirse bien con algo que, se supone, era doloroso?

–Basta… por favor… –Luego de tanto contenerlo, una lágrima escapó de sus ojos acompañada de un suave lloriqueo.

– ¡Exacto! Así me gusta –volvió a morder, una, y otra, y otra vez. Sin detenerse, buscando el infinito dolor y humillación que le causaba al desesperado muchacho–. Sigue quejándote, no sabes cuánto me gusta.

Chilló de nuevo, y sintió el tacto deslizarse hasta sus pantalones, apretando el bulto ya crecido en su entrepierna. Se movió como pudo intentando quitársela de encima, consiguiendo que solo aumentara su agarre en sus muñecas, e hiciera más presión con su propio cuerpo, rozándolo repetidas veces contra su erección, despertándola hasta su máximo potencial.

– ¡Agh, no, suficiente!... Ngh, no quiero, ¡no quiero! –Se quejó, sintiéndose cerca del orgasmo.

–Dios niño… –bufó la mujer, mordiéndolo de nuevo, esta vez, sobre su ropa, allí, justo en su entre pierna, cerca de su erección. Había soltado sus muñecas, pero ni siquiera le dio tiempo para golpearla o apartarla, ya que una última corriente recorrió su cuerpo por toda su espina dorsal, sacándole un gemido que hirió sus cuerdas bucales, mientras se corría.

La pelirroja se hizo a un lado y lo miró, pasándose el dorso de la mano por los labios para quitarse los restos de sangre que le manchaban esa piel pulcra que parecía de porcelana.

–Vamos a hacerlo de nuevo –el menor abrió los ojos con asombro y negó–. Esta vez, colabora.

-/-/-

–Señor –interrumpió la mujer que llamaba a los donadores, viendo al vampiro que había guiado a Eren a su habitación antes–. ¿Cuántos primerizos tenemos esta temporada?

–Mm… déjame ver… –murmuró el mayor abriendo un portafolios donde tenía los documentos con los nombres de los primerizos–. Ayer llegó una joven… Elizabeth..., pero ya ha donado tres veces, dos ayer, y una justo ahora… Y el joven Eren que apenas está dando su primera donación.

–Debemos detener eso, señor –dijo con aparente calma y frialdad la mujer rubia de nariz aguileña.

– ¿Por qué habríamos de hacer eso, Annie? –Indagó su superior levantando una ceja en negativa, causando que ella rodara los ojos y negara con la cabeza.

–La cabeza de la familia Ackerman vendrá en unos minutos por el aparente donante primerizo que usted prometió guardarle –recordó la rubia haciendo que el otro se atragantara con su propia saliva.

–Demonios –maldijo por lo bajo, aislándose junto a la rubia –a quien guió empujándola por la espalda– en uno de los pasillos llenos de oficinas por el momento vacías–. Ahora es tarde, debe estar lleno de mordidas y arañazos… conoces a esa mujer, no tiene límites cuando se trata de beber sangre.

–Entonces, ¿qué planea decirle a Levi Ackerman? Sabe bien que no es de mucha paciencia y no tolera los errores. Mucho menos nos dará plazo –respondió con la misma neutralidad, como si poco le importara el temperamento y poder que poseía el vampiro de casta noble que venía en camino.

–No lo sé, Annie… –lo escuchó maldecir de nuevo mientras golpeaba la pared magullándola–. Por ahora saca a ese muchacho de esa habitación tan pronto como puedas. Si es necesario asesina a esa vampiresa.

– ¿No es algo extremo llegar a eso?

–No. Esa familia tiene el poder suficiente para matarnos a nosotros y nuestras familias. La vida de una clase media no es nada en comparación, ¿no te parece?

–Como guste. –Dijo sin más, caminando hacia la habitación con desinterés notorio.

El hombre canoso se pasó la mano por el cabello y le pidió a otra vampiresa que se encargara de los donantes mientras él y su asistente atendían un tema serio antes de que pasara a mayores.

Annie, por el contrario, ya se encontraba abriendo la puerta de la habitación asignada para el primerizo. La escena que había allí no le sorprendió, pero supo que tendría muchos más problemas ahora que se daba cuenta de la cantidad de heridas, mordidas y chupones que tenía el cuerpo del menor.

–Que desagradable… –Habló con tono despectivo, viendo a la pelirroja que levantó la mirada con la boca bañada en sangre y los ojos centellando de un rojo brillante–. ¿Qué no sabes beber de forma decente? Qué deshonra.

– ¿Y quién te crees tú para molestarme, idiota? –Escupió la mujer levantándose y dejando al castaño en paz, quien se acurrucó y abrazó a sí mismo, sintiéndose sucio, bañado en su propia sangre y con el orgullo por los suelos. Tenía la mirada clavada en la entrada, donde se encontraba la mujer rubia de antes en pie, mirando con cierta repulsión a la que había sido su atacante. Esa era, sin duda, la peor experiencia que hubiese tenido en su vida.

–Tienes, como mucho, diez segundos para retirarte de esta habitación –demandó la rubia con semblante sombrío, viendo fijo a la pelirroja que soltó una carcajada llena de burla.

– ¿Qué te hace pensar que quiero hacerlo?

–No se trata de querer hacerlo o no. –Dijo ingresando en la habitación mientras se remangaba la ropa blanca y pulcra–. O lo haces, o mueres. Así de sencillo.

–Escucha, niñata –gruñó la amenazada sujetando de pronto los cabellos castaños de Eren, quien gimoteó sonando débil y desprotegido–. Este humano es uno de los pocos primerizos que he mordido en mucho tiempo, y no me vas a quitar ese placer, ¿entendido?

Annie suspiró y rodó los ojos con fastidio.

–Bien –dijo con calma, acercándose a la mujer para tomarle la mano que sujetaba con firmeza el cabello del muchacho, haciendo que le soltara de un solo apretón que hizo crujir los huesos de su muñeca. La vampiresa se quejó con un alarido e intentó devolver el golpe, más la rubia fue veloz y clavó su mano libre en el cuello de la mujer, subiendo para atravesar su cabeza.

En seguida sus quejidos se detuvieron.

Eren miraba espantado desde el suelo, que era donde había terminado dando ya que ni sus piernas respondían.

Contuvo un grito de auxilio y se limitó a temblar, arrinconándose en una esquina apartada con el terror plasmado en su rostro y en sus ojos.

A la rubia de nariz aguileña poco le importó la presencia del chico. Sacó de un solo tirón su mano y dejó caer a sus pies el cuerpo sin vida de la mujer. Tomó el teléfono que había en la pared manchándolo y pidió limpieza inmediata del lugar. También dio instrucciones claras acerca de qué hacer con el cadáver y cómo deshacerse de sus registros, así como la forma de curar al muchacho que yacía en el suelo, borrando así toda evidencia de mordedura o herida en su piel.

El joven primerizo permaneció en su sitio observando, manteniéndose absorto en sus pensamientos y en su repentino trauma. Vio a la mujer inclinarse hacia él y mover los labios, más ningún sonido que proviniese de ella llegó a sus oídos. Escuchaba un pitido insoportable, y sentía que la conciencia se le iba y venía, como si fuese parte de un par de olas en la arena.

–Ya veo… –le escuchó decir como un eco lejano y suave–. Estás en estado de shock.

El de ojos verdes no respondió, solo se tensó al ver cómo la mano de la mujer se trasladaba hasta su frente y le tocaba comprobando su temperatura. Estaba tan frío.

–No podemos darte transfusión de sangre, Ackerman lo notaría con solo morderte –continuó, sin quitarle los ojos de encima–. Será difícil entregarte en un estado saludable, pero no tenemos otra opción más que resignarnos. No se pueden hacer milagros.

–No entiendo… –murmuró con voz ronca y apenas audible–. ¿Ackerman? ¿Entregarme?

–Si te lo explicara tu mente no lo procesaría en ese estado de estupidez en el que te encuentras. –Bufó la rubia poniéndolo de pie con poco tacto y delicadeza–. Lo notarás luego, por ahora hay que preocuparnos de tus heridas y tu falta de sangre.

El castaño asintió sumiso y se dejó tironear fuera de la habitación maldita. Allí, en el corredor, se hallaban cerca de seis personas que lo recostaron en una camilla y se lo llevaron a lo largo de los pasillos, solo pudiendo ver las luces traslúcidas del techo que pasaban con rapidez a medida que lo llevaban a otra sala blanca y pulcra. Enfermiza.

– ¿Qué… qué me van a hacer? –Murmuró con voz temblorosa, sintiendo cómo empezaban a tocarlo por todos lados con suavidad, transmitiéndole sensaciones cálidas. No de nuevo, no quería.

–Tranquilo, nos desharemos de todas esas heridas que te dejó la mujer esa –le susurró una voz cálida al oído, mientras más manos se sumaban a las caricias que le regalaban.

Se sintió tranquilo, más aún se mantenía alerta y tenso, por si la situación lo ameritaba.

–Esperemos que el señor Levi no se moleste… –susurró una voz que le curaba la entrepierna con cuidado. El castaño apenas y podía mirar hacia los lados.

–No creo que lo note –respondió una tercera persona con el mismo tono, como si el humano no los escuchase–. Hemos hecho esto muchas veces sin fallar.

–Es diferente, Erd –agregó una cuarta voz–. Este mocoso no tiene mucha sangre en el cuerpo, y estoy seguro que no demora en llegar.

–Aún tenemos chance, Auruo –dijo repentinamente Annie, apareciendo por la puerta limpia y como si nada–. Al parecer al matar a la mujer, quedó la sangre que bebió del humano. Está en su estómago.

Asqueroso.

–Eso es perfecto, podemos regresarla a su cuerpo a tiempo –aseguró otro de los hombres que estaban allí.

–Yo aún siento… miedo de Ackerman, ya saben, tiende a enojarse con facilidad si las cosas no salen como él quiere –la voz sonó temblorosa y bastante nerviosa, era una mujer, o eso pensó.

–Somos profesionales, no lo notará –demandó de nuevo la rubia sonando dominante, como una líder.

–Bueno, tal vez no se dé cuenta con su cuerpo, ¿pero quién nos afirma que este niño no dirá nada?

De pronto todo se detuvo, dejaron de sanarlo y muchos ojos se le clavaron encima.

–No nos puede hacer mucho a nosotros –continuó una voz luego de varios minutos–. Es decir, estamos siendo apoyados por la alta corte de ancianos. No nos pueden tocar.

–Buen punto. Entonces supongo que se desquitaría con el humano.

–Pobre.

–Sí. Ahora depende de si quiere soltar algo sobre esto, ¿no?

De nuevo hubo un silencio corto en el que sintió que lo sentaban y batuqueaban un poco.

–Oye, por tu bien será mejor que no le cuentes a nadie sobre tu primera donación –le aclaró un tipo de peinado raro y cara de anciano.

–Auruo… No seas tan duro –regañó otro hombre suspirando–. Escucha, el señor Levi es… poco tolerante, y ya que no puede hacerle nada a esta institución, te lo hará a ti si se entera de que ya habías sido mordido por otro.

– ¿Por qué? –Se atrevió a indagar con semblante perdido.

–Por… cuestiones de aseo. Entenderás cuando te vayas con él –le aclaró carraspeando un poco su garganta–. Por ahora debes preocuparte por sentirte bien y con energía, sino, lo notaría hasta el más tonto.

El menor asintió incrédulo. ¿Irse con él? ¿No se suponía que sería un donante cualquiera?

Lo bajaron de nuevo y llegó de repente una enfermera con una bolsa llena de sangre. Su sangre.

Lo inyectaron y sintió cómo el líquido espeso volvía a su cuerpo con una sensación fría, trayendo de vuelta la sensación de dolor, placer y humillación que hacía unos minutos había sentido.

Ocultó su rostro con su brazo libre y lloriqueó, intentando no mostrarle a ninguno de ellos las lágrimas que luchaba con guardar.

–Hm… Nunca habíamos hecho esto con un humano –recordó Annie, quitándole el brazo que cubría sus ojos abruptamente–. ¿Qué se siente? ¿Acaso te devuelve todas las sensaciones y las hace vívidas aunque no lo experimentes realmente?

El joven tragó seco y asintió de nuevo, sumiso y apenado.

La rubia dejó ir su mano para ver cómo regresaba a su sitio anterior y se llevó la propia al mentón.

–Interesante –acotó sin ponerle mucha importancia–. Como sea, alguien debe traerle ropa nueva a este humano, la mujer le arrancó la camisa y la hizo añicos. Ya saben qué le gusta a la cabeza de los Ackerman, así que consigan algo apropiado.

-/-/-

Una camioneta negra de vidrios blindados y polarizados se estacionó en la entrada del centro de donación. Dos figuras se bajaron desde el frente del auto y se trasladaron a la puerta trasera para abrirla y permitirle a una tercera figura, de apariencia frágil aunque sombría, ingresar a la edificación.

La persona notoriamente más baja y de apariencia fría caminó con paso firme, dejando a los humanos allí presentes helados, al igual que a varios empleados más.

–Oh, señor Levi… –dijo el hombre encargado, quien aparentaba cincuenta años o más, jugando con sus manos mientras sonreía con nerviosismo–. Qué bueno recibir su visita… No lo espe-

–Deja de parlotear –dijo el pelinegro con voz seca–. Sabes que vine por el primerizo. ¿Dónde está?


WAAA! ¡Primera aparición de Levi! ¿Qué tal estuvo? xD.

Bueno, como lo que publiqué antes fue un "abre bocas" decidí publicar el primer capítulo ya, pero eso no quiere decir que postee así de seguido. Nope, me quedaría sin capítulos de reserva y luego los que sufrirían serían ustedes. Nadie quiere eso.

¡Muchas gracias por sus reviews! De verdad me animan mucho y me dejan super sorprendida *w*

Miki, se me olvidó agradecerte por convencerme de publicar. Y a tu hermana porque yolo xD.

También a Rave y a Allison, por revisarlo y ayudarme. w

¡Nos leemos!