¡Hola! Aqui os dejo la segunda viñeta, prometo ponerme al día con los comentarios, pero los agradezco un montón, espero que os guste, en esta ocasión dedicada a Draco. ¡Besos!


Física

Durante una serie de agónicos días, Draco siente que ha sido el prisionero de sus miradas. Al principio, la animosidad natural, esa que han fomentado desde que se conocen, le hace recelar, están separados por algo más que unos bancos del Gran Comedor, lo que habita entre ellos es media vida de malos entendidos, de suposiciones, de palabras a destiempo. Sin embargo, Potter le subyuga, le observa día tras día, esos iris oscuros, salvajes, consumidos por un desenfreno que le estremece de formas que debería sentirse avergonzado y nace la avidez. Cada una de esas miradas duele como si una puñalada se le retorciese con crueldad en el vientre, porque nota cómo el anhelo le impide razonar, porque es tanta el hambre que le provoca que desearía desgarrarle a dentelladas. Y Draco, que digan lo que digan sólo lucha por sobrevivir, cree que se muere lentamente y sin remedio.

Nota los ojos verdes fijos en su nuca, otra vez, logrando que su cuerpo reaccione al instante, como si hubiese un jodido hilo que les uniese haciendo que una regla de esa física muggle sobre la que ha leído a escondidas de padre, acción y reacción, se cumpla. Entonces percibe el modo en que su frente se perla de turbio sudor y todo, todo le tiembla, sus instintos fijos en un único punto del universo, Potter. El vello del dorso de los brazos se le eriza en respuesta a esos ojos tan inmensos y tan verdes. Descubre un retazo de lengua sonrosada humedeciendo los labios que ansía morder, una gota salada le repta por el pómulo, rueda por la mejilla y cae sobre el pupitre, está tan tenso que cree que se desgarrará, cuanto puede hacer es devolverle la mirada. Entonces se levanta y se va, no le importa huir, porque lo suyo se ha convertido en algo casi coreografiado. Son expertos en el arte de evitarse y buscarse.

Sus jornadas han adquirido una dimensión cercana a la alucinación, es como si su cuerpo hubiese dejado de pertenecerle, al principio es algo ínfimo, de lo que ni siquiera se percata. Poseer la certeza de que sus gestos son observados, le da una imagen diferente de la realidad y de sí mismo. El aire a su alrededor parece cargado de electricidad, está hipersensible, cada latido del corazón, cada roce se multiplica de forma exponencial, hasta que acaba explotando en una miríada de sensaciones que aún no sabe si son placenteras o aterradoras.

Están en clase, Historia de la Magia es una sucesión de palabras que el profesor enuncia con un tono monocorde que adormece al aula al completo, sumiéndoles en un penoso sopor. Soñador, con la mente en blanco, se roza con la pluma blanca con la que debería estar tomando notas, es suave, liviana y ahí está.. la mirada de Potter, el leve suspiro que escapa de sus labios es producto de algo muy cercano al alivio. No sabía que había extrañado el peso de esos ojos sobre él hasta que los nota de nuevo recorriéndole, la sensación es tan palpable que nota los pezones erizados contra la tela de la camiseta. Es como si no fuese él; osado, usa el objeto para marcar un camino por el cuello, allí donde la carótida late, alcanza el lóbulo de la oreja y sube un poco más, hasta ese punto cerca de su sien que sabe que le pone a mil. Frunce los párpados y se mueve separándose del pupitre, están al fondo de la clase mientras las diapositivas giran y cambian. Abre las piernas y gira el cuello para enfocar su atención en Potter.

En la semioscuridad pintada de miles de colores, los ojos del Gryffindor parecen no tener fondo, son insondables pozos de desenfreno. Les separa apenas la distancia que marca el brazo extendido, pero para todos los efectos es como si fuese un abismo. Harry está solo por una vez, y que le crucien si eso no es provocador, porque él conoce la razón de por qué Potter está tan cerca, desgarrándole con la mirada. Y de nuevo esa regla inmutable cumpliéndose entre ellos; la ecuación —intimidad, lujuria, proximidad—, le empuja a aflojarse la corbata. A su izquierda alguien, no sabe quien —ni le importa—, se rebulle, quizás dormido o aburrido hasta la muerte. En cambio, Draco jamás ha estado más alerta, todos y cada uno de los poros de su piel excitados; acción y reacción. Ya no se toca a sí mismo, está mostrándole a él como quiere ser acariciado y Potter es un alumno aplicado hasta el extremo. Saberlo le llena de una delirante satisfacción, está envuelto en una marejada de frenesí y miedo, ansiedad y pasión. Su cuerpo ya no es su cuerpo.

Le sostiene la mirada y lo que encuentra a sólo unos centímetros es un fuego que abrasa cualquier tipo de cordura, inmisericorde, deja resbalar los dedos hasta que se detienen sobre el pubis. Esas yemas que no parecen ser suyas, dibujan con insistencia el contorno de la erección que palpita bajo la lana del pantalón. Diabólico, se abre la bragueta. Puede oírle tragar, la nuez de adán balanceándose, y Draco tiene la vergonzosa necesidad de inclinarse y morder, succionarle hasta que tenga una marca que le señale como suyo. Porque Potter le pertenece.

Osado, hunde las yemas entre las ropas y se toca, allí en medio de una clase abarrotada, donde cualquiera puede descubrirle, sólo por el placer de saber que Potter está mirándole, boqueando, suspirando de necesidad. Se reclina, pendiente del modo en que los labios rojos de Potter tiritan, se frota con fuerza, gozando del éxtasis que le provoca saber que él, Draco Malfoy, es el causante de ese hambre que el Niño Dorado no oculta. Podría correrse sólo con la simple idea de ser tan deseado por quien siempre ha afirmado despreciarle. Sabe que están jugando con fuego, como también sabe que si quisiera, esa boca ansiosa se cerraría sobre su carne y le bebería, sabe que bajo la mesa la mano de Potter está trabajando furiosamente sobre su propia polla. Contiene un jadeo mientras el calor ruge y se encrespa en sus venas, un zumbido le silba en los oídos mientras examina la forma en que los dedos de Potter se aferran al pupitre, diferencia cada una de las venas del dorso de la muñeca, los gruesos tendones, los músculos hinchándose, el inconfundible eco del sufrimiento. El placer alcanza cotas agonizantes mientras se aprieta la base del miembro enardecido, hilos transparentes sobre su mano, sus pupilas clavadas en Potter; sabe a la perfección el momento en que el orgasmo le arrastra. Casi puede oler el acre aroma del semen, que ve brillar sobre la palma que hasta ahora ha permanecido debajo del tablero. Y entonces lo comprende, mientras se sumerge en la inmensidad apasionada y febril. Draco simplemente lo sabe, todo es física.

El aire invernal corta su piel y la enrojece, pero no le importa, arriba en el cielo, es más fácil racionalizar la sensación de finalidad que Potter le provoca. Sólo es una regla básica, el principio fundamental que rige su universo, acción y reacción. Está en su naturaleza. Va a hacerle suyo y será para siempre.


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