Cap.2 Acostumbrada
Ya habían pasado unos meses desde que la Dama arribó a la mansión Wegesser y aún así, ella seguía sin sentirse cómoda con su nueva y reluciente vida. Se levantaba por la mañana despertada por otros, su comida la preparaban otros, la casa la ordenaban otros... Sentía que ya no había nada que ella pudiera hacer por sí misma en su recién adquirido hogar. Como el servicio de la casa sabía que ella no estaba plenamente acostumbrada a la vida lujosa, le dejaban algunas tareas mínimas para que ella las realizara. Este método de adaptación progresiva, como no, fue propuesto por el miembro más cercano a la Dama, el mayordomo.
Kea sabía que los miembros del servicio de su hogar eran lo suficientemente competentes como para olvidarse de colgar una camisa, dejarse algún plato por fregar o no ordenar los libros de su estudio. Además, la dejaban bañarse y vestirse sola, en realidad, todo lo que incumbía a la higiene personal o a actos con un mínimo de desnudez por parte suya. Ella sabía que lo hacían para que no se sintiera tan incómoda y lo agradecía profundamente.
Sebastian le despertaba y decía cuales eran las actividades programadas para el día, pero salía de la habitación en cuanto ella se iba a cambiar y volvía a entrar después. Lo mismo ocurría cuando se aseaba, él siempre esperaba fuera y entraba cuando ella se lo decía.
Un día desayunando, ella comenzó una conversación:
-¿Cómo pueden vivir así? Me refiero al resto de nobles, ¿cómo lo hacen?
-Con todo respeto, no creo que el proceso sea el mismo en ellos que en usted. Ellos nacieron en una familia noble y desde el primer momento han tenido a gente que no conocen a su alrededor, haciendo todo para ellos. No saben vivir de otra forma-realizó una breve pausa y se acercó un par de pasos hacia su señora-No han desarrollado la costumbre de decir "gracias", "por favor" o "de nada" como usted, y tampoco nunca ofrecerían ayuda a una criada a la que se le amontona el trabajo-terminó la oración y sonrió.
-No creo que eso sea malo. No lo es, ¿verdad?-preguntó la joven de cabellos castaños. Permaneció callada, mirando hacia abajo, pensativa. Así, en silencio, aguardaba la respuesta de Sebastian. El aludido, por su parte, esbozó una triste y débil sonrisa, y prosiguió con su trabajo, sin responder. Ya se disponía a retirar el plato, casi completamente lleno, de su señora cuando, de repente, la Dama golpeó la mesa con la mano derecha y gritó.
-¡Te he hecho una pregunta!-exclamó-Es tu obligación responder.
Sebastian la miró sorprendido, pero no pudo sentirse molesto. Era la primera vez en cuatro meses que ella gritaba a algún miembro del servicio, y él sabía que no lo había hecho por una falta suya. Nada más levantar el tono, la Dama se había llevado una mano a la frente y había luchado internamente para mantener las lágrimas causadas por la frustración. Inmediatamente después respondió:
-Es malo para usted dada su situación social, lo que todos esperan de usted y lo que quiere hacer con su recién adquirida fortuna. Mucho me temo que no quedan nobles tan generosos y amables como usted y, si quedan, están bien escondidos-hizo una pausa para ver rápidamente la reacción de Kea a estas palabras-No obstante, es una magnífica cualidad humana y, como persona,opino que no debería cambiarlo.
Dicho esto, el mayordomo retiró el plato de su ama y esta se fue a su alcoba a refugiarse durante unas horas. "Definitivamente, esta vida no es para mí, aunque me costaría separarme de Sebastian. Siento que por primera vez en mucho tiempo, puedo confiar en alguien...
No me gusta."
