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Hay más.

Pov Ronnie.

Un ruido por los árboles me sacó de mis cavilaciones, sobresaltándome. Giré mi cabeza al lugar del ruido conteniendo la respiración, que ya de por si yo no la necesitaba. Y esperé.

Definitivamente no esperaba lo que pasó a continuación.

Un lobo enorme, el doble de grande de lo normal en esa especie, salta casi sobre mi. Por suerte pude esquivarlo de un salto, pero mi desconcierto fue total. Los animales solían huir de mi, no atacarme. Traté de levantarme, estaba de cuclillas, pero lo que ocurrió me dejó en un nuevo shock: El lobo se dejó caer sobre todas sus patas después de unos segundos en que se encontraron nuestros ojos. Estaba como rendido. Me miraba con fijeza y yo a él… Y un instante sentí que era amenazante, que esta criatura podía hacerme daño. Por lo que en lo que no fue un segundo, me escapé. Corrí a toda mi velocidad, que era inmensa. Y no dejé de correr pues sabía perfectamente a dónde me dirigía.

Lo tenía pensado hace días, solo que no me había atrevido, y el lobo me dio el impulso. Hace unos días oí hablar a unos chicos sobre un lugar llamado Forks. Lleno de vegetación, cielo nublado todo el día, bosques, y a unos 20 minutos una reserva aborigen. El lugar me parecía perfecto. Y es ahí donde corría ahora.

Lo bueno es que llegué en unos días. No me mostré mucho en la civilización, lo que fue un beneficio pues de una noche para otra la garganta me estallaba en sed. Yo no cazaba personas. Sí que cacé personas durante mis primeros meses, al menos un par de ellos, pero cuando recordaba a mi familia, o a Cat, o solo pensaba en esa gente que tenía familia…

A veces creía que yo no tenía derecho a vivir. Incluso me preguntaba si estaba viva. Mi corazón no latía, claro, pero… ¿Tenía alma, no? ¿O era yo un monstruo? Cuando pensaba esas cosas me deprimía, y pasaba lo máximo que podía sin beber sangre. Claro, no duraba demasiado. Yo no conocía las formas de matar a un ser como yo, pero pude deducir sola que la falta de sangre no era una.

Siempre pensaba en si había más gente como yo. Nunca había visto a ninguno, y me sentía sola. Me sentía muy sola.

Cuando llegué a Forks, supe que era todo lo que yo quería, lo que necesitaba. Los bosques, lugares perfectos para cazar, el clima, perfecto para mi piel. Fue en mi antigua ciudad donde descubrí el efecto del sol sobre mi piel: destellos, como un reflejo sobre el cristal. En cambio, bajo las nubes o la sombra de un árbol no me ocurría nada.

Lo primero que hice fue dirigirme al bosque para cazar, justo mientras empezaba a llover estrepitosamente. La lluvia no me molestaba pero si creaba barro, y me embarraba entera, especialmente cuando cazo.

Acabé de radicar mi sed con un puma y unos ciervos solitarios. Miré atrás mio por si oía o veía algo de la ciudad, pero no pude. Al parecer me había internado demasiado en el bosque.

Un trueno me sacó de mi concentración. ¿Un trueno? ¿Había tormenta? La verdad no la reconocí. Miraba el cielo cuando otro trueno resonó. Pero no sonó en el cielo. El sonido retumbó detrás mio, lo que me tomó por sorpresa y me hizo girar. Justo allí había una barrera altísima de árboles, arbustos, plantas y maleza. Estaba segura de que el ruido venía de allí atrás. Los "truenos". Tuve un impulso de traspasarlo pero, a pesar de mi piel dura de aspecto indestructible, tuve miedo. Asi que decidí otra cosa.

Justo en frente mio había un árbol tremendo, altísimo. De un salto pude situarme en una de sus ramas, y de otro, en una de las más altas. Supe que me soportaría. Aun me cubrían la vista algunas de sus hojas pero avanzando con delicadeza pude verlo todo.

El terreno era redondo, enorme, con pasto seco. Un prado abandonado en medio del bosque. Pero en él había seis personas.

Tres chicas y tres chicos. Dos de los chicos eran rubios, aunque uno de ellos era mayor que el otro. El otro muchacho era el más corpulento de todos tenía el cabello oscuro; Era grande y amedrentador. Debía de tener… 18 años.

Las chicas eran todas distintas. La más pequeña tenía el cabello oscuro y cortito, desordenado en todas las direcciones. La otra era su opuesto: Alta, con su largo cabello hasta la cintura y rubio. La última era castaña y de un rostro maternal evidente. Ella no estaba en la misma posición que el resto, que como noté, jugaban beisbol. Pero algo que todos me tenían me llamó la atención: Su piel tan clara, tan pálida y su hermosura. Parecían modelos de una revista.

Algo de ellos me llamaba la atención y no lograba identificar qué.

De pronto alguien salió de los árboles, debajo mio. Otra muchacha. Tenía el cabello color café y la vista pegada en el piso, yo solo veía su nuca. Parecía incómoda y no tenía la gracilidad de todo el resto al moverse. Un momento…

-¡Bells!-me interrumpió la voz del chico moreno.

-Hola, Emmett.-saludó la chica recién llegada.-Hola a todos.-añadió.

-¿Y Edward, Bella?-preguntó la chica bajita del cabello corto.-El juego aburre sin él.

-Venía con ella, por supuesto.-comentó el de aspecto veinteañero y rubio.

-Así es.-contestó la muchacha de nombre Bella.-Pero allá atrás dijo que viniera sola, porque había oído algo.

Sonaba preocupada. Me intrigué y agudicé más mi oído.

-¿Qué crees que…?-comenzó a preguntar alguien pero una voz detrás mio me impidió seguir escuchando:

-¿Te diviertes?-murmuró.

Ahí me di cuenta que no había estado respirando. Tomé una bocanada de aire que trajo un aroma tan dulce… Una sangre que me prometía ser deliciosa. Eso me desconcertó y cuando quise girarme para ver quién había subido tan alto para vigilarme, perdí el equilibrio.

Me caí del árbol de espaldas. Pero la caída parecía tan lenta que en el aire logré pones mis pies hacia el suelo, y caer suavemente sobre ellos. Por la destreza me sonreí a mi misma. ¡Wow! Nunca había hecho algo parecido.

Alguien cayó a mi lado con la misma suavidad. Entonces recordé que no estaba sola. Los miré a todos y todos me miraban, asustados, en especial la chica que había llegado unos momentos antes. Miré a mi nuevo visitante y retrocedí, por instinto. Pálido como los demás, de un cabello cobrizo y desaliñado. No sonreía, de hecho me observaba con gesto amenazador.

Pero de pronto no estaba. Pestañeé confundida, y noté que se había ido y colocado delante de la chica humana. Porque ya había descubierto qué eran, y de dónde venía el delicioso aroma.