Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.


Capítulo II

Unas horas después, comenzaron a prepararse para la cena que se llevaría a cabo en la restaurante de dicho hotel. Después de ese largo viaje, lo último que Finlandia quería hacer era vestirse de traje y tener que salir de la habitación para una larga noche. Se consoló con el hecho de que se encontraría con Estonia, así que quizás no era tan malo.

Mientras que Suecia se encargaba de sacar todo lo que había en las maletas, el otro nórdico fue a revisar en que andaba su hijo. Esperaba que al menos ya se hubiera bañado y se estuviera alistando para la cena. El finlandés estaba muy poco preocupado por eso, simplemente lo hacía para que su "esposo" estuviera más tranquilo.

Sin embargo, al entrar a la habitación, se halló con una escena completamente distinta a la que esperaba. El niño aún estaba frente a la pantalla del televisor, con el mando de la consola en sus manos. Parecía que desde que habían llegado, éste no se había alejado por un segundo del videojuego en cuestión.

—Sea… —Éste se mantuvo de pie al lado de la puerta aguardando que el chico le prestara atención.

Pero después de unos largos cinco minutos y un par de gritos de Sealand contra el juego, Finlandia decidió que era hora de intervenir. Respiró profundamente, normalmente era el escandinavo quien se encargaba de regañar al pequeño, pero ahora le tocaba ese papel.

—Sea, ¿no crees que ya has jugado demasiado? —El rubio se acercó y se sentó próximo al hermano menor de Inglaterra, para tratar de quitarle el mando.

—¡Mamá! ¡Estoy en un punto importante! —respondió, sin sacar sus ojos del televisor.

—Podrás hacerlo luego o mañana. Tenemos que ir a la cena, así que deberías bañarte —replicó y miró momentáneamente lo que estaba haciendo el chico.

—¡Cuando consiga guardar! —fue todo lo que le contestó y continuó con su vicio.

Ahora comprendía el porqué a Suecia no le había gustado demasiado el regalo que le había hecho. Finlandia se contentó con la respuesta que recibió de Sealand, aunque optó por quedarse hasta que ello ocurriera. Simplemente para asegurarse de que así fuera. Y porque le había picado la curiosidad por saber qué era lo que le gustaba tanto del juego.

La noción del tiempo se le pasó a ambos. El sueco miró el reloj de pulsera, no entendía porque el otro estaba tardando tanto. Debió haber regresado ya hacía unos diez minutos atrás. Le extrañaba bastante, por lo que determinó que sería lo mejor hacer un poco de investigación por su cuenta. Faltaba poquísimo para la cena.

Entró al dormitorio que le correspondía a Sealand, no estaba muy seguro de qué era lo que estaba ocurriendo en ese momento. El niño le estaba enseñando al mayor cómo debía jugar y para qué servían los botones del control. Finlandia lucía bastante concentrado, como si se hubiera olvidado por completo de la obligación a la cual debían asistir.

El sueco se rascó la cabeza, trató de llamar la atención de los dos que se hallaban sentados sobre la cama, pero los dos miraban fijamente la pantalla. De vez en cuando, gritaban cuando algún movimiento salía mal o cuando el personaje se caía de una plataforma. El hombre suspiró, odiaba tener que ser el malo de la película, sobre todo cuando veía que las dos personas que más quería, estaban riéndose y divirtiéndose.

Pero alguien debía hacerlo, así que se apresuró y apagó el televisor. Por supuesto, esa acción no fue bien recibida por nadie dentro de la habitación.

—¡Papá! —gritó enojado el niño —¿Por qué hiciste eso? ¡Qué injusto! —se quejó.

—Su-san, no creo que eso fuera necesario… —contestó el finlandés, con cierto temor.

—Pero tenemos que irnos —explicó el sueco, a pesar de los reclamos de los otros dos.

Repentinamente, alguien golpeó la puerta del dormitorio. El sueco, quien estaba más próximo, fue a recibir a la persona en cuestión. Mientras tanto, Finlandia intentó hacerle sentir mejor a Sealand y le empujó para que fuera al baño y prepararse. Aunque reconocía que había hecho mal, se había divertido bastante con el niño.

—Creo que esto les pertenece —respondió Noruega y acto seguido, entregó a la pequeña cachorra.

—Hanatamago —Suecia enseguida la tomó en sus brazos, y el animal comenzó a mover su cola sin parar.

Por su lado, el finlandés se acercó para ver qué era lo que sucedía. Le extrañaba que alguien fuera a visitarles, más que nada porque dentro de un rato se encontrarían frente a frente. Cuando se asomó por el hombre del sueco, la cachorra se apresuró en comenzar a lamerle la nariz.

—¡Hanatamago! —Finlandia sonrió ampliamente y acarició sus peludas orejas —¿En dónde la hallaste, Noruega?

—Por alguna razón, se metió a nuestra habitación. Anko la descubrió —afirmó éste —.Nos vemos luego.

—¡Gracias! —exclamó el muchacho, contento de haber recuperado a su mascota.

De inmediato. Sealand salió del baño cuando pudo escuchar el nombre de la cachorra. Estaba entusiasmado, quería aprovechar la ocasión para jugar con el animal.

—¡Hanatamago! —El niño corrió, vistiendo nada más su ropa interior.

—Ve a bañarte —Le indicó el sueco, al ver que el chico que se acercaba.

—¡Pero…!

Sin embargo, Suecia se mantuvo firme en su decisión. El niño estaba molesto, sólo quería saludar a Hanatamago. El primero respiró profundamente y luego de cerciorarse de que su hijo le había hecho caso, optó por regresar a su dormitorio y terminar de vestirse. Finlandia disfrutó por un momento de la cachorra, que estaba dando vueltas en el piso.

—Fin… —dijo el escandinavo, al notar que el finlandés estaba distraído.

—¡Ah, lo siento! ¡Ya voy, Su-san! —Volvió a tomar entre sus brazos al animal y regresó a su habitación.

Pasaron unos veinte minutos, cuando finalmente toda la familia estaba lista. Incluida Hanatamago, a quien el finés le había colocado un par de moños rosados para que luciera mejor. Sealand se había puesto una camisa y unos pantalones de vestir que le había escogido aquel. Si bien no estaba muy conforme, decidió olvidarse del incidente.

—¡Una carrera hasta el elevador, Hanatamago! —desafió el chico y el animal saltó del brazo del nórdico.

Sin esperar respuesta de los dos países, tanto el niño como la cachorra salieron corriendo. Finlandia estaba sorprendido por la energía que aún tenía Sealand, la verdad es que aquel parecía aguantar mucho más que un chico de su edad. Parecía ser que el viaje sería más que divertido, aunque no podía recordar una sola conferencia de las naciones que fuera normal.

Repentinamente, la puerta del ascensor, se abrió. El pequeño que ahora sostenía a la mascota de la familia saludó con su mano para que sus dos padres se apresuraban. La verdad es que estaba ansioso, tenía una segunda oportunidad para hacerse de amigos allí. No lo dudó más, a pesar de que el elevador estaba repleto, decidió entrar ya que aún había cabida para alguien de su tamaño.

—¡Sea! —gritó el finlandés, quiso detener al chico así que intentó apresurarse para poder alcanzar al chico.

Sin embargo, el momento que llegó, las puertas se cerraron y el elevador comenzó a subir. Estaba preocupado por lo que pudiera sucederle al chico. Era un mundo de adultos y él era demasiado pequeño para lidiar con ciertos personajes. Estaba preocupado, así que presionó los botones de los ascensores para que al menos uno se abriera.

Suecia se dio cuenta de la situación y miró las escaleras que estaban a un lado. Finlandia parecía desesperado y lo comprendía totalmente. Sabía que la única solución para sus problemas era tratar de subir las gradas, aunque eso significara esfuerzo físico. Pero no podía arriesgarse.

—Vamos por aquí —le señaló el escandinavo.

—¡Pero si es en el último piso! —exclamó el muchacho de ojos pardos.

Sin consultar, el sueco se agachó y le pidió al finlandés que se subiera a su espalda. Éste creyó que era una ridícula propuesta. Sin embargo, al ver que aquel seguía en la misma posición, respiró profundamente. No le quedaba otra cosa más que aceptar la idea del hombre si quería recuperar al travieso niño en poco tiempo.

—Espero que nadie nos vea —opinó sonrojado Finlandia, mientras que se sujetaba en los hombros del sueco.

—Vamos —contestó éste, sin importarle demasiado el hecho de tener que subir varios pisos, con tal de recuperar a Sealand.

Mientras que aquello sucedía, el niño junto a la cachorra ya estaban allí en el piso donde iba a desarrollarse la cena. Miró por todas partes, había tantas cosas que le llamaban la atención que ni siquiera donde debía fijarse. Incluso se sentía un poco agobiado por todo lo que ocurría a su alrededor. Nunca había visto algo semejante.

De repente, vio al británico que estaba sentado en la mesa principal. La tentación era simplemente demasiado. Era como si ese hombre le estuviese desafiando. Necesitaba hacerlo, aunque sabía que estaba mal y pese a estar consciente de que muy probablemente iba a ser castigado. Mas, no le interesaba. Era una oportunidad que simplemente no podía dejar pasar.

Sealand intentó entrar a la cena como si nada. Sin embargo, cuando quiso dar un paso dentro del restaurante, fue detenido por el encargado. Hanatamago ladró, aunque como era pequeña, no causó demasiada impresión más que un par de risas de parte de ese hombre. El niño no entendía qué pasaba así que volvió a intentarlo.

—Chico, tú no puedes estar aquí —le regañó el hombre, empujando al muchacho hacia un lado.

—¿Por qué no? —cuestionó.

—Porque no eres un país. Esto es sólo para aquellas naciones reconocidas. Así que por favor, debes irte —añadió el empleado.

—¡Yo soy Seland-kun! —exclamó, para poder darse paso a través de la fila.

Por su lado, Suecia y Finlandia estaban aún en las escaleras. El primero, a pesar del esfuerzo que estaba haciendo, no lucía cansado en lo absoluto. Aunque quizás estaba un poco sudado, por lo que se había quedado con la camisa y el saco lo llevaba el finlandés. El segundo estaba fijándose en los carteles de los pisos, para ver cuánto les faltaba para llegar al lugar en cuestión.

Por supuesto, y pese a sus intentos de no pensar en ello, continuaba avergonzado por la forma en que le cargaba el escandinavo. Pero, por otro lado, sabía que iban a tardar más si él se ponía a caminar. No había forma de ganar en esa situación, así que simplemente trató de enfocarse en lo que estaba haciendo Sealand en ese preciso momento.

—¿Crees que se habrá metido en algún lío? —cuestionó el muchacho de los ojos pardos, a la vez que miraba hacia el frente, para ver si había alguna noticia del niño.

—Espero que no —contestó el hombre, quien intentaba mantener el equilibrio.

—Me gustaría saber si está bien —Tocó su mentón, intentando imaginarse en qué circunstancias se encontraba el chico.

—No te preocupes —replicó, para poder mantener calmo y tranquilo al finlandés.

—Supongo que tienes razón. Es sólo que si Rusia está cerca… —El sólo pronunciar ése nombre le hacía temblar.

—Lo vamos a recuperar —aseguró Suecia, mientras que sus ojos azules miraban hacia arriba.

Un par de pisos más arriba, el niño se había quedado sentado en un sofá. Estaba molesto porque no le habían permitido ingresar. Acariciaba a la cachorra mientras que aguardaba pacientemente por sus padres. Estaba curioso por saber dónde se habían metido aquellos, no había señales de ellos por ninguna parte. La última vez que los había visto, estaban justo detrás de él.

—¿Crees qué van a venir enseguida? —Sealand levantó al animal y éste simplemente movió su cabeza, para luego ladrar.

En eso, Dinamarca y Noruega hicieron su aparición. El primero estaba sonriendo, orgulloso y con el pecho en alto. El segundo simplemente quería ignorar cualquier acción que el danés fuera capaz de hacer. La mayoría de las veces aquel terminaba por hacerle pasar una gran vergüenza frente a los demás. Ahora, aunque sabía que era absurdo, esperaba que fuera la excepción.

La atención del noruego se dirigió hacia el pequeño, que lucía extraviado y perdido. No veía a Suecia y a Finlandia por ninguna parte, lo cual le pareció extremadamente raro. Suspiró, quizás lo mejor que podía hacer era ver qué fue lo que sucedió. De todas maneras, cualquier cosa era mejor que estar cerca de Dinamarca.

—¡Ha llegado el rey de los países de Europa del Norte! ¡Así que hagan reverencia…! —Sin embargo, no pudo terminar su intento de discurso debido a la patada que le encajó el otro.

—A nadie le importa eso —aseguró y se acercó a Sealand.

Éste estaba demasiado aburrido. No sabía como hacer para entrar a la cena y tampoco cómo contactar a sus padres adoptivos. Y aunque trataba de llamar la atención, parecía que nadie lo escuchaba.

—¿Y tus padres? —cuestionó el escandinavo, agachándose para jugar con el animal.

—No sé donde están —respondió.

—Oye, Nor. ¿Acaso ése no es el niño que adoptó Suecia? —Dinamarca señaló al infante —.Qué mal trabajo hace como padre.

—Papá dice que no debo hacerte caso —replicó enseguida el hermano menor de Inglaterra, algo molesto por lo que había dicho el danés.

—Pues tu papá se equivoca —afirmó el extravagante hombre —. ¿No preferirías que yo te críe?

—Ya suficientes traumas nos creaste a Suecia, Fin y a mí. Basta, Anko —reprochó el noruego al mayor y luego volvió a concentrarse en el niño —.Supongo que me quedaré un rato hasta que vengan.

Mientras tanto, la pareja finalmente había arribado al piso donde se hallaba el restaurante. Luego de arreglar todo la vestimenta al sueco, el finlandés pudo sonreír. Le secó el sudor que le corría de la frente, causado por el extenuante recorrido que debió hacer. A pesar que esa expresión aún le causaba algo de pavor, estaba agradecido por la acción que había realizado.

—No sé qué haría sin ti —afirmó el muchacho y luego le dio un beso en la mejilla.

Suecia sólo se limitó a sonrojarse por el gesto de aquel. Él tampoco se imaginaba su vida sin la presencia del finlandés. Se quedó un instante parado allí, viendo a Finlandia. Sonrió levemente. Si tan sólo pudiera decirle lo que sentía por él…

—¡Vamos, Su-san! Tenemos que buscar a Sea —Éste ondeó su mano y luego continuó con su camino.

—Sí —asintió y siguió al finlandés.

Nuevamente, en el lobby, Noruega impedía o al menos era lo que intentaba, de que Dinamarca contara alguna de sus grandes hazañas. Sealand sólo se quedaba mirando la discusión de esos dos y de vez en cuando, reía. A veces, esos hombres a los que llamaba "tíos" podían ser bastante graciosos. De la nada, al mayor se le ocurrió una genial idea.

—Sea, ¿te gustaría saber cómo era Suecia cuándo pequeño? ¡No te imaginas la inmensa cantidad de historias que puedo contarte! —exclamó de tal forma que todos los presentes pudieran escuchar.

—Anko, no creo que debieras… —Noruega tenía un terrible presentimiento acerca de la ocurrencia del danés.

—¿Por qué no? ¡Aún recuerdo cuándo se negaba a hacer las cosas que le pedía! Había momentos que debía castigarlo —Dinamarca comenzó a recordar muchísimas situaciones, cuando aún eran pequeños.

Tanto Sealand como Noruega intercambiaron miradas. El autodenominado rey de los nórdicos ni siquiera se estaba dando cuenta que justo detrás de él estaba el sueco, escuchando con mucha atención lo que le estaba diciendo a su hijo adoptivo. Estaba algo molesto, era algo que prefería que el niño supiera por su propia boca.

—Anko… —volvió a intentar llamar la atención de aquel.

Finlandia no sabía que iba a suceder en ese preciso momento. Por un lado, estaba contento por el hecho de que el pequeño estaba bien y que Hanatamago estaba junto a éste. Pero por el otro lado, estaba un poco preocupado por la reacción del sueco. Aún tenía cuestiones pendientes que resolver con Dinamarca, por lo que no le gustaba demasiado evocar el pasado.

—Sé que quieres saber más —Éste estaba completamente seguro de lo que hacía. Sintió, de la nada, que alguien estaba tocándole el hombro —¡Estoy ocupado! —exclamó de buenas a primeras.

Pero Suecia no se iba a dar por vencido. Estaba decidido a interrumpir fuera lo que el danés tenía planeado decir. Así que una vez más, volvió a intentarlo.

—Dije que estoy ocupado… —Fastidiado, giró y se encontró frente a frente con su rival —.Ah, eres tú, Suecia. Si no te apurabas, me lo iba a llevar.

No obstante, el escandinavo empujó hacia un lado a Dinamarca y se dirigió a Sealand. A pesar de que estaba molesto, estaba más que contento. Sólo se dignó a tomar de la mano y luego, directamente hacia la cena. Esperaba, que al menos, ese momento del día transcurriera de una manera calmada y tranquila.


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